Rioverde
San Luis Potosí, México

¿Rioverde está en la Huasteca?

3 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Por enésima vez en la vida alguien me preguntó que “si soy de Rioverde”, a sabiendas de que sí lo soy. Y por enésima le agregaron el estribillo “o sea de la huasteca”. ¡Chingao!, siempre pienso, ¿acaso nunca han visto un mapa del estado? ¿o por lo menos han viajado para allá observando los alrededores? Pero lo peor es que cuando aclaras que NO, Rioverde NO está en la huasteca, se te quedan viendo con extrañeza y al final dicen una sandez aún mayor: “bueno, es la puerta de la huasteca”. Como seguro esto les pueda estar pasando a algunos jóvenes, les hago llegar un resumen de las razones por las cuales sólo un desorientado (si es que es potosino) o un ignorante (si es de Manchuria), pueden confundir la zona media con la zona huasteca del estado de San Luis Potosí.

Por su lado oriental, el estado de SLP está atravezado verticalmente (de norte a sur) por la Sierra Madre Oriental. Este hecho orográfico es el más importante en la definición geográfica, climática y cultural de nuestro estado. Esta cadena montañosa se constituye en una barrera contra los vientos húmedos del golfo, haciendo que el estado quede conformado de hecho por dos partes: hacia el oriente la zona baja y húmeda (recuerden que cuando un viento húmedo choca con una barrera “suelta” la humedad en forma de lluvia), y hacia el occidente una parte alta y seca (recordar que cualquier cosa que quede sotavento de una cadena montañosa va a ser seca). Así que no importa que en Rioverde existan manantiales y huertas de naranjos. Su clima es seco y ello determina su gran cantidad de llanuras secas y polvorientas. Aun así una gran cantidad de capitalinos asocian Rioverde con agua y vegetación abundante. Es una percepción equivocada. Rioverde está más ligado con el semidesierto del altiplano y solo se distingue por los derivados serranos de la Sierra Gorda que producen un desnivel de mil metros entre las dos zonas. Cuando viajábamos a Rioverde por la carretera vieja, se creaba la falsa impresión de entrar en una zona húmeda debido a que se ingresaba a los bosques de la Sierra de Alvarez. La verdad es que ya para Guaxcamá nos encontrábamos ya de nuevo en algo parecido al Xoconostle. Con la carretera nueva esa impresión desaparece ya que durante la mayor parte del trayecto la geografía es muy similar. Piensen ahora en la manera como se desarrollaron poblacionalmente. En Rioverde había pames y otomíes, que llegaban desde Querétaro. Eran pueblos mansos, dados a las artesanías, al buen comer, que fácilmente se aculturizaron y mezclaron con los españoles de la región. Rioverde es una zona mestiza donde no se distinguen étnicamente sus diferentes habitantes ora sean de Cieneguillas, de la Colonia San Rafael o de la calle Galeana. En la huasteca habitaban tribus náhuatl, que venían del Valle del Mezquital, guerreros y torpes. En esta zona la mezcla étnica ha sido lenta, probablemente determinada por una migración europea más resistente al mestizaje. Por ello en la huasteca hay “comunidades indígenas” por todos lados, mientras que en Rioverde no existen. Esto obviamente está relacionado con otro fenómeno: el racismo. En Rioverde la gente es más tolerante e integradora. En la huasteca hay más discriminación y subsiste en cierto inconciente colectivo el pensamiento segregador, al grado de pensarse a sí mismos “como otro estado”. Hay muchísimas maneras de diferenciar una zona de la otra. De hecho lo difícil es pensar qué cosa pueda hacer pensar a la gente que son lo mismo. Por ejemplo, hacer una supercarretera de la capital a Rioverde fue pan comido. Hacer una de Rioverde a Valles va a costar un güevo. En Rioverde la mayoría de las fiestas son religiosas. En la huasteca son fiestas paganas. El sueño de Rioverde es parecerse a la capital y sus habitantes aspiramos a sentirnos como potosinos (por eso nos acomodamos tan fácilmente al altiplano). Los de la huasteca al revés. Estoy de acuerdo en que Rioverde no es la gran cosa, y que más bien es un lugar fantástico. Será lo que sea. Pero NO es ni la puerta, ni la ventana, ni el patio, ni nada que ver con eso que llaman la huasteca. Que no se les olvide.

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El Tiempo de Rioverde

3 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Detengamos un reloj. El que tú quieras.
Por ejemplo, el que estaba colgado en la sala.
A las seis en punto de la tarde.
Cuando más ocupado todo el pueblo está
En atender sus propios menesteres.
No hay nadie en el patio ni en la cocina
Y ya va ser una hora que nadie toca la puerta.
Estás solo y miras al cielo.
Hay en tu mano un lápiz
Y mil preguntas en tu corazón.
Las manecillas tarde o temprano deberán seguir su curso
Pero tu vida entera quedará atrapada en ese instante:
Cuando tuviste la primera señal de tu padre.

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Lluvia que no Contribuye

3 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Lueve en Houston y “eso no contribuye en nada a la educación que desea impartirle el Señor Baxter”. ¿A poco no está buena la frase? No tiene ningún sentido ahora, pero la dijeron en una película que acabo de ver en el avión que me trajo de San José, Costa Rica. Me da pena, pero debo reconocer que muy poco puedo platicarles de esa ciudad ni de ese país. Es increíble que alguien pueda ir a un país extranjero y no alcance, o no quiera alcanzar, a mirarlo. Tampoco tengo fotos (ni de la blackberry, que se puso se huelga por allá). Puedo decirles eso sí, que sus mujeres son guapas, y que por alguna extraña razón les encontré parecido con Nelly Furtado. Dicen que las ticas no son las mujeres más hermosas del mundo (de esa fama gozan las colombianas) pero sí las menos feas. Hace tres días dejé México en un ambiente de derrota. El problema de México, dicen los expertos, no es que pierda, sino que no sabemos perder. Esto se debe, sigo a los expertos, a que a diferencia de Alemania o Japón, que fueron derrotados militarmente a punta de bombas y chingadazos, a México lo conquistaron quitándole sus mujeres, corrompiendo a los indígenas y con el virus de la viruela. Que bueno que hubiéramos perdido con los españoles en alguna gloriosa batalla, pero la batalla de Tenochtitlán no es con mucho nada de eso. Pero no se preocupen, que fuera de nuestro país, aunque nos duela, no cantan tan mal las rancheras. De hecho, tengo la sensación de que el mundo está cantando una ranchera, pero que no tiene letra, ni música, y cada quien le pone lo que quiera. Al gusto, como las pizzas. En otras palabras: se acaban los géneros musicales pero aumentan los géneros de pizzas (y de sexos). En Costa Rica están muy orgullosos de estar en santa paz y con estabilidad económica. No hay marchas y el récord de huelga del sindicato más aguerrido es de 5 días. Fue la huelga del sindicato de prostitutas, que en aquel país está, ejemplo de las libertades que gozan, legalmente constituido. Por supuesto que las implicaciones de esa huelga están fuera de los alcances de este comentario. El problema en Costa Rica es que sus principales atractivos turísticos conllevan levantarse temprano y hacer un chingo de ejercicio trepando cerros y bajando hondonadas. A esa marcianada ahora le llaman “ecoturismo”. La verdad que güeva. A mi llegada a Costa Rica dije al oficial de migración: me declaro mexicano, perdedor y flojo admirador de la Nelly Furtado que dice:

In the day, in the night
Say it right, say it all
You either got it or you don’t
You either stand or you fall

En la aduana declaré no llevar conmigo mismo ninguna cantidad importante de dinero y ahí aproveché para declararme ferviente seguidor de “Sigur-Ros”, el grupo más chingón de todos los grupos que existen en Islandia, que por cierto,
aunque sea una isla apenas más grande que el estado de Oaxaca, deberíamos llamar “Hielolandia”, cosa que me di cuenta desde la primaria, aunque ello no contribuyó mucho a la educación que mi padre quería brindarme. La culpa la tienen los mismos islandeses toda vez que en el nombre oficial del país es “Lydveldid island”, porque “hielo” en islandés es lo mismo que “isla”. Ni el tipo de migración ni el de la aduana me hicieron mucho caso porque todo esto estaba pensando en escribirlo pero nunca decirlo, siguiendo el consejo de la Nelly. Tampoco les dije que Sigur-Ros significa “Rosa de la Victoria” porque estoy enterado que lo máximo para los ticos es ganarle a México en el futbol y que no nos han perdonado que el mismo dueño de la Chivas haya comprado al Saprissa. Así que calladito pasé todos los filtros del aeropuerto, tarareando
“Glósoli”:

Ur-skóna finn svo
A náttfötum hún
I draumi fann svo
Eg hékk á koðnun?

A continuación me declaro ignorante del islandés (icelandic) y por lo tanto confieso que ignoro que significa la canción, pero como ya dije antes eso es lo de menos. Estos cuates de Sigur-Ros, creadores de la música más hermosa del planeta, incluso hicieron un disco que se llama “()” y que contiene canciones sin nombre que están en un lenguaje intencionalmente ininteligible, con el propósito de que cada quien interprete lo que le pege la gana.

Se empiezan a oír los mariachis. Ha de ser que sigo enfermo que esta enfermedad que consiste en extrañar, terriblemente, estar acompañado por cualquiera que no sean los que ahora me acompañan en el aeropuerto de Houston, donde llueve, lo
cual no contribuye en nada a mi lucidez mental.

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Una Capa de Flit

3 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Su padre tuvo que cerrar el periódico que leía. Nervioso, se acomodó los lentes. Siempre ocurría el mismo efecto. A la hora de la comida no podía fallar. Su madre se enjuagó como pudo el jabón de los antebrazos y salió corriendo al comedor. Entonces Mayito repitió lo dicho, nomás que ahora más despacio, dejando a medio camino la cuchara entre la sopa aguada de letritas y su boca, maniobra que en la televisión imprimía mayor dramatismo a las palabras.

-Hoy en la escuela aprendimos el significado de la palabra e-c-o-l-o-g-í-a.

No les asustaba que Mayito apenas estuviera en segundo de primaria, entre más temprano aprendieran esas cosas mejor, ni tampoco era extraño que en casa se discutieran temas de adultos. No, eso no era lo que llamaba la atención de sus padres, sino que se trataba de la hora de la comida. Quién sabe ahora que les tendría reservado su hijito.

-¿y?

-¿Sabías tú, mamá, que por andar matando mosquitos con el flit se te va a chamuscar la carne de la piel? -dijo Mayito antes de darle una mordida al pedazo de pan, para continuar con la boca llena de comida y la cuchara señalando al cielo-, e fit…(gulp), el flit, hace algo como volar muy muy alto y mata algo así como los mosquitos que nos protegen del Sol, la “capa de zono”, dijo la maestra, ¿papi, como esta eso de la “capa de zono”?

-”Ozono”, Mayito, pero no son mosquitos, es una especie de aire que detiene los rayos ultravioleta del Sol que le pueden producir daño a la gente.

-¿Es una capa de flit? -preguntó el niño en el intervalo entre la sopa aguada y el arroz con plátanitos.

-¡No hijo… ! -se apresuró a decir su madre, como acusada de un crimen, pero no supo como continuar.

-Entonces no es una capa de flit, está bien. Pero dice la maestra que ya se le hizo un hoyo, aunque no se preocupen que el hoyo está en el polo sur y allá con el frío que hace ni mosquitos han de vivir.

-Anda sigue comiendo, Mayito, te prometo que ya no voy a echar flit-dijo su madre- ¿los raidolitos tambien harán esos hoyos, viejo?

-Así que aprendiste cosas nuevas -dijo su padre ya más aliviado, reabriendo el periódico, acomodándose de nuevo los anteojos y expulsando un violento suspiro. Su madre volvió a los trastes en la cocina.

Mayito empezó a edificar un volcán con el arroz. Le puso un pedazo de plátano en la cúspide a manera de cráter.

-¿Hay catsup, mami?

Se le había ocurrido que el catsup podría ser la lava incandescente, y apenas la había vertido sobre el cráter y ya chorreaba por los lados, cuando volvió a arremeter.

-Ni tan nuevas esas cosas papi, por lo que ví en la tele el otro día. En México, donde vive mi tío padrino, un día se cayó el ozono. La capa de ozono esa. La de mosquitos que han de haber andado por ahí. Deberían de echar flit y así ni ozono ni mosquitos. Papi, ¿el Polo Sur queda más allá de México?

Su padre cerró definitivamente su periódico. Ahora se quitó los lentes, se le quedó viendo al volcánico batidero de arroz, catsup, plátano y pedazos de bolillo (éstos eran los pueblos que a su paso devastaba el catsup ígneo), y se dirigió con seriedad a su querido hijo:

-Oye hijo, en esa clase de e-c-o-l-o-g-í-a que dices que tuviste, ¿qué otras cosas aprendiste aparte de mosquitos, flit y capas de ozono?

-¿Dije algo malo? -preguntó Mayito en el instante en que el volcán se derrumbaba y trataba de salvar con su tenedor los pueblos más en la orilla del plato.

-No es que sea malo. Es que está un poco revuelto.

-¡Ay Mayito, que batidillo haces!- gritó su madre mientras recogía el catsup -y tú, ya no distraigas al niño, que no ves que no entienden estas cosas y así son de ocurrentes, ¡qué me voy a andar
quemando la piel con el flit si soy bien cuidadosa!

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El Fútbol nos une: Mundial 2002

6 Junio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

El cilantro de la sierra tiene sus diferencias con el cilantro que sale en las macetitas del patio. El primero se pone a secar y se espolvorea sobre unos frijoles negros que por arte de magia se convierten en mi desayuno matlapeño, acompañados sí, de chicharrones, de enchiladas de tortillas hechas al instante, cecina, barbacoa, queso y huevos con chorizo. Lo sorprendente no es saber cómo cupieron en mi estómago, sino cómo es que a las 2 de la tarde ya tenía hambre de nuevo. Ha de ser el ambiente de la huasteca. Así como en la playa la cheve no se te sube, en la selva la manteca se convierte mentalmente en cereal dietético. En la comunidad de Ocosucu (en lengua tének se pronuncia “okosuku”), me vino una ocusucurrencia. Se me ocusucurrió el primer verso de un poema de amor: “mi corazón no es un carro blindado a prueba de balas”. Si se fijan bien, sobre este verso no se puede caminar, sólo se puede saltar a brinquitos, como quien anda por un camino recién llovido. Además tiene el ritmo de una locomotora de esas que tardan en arrancar pero luego no hay quien las pare. Las noches en la huasteca potosina son femeninas. Prometen toda clase de sueños, y sí, pero no te salvas de los zancudos (espero que eso hayan sido las cosas que caminaban por mi piel) cuyo alimento favorito es el sudor revuelto con la mugre. Pero a los habitantes de Matlapa no pareció importarles esa calamidad y fueron con Beto Acosta, el de la tienda de materiales para construcción, y le pidieron una lona gigante, la más grande, para instalar en la plaza principal una megapantalla, donde podría ser proyectado el ya “clásico de la medianoche” de la Concacaf. Beto les dijo que antes de la última vez que la lavaron, la lona era blanca y ahí tienes a medio pueblo convertido en una megatintorería, afanados en inventar el blanco “cuauhtémoc”. Pero no contábamos con la astucia de los McBride y los Donovan, gringos hijos de la chingada. Amaneció y mi mente había quedado como la lona sometida a los feroces lavados del pueblo. Buscando una explicación encontré la más razonable y que ofrezco a toda la nación ofendida. Al pendejo de Javier Aguirre se le olvidó lo más importante para este partido: jugar con uniforme guinda. México nunca había ganado 3 partidos en un mundial jugando con la camiseta verde. Acá los huastecos tienen otra explicación para estos fenómenos naturales, cosas del pensamiento primitivo. Para las 10 de la mañana las organizaciones del PRD ya estaban preparando una marcha hacia la ciudad de México, acusando al presidente Fox de haber entregado el partido a los gringos. Yo no creo que los gringos sean tan güeyes, así que prefiero la explicación del uniforme (un mamilas de la comitiva me salió con que México perdió porque había jugado mal, háganme ustedes el favor con esta lógica priísta). Uno quisiera terminar los alegatos desde la selva al estilo Carlos Pellicer, que adivinaba luceros en el cielo de Tabasco y competía al tú por tú con colosales árboles. Yo la verdad lo que hice fue apagar el aire acondicionado porque el ruido no me dejaba dormir.

Que la final del Mundial los agarre a todos confesados y que la Nestlé saque las manos de la Concacaf.

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El Niño y el Mayor

6 Junio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Llegué a mi casa y estaba sola. Era una tarde de agosto y no hacía una pizca de aire. Imposible a esa hora oler los aromas del pueblo. No entendía qué podría estar pasando con los demás, así que salí a la calle a buscar las pruebas de mi existencia: El repartidor de Pan Bimbo, el perro con una pata enlodada, otro niño como yo al que no le gusta que me le quede mirando (piensa que lo odio o que lo desprecio) y un viejo sentado en una mecedora a las afueras de su casa.
¿Quién no querría ser este viejo, plácidamente observando a un pueblo como Rioverde pasar frente a su cálida tarde?

El viejo era mi tío Jesús, un mayor retirado del Ejército. Era militar y parecía militar. Feo como un demonio con una verruga enorme en la mejilla, tenía un vozarrón de aquellos y vocación de orador. Le encantaba contar historias de la Segunda Guerra quien sabe dónde conocidas porque casi siempre contradecía las versiones oficiales. Su punto de vista era el de quien diseñaba la estrategia tras el relato, los Verdaderos Motivos ocultos en las cifras, el pie de foto de la foto que nunca tomaron. La gente lo escuchaba con respeto en atención a su rango y edad. El viejo repartía su tiempo entre el cuidado de la hija de su soledad, un establo de vacas lecheras y sentarse en la banqueta esperando a algún sobrino asustado para contarle una de sus historias bélicas.

—Tráete una silla—ordenó el mayor y yo que siempre he sido bueno para obedecer me apresuré a juntar una silla de bejuco con tamaño agujerote en el centro, dispuesto a escuchar la verdadera historia de la Batalla del Alemein, si con ello se me tapaba el otro agujerote que esa tarde rioverdense me estaba haciendo en el alma.

Pero no hubo tal historia. Me quedé con las ganas de saber las mañas del Mariscal Montgomery. Ahí estaba yo sentado bien agarrado de los brazos de la silla (de otra manera me sumiría en ella) y mi tío Jesús ni pío. Silencio absoluto. En Rioverde la tarde termina de improvisto y de manera súbita. Ahorita es la tarde y al siguiente instante es de noche y todo se llena de murmullos. La hora del pan y la leche. La hora en que los rateros se despiertan. Hora de meter a la casa la silla mecedora de los viejos. Me vino la certeza de mi madre llegando a la casa y preparando la cena, mis hermanos viendo la tele y mi padre cerrando su consultorio. Parecía volverme la vida. Pero mi tío seguía ahí sin moverse y sin hablar.

—Ya me voy tío—le dije. Tomé la silla por la cabecera y la arrastré hacia dentro de su casa.

El también hizo lo mismo y cuando ya estuvo dentro me tomó por el hombro.

—Espérate tantito, no tarda Chayo.

Pero si tardó.

Me ofreció una concha de pan y un vaso de leche recién hervida lleno de natas. Insólito. Luego me enseño sus reliquias. Un radio de onda corta donde ha estado informándose de lo que acontece en el mundo porque aquí la gente no sabe lo que sucede más allá de sus narices. Un retrato de Juárez el Benemérito en algo que entonces me pareció una especie de altar. Sus insignias. Armas desarmadas en proceso de limpieza. Unos listones que le reconocían sepa qué méritos. Unas joyas que guardaba para cuando Chayo creciera. Y un secreto.

—Sabrás tú que yo no creo en Dios—comenzó el mayor.

Y sí, algo había escuchado decir a mi madre, cosas que yo no entendía bien, que mi tío era masón porque todos los del gobierno eran masones y que cuando estuviera con mi tío no le hablara de sacerdotes porque eso le podría molestar. Y no lo queríamos molestar, al pobre no le había ido tan bien y ya vez, tenía que hacerse cargo de una hija sin madre. La mía, como siempre, incluyendo en su compasión a los descreídos para quienes me decía, también hay una salvación.

Todo sucedió en la ciudad de México. Gobernaba el señor Ruiz Cortines con buenos modales pero con el ejército dispuesto a resolverle cualquier enredo. El Mayor Jesús Nieto Fierro había sido comisionado en una unidad de inteligencia militar a cargo de infiltrar y tronar a unos sindicalistas revoltosos cuya finalidad era causar inestabilidad en el país. Gente que nomás leía lo que le convenía, dijo mi tío, comunistas pues. Habían recibido una información confiable por parte de un soplón, sobre una reunión de los dirigentes agitadores en una jacalón ubicado al oriente de la ciudad. Era una colonia sin luz ni pavimento, llena de lodo porque eran tiempos de aguas y sin ninguna clase de vigilancia. Una ciudad perdida. El operativo tenía que llevarse a cabo con rapidez: llegar al lugar, echar bala, dispersar a la gente y salir huyendo sin dar oportunidad a que organizaran la defensa o los colonos acudieran en su auxilio. El comando estaba integrado por 5 elementos, bajo las órdenes de mi tío. Se acercaron sigilosos en un viejo Ford 47. Sobre un croquis, el mayor instruyó a todos para entrar por dos puertas a la vez, de manera que no quedaran frente a frente expuestos a fuego cruzado. Todos listos, adelante.

El relato me lo había imaginado, por supuesto, en blanco y negro. Mi referencia inmediata eran los programas de Los Intocables, así que no tuve problema para visualizar la carcachita convertible que llega con los faros apagados (unos fanales enormes como lunas llenas) y a 5 tipos armados bajando cubiertos por gabardinas grises y unos sombreritos aterciopelados. En estos momentos mi simpatía estaba con los militares y ya les anticipaba una gran victoria en dicha suerte. Entonces vi la cara de mi tío. Acostumbrado como estaba a verlo con un mismo gesto arrogante y marcial, me asombró mucho su expresión que le hacía aparecer como si estuviera a punto de hacer pucheros. El relato siguió en voz baja y con larguísimas pausas donde se amplificaba el sonido de los grillos del jardín.

Los militares entraron disparando sus armas. Siguiendo el plan, dispararon primero a las lámparas para que en la oscuridad se creara un ambiente de terror. Y terror hubo. Durante 60 segundos no hubo otra cosa que balas y gritos.

—¡Vámonos!—ordenó el mayor Nieto

Para la huida sólo se reportaron 4 elementos. Había empezado a llover muy fuerte. Mi tío tomó una decisión.

—Ustedes se van en el carro, yo me regreso a buscar a Carmona, espérenos en la entrada del circuito.

Y se regresó. Pero nada del compañero. Lo buscó a tientas, quizás herido tirado en el suelo, aguzó el oído en busca de un gemido. Nada. Hasta que se tropezó con su cadáver. Tenía un agujero calibre 38 en la cara. Chingao. Esperaba saldo a favor y no encontró cadáver alguno de los enemigos. Bueno, se trataba de asustar y desbaratar la reunión. Pero no esperaba esto, una baja. Chingao. Se enfadaría el general. No podía dejar el cuerpo ahí como prueba de la incursión y de la derrota y los compañeros ya se habían ido. Tendría que cargar el bulto hasta la entrada del circuito. Chingada madre. Entonces escuchó un ruido a sus espaldas y lo siguiente ocurrió en forma automática: dio la vuelta, sacó la pistola y se tronó a la sombra que lo seguiría el resto de su vida. Lentamente dio los pasos necesarios para estar junto al otro muertito. Lo alumbraba una luz quien sabe de donde porque la noche era negra y no había alumbrado en la calle. Pero él jura todavía que lo vio iluminado: había matado a un niño.

—Ha de haber tenido tu edad—me dijo mi tío y se me quedó mirando.

Entonces él y yo lo advertimos. En un instante todo fue bastante claro. Yo era el niño muerto de la ciudad perdida. Él, mi sanguinario asesino que se había ocultado tras su silla mecedora durante tanto tiempo. Por eso las tardes del pueblo guardaban silencio, porque hay crímenes que horrorizan demasiado. A tantos años de distancia es difícil recordar con fidelidad cada palabra.

—Perdóname, hijo—dijo el Mayor
—Gracias—dijo el niño.

Llegó Chayo y se quedó congelada viendo a su padre llorando. No lo volvería a ver así, ni yo tampoco. El pobre de mi tío Jesús vivía esperando el castigo de quien no creía. Así que esperó encontrar a un niño muerto como yo, para pedirle perdón y de pasada volverlo a la vida. Así es la cosa, un solo acto de ternura lo salvó para toda la eternidad. Mi madre tenía razón.

Regresé a casa y luego de explicar mi notoria tardanza me fui a dormir. Me dieron las buenas noches como siempre. Al día siguiente ya nada sería igual.

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El Kalimán

6 Junio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Mi espectro como bestia salvaje
vigila mi camino de día y de noche
Mi emanación, muy profundamente
llora sin pausa por mi pecado.

William Blake

A mi madre nunca le gustaron los perros. Arruinaban sus malvas, sus rosales, dejaban el jardín lleno de porquería y no servían para nada. No importaba que fueran animales muy finos, al final mi padre los tenía que regalar o abandonar en el llano. Aunque al poco tiempo llegaba de nuevo el señor con un noble pastor alemán. Pero nada de eso servía con mi madre. Por eso aquella vez fue una sorpresa, cuando apareció por la puerta trasera de la cocina un perro flaco y amarillo, de ojos tristes e inocentes, y con la lengua de fuera moviéndose al ritmo de su respiración.

—¿Tienes hambre perrito?— dijo mi madre mientras le arrimaba un plato con la sopa de letritas y el arroz que no nos quisimos comer sus hijos.

Sabía a lo que se atenía con esa acción caritativa. El animal volvió los siguientes catorce días sin falta, y luego ya no se fue. El mayor de mis hermanos se encargó de llevar a vacunar al perro contra el moquillo. Ese mismo día tuvo que bautizarlo improvisadamente cuando el médico le preguntó por su nombre.

—Kalimán, se llama Kalimán, y ha de tener como 5 años— fue lo primero que se le ocurrió.

Todos estuvimos de acuerdo en el nombre, salvo una de mis hermanas que le quería poner Tomás, en despecho de su novio. El Kalimán engordó rápidamente, y con ese pretexto se nos quitó la culpa que mi padre acostumbraba inculcarnos por el desperdicio de alimentos. No por ello dejó de ser amarillo, aunque ahora de un tono más oscuro. Tampoco su mirada se iluminó. Quien sabe que habría sufrido ese perro en su pasada vida, porque nunca supimos de dónde vino, que seguro de Rioverde no era.

El aprecio de mi madre hizo milagros con la educación del Kalimán. No fue el caso con sus hijos. Nunca nos enteramos que mordisquera una flor, una yerbabuena, o que tumbara las bugambilias, ni se andaba por la casa con lodo en las patas. Llegada su hora, el Kalimán rascaba la puerta y se salía a regar sus mierditas por la calle, que entonces no estaba pavimentada y servía para esos propósitos. Se movía con sigilo, parecía que no existía pero ahí estaba. Poco salía de la casa, como si tuviera miedo de que ya no lo dejáramos entrar después. Sólo lo escuchamos ladrar en dos ocasiones: enojado, el día en que se quiso meter un ratero a la casa, y contento, la vez que mi papá por fin le dio el visto bueno y le dio una vuelta en la camioneta. Nadie le tenía miedo, y no por eso dejaba de ser buen vigilante, más bien inspiraba confianza. Era en todos sentidos el perro ideal, salvo por un detalle que durante mucho tiempo a nadie le importó: era un perro callejero.

Y si no fuera porque nunca falta en la vida la hora de volverse vil y despreciable, nada de esto hubiera ocurrido y ahora podría vivir en paz. Sería la sabiduría de el Kalimán, no lo sé, por algo mi hermano intuitivamente así le quiso llamar, pero aun no me explico su conducta la tarde de mi quinceavo cumpleaños. Para el mediodía mi mamá hizo un pastel de natas que nos comimos de inmediato sin dejar desperdicio. Si el Kalimán quería probarlo seguirá en el misterio, porque tuvo que conformarse con las coliflores y el hígado encebollado. Quién quita y ahí estuvo el problema, porque cuando salí de la casa rumbo a la prepa, contra toda su costumbre, el Kalimán se fue tras de mí. Al principio no le dí mucha importancia. Tal vez quería aprovechar que abría la puerta para salir y hacer sus necesidades. Pero no, al Kalimán no parecía gustarle ningún poste y no se le veía con esas intenciones. Después de una cuadra me di la vuelta y le indiqué con el dedo la dirección opuesta.

—¡Regresa Kalimán!

Pero el animal se quedó viéndome, con sus ojos sumidos, como diciéndome: “anda, sigue caminando, no te hagas pendejo que no me voy a regresar”. Luego me inquietó que se fuera a perder, como nunca salía de la casa lo más seguro era que no supiera orientarse. A mitad del camino, de improvisto, me asaltaron la vergüenza y el ridículo. El Kalimán seguía a mis espaldas, 5 o 6 metros atrás, podía oír el tenue pero regular golpeteo de sus pezuñas contra la banqueta de la calle Madero y desde entonces ya no tuve valor para volver a mirarlo. En cualquier momento encontraría algún compañero y yo con aquel perro tan feo, tan vulgar, sin orejas puntiagudas, con la cola entre las patas y ese amarillo pastoso tan, como decirlo, tan sórdido. Al dar la vuelta por la calle Ponce aproveché la primera oportunidad: corrí, me metí por un callejón, de ahí a la puerta trasera de un restaurante que se conectaba por un pasillo a un hotel para luego salir a otra calle, la Moctezuma. Lo hice sin fijarme, como que no quiera la cosa, y sin detenerme a averiguar el rumbo del Kalimán. Retomé el paso por la calle Escandón sin atreverme a voltear.

No fue necesario. Pude escuchar de nuevo la prudente y cadenciosa persecución. Y ya no podía girar la cabeza. Me metí a “La Corona”, con la esperanza de que al seguirme, las viejitas encargadas de la tienda lo agarraran a palos y yo pudiera escapar, pero de seguro el perro me esperó afuera porque nadie dijo nada. Sin más remedio llegué a la Prepa. ¿Y si ya no me seguía? ¿Y si todo era producto de mis nervios? No podía comprobarlo, con sólo pensar en encontrar su impávida mirada, ni madres, y tomé paso veloz, me metí al salón de clases sin saludar a nadie, me senté en mi pupitre a esperar que por la puerta apareciera el perro y la maestra gritara saquen a ese mugriento y pulgoso animal. Nada de eso ocurrió. Lo imaginé echado afuera del salón, sin querer molestar, simplemente a la espera de que saliera su amo. Si mis amigos lo supieran, qué horror.

Al salir de la clase me arremoliné con mis compañeros, a ver si en la bola me perdía, fui a la cafetería, jugué al básquetbol, entraba y salía de clases y siempre lo mismo: la certeza absoluta del Kalimán siguiendo mi huella, mi incapacidad para mirarlo, y la indiferencia de todos ante el hecho. Para la hora de la salida urdí un plan de escape. Ahora entiendo que era ridículo porque se trataba de regresar a mi casa, pero la soberbia me había vuelto loco. Le pedí prestada la bicicleta a Serafín, inventé que tenía urgencia de ir a mi casa porque estaba enfermo del estómago.

—Hazme un favor, Serafín, desamarra la bici y ponla en la calle, que voy a salir corriendo y no me hagas más preguntas.

Y me lancé. La experiencia decía que los perros eran más veloces que las bicicletas, pero por la fuerza que imprimí a los pedales tuve la esperanza de dejarlo atrás. Los débiles pasos se convirtieron en zancadas, era el Kalimán que no estaba dispuesto a dejarme ir. Crucé como bólido la esquina con Reyes sin fijarme si tenía el paso. Por un pelito y un Rambler verde me atropella porque ninguno frenó hasta que ya cuando había pasado escuché un rechinido de llantas. El Rambler siempre sí había atropellado algo que no era yo. Y como no escuché ningún ladrido, jodido Kalimán tenías que morirte en silencio, ahora sí no tuve más remedio que darme la vuelta y acercarme a verlo ahí, destripado contra el pavimento del pueblo.

—Lo siento mucho, ¿es tu perro?—me preguntó el chofer del Rambler verde y entonces me di cuenta que estaba llorando y ya para que negarlo y dije que sí, que ese era mi perro.

Se supone que en mi casa nos seguimos preguntando qué hacía el Kalimán en ese lugar, si era la hora en que se ponía a regar el jardín con mi mamá. Por la manera como mis hermanos le lloraron el día de su entierro, nunca tuve el valor para confesar la verdad. Desde entonces, andado por la vida, nunca me ha abandonado la misma sensación: apenas agarro camino ahí están los pasos del Kalimán, persiguiendo mi destino, como una sombra pegada a su cuerpo, aunque la sombra he sido yo, siempre de espaldas al Sol.

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La clave (key) de la estupidez (keyboard)

10 Mayo 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Es muy probable que en más de una ocasión se hayan preguntado quién y bajo qué criterios organizó el orden que tienen las letras en un teclado convencional, ya sea máquina de escribir o computadora. ¿Cuál es la lógica que lo subyace? Pues bien, este día, consagrado a la memoria de Doña Lucinda, será dedicado a la perdedera de tiempo y a la acumulación de conocimientos inútiles. ¿Preparados?

Fue un 9 de junio, por cierto día de Santa Tecla, hace 30 años, durante una tarde lluviosa en que ni mi madre ni yo teníamos nada que hacer.

—Ayúdame a escribirle una carta a mi papá—dijo Doña Lucinda

Mi madre dedicaba el 25% de su tiempo a criar a sus 8 hijos (en porcentajes proporcionales para cada uno); otro 25% a moler la cuajada para los quesos que mi papá vendía sobre pedido; otro 25% era para sus devociones: la guitarra, la iglesia y la comadre Cuca, en ese orden; y el último 25% a escribir a mano cartas a su papá, a su hermana Marianita, y a otras muchas gentes de vivían allende nuestras fronteras municipales. Por eso se me hizo muy raro que me pidiera “ayuda” para escribir una carta.

—Es que la quiero escribir a máquina—aclaró Doña Lucinda

Ajá. Resulta que con motivo de mi ingreso al segundo grado de la secundaria, el Señor Doctor Don Alfonso había autorizado la compra de una máquina de escribir marca Olivetti modelo Lettera Escolar. Ya saben, en esos tiempo ese señor no me negaba nada, pocos como yo hacían lucir en tan grande medida el orgulloso linaje que mi señor padre desplegaba con tanta ostentación.

De los de mi salón, fui el único de los varones que escogió la materia de mecanografía (el resto eligió “radio y electricidad”), cosa que me hizo ganar fama de maricón. La madre superiora, velando por mi prestigio, me sugirió tomar ambas materias. De esta última materia no guardo el más mínimo conocimiento (nos dedicábamos a pelar alambres y a conectarlos entre sí a unos transistores con la ayuda de un “cautín”, con la finalidad de construir un radio). Por el contrario, de la mecanografía, la primera de mis puterías (la segunda fue ponerme a escribir poemas y novelas), conservo la habilidad para escribir con todos los dedos sin ver el teclado, a una velocidad de 60 palabras por minuto. Habilidad que me ha servido para hacer tareas, saber acariciar a las mujeres y escribir e-mails vuelto madres (en ese orden).

Para Doña Lucinda, una máquina de escribir era algo bastante lejano y contra-intuitivo. En realidad lo consideraba poco elegante y de mala educación, claro, ella lo podía decir porque poseía la bella caligrafía que suelen tener las mujeres de las montañas (a la fecha no se ha podido documentar la existencia de una mujer costeña que escriba bonito y sin faltas de ortografía). Pero aquella ocasión Doña Lucinda, quizás por la naturaleza de lo que habría de escribir, eso nunca lo sabré, pretendía hacerlo por primera vez con una máquina de escribir. Ella me veía escribir con vertiginosa rapidez hojas y hojas con ejercicios absurdos (desde el punto de vista literario, esa etapa fue la más productiva y estéril a la vez). Concha cancha chincha sopa lupa mate rima sosa quepa dipa kapa cacha nina vara trata poca. Y luego al revés. Y luego en sentido inverso. Y luego de arriba para abajo. Y luego sin respirar. Y luego tomando un buche de agua. Y luego rezando un Dios te Salve.

—Enséñame cómo usar este chunche—dijo mi madre, tomando en sus manos una “hoja de máquina” en blanco. En aquellos tiempos no les decíamos papel bond, sino hasta después de que vimos en el cine a James Bond, y pensábamos que una cosa tenía que ver con la otra.

Y ahí me tienen dando a mi madre sus primeras clases de mecanografía, que se iniciaron enseñándole como meter la hoja en el rodillo (sí, mamá, como si fuera tu supermoderna lavadora Easy), y luego cómo ajustar los márgenes, que fue la parte de más le gustó de la clase. Bueno, fue la única parte que le gustó.

Los problemas empezaron con el teclado.

—Haber explícame, hijo, ¿cuál es la lógica para que las letras estén tan desacomodadas?—preguntó la señora.

—Eso no importa—contestó el impaciente hijo—lo que importa es que tu….

—No, no, no, así no—me paró en seco mi madre.—A mi no me gusta hacer las cosas a ciegas. Con casarme con tu padre tuve para aprender. A mi primero me aclaras, me explicas, me detallas, me informas, me expones, me enseñas, me orientas y me guías. Yo quiero saber a quien se le ocurrió poner la “Q” encima de la “A”, y la “P” arriba de la “Ñ”, por qué nunca le atino a la “I” y tantas veces pongo “V” en lugar de “B”.

—No tengo la menor idea—tuve que aceptar

—¿Entonces no existe una máquina de escribir que tenga un teclado decente?

—Supongo que no… pero si el teclado está así ten la seguridad de que es porque así debe de estar, mamá, ¡los de Olivetti son expertos!

—Entonces no vuelvo a escribir a máquina. Prefiero mi papel de libreta con renglones y mi pluma Parker que es el único regalo útil que me ha hecho tu padre.

En aquel tiempo me parecieron necedades de ranchera bajada del cerro. Así se ponía de amargues, según mi padre, cuando sus amigos los sacerdotes le salían con alguna jalada. O según Luz María eran los “cólicos”, palabra nueva que recién había aprendido en el colegio.

Treinta años tardaría en comprender que eso era lo que cualquier persona inteligente y práctica debería haber cuestionado, y que lo que guiaba a Doña Lucinda era su lucidez, valga la redundancia con su nombre, para distinguir las cosas que estaban torcidas por la estupidez humana. Eso y su infatigable sed de conocimientos, surgida en la aridez intelectual de una sierra agridulce situada en la punta del demonio, la hacían endilgarles a sus brillantes y sesudos hijos preguntas de profundo significado aunque de mínima utilidad.

Mi madre tenía razón. El teclado QWERTY, así llamado en honor a las primeras letras de la fila superior de izquierda a derecha, fue creado por Christopher Latham Sholes en 1873. En su primera versión las teclas se ordenaban alfabéticamente. Sin embargo las personas escribían tan aprisa que era muy común que las palanquitas de metal que contenían los tipos se entramparan. Entonces Sholes ideó una forma para que la gente ¡escribiera más lento!, colocando las letras más frecuentes en lugares difíciles de alcanzar por los dedos índice y anular (los más rápidos). Gracias a eso, las personas escribían más lento y los tipos no se entrampaban. Con el tiempo la tecnología hizo posible que se pudiera escribir más rápido sin que hubiera riesgo de entrampamiento. En los años 30s, August Dvorak diseñó un teclado que ponía las nueve letras más comunes en el centro y en la fila de en medio. Además estaban alineadas verticalmente (en el teclado QWERTY lo están diagonalmente). Se estima que la eficiencia del teclado DVORAK es 50 veces mayor. Además reduce el trabajo de los dedos a su tercera parte. Uno todavía mejor es el teclado MALT, creado por Lilian Malt, que fue creado específicamente para teclados para computadoras.

¿Porqué entonces seguimos usando el teclado QWERTY? ¿Por qué en un aparato diseñado con lo más avanzado de la tecnología y que tiene el propósito de optimizar nuestros pensamientos, nuestros actos y nuestras acciones, porqué en estos aparatos seguimos usando una tecnología obsoleta, diseñada para ser ineficiente, que tiene 127 años de antigüedad?

Por estúpidos. Por estúpidos los usuarios que no se quieren tomar la molestia de aprender otro método más rápido y eficiente, pero que requiere el esfuerzo de aprender algo nuevo. Por estúpidos los fabricantes que no quieren quedarse atrás en el mercado ofreciendo tecnología avanzada pero que tal vez no tenga un buen recibimiento por el consumidor.

Mi madre tenía razón. ¿Y de qué sirve todo esto? pues de nada. Yo mismo he tecleado esto en un sistema QWERTY, y sólo me sirve para darme cuenta lo tontos que podemos ser las personas que pensamos tan inteligente.

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La Comunidad de la Llanta (The Fellowship of the Tire)

10 Mayo 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Mi familia se ha vuelto loca. Y de eso seguramente es culpable el enervante olor del azahar de la atmósfera de Rioverde. De unos días a la fecha se han puesto a construir elaboradas ideas delirantes que ante la aceptación compartida se han vuelto certeza colectiva. La verdad no se que hacer pues las ocasiones en que he intentado hacerles entrar en cordura, provoco violentas reacciones de repudio. ¿Cómo decirlo?, es como si mi familia hubiera estado tejiendo una delicada telaraña de complicidades mutuas. El problema se agrava porque además parecen muy felices de hacerlo. Quizás haya sido una reacción de miedo ante las guerras que se gestan allende nuestras fronteras o que se cocinan dentro de casa. Sea cual fuere el caso, no hay día en que no surja una nueva ocurrencia. Hablan, por ejemplo, de perros guardianes de leyenda legendaria con nombre de superhéroe de radionovelas y comics de los años 60s. Algo así como un animal que vino de la nada y se esfumó en la eternidad, y cuyo comportamiento sería digno de una especie de beatificación canina (San Kalimán de los Verdes Gusanitos). Peor aún, se han inventado mis hermanos un supuesto juego derivado de vicios linguísticos por consonancia, que relaciona el lugar de origen de mi madre con una llanta vieja hecho columpio giratorio. Nada más redundante, repetitivo e irracional. La verdad es ruda. Pero es la verdad: la llanta en cuestión en realidad fue la guarida permanente de las larvas de los mosquitos que con tan acuciosa voluntad trataban de erradicar aquellas camionetas amarillo-nationalgeographic y de cuya labor se me quedó pegada una de las palabras más hermosas del universo: Campamento. La otra verdad es que el único juego que jugamos en la infancia fue el de las escondidas. Siempre tratamos de escondernos. Algunos lo logramos con mucho éxito y durante un buen tiempo nadie fue para llegar a la base una-dos-tres tomada por mí.

Pero el juego de las escondidas hace tiempo se ha terminado y hoy agradezco al Señor que me haya permitido encontrar a mis hermanos, aunque sea para darme cuenta de que están rematadamente orates.

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Día de las Madres

10 Mayo 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

a Rebeca

Bien se dice que el amor es un sentimiento discontinuo. O como te dije un día: “entre tú y yo no hay un tranquilo lago a oscuras, hay olas”. Muchas olas. La primera vez te amé como quien anhela un salvavidas luego de haber sufrido un naufragio. Fue la época de las metáforas marítimas. Hasta que llegamos a la playa, un lugar indefinido entre la tierra y el mar, más parecido a una herida (porque se mueve) que a una cicatriz. Yo quería ir para un lado y tú querías ir para otro. Te seguí y entonces como que ya no te quise. La verdad me salió el coraje, el viejo, el que no era original de nuestra parte, pero que nos toca vivir a través de las generaciones. Entonces me tocó vivir la peor época de mi vida. Conocí el bajo mundo de la desesperación y la desconfianza. Creí que no sobreviviría. Entonces te amé por tu solidaridad, tu compasión. Hiciste lo que una mujer debe hacer con su hombre: hacer frente común contra los malos. Sin matices. Sin medias tintas. Volvimos al mar, ahora en el mismo barco. Desde entonces nuestros hijos han crecido. Sus imágenes se han vuelto más nítidas, más precisas sobre la clase de personas que son y no las que antes hubiéramos imaginado aprovechando la mala calidad de las imágenes digitales de antaño. De pronto es aterrador darse cuenta que tu y yo ya no existimos sin el “nosotros”. Y que ellos siempre están ahí para echarnos a perder el rato. Y cuando más asustado estoy, de pronto volteo y te veo ahí, acurrucada con nuestra hija, tratando que se apacigüe. Y el mundo se ilumina y el nosotros empieza a tener vida en cada uno de nuestras personas. Te amo porque eres madre. Por tener entre tus manos el vientre que genera todo los océanos del mundo. Porque haces que este mundo, al que le han quitado su madre, sea habitable para los niños. Te amo porque has hecho de la casa, el lugar primordial para la conservación de la especie. Te amo cuando, en el silencio momentáneo que se hace en el lago de nuestro encuentro, te mueves de mi mente a la de mis hijos y te conviertes mágicamente, en todo aquello que nos une.

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