Lucinda y Alfonso
Amado Nieto Caraveo
Dudo que mis padres gocen la santa paz en su tumba. Hay pruebas. La Señora Lucinda, “una muerta con un yo descalzo” (Elena Garro), suele deambular por el jardín de su casa, o mejor dicho, de lo que era el jardín de lo que era su casa. Pero ella no se ha dado cuenta que ya no es su jardín y que ya no es su casa. Mi hermano Daniel, ahora ocupante de dicha propiedad, no cree en fantasmas. Pero en más de una ocasión ha sido ella la que ha ahuyentado a los ladrones que entran ahí en busca de sus tesoros. Como ya lo he mencionado en otros escritos, los espanta por el simple hecho de aparecerse como un fantasma encuerado. Por un extraño fenómeno que ella misma no se explica, la muerte le quitó por entero el recato, de manera que siempre le tengo a bien recordar que se ponga un vestidito, por más deshilachado que sea, que le cubra sus vergüenzas. Ahora bien, también ha descubierto que algunas propiedades de su vida han permanecido en el más allá, como es su propensión a cantar bajo cualquier pretexto. De hecho ya prácticamente no habla si no es que entonando algún tema ranchero o bolero serrano, de esos que le recuerdan su pueblo de El Pilar, Chihuahua, lugar al que suele llamar “la tierra enterrada”, supongo que haciendo alusión a que es un lugar que de algun modo también muerto. Es triste, porque las personas es normal que mueran, pero no los lugares, que han se seguir viviendo para ver morir al resto de los habitantes. Cuando un lugar se muere, dice Lucinda en sus fantasmales teorías, sus habitantes se convierten en zombies. Estas ideas parecen indicar que en el cielo se la pasan viendo películas, lo cual no se oye mal tratándose de una estancia eterna. Hasta la fecha no se ha sabido de otro lugar en donde se aparezca mi madre que no sea en la casona de Madero y Manuel J. Othón, en Rioverde. Yo personalmente he preguntado a sus parientes de Chihuahua y no, no la han vuelto a ver desde que se murió, apenas un año antes de que terminara el siglo XX. Hubiera jurado que lo primero que haría su alma en pena sería visitar el panteón donde está enterrada su madre, en Moris, pero según se dice fueron los muertos del camposanto los primeros en salir despavoridos cuando los Orcos se apoderaron de ese territorio. Eso me traduce que finalmente mi querida mamá acabó por arraigarse, en contra quizás de su voluntad, en el pueblo de Rioverde, donde vió a sus hijos crecer. Creo que eso significa su recurrente maña de aparecer en donde considera es y sigue siendo “su casa”: el espacio-tiempo privilegiado donde sus hijos conviven en santa paz. Caso diferente es mi señor padre, Don Alfonso, mejor conocido como el Doctor, quien desde un principio adquirió la costumbre de aparecerse en mi propia casa, independientemente de que un día viviera en un lugar y al poco rato en otro. De algún modo llegaba al poco rato de terminar con la mudanza, haciendo como si siempre hubiera vivido conmigo. Como también lo he referido previamente, el doctor tiene la costumbre de llegar por algunos días, 3 a 4, nunca más de una semana, durante las cuales se apropia de mi sillón favorito, la tele, el refri y más recientemente el internet de la computadora. Le vale que mis hijos sean pequeños y tengan preferencias, para él es como si fueran sus hijos y se tienen que aguantar. Tuvo el descaro de hacer que Rebeca, mi esposa, le hiciera “piojito” para tomar una siesta. O sea, parece que no se ha dado cuenta que hace 25 años fue declarado oficialmente muerto mediante un certificado legalmente acreditado en el registro civil. Tengo la sospecha que el doctor disfruta más de su vida de muerto que su vida de vivo. Y aunque mis hermanos nieguen que a ellos se les haya aparecido, he detectado que hay días en que desconectan el teléfono de su casa. Tal vez les de pena aceptar la aparición de la visita incómoda. Porque yo ya me hice a la idea de tenerle la botana que le gusta (charalitos salados y queso añejo enchilado estilo mercado Cristóbal Colón), su tequila Sauza y un par de pantunflas que me traigo de los hoteles donde ando, que resulta que son su fascinación. Comodino mi señor padre, parece no darse cuenta que ya he crecido y que también soy un señor doctor de gran prestigio. Me sigue dando consejos como si fuera estudiante de medicina. El otro día le quise explicar que yo era especialista en el psiquismo, entendió “paludismo”, y empezó a discurrir sobre el uso de la cloroquina y el recuento de un extraño caso de paludismo cerebral de un niño de El Puente del Carmen, que había dejado de hablar. Don Alfonso deja de aparecerse durante mucho tiempo, se espera a que me cambie de casa. Es cierto que me harta a los pocos días de su llegada y que no hallo como explicarles a mis hijos pequeños que este abuelo es un fantasma impredecible. Pero también es cierto que lo extraño. Que me robo unas nuevas pantunflas con la esperanza de volver a verlo. Que le acabo de comprar un libro sobre el paludismo cerebral.
Creo que mis padres no se hablan. Ha de ser que habitan distintos camposantos. O que siguen enojados. El caso es que ninguno habla del otro. Cuando hago mención de mi madre, Don Alfonso pone el Discovery Channel. Si le hablo a Doña Lucy del doctor, se pone a cantar “Dos Ciudades”. Yo creo que la verdad es que se extrañan demasiado el uno al otro, pero no se atreven a encontrarse. Por eso nos buscan en sus hijos. Y que por eso no están en paz. El amor y el odio son resistentes a la muerte y es hora que no han encontrado sosiego a los sentimientos que han dejado plantados en sus hijos, y en los hijos de sus hijos. El caso es que son los muertos más vivos que conozco y que a veces me alegro, que no hayan querido encontrar su descanso eterno, en la paz de su sepulcro.
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