Rioverde
San Luis Potosí, México

Lucinda y Alfonso

1 Noviembre 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Dudo que mis padres gocen la santa paz en su tumba. Hay pruebas. La Señora Lucinda, “una muerta con un yo descalzo” (Elena Garro), suele deambular por el jardín de su casa, o mejor dicho, de lo que era el jardín de lo que era su casa. Pero ella no se ha dado cuenta que ya no es su jardín y que ya no es su casa. Mi hermano Daniel, ahora ocupante de dicha propiedad, no cree en fantasmas. Pero en más de una ocasión ha sido ella la que ha ahuyentado a los ladrones que entran ahí en busca de sus tesoros. Como ya lo he mencionado en otros escritos, los espanta por el simple hecho de aparecerse como un fantasma encuerado. Por un extraño fenómeno que ella misma no se explica, la muerte le quitó por entero el recato, de manera que siempre le tengo a bien recordar que se ponga un vestidito, por más deshilachado que sea, que le cubra sus vergüenzas. Ahora bien, también ha descubierto que algunas propiedades de su vida han permanecido en el más allá, como es su propensión a cantar bajo cualquier pretexto. De hecho ya prácticamente no habla si no es que entonando algún tema ranchero o bolero serrano, de esos que le recuerdan su pueblo de El Pilar, Chihuahua, lugar al que suele llamar “la tierra enterrada”, supongo que haciendo alusión a que es un lugar que de algun modo también muerto. Es triste, porque las personas es normal que mueran, pero no los lugares, que han se seguir viviendo para ver morir al resto de los habitantes. Cuando un lugar se muere, dice Lucinda en sus fantasmales teorías, sus habitantes se convierten en zombies. Estas ideas parecen indicar que en el cielo se la pasan viendo películas, lo cual no se oye mal tratándose de una estancia eterna. Hasta la fecha no se ha sabido de otro lugar en donde se aparezca mi madre que no sea en la casona de Madero y Manuel J. Othón, en Rioverde. Yo personalmente he preguntado a sus parientes de Chihuahua y no, no la han vuelto a ver desde que se murió, apenas un año antes de que terminara el siglo XX. Hubiera jurado que lo primero que haría su alma en pena sería visitar el panteón donde está enterrada su madre, en Moris, pero según se dice fueron los muertos del camposanto los primeros en salir despavoridos cuando los Orcos se apoderaron de ese territorio. Eso me traduce que finalmente mi querida mamá acabó por arraigarse, en contra quizás de su voluntad, en el pueblo de Rioverde, donde vió a sus hijos crecer. Creo que eso significa su recurrente maña de aparecer en donde considera es y sigue siendo “su casa”: el espacio-tiempo privilegiado donde sus hijos conviven en santa paz. Caso diferente es mi señor padre, Don Alfonso, mejor conocido como el Doctor, quien desde un principio adquirió la costumbre de aparecerse en mi propia casa, independientemente de que un día viviera en un lugar y al poco rato en otro. De algún modo llegaba al poco rato de terminar con la mudanza, haciendo como si siempre hubiera vivido conmigo. Como también lo he referido previamente, el doctor tiene la costumbre de llegar por algunos días, 3 a 4, nunca más de una semana, durante las cuales se apropia de mi sillón favorito, la tele, el refri y más recientemente el internet de la computadora. Le vale que mis hijos sean pequeños y tengan preferencias, para él es como si fueran sus hijos y se tienen que aguantar. Tuvo el descaro de hacer que Rebeca, mi esposa, le hiciera “piojito” para tomar una siesta. O sea, parece que no se ha dado cuenta que hace 25 años fue declarado oficialmente muerto mediante un certificado legalmente acreditado en el registro civil. Tengo la sospecha que el doctor disfruta más de su vida de muerto que su vida de vivo. Y aunque mis hermanos nieguen que a ellos se les haya aparecido, he detectado que hay días en que desconectan el teléfono de su casa. Tal vez les de pena aceptar la aparición de la visita incómoda. Porque yo ya me hice a la idea de tenerle la botana que le gusta (charalitos salados y queso añejo enchilado estilo mercado Cristóbal Colón), su tequila Sauza y un par de pantunflas que me traigo de los hoteles donde ando, que resulta que son su fascinación. Comodino mi señor padre, parece no darse cuenta que ya he crecido y que también soy un señor doctor de gran prestigio. Me sigue dando consejos como si fuera estudiante de medicina. El otro día le quise explicar que yo era especialista en el psiquismo, entendió “paludismo”, y empezó a discurrir sobre el uso de la cloroquina y el recuento de un extraño caso de paludismo cerebral de un niño de El Puente del Carmen, que había dejado de hablar. Don Alfonso deja de aparecerse durante mucho tiempo, se espera a que me cambie de casa. Es cierto que me harta a los pocos días de su llegada y que no hallo como explicarles a mis hijos pequeños que este abuelo es un fantasma impredecible. Pero también es cierto que lo extraño. Que me robo unas nuevas pantunflas con la esperanza de volver a verlo. Que le acabo de comprar un libro sobre el paludismo cerebral.

Creo que mis padres no se hablan. Ha de ser que habitan distintos camposantos. O que siguen enojados. El caso es que ninguno habla del otro. Cuando hago mención de mi madre, Don Alfonso pone el Discovery Channel. Si le hablo a Doña Lucy del doctor, se pone a cantar “Dos Ciudades”. Yo creo que la verdad es que se extrañan demasiado el uno al otro, pero no se atreven a encontrarse. Por eso nos buscan en sus hijos. Y que por eso no están en paz. El amor y el odio son resistentes a la muerte y es hora que no han encontrado sosiego a los sentimientos que han dejado plantados en sus hijos, y en los hijos de sus hijos. El caso es que son los muertos más vivos que conozco y que a veces me alegro, que no hayan querido encontrar su descanso eterno, en la paz de su sepulcro.

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La Casita de Oropel

21 Octubre 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Su silencio es espejo de mi vida
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.

Octavio Paz

(Casi) nada podría escribir sobre mi, que no esté ya contenido en este poema de Octavio Paz, que escribió pensando en su padre. Pero si bajo cualquier pretexto lo hago (escribir), al cumplir 40 años la tentación se vuelve irresistible. Porque es un número redondo, porque es el oscuro medioevo de la vida, y porque es irremediable (escribir).

Al cumplir 40 años mi padre se emborrachaba con sotol en una serranía del norte. Recién lo habían dejado plantado ante el altar. Su novia había recapacitado a tiempo y huyó del pueblo con otro hombre la víspera del festejo. Para colmo de males se había roto una pierna que ahora mantenía entablillada. Sentado en un piedra, chupando sus ralei, bebería hasta embrutecerse viendo ponerse el sol por atrás de las amarillentos cerros de valle del Yécora. Con la vista dirigida hacia las inmensidades horizontales del estado de Sonora, mi padre pensaba su futuro, embriagado de coraje. Cuatro años después se casaba con Lucinda, hermosa aristócrata del pueblo minero de Moris, de la alta Tarahumara chihuahueña. Yo sería el segundo de los hijos de ese matrimonio. Hice mi primer amigo luego de intentar asesinarlo. Tendría acaso sólo 4 años cuando Lalo González salvó la vida en aquel pozo fangoso. Nunca me acusó con los mayores, y que yo sepa jamás ha acusado a nadie que fuera su amigo. Con él conocí la fidelidad, a lo largo de casi cuarenta años de amistad. Mis cumpleaños están endosados a las primeras cosechas de la naranja valenciana, a la Serie Mundial con los fabulosos Athletics bateando jonrones y a los elotes asados a la luz de la luna. Nada para alarmarse, mi papá era como El Ratón: me dejaba escondido el regalo de cumpleaños y así evitaba los besos y los abrazos. Aunque en 40 años no me ha faltado el amor. He vivido sobreprotegido en espacios virtuales amorosos que inició la señora Lucinda. Sólo dos años he dedicado al deporte y me gustó mucho. Soy un moderno que pertenece a la generación de la modernidad postrevolucionaria, aunque he resistido la especialización y me gusta aparentar la posmodernidad aprendida en la escuela. A la edad de 6 años veía un partido de futbol por la televisión. Mi hermano El Grande me asignó un equipo. A los 40 años sigo siendo necio americanista de hueso colorado. Ello da constancia de que soy constante en mis amores. Los días mas felices han sido los lluviosos, apenas 1,500 (cálculo aproximado) que representa el 10% del tiempo. Ello da una cifra de mi felicidad: un décimo de la vida. Los atardeceres los editaría porque me producen miedo. Al recordarla, pareciera que mi vida se divide en episodios. No es así, día tras día han pasado y la única discontinuidad real fue la anestesia general de una cirugía. Si hubiera que elegir una palabra para los 40 años, esa es “fake”. Me gusta en inglés, porque no es precisamente mentira (lies), tampoco falsedad (falsehood). “Fake” contiene algo de broma, de artificialidad, engaño, encubrimiento, adivinanza y sorpresa. Podría decirse que soy un impostor original, alguien que finje con toda la autenticidad posible. Inventarse una historia de 40 años tiene un problema: que la ficción resulte verosímil, y eso en cinematografía es igual a la verdad. La escena más filmable (aunque churra) fue cuando llegué a la meta del Maratón Lala 97 en 3 horas 36 minutos. Otra escena, esta digna de una comedia de Jack Lemmon, fue cuando perseguí un autobús urbano por 7 cuadras. Cuando fui más valiente fue cuando más pena apagó mi corazón: la tarde que anuncié a mis hijos el divorcio de sus padres. He hecho cosas vergonzantes, y por supuesto colecciono una buena cantidad de secretos inconfesables. Uno de ellos se relaciona con una de mis primas hermanas (y aquí termina la confesión). A los 15 años, la mascota de la casa, una gatita llamada Pussy, fue atacada por un rufián tlacuache. Cuando la descubrimos, tenía todas las tripas colgando. Aun viva, fue llevada al consultorio de mi papá, donde una enfermera y yo le cosimos la pared abdominal (a mi me tocó meterle los intestinos con los dedos). Mientras tanto mi padre siguió leyendo su Excélsior y apenas si supo que una semana después el animal moriría víctima de una peritonitis (supuse yo, pues nunca le dimos un antibiótico). Esa semana dormí en un sillón con la Pussy en mi regazo. Murió muy tranquila. Ello adivinaba uno de mis talentos más preciados: la capacidad para apaciguar a los bebés y en general a los que sufren. El inventario de mis sueños en 40 años se divide en 4 categorías: a) sueños de largas bahías repletas de hoteles, b) sueños donde llego tarde y soy excluido, c) sueños de inmensas casas con infinitas habitaciones y d) sueños varios no clasificados en apartados anteriores. Los escritores que más me ha impactado leer son Kafka, Mario Vargas Llosa y Stephen King. Confieso mi ignorancia de los clásicos. No se si me alcancen otros 40 años para leerlos. El primer libro que me regalaron fue “Médico de Cuerpos y Almas” de Taylor Caldwel. Me lo dio mi madre de premio porque fuí admitido en la Facultad de Medicina. En broma siempre digo que mi padre me obligó a estudiar medicina. Creo que hubiera podido estudiar cualquier cosa, pero lo mejor que me pudo pasar fue estudiar medicina. Aunque reniegue. Me siento orgulloso de ser doctor, un buen doctor. Siento haber dejado de ver a muchas personas. Algunas de ellas se murieron. Otras se enemistaron conmigo o con gente cercana a mí o yo me enemisté con gente cercana a ellas. Entre mi muertos notables destacan mis padres a quienes extraño todos los días. Luego dos amigos, Gerardo y Ramiro, a quienes he dedicado un libro que cuenta historias basadas en nuestras aventuras compartidas. Con ellos extraño mi infancia. Nunca he fumado mariguana. Nadie lo cree cuando ve mi colección de discos compactos. No obstante la prohibición médica, sigo oyendo la música a todo volumen lo cual me está ocasionando un trauma acústico que, dicen, me puede llevar a la sordera. No tolero la música de mariachi, ni las ferias, ni los circos. Supongo que ello tiene que ver con la intolerancia a la pobreza y la sordidez que nos ha impuesto vivir en Latinoamérica del siglo XX. Igual un día me hago mariachi, merolico o trapecista, o me fumo un churro para no andar con tantas presunciones por la vida. Antes fui vendedor de aguacates. Yo mismo los cortaba del árbol, los guardaba en cajas y los comercializaba entre mis maestros de la escuela de Medicina. También vendí camisas Chemisse Lacoste (la marca del cocodrilito) justamente cuando dejaron de estar de moda. El trauma mayor de mi vida es no saber bailar y morirse de ganas por hacerlo. Fui cantador de boleros y gallero (de serenatas) semiprofesional. Mi voz se entona bien y puede seguir sin problema la tercera voz, lo cual es de herencia. Siempre he querido ser otra persona: de niño quería ser Chavo Izar, de joven quería ser Paul McCartney, a los 40 años quiero ser inmortal. Estuve pensando en las efemérides del número 40 y no se me ocurrieron muchas: el número de ladrones que acompañaban a Alí Babá, el número de sinfonías que se atribuyen a Mozart si quitamos la 41 (que es la mejor), el kilómetro de la carretera México-Querétaro donde se mató Ramiro Yánez, el precio en pesos de un cartón de cervezas (sin importe), el número de veces que he visitado la playa del mar, la cantidad de niños que he visto nacer en mis manos, los grados de calentura que se necesitan para delirar, el año del siglo XX en que nació uno de los Beatles, los días que debía aislarse a una persona contagiada de la peste, los días de abstinencia sexual de una parturienta, los millones de años luz que nos separan (o nos acercan) del centro de la galaxia, el número de cartas que he enviado a Santaclós (contando las primeras en que me ayudó mi madre), la edad de mi padre cuando se rompió la pata, lo abandonó una mujer y se emborrachó sólo y su alma en un cerro. De ahí bajé yo. La resaca no la he podido curar. Y esa mujer, méndiga, no ha regresado.
En la película de Paul Leduc, Frida Kahlo se está muriendo. Desde su lecho reconstruye su vida a través de la evocación inconexa de fragmentos delirantes de su vida. Será la influencia del método, o del alcohol, del cine o del rock. Será el sereno, pero así está el retrato de mi vida:

La casita se cayó
La mandaron componer
Con pedazos de oropel…pel…pel…pel

(escrito en 2000, en ocasión de cumplir 40 años de vida)

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El Otro Edén

1 Octubre 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

La región que hoy se llama Tabasco se ha ido creando en el transcurso de los últimos 100 millones de años. Y si digo “se ha ido creando” es porque todavía hace poco se modificó sustancialmente. Es una tierra de aluvión, como la mayor parte de las planicies costeras del Golfo de México. Esto es, se formó gracias a la actividad volcánica de los cordones montañosos situados al poniente. Igual ocurre con la planicie costera de la huasteca potosina, aunque por acá la actividad volcánica ya se aplacó y por allá sigue echando lumbre. No hace mucho que “El Chichonal” inundó de ceniza y su lava rellenó barrancas y lagos. El curso de 5 ríos cambió luego de la erupción del Chichonal. Mis temores se confirmaron cuando, al llegar a Villahermosa, unos colegas me informaron de la verdad. Que la mayor parte de las personas “pudientes” de la ciudad siempre tienen listo su equipaje y una casa en la Ciudad de México o Puebla, para huir en caso de inundación. Es como un Apocalipsis que todo mundo tiene en la cabeza. La amenaza es real. Tres gigantes presas, la más grande la hidroeléctrica de Chicoasén, acaparan el agua que se drena de la Sierra Madre del Sur y la liberan miserablemente hacia el Golfo, principalmente a través del Grijalva. Los ríos y las presas siempre están a tope y tienen que abrir sus compuertas que inundan esa isla urbana llamada Villahermosa. Mi pesadilla creo que comienza en Rioverde, a la edad de 10 años. O sea 1970. Entonces llovió mucho. Por supuesto que se inundó la calle Madero y durante dos días no salimos a la escuela y al tercer día salimos calzando emocionado unas botas gigantes para cruzar la calle. Mi madre, Campeona Mundial de Cataclismo, empezó a suspirar porque alguien dijo en el mercado que la Presa de San Diego estaba hasta el tope y que había peligro de que la cortina se cayera. Supuso mi madre que ello implicaba el riesgo de inundación de la ciudad de Rioverde. Yo era como la segunda cuerda de la guitarra de mi madre: siempre resonaba en el mismo tono que ella. Así que esa noche la pasé con las cortinas abiertas, observado el horizonte hacia el suroeste, vigilando la posible corriente mortífera del más allá. La presa de San Diego estaba a 20 kilómetros de nuestra casa y seguramente su caudal entero no hubiera llegado ni al ejido del Jabalí, pero la ignorancia y el miedo son cabrones cuando se juntan. Más si hay una madre de por medio. Cuando me fui a estudiar Medicina a San Luis Potosí, la capital del Altiplano, supe inmediatamente que ahí viviría por siempre. Nunca más lagunas en mi corazón.

Así que el día que fui a Villahermosa, lo que más deseaba era irme lo más rápidamente de ahí. La persona que me llevó del hotel al aeropuerto, a quien con fines de extradición llamaremos “Adán” (en honor al primer habitante del Edén), llegó media hora más tarde de lo acordado. Mi vuelo estaba programado para las 12:40 y el señor de apersonó hasta las once.

—No te apures—dijo el igualado-peje—hay tiempo de sobra para llegar al aeropuerto.
—Es que ahora piden llegar 2 horas antes, incluso para vuelos nacionales—le reclamé tímidamente.
—¡Noh’mbre! Con que lleguemos una hora está bien, acá las cosas son diferentes, somos más campechanos.

Yo pensaba que eran tabasqueños. Pero bueno, vi mi reloj y supuse que serían suficientes los 15 minutos que separan la ciudad con el pedazo de tierra arrancado a los Pantanos de Centla que usan como aeródromo terminal. Me dispuse a despedirme de la aguada tierra que fue cuna de la civilización mesoamericana, que fue la primera que pisó en el continente un explorador español y que fue sitio de la primera batalla, precisamente la Batalla de Centla, donde Hernán Cortés obtuvo como prebenda de guerra a La Malinche. Tierra del poeta de la selva y el cielo, Carlos Pellicer. Ni modo, no quedaba otra que reconciliarse con el supuesto Paraíso, con todo y sus amenazas hídricas. Pero Don Adán ya había decidido hacerme una despedida infernal.

— ¿Quieres ver el parque de la Feria?
— No, para nada, mejor ya vámonos al Aeropuerto, luego si el vuelo está sobrevendido me van a dejar sin lugar.
— ¡Noh’mbre! Si llegamos, vamos para que lo conozcas.

Hay tres cosas que aborrezco como la peste. Primera, llegar tarde a los terminales camioneras, de trenes o de aviones. No por puntual, para nada. Sino por el terror de quedar abandonado en la tierra de nadie. Segunda, odio las ferias. Será porque de chiquito me perdí durante dos horas en la Feria Potosina (mamá dixit) o será porque durante mucho tiempo la Feria de Rioverde la hacían casi en el jardín de mi casa de la calle Madero. Y tercera, me pudre que me obliguen a hacer algo nomás porque a otro se le hincharon los güevos. Ahí me tienen llevado por Adan al Super-Mega Parque de la Feria Tabasqueña. Típica obra que confunde lo grandioso con lo grandote.

—Mira nada más que chingón Teatro del Pueblo tenemos—dijo el tal Adán.

— Oye Adán, en buen plan—le dije cuidando no agraviar su orgullo tabasqueño—¿No crees que sería bueno que ya nos fuéramos al aeropuerto, digo, en otra ocasión podemos visitar el parque y si quieres invitamos a tu mamá y nos subimos a la rueda de la fortuna.

La verdad no le dije eso, pero es lo que le hubiera querido decir (quiten de la frase lo de la mamá y la rueda de la fortuna, dejen lo del buen plan). Como que Adancito se puso serio y dejó la verborrea de guía turista y aunque me dio un poquito de culpa, respiré aliviado porque siendo las 11:30, queda muy poco tiempo para abordar.

Pero el amorcillamiento le duró poco.

— ¿Ya probaste el Pozol?, es la bebida típica de Tabasco.
— ¿Pozol? Pues no, no lo conozco. —contesté desinteresado en el asunto.
— Es una bebida de maíz y cacao, muy buena, ¿Se te antoja?
— La verdad no, acabo de desayunar unos tamales típicos, acompañados de frijoles típicos y plátanos fritos típicos, o sea que traigo la panza típicamente repleta.
— ¡Noh’mbre! Si no es comida sino bebida, vamos te invito, tenemos tiempo—dijo Adán, mientras en lugar de dar la vuelta a la derecha, como indicaba el anuncio rumbo al aeropuerto, la dio hacia la izquierda, hacia el centro, donde vendían el mejor Pozol de Villahermosa, al cabo era sábado y no había mucho tráfico. Para ese momento ya sabía que era inútil negarme, incluso cuando me percaté que había un chingo de tráfico.

El suceso me recuerda la vez que Ramón me llevó a probar el pulque. Ramón, el capataz de la huerta de mi padre, me preguntó igual un día “¿ya probaste el pulque?” Entonces enfiló la Chevrolet verde rumbo a San José del Tapanco, donde vendían el mejor pulque de la región. Recuerdo el vaso tipo veladora donde me sirvieron la bebida (¿o debería decir comida?). Yo tendría acaso unos 15 años. Antes de tomar el primer trago me detuvo el tufo a podrido. Ramón se me quedó viendo. “Dale un trago, con eso se quita el olor, es muy bueno y nutritivo”. Supuse en ese momento que no probar el pulque sería una especie de falta de hombría o algo por el estilo, así que aguantando la respiración le di el primer trago. Pero fue peor. La nausea me impidió dar el segundo. Le puse a Ramón cara de “si insistes le voy a decir a mi papá” y entonces ya no me dijo nada. Luego de acabar el suyo se tomó mi veladora.

—No me tardo —dijo Adán mientras dejaba el carro estacionado en doble fila conmigo adentro y se metía al mercado en medio de puestos ambulantes que olían, seguramente, a pulque.

Regresó con un recipiente de medio litro, lleno hasta el tope, con Pozol “agrio”, el especial de la casa según Adán. El primer trago se lo tuve que dar para que no se desbordara el líquido. Y tal como me lo temía, no se quedaba atrás del pulque. Nuestro querido Adán, luego de observar mi primera aventura con el manjar, me dio la explicación técnica del menjurje.

— Primero ponen la masa a fermentar y ya que salen los pelitos del “penicilium” le añaden el mate de cacao. Los gránulos que se sienten son pedacitos de cacao. ¿A poco no está sabroso?

Mi madre me enseñó a que siempre debía terminar la comida que me sirvieran fuera de casa. Crecí con la vergüenza abrumadora de hacer sentir mal a los demás cuando trataban de alimentarme. En una ocasión, cuando era púber, me comí los 6 rollos de col que me sirvieron como platillo principal en una casa de árabes. Cada col se acompañó de un vaso de agua desabrida. Pero tomarme el barril de Pozol era demasiado. Así que puse cara de “le voy a decir a los que te contrataron” y abandoné todo intento de seguir bebiendo podredumbres. Adán ya no dijo nada y me condujo al aeropuerto, con apenas media hora para tomar el vuelo. El pozolindro se quedaría en uno de los depósitos de basura del aeropuerto. Afortunadamente el vuelo no iba lleno, aunque eso no impidió que la chica del mostrador de Aeroméxico pusiera su jeta regañona por la tardanza. ¿Qué le decía? ¿Qué un remedo de peje se impuso autoritariamente sobre mis voluntades y que luego de un mini-secuestro me estuvo torturando a costa de mi tiempo y de mi paladar, por el simple hecho de ser un habitual consumidor de nopales?

Por fin puede trepar al avión que me devolvería al hogar. Asiento 11D. Quise sumergirme en el sueño oyendo mi IPod (¡vengan a mi rescate Pet Shop Boys remixed!) y entonces me di cuenta que al aparato se le había descargado la batería. No era mi día de suerte.

Entonces reparé que había alguien en el asiento 11E. Primero fue una voz grave de mujer. Definitivamente La Voz. Me volví a verla. Era una mujer pasando los setentas, sin duda, pero de notable belleza y seducción arrebatadora. A leguas se veía que miles habían caído bajo su encanto. Y que ella lo sabía. Sonreímos como sonríen dos personas que se encuentran de compañeros de viaje en un avión in the middle of the nothing. No tardé mucho en descubrir el camino neuronal que la conectaba con mis recuerdos, con esa clase de recuerdos que los hombres guardamos en secreto. Le hice ver que sabía de su identidad y que de alguna manera la admiraba, como a todas las mujeres cuya belleza se resiste a desaparecer con el paso de los años. Le hablé de mi madre, la mujer más bella que jamás he conocido e incluso le platiqué la ocasión en que Silvia Derbez, la diva, visitó Rioverde para pasar el coraje de su vida al darse cuenta que su marido le echó los perros a mi madre. Resultó que ella también era de Chihuahua, como mi madre. Me habló del Yoga, de Jorge Negrete, del amor a los animales que nunca se come, del primer concurso de belleza que ganó, de los viajes que no ha hecho y lo mucho que detesta la comparen con María Félix. ¿Qué podía decirle yo? ¿Qué soy un hombre embrujado? ¿Qué me da miedo estar encerrado? ¿Qué me dan miedo las mujeres que no tienen miedo? Por supuesto que no dije nada de eso, tenía que aprovechar el tiempo en escucharla, mi especialidad, pero lo pensé que es lo más importante.

Apenas conversamos una hora. Sin embargo, al despedirnos, en su autógrafo, escribió “Con cariño siempre: Elsa Aguirre.”

Entonces el fin de semana en el Edén se volvió perfecto.

Tu cuerpo es la orilla,
Ribera longitudinal,
Cauce inmóvil,
Fondo original.
No el estanque o el estero
Ni el barco.
Sino el pez y el pescador,
Ola y playa,
Cuerpo del agua.

Tu cuerpo es la herida,
Cicatriz universal,
Huella mágica.
Antiguo recuerdo.
No la sangre o el vidrio
Ni la sutura.
Sino la piel y la caricia,
Beso y deseo,
Tejido que une.

Tu cuerpo no es el verso,
Es el papel.
No es el tiempo,
Es el reloj,
No es el silencio,
Es la sal,
Es el secreto que une a las montañas
Con el mar.

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La Isla de Flores

1 Octubre 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

No es fácil permanecer callado en un idioma que tiene tan pocos sinónimos para el silencio. Así que aquí les va una nueva contribución a la celebración del ruido. El Ser Humano es una entidad ruidosa. Es su manera de guardar secretos. En la lejana isla de Flores, en la devastada Indonesia, se llevó a cabo en 2005 un descubrimiento extraordinario. Al parecer nadie le ha dado la mayor importancia (como siempre, hay demasiado ruido en el ambiente). Bueno, pues ahí en esas lejanas tierras escarbaron un agujero (digging in the earth), y en el hoyo hallaron un cráneo similar al de los humanos pero 3 veces más pequeño. Primero pensaron que sería el cráneo de un niño. Luego se dieron cuenta que no, que era un adulto. La sorpresa tiene que ver con dos asuntos: a) la forma del cráneo corresponde a un humano evolucionado, y b) la edad del cráneo era apenas de 18 mil años. Se supone que el fósil más antiguo de un homínido no-humano era el espécimen de Pekín (1.7 millones de años) y que corresponde a una especie muy primitiva, con el cerebro muy pequeño, pero que ya caminaba. A esta especie se le conoce como Homo Erectus. Es posible que algunos de estos homínidos se hayan quedado aislados en la isla de Flores y que hayan tenido una evolución diferente a la del Homo Sapiens. Estos pequeños hombrecitos y mujercitas apenas si crecerían un metro, pero alcanzaron un desarrollo intelectual muy semejante al Hombre de Neanderthal. A la mejor y hasta coincidieron y convivieron aunque al final hayan sido exterminados. En pocas palabras, alguna vez hubo hombres pequeños que tuvieron que lidiar con los gigantes. Y si bien los gigantes fuimos nosotros, de alguna manera se han colado en nuestro genoma, ambientoma, mitoma y culturoma, en la forma de toda una serie de fantasías sobre enanos y gigantes que conviven cotidianamente con nosotros. Cuando apareció el canal “retro” de televisión, lo primero que pensé es que sería el canal de Provida. Para mi sorpresa, empezaron a salir los programas que vimos en nuestra infancia y juventud. Por supuesto que mi favorito es: Tierra de Gigantes. ¿Porqué no se llamará “La Invasión de los Enanos”? le pregunté a mi madre, mientras le echaba encima una onda einsteiniano-relativista. Me dijo “Si no te gusta cámbiale al Chavo del Ocho”. Pero Lucy me echó tamaños ojotes de pistola 38 súper, porque resulta que Tierra de Gigantes era su programa favorito de la temporada. ¿Qué hubiera pasado si el Homo florisiensis (así lo han bautizado) hubiera sobrevivido y convertido en el ser dominante sobre la tierra? ¿Habría futbol americano? ¿Bush hubiera el presidente de un país hegemónico? ¿Hubiera habido un Napoléon, un Benito Juárez y un Cuauhtémoc Blanco? ¿Hubieran inventado la cesárea? ¿Habría el apellido “Grande”? ¿Hubiéramos tenido un presiedente que lo que tiene de altote lo tiene de pendejote? ¿Existirían Pinos Altos y los Altos de Jalisco? ¿Qué pedo con el basquetbol? ¿Porqué chingaos una isla de Indonesia se llama “Flores”, cuando sus compañeras vecinas se llaman Labunhanbajho, Sumbawa, Guangapu y Larantuka? A las criaturas de Flores se les han llamado de cariño “los hobbits” en honor a los personajes de “El Señor de los Anillos” de Tolkien, que como ya saben, fueron los enanitos héroes de la saga. Es posible que les haya contado puras mentiras. Es posible, cuando uno no puede quedarse callado.

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Historietas

1 Octubre 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Uno de los momentos más difíciles de mi vida fue cuando descubrí que el Señor Paz, director de la escuela donde estudiaba Archi Gómez, en realidad se llamaba Mr. Weatherbee. “Los cuentos” los leí, claro, frente al Cine Hidalgo, donde Don Nicho y Don Toribio vendían a veinte centavos cada cuento, aunque también tenían servicio de “renta” de lectura. Aunque no ignoraba que “los cuentos” los hacían en Estados Unidos, siempre había modo de hacerse a la idea de que los personajes que te acompañan la infancia tienen su nombre propio y que nadie se los cambia. Se entiende que “Gómez” lo hace más familiar al mexicano que “Andrews” (como en realidad se apellidaba), pero Weatherbee suena totalmente distante. Hubieran podido conseguir un apellido hispano mas pomposo y rebuscado (por ejemplo, Sr. Gondoleza) que rimara con “Weatherbee”. Mi cerebro no pudo más ligar a mi Señor Paz con aquel regordete directivo escolar, como sí lo podía hacer con Betty Cooper/Rosas, o con Verónica Lodge/Del Valle. Incluso “Joghead” (cabeza que se sacude) casi se puede decir que sería una buena traducción de “Torómbolo”. Pero al Señor Paz le dieron en la madre. Entonces me di a la tarea, desafortunada, de verificar los verdaderos nombres de mis personajes de historietas (ojo, la palabra historieta la empecé a usar muy tardíamente y “comic” todavía no la uso). Cuando llegué a Nancy & Slugo ya estaba en depresión profunda. Casi todo el mundo me había abandonado. ¿Que quiénes eran Nancy & Slugo? Pues nada menos que la entrañable Periquita y su amigo Tito. Antes de eso había sufrido la horrible decepción de averiguar que en “Lorenzo y Pepita”, el personaje principal es Pepita (yo pensaba que el personaje principal era el “emparedado” de las 3 de la mañana) y que además se llamaba “Blondie” (o sea la güera). Más allá de que Goofy sea Tribilín y Tweety sea Piolín (esos personajes de Disney no tenían cabida en el Rioverde de los años 60s), lo impactante era saber que Sal y Pimienta eran unas tales “Sugar and Spike” y que Daniel no era Daniel sino un tal Dennis y que más que Travieso era la Amenaza (the menace). Menos mal que respetaron a la Pequeña Lulú, Toby y Anita, aunque no dejaron vivo a Fito (Iggy) ni a Memo (Alvin). ¿Se imaginan que sería de nuestra integridad psicológica si Tom y Jerry hubieran sido traducidos como “Alcindo y Jonás”, digo, de ese tamaño se las gastaban los cabrones de la SEP y su Comisión de Revistas e Historietas que en 1965 decretó que los cuentos debían llevar letras de máquina porque la letra a mano deformaba la vista de los niños. Ello hizo que las traducciones de historias como Batman o Superman fueran incomprensibles porque no había espacio para poner la traducción de los contenidos. Si uno de fija, los cuentos en inglés vienen escritos a mano. Urgando en el cajón de los recuerdos me encontré un cuento muy divertido, de mis favoritos. Por supuesto fueron extraídos de una fábula de Esopo, donde el resultado es diferente al de la historieta (ese es el chiste, la venganza del oprimido y débil). Por si no le han atinado les diré que se trata de “La Zorra y el Cuervo”. Pinche cuervo…

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Veinte Novelas de Amor

28 Septiembre 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

A Lucy, amadísima hermana.

“Robert la envolvió por completo con sus brazos, llenando de besos sus cabellos, sus ojos y al final su boca. Nunca imaginó que el hombre que ayer mismo pensaba no volver a ver en la vida, hoy le hubiera dicho que la amaba desde siempre y para siempre. Henrriette no sabía bien a bien cual sería su futuro, pero estaba segura que ese (Robert y ella abrazados bajo la luna de septiembre), era el momento más feliz de su vida”.

Después de este párrafo aparecía, con letras de “molde”, la palabra “FIN”. El resto había sido escrito con caligrafía “Palmer”, en un cuadernillo Scribe de esos que llamábamos “diarios”. El que estaba por cerrar llevaba el número 18 en la portada y aun me quedaban dos novelas por leer. En la novela 19 la protagonista se llamaba Ingrid y el galán Maurice. En la 20 se relataba la historia de unas gemelas que luchaban por el amor de un soldado que se fue a la guerra y regresó hecho todo un coronel. Esta era impactante porque al final una de ellas se suicidaba (sin que nadie se enterara de que había sido un suicidio) para que el coronel se quedara con la hermana.

Veinte novelas de amor. Cada una de ellas me hizo llorar como magdalena (siempre he sido un cursi, lo reconozco), por mis supuestos y reales desgraciados amores que entonces vivía semana tras semana. Y ahí estaban, regados sobre mi cama, veinte cuadernos escritos a mano, conteniendo cada uno una breve novela de amor que relataba el drama de los amores imposibles que se volvían posibles, gracias a la magia e imaginación de su autora: mi hermana Lucy. Aunque al cerrar el último diario, me di cuenta, no si sobresalto, que mi historia se parecía más bien a la de esas mujeres. Y yo ahí, comportándome como una niña envuelta en las sábanas de su cama, leyendo apasionadamente entre suspiros los anhelos femeninos de esas ajenas, y a la vez cercanas, protagonistas.

Nunca lo había confesado. Ahora lo hago a modo de expiación, porque aquella lectura fue posible gracias a una transgresión y además dio lugar a una canallada. La peor canallada que haya hecho en mi vida.

El ropero que había en el cuarto de mis hermanas debía esconder secretos que, yo creía entonces, tenía que encontrarlos y destruirlos como parte de mi misión en la vida. Vivir entre cuatro hermanas no era fácil para un niño en un pueblo como Rioverde donde el correcto contacto con la masculinidad debía ser a punta de madrazos, o eras “vieja”. Así que supongo que esas cruzadas en las que me involucraba para molestar a mis hermanas no eran otra cosa que la defensa de la “tierra santa” que era mi hombría. El ropero tenía un único compartimento con cerradura, el llamado “espejito”, propiedad de la hermana mayor, donde seguro se anidaría algo valioso que pudiera ser mancillado. Unas tijeras fueron suficientes para volar el pasador y abrir el “espejito”.

Esperaba ver la foto de algun novio prohibido al cual le pudiera poner los ojos bizcos, o alguna carta secreta para chantajearla por el resto de sus días. Pero conocía poco a mi hermana. Ella nunca no guardaba fotos de sus novios, sino al revés, sus novios guardaban (y estoy seguro que siguen guardando) las pocas fotos que les acababa dando luego de muchos ruegos. Pero entonces eso yo no lo sabía. Tampoco hubiera podido chantajearla, por la simple razón de que nunca le tuvo miedo a mi padre, como luego nunca le tuvo miedo a ningún hombre. Así que ni fotos y ni cartas, lo que encontré fueron las veinte libretas de raya, cosidas a mano, con pasta dura, numerados como ya dije, del 1 al 20. Al mismo lugar y en mismo orden regresé esos diarios luego de haberlos leído. Con cuidado volví a cerrar el “espejito” tratando de borrar las posibles huellas del crimen. Debo admitir que lejos de maltratar esas libretas o pretender rayarlas con alguna frase mordaz, desde el segundo tomo traté esas hojas con la misma devoción de quien lee algo sagrado. Nunca me hubiera imaginado que mi hermana, tan bronca y desmadrosa, fuera capaz de describir de tal manera el sufrimiento de los que tenemos el corazón débil, lo cual como veremos, resultó finalmente intolerable.

Al día siguiente por la mañana, salí al recreo de la escuela, como siempre, a ver jugar voleibol a las niñas de la secundaria. Estaba enamorado de Sara. La veía brincar, pegarle con furia a la pelota, sacar de aire desde el fondo. Esa vez, pude también interceptar su mirada con Héctor, un broncudo buscapleitos con la peor fama en el pueblo. Al ver a Héctor, no pude imaginármelo leyendo novelas rosas entre lágrimas y sábanas. Por supuesto que los maldije y me maldije y crucé el pueblo de regreso a mi casa mascullando toda clase de improperios contra los Roberts, los Maurices y resto de putos coroneles 5 estrellas, capaces de enamorar con una mirada a la mejor jugadora de voleibol de la historia del mundo. Y llegué si, a comer a la casa, dispuesto a cometer, con bajeza y alevosía, el desquite contra lo que más amaba en la vida. Lo que yo quería hacer en ese momento era destruir a las mujeres. Así que a la mitad de la comida, con mis padres, hermanas y hermanos ahí presentes, dije:

“Lucy escribe novelas de amor y las tiene guardadas en el ‘espejito’”

Todos levantaron la mirada del plato, pero nadie se rió, como yo hubiera esperado. Mi padre envió un mirada hacia Lucy tipo “no me extraña” y mis otras hermanas o ya lo sabían o no les importó el asunto. Mis hermanos estaban muy pequeños para entender la palabra “novela” y mi madre, limpiandose con un trapo la frente solo alcanzó a decir que “lo soñadora ya lo traía en la sangre”.

Me quedé trabado. Avergonzado. Lucy me vio una sola vez, sin decir nada. Ya no terminé la comida. Me fui a mi cuarto y al rato salí a la calle, a perderme en los inmensos lotes baldíos que la inacabada urbanización del pueblo dejaba para que los niños pudieran escapar de sí mismos. Me topé con otro niño, más chico que yo, y lo reté con la mirada y le dije “¿qué?” y lo hice huir de mi supuesta agresión. Y me sentí cobarde. Decidí regresar a la casa, a pedirle perdón a mi hermana. Pero ya era demasiado tarde. En el fondo del jardín, Luz María había apilado el total de sus cuadernos y les había prendido fuego. Ardían ya, cuando llegué.

“Sí te perdono”, dijo mi hermana con terrorífica serenidad. Pero de todos modos quemó todas aquellas historias. Era como si un pedazo de la humanidad hubiera desaparecido en un instante. Porque ni Henrriette, ni Ingrid, ni la gemela suicida, existirían nunca más, hasta ahora que las pude resucitar. Qué por qué lo hizo, pues porque ya no las quería, dijo. Ya no le importaban, ya ni siquiera quería volver a escribir novelas de amor.

Y nunca más lo hizo.

Lo que ella nunca supo, hasta ahora, es que nunca en mi vida volví a gozar tanto con la lectura, como la de aquellas heroínas de papel. Tampoco supo que al ver aquellos cuadernos envueltos en las llamas de aquel coraje, no podía imaginarme bien a bien cuál sería mi futuro, pero estaba seguro que ese (ella y yo odiándonos bajo la luna de septiembre), sería el momento más triste de mi vida.

Por eso nunca dejaré de escribir. Porque siempre estaré reconstruyendo aquellos cuadernos y aquellos amores.

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Primeros Viernes

3 Septiembre 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Haciendo la cola de acceso al Cielo, Aníbal Faar miraba con desprecio al resto de los solicitantes. Pobres diablos, pensaba, mientras tocaba bajo su abrigo de piel de comadreja, los papeles que aseguraban su pronta e incuestionable entrada al Paraíso. Todavía sufría los estragos de la juerga que tres días antes lo había llevado a la tumba. Supuso que el pase al Cielo sería automático, pero ahora comprobaba que los trámites llevaban su tiempo, que la cola era larga. Poco antes de tocarle su turno, Aníbal se percató de un hecho consternante: esa especie de aduana que aparecía frente a él, no era propiamente la Puerta del Cielo, ni era San Pedro quien despachaba, sino un pequeño hombrecillo de pelo corto, ojos vivarachos y lentes. Vestía en mangas de camisa y corbata, con la apariencia de un chofer de camión de Estrella Blanca.

Aníbal trataba de tranquilizarse pensando en su pasaporte celestial, pero tenía sed, mucha sed, y no le gustaba. Toda la vida había tenido la idea de que en el Infierno tendría sed eterna, y nada le era tan repulsivo como la imagen de andar mendigando gotitas de agua a sus santificados y mojigatos vecinos, para entonces seguros inquilinos del Edén. No podía evitar que se le vinieran a la mente pensamientos perturbadores. Que la vida era como una nube, lo había escuchado en un velorio, formada para deshacerse al instante, efímera, inmemorial, fútil. ¿Y si todo fuera un sueño, y en realidad no estaba muerto, sino sumergido en el sopor alcohólico de la madrugada? O quizás estaba próximo a morir y en un dos por tres todo desaparecería. Todo.

—Señor Aníbal Faar sin segundo apellido y sin profesión—masculló el hombrecillo con desdén.
—Lo primero no es mi culpa—vaya sorpresa que le esperaba al engreído cancerbero, pensaba Aníbal—y según me enseñaron en el colegio, no se necesita una profesión para ser un hombre de bien.
—¿colegio? ¿eh? ¿religioso?—decía mientras chupaba un lápiz y palomeaba un expediente voluminoso.
—El Colegio de La Paz, en Rioverdesanluispotosíméxico. Veo que tienen una extensa información de mis actividades, una especie de “vitácora”… con v chica— y Aníbal reía de la ocurrencia, sin obtener respuesta de aquel hombre clavado en los documentos.
—Seamos concretos, señor Faar, su vida ha sido un desperdicio. Tuvo un inicio prometedor, pero después de su niñez se entregó a la disipación, la irresponsabilidad, el crimen, la blasfemia, ¡bahh!, esto es verdaderamente nauseabundo. Se le condena al fuego eterno del infierno. Tiene usted derecho a una apelación, pero dudo mucho que funcione. Firme aquí.
Aníbal había palidecido. Poco a poco sus mejillas se fueron coloreando y sus ojos inyectando de sangre.
—¿Está usted seguro de haber leído toda la información?
—No es necesario—contestó el aduanal cerrando la carpeta.
—Por favor, míster, revise el periodo de estancia en la escuela primaria.
—Ya lo hicimos, era lo único que pudo haberlo salvado pero no hay nada relevante, dos o tres ramilletes espirituales para el día de la madre que comprobamos fueron falsos. Porque aparte de todo, Señor Faar, usted es un mentiroso.
Aníbal sacó con violencia el sobre que traía bajo el abrigo y lo golpeó contra el escritorio. El hombrecillo lo miró por encima de los anteojos, molesto por el retardo pues aquel era un día de mucho trabajo.
—¿Y ahora que? ¿otro de sus trucos? los sabemos de memoria. Allá abajo funciona, pero aquí…
—¡Abralo animal! ¡Es un certificado de Primeros Viernes!— Aníbal babeaba, nuevamente preso de la rabia que tantos estragos habían causado a lo largo de su existencia.
El hombrecillo examinó cuidadosamente el certificado. Estaba debidamente sellado por el señor cura de la localidad, con fecha del año de 1968.
—Permítame un momento, señor Faar. Voy a checar en el departamento de promociones, es muy extraño que no haya tenido un reporte.

Claro, siempre lo habían relegado, siempre visto como un indeseable bicho social, acusado de antemano de crímenes que no le quedaba tiempo de cometer, pero siempre en su mente inscrita la promesa de la madre Pachita:
—Aquel que comulgue nueve primeros viernes de cada mes, en orden consecutivo, tiene asegurado un lugar a la diestra del Señor, para toda la eternidad, y no importa que tan impío se haya convertido, la devoción de los primeros viernes lo salvará.

El aduanal de las alturas regresó al poco rato con más papeles en la mano.
—Detectamos el error, señor Faar, la convocatoria promocional de los primeros viernes caducó en el año de 1965. Las monjas lo engañaron, y por cierto, por esta pecata minuta, ellas ya fueron castigadas con el purgatorio.
—¿Y a mí qué?
Un delegado vestido de overol interrumpió en la oficina, traía consigo un comunicado urgente.
—Tiene usted suerte, señor Faar, parece que las monjas a las que usted hace referencia le han causado problemas al director del purgatorio, usted sabe, han promovido rumores falsos. En vista de ello, el director le ofrece un trato, una estancia indefinida en el purgatorio…
—­¡No no!, al purgatorio no. Allí hay muchos con los que de plano no me llevo.
—¿y cómo lo sabe?
—Sé de buenas fuentes, que las personas asesinadas en pecado mortal son llevadas al purgatorio, por aquello de que no se les da chance de confesarse. Y bueno, usted ya sabe, alguna vez fui judicial…
—Pues no hay alternativa, señor Faar, lo toma o lo deja. En el infierno están esperando la confirmación.

Así que todo había sido un engaño. En el último momento se venía dando cuenta. Todas las transas que había cometido no se comparaban con ésta. Debería de haberlo descubierto, así como había ido descubriendo cada uno de los otros engaños. Pero no había querido darse cuenta, había sido un modo de conciliar su vida, una manera de ser a la que no pudo resistirse, con una creencia inquebrantable. Mejor hubiera sido volverse ateo, pero nunca pudo lograrlo. Al final de cuentas tenía que pagar, no por sus pecados, sino por toda su ingenuidad escondida tras la fiereza, la indiferencia, la maldad.
—No hay trato. Acepto la condena. Y si me han de llevar mañana, que me lleven de una vez— dijo Aníbal Faar con mexicana dignidad, al mismo tiempo que rompía en pedazos su apócrifo certificado.
El hombrecillo lo vio por primera vez directamente a los ojos:
—Nunca le dije el por qué de una condena purgatoria a las monjas. Ellas tienen la posibilidad de salvarse por habérsela brindado a usted.
—¿No me dijo que la promoción estaba extemporánea?
—La promoción sí. Pero ellas alguna vez también le hablaron del arrepentimiento y de la misericordia infinita de Dios, que por cierto, señor Faar, es lo único infinito que tiene. Nunca se dio cuenta que tenía el verdadero As bajo la otra manga. Y esa, señor Faar, ha sido su salvación… y la de las monjas. Haga el favor de pasar, que ya están desesperadas. San Pedro los espera.

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Lost & Found

4 Agosto 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Las cosas se me pierden. De niño, cada objeto perdido significaba horas de dramáticas demostraciones de furia que nadie alcanzaba a comprender. Mis hermanas me veían como un ser excéntrico aunque a veces extraviado. Era tan frecuente que en ocasiones dudaban que realmente pudiera perder tantas cosas. Desde entonces empecé a elaborar una tras otra complicada Teoría sobre los Objetos Perdidos en cuya esencia (en su primera versión “animista”) dotaba a los objetos de cierta voluntad para desear perderse a mis ojos. Juraba que mi zapato derecho se empeñaba en burlar mi vigilancia: lo colocaba en un lugar antes de dormir y por la mañana ya no estaba, se había perdido. Nunca sospechaba de los miembros de mi familia, incapaces de invocar mis arrebatos de ira, siempre adjudiqué a los objetos cierta autonomía de su dueño.

El viejo tío Jesús me dio una primera pista al respecto. De vez en cuando pasaba a la casa a pedirle a mi madre una taza de harina o algo de sandía que hubiéramos dejado los niños. En realidad era un pretexto para platicar con mi madre, que era de las pocas personas que le perdonaban su ateísmo y masonería. Llegó a verme varias ocasiones durante mis “trances”, buscando desesperadamente el lápiz color rojo que necesitaba para la tarea, o peor, el papelito donde había apuntado la tarea de geografía que tendría el valor de 5 puntos para el examen. “¿Qué le pasa a este?”, preguntaba el tío Jesús viendo a su sobrino haciendo bailes raros en el piso (invocando dioses extraños que le ayudaran a encontrar el objeto) y otros dramáticos rituales que había ido elaborando con el tiempo y que según yo me ayudaban a vencer a los duendes y demonios que te escondían las cosas. Ya luego le explicaba mi madre que así me ponía cuando no encontraba algo, que siempre era algo de suma importancia para algo urgente, según el niño, y que nadie entendía exactamente que era ni como se le había podido perder. “A veces le sirvo la comida y no puede comer porque se le perdió la cuchara que le acababa de poner sobre la mesa”.

Uno de esos días me mandó llamar el tío Jesús, que como buen ateo y masón, discrepaba de las explicaciones comunes que yo escuchaba a mi alrededor. No se porqué, pero según él, venía al caso hablar conmigo acerca de mi costumbre de perder las cosas. Me explicó su teoría sobre la humanidad. Mira, me explicó, la sociedad en la que vives se dice muy avanzada, pero no es así. Todo progreso implica un retroceso mayor. Conforme los siglos pasan la humanidad es cada vez menos humanidad, hasta el día de su total desaparición. Nunca se gana, hijo, siempre se pierde. Todo se pierde. Por cada cosa que ganan los hombres en su desarrollo, pierden mil. No es que a ti en particular se te pierdan las cosas, lo que pasa es que tienes un talento especial, puedes ver el mundo tal como es: un montón de cosas que se van perdiendo poco a poco.

Bien me cuidé de no contarle a mi madre la explicación apocalíptica de mi tío Jesús. Capaz y no le volvía a dar tazas de nata o requesón. Además algo de lo que me dijo, no obstante el insomnio que me provocó los primeros días, me sonaba bastante sensato, aunque me lo guardé para mi. Y aunque seguía perdiendo cosas, ya no hacía tanto berrinche. La teoría “metafísica” (duendes, maldición gitana), dio paso a la explicación “ontológica” de mi tío Jesús: el ser es un ser para algún día ya-no-ser. Para la prepa, eso me llevó a aficionarme a la lecturas de Heidegger e incluso Sartre. Y aunque a veces no les entendía nada, algo me decía que su lógica fenomenológica se relacionaba con la pérdida de la corbata que usaría en la fiesta de mi graduación.

En la universidad dejé de ver a mi tío Jesús. No recuerdo cuando fue la última vez que lo vi. Simplemente un día me fui de Rioverde y perdí todo lo que había dejado ahí. Aprendí cosas nuevas como la termodinámica. Y entonces supe que mi tendencia a perder objetos no era otra cosa que la tendencia misma del universo. De lo metafísico pasé a lo ontológico y de lo ontológico a lo cósmico. La entropía explicaba que las cosas siempre, tarde que temprano, se desordenaban solas. No se necesitaba nada para que eso ocurriera sino el simple paso del tiempo. En traducción doméstica, las cosas se pierden irremediablemente, a menos que hubiera una fuerza (alguien continuamente cuidando el objeto para que no se pierda), que lo impidiera. Era lo contrario, el orden, lo que requería una gran inversión de energía. Por eso, como bien decía mi tío Jesús, (con otras palabras) cada orden ganado implicaba terribles e irreversibles pérdidas. La energía requerida para producir ese raro fenómeno llamado vida o naturaleza, y que se caracteriza por la bella y sabia sincronía de sus procesos, esa energía no era otra cosa mas que la misma muerte y descomposición de la materia viviente. Por eso es posible decir, sin temor a equivocarse, que por cada vivo que existe hay millones de muertos en su pasado. O lo que es lo mismo, por cada objeto perdido que se encuentra hay millones que permanecerán perdidos hasta el fin de los tiempos.

Más tarde, ya en una época más romántica de mi vida, entré en contacto con el trabajo de algunos psicólogos infantiles, particularmente el de un tal John Bowlby, quien elaboró una hermosa teoría (aunque no se si verdadera) sobre la manera como los niños establecen vínculos con los seres adultos desde muy temprana edad. Muy pronto de ahí brinqué a una definición inevitable: la vida es una interminable colección de pérdidas. La última de la teorías que elaboré, que llamaremos simplemente “psicológica”, establecía que finalmente yo, como el resto de las personas, tenía una tendencia (involuntaria y casi siempre inconsciente) a desvincularme de los objetos a los que amaba. Una variante de la misma, más reciente, me ha dado a saber que en realidad la tendencia es a desvincularme de las personas que me aman. Pero eso es lo de menos. El resultado es el mismo: la pérdida del amor.

Mi colección de pérdidas se ha transformado en un inventario mental de recuerdos desordenados. En principio le eché la culpa a los sueños, agente entrópico del dormir, espacio propio del caos y desorden mental. Luego la palabra “inventario” adquirió una nueva dimensión, particularmente después de leer a Borges. Descubrí que la imaginación narrativa era una fuerza ordenadora aun más poderosa que la vida misma, aunque de mayor costo: convertirse en vampiro. Ser nocturno que se alimenta de la vida ajena y que jamás llega a tener una propia que no sea inventada a través de algún truco narrativo. Mi tío Jesús era igual. Se la pasaba contando historias militares y se decía El Mayor . Yo siempre lo vi solitario, yendo y viniendo de su corral de vacas, rogando por un pocillo de café preparado por mi santa madre, atisbando en los demás alguna vida de la cual apropiarse, aunque la de todos detestara.

No podría decir exactamente cuando perdí mi vida. Pero si ella estaba contenida en aquellos lápices y zapatos, debió haber sido poco después de vivir en la casa de Madero esquina con Manuel J. Othón, cuyo constructor original murió antes de habitarla. Mi padre se la compró a la viuda. Recuerdo haberla visitado a los 5 años, aun sin muebles, inmensa como la vía láctea, abrumadora como un océano. A un lado, el tío Jesús construyó más tarde su guarida.

La obsesiva recuperación de una infancia atrapada en el pueblo de Rioverde, aderezada con la nostalgia de un adulto entristecido que pierde poco a poco a sus hijos, obedece a la misma razón de buscar mi zapato derecho perdido: darle un tiempo a la entropía, a esos duendes traviesos que esconden mi alma en lugares insospechados, antes de que el absoluto desorden, esa amenaza que como la luna me acecha cada noche, termine por recordarme quién soy en verdad.

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Muerden (remasterized)

26 Julio 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Chingue a su madre el tren, que al cabo son puros fierros.

Debido a la costumbre de andar inventando historias y tomar al pueblo de Rioverde como pretexto y personaje, ahora me resulta complicado distinguir entre mis recuerdos, aquello que verdaderamente nos ocurrió a Lalo González, a Ramiro Yánez y a mí, en el mes de julio de 1979. De ellos, sólo Lalo podría constatar la veracidad de los hechos. Pero él está peor, sus recuerdos están aun más distorsionados. En aquella época los tres estudiábamos en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Lalo y Ramiro en la facultad de Ingeniería, yo en Medicina. Durante las vacaciones de verano regresábamos a Rioverde a convivir con nuestras familias y ver a los viejos amigos de la prepa. Nos reuníamos para relatar nuestras experiencias vividas en la capital del estado (la mayor parte de ellas inventadas). Un día fui requerido a una de esas reuniones. Raudo solicité el permiso correspondiente de mis padres, jurando (en vano) no beber en exceso, y me dirigí al “bosquecito”, un plácido lugar en la orilla sur del pueblo, hoy se dice “devorado por la mancha urbana”. Me encontré con la sorpresa de que no había cervezas y que para la cita solo estaban Lalo y Ramiro.

—Ramiro nos tiene una noticia— se apresuró a decir Lalo, jugando al tambor con dos palos de pino y una tapa de lámina. Siempre que estaba ocioso, a Lalo le daba por tocar el redoblado y no sé qué marcha turca. Una vez que Lalo acabó la número 3 (con todo y chiflido de trompetas), Ramiro se lanzó a la carga.

—¡Preparen sus cañas de pescar! — dijo Ramiro, blandiendo un paliacate rojinegro, simulando aspas de helicóptero.

La cosa resultaba un poco rara, tomando en cuenta que nunca utilizamos cañas para pescar. Únicamente hilo y anzuelos. Ya luego Ramiro terminó su historia. Hacía tres días, camino a las Minas del Realito, se había perdido en compañía de su tío. Tratando de encontrar el camino de regreso se toparon con un lugar donde, de acuerdo a la observación de Ramiro, abundaban los “peces para pescar”. No quedaba muy lejos el lugar, se podía llegar en bicicleta.

Un día después, muy temprano en la mañana, tomamos el camino de “la cantera”, una ruta más corta que el camino a las minas, cada quien en su vehículo. Lalo aún conservaba su heroica Hércules de la infancia. Yo tuve que tomar prestada la bici del lechero, empleado de mi padre, debido a que a la mía (que no era mía sino de mi novia) se le había tronado el balero de la llanta delantera, de paseo por el puente Verástegui. Ramiro conducía una “chópper” de llantas gordas que hacían triplemente cansada su jornada. Había que pedalear unos treinta kilómetros (aunque lo más adecuado sería calcular la distancia en leguas ya que este relato reseña una aventura).
Nos fuimos armados con resorteras y piedras. Las tuvimos que ir a traer del río Verde. Piedras bola, ya que por el rumbo de la Cantera la tierra en lugar de piedras produce polvorones. Las llevamos para matar algunos pájaros en el camino. Y por los perros. Apenas hubimos pasado “el ródano”, nos interceptó una jauría de perros rabiosos (en ese momento nos imaginamos que estaban rabiosos) que persiguió nuestros tobillos durante cien metros. Nuestra salvación fue toparnos con una carretón jalado por un buey, que apeteció más a los perros. Ramiro fue el que más sufrió. Su chópper era mas bajita y apenas lograba poner a salvo sus piernas de los colmillos asesinos. Cuando después descansamos a la sombra de un anuncio del PRI, Ramiro parecía en realidad contagiado de rabia.

—Con este pinche Sol, no se necesitan perros para que nos dé rabia— señaló Lalo oportunamente, como siempre.

Reímos hasta llegar a la desviación a “Los Anteojitos”, dos manantiales unido por un canal que dan la forma de unos anteojos. Después nos pusimos fúnebres al empezar a contar todas esas historias de ahogados que ya conocíamos pero que nos seguían dando escalofríos. El paisaje se iba volviendo más árido, la tierra más blanca y pulverizada, los mezquites más solitarios. Nuestro equipo se completaba con una parrilla para asar los peces que supuestamente pescaríamos, seis paquetitos de galletas saladas para empujarse la comida, un bote de sal, cerillos suficientes, una cajetilla dura de cigarros Marlboro, limones a pasto (por aquello de que no estuvieran buenos los pescados pero al menos supieran a limón), y un sofisticado equipo de pesca consistente en tres anzuelos pequeños y tres medianos, con varios metros de cáñamo que compramos en “La Fama”.

Lo sofisticado del equipo era un “curricán” en forma de camarón que llevó Ramiro. También cargamos con dos botellas de refresco de soda cada uno. Habíamos tenido un acuerdo: restringir los líquidos y no llevar comida. Esto con la finalidad de no entriparnos con tanta coca cola y obligarnos a pescar nuestro sustento alimenticio de ese día. Por lo mismo nadie había desayunado. Además estaba prohibido pedirle refresco al compañero que aún no terminaba su ración. Yo llevé dos potentes quita-sed Squirt (para la sed del desierto), Ramiro una pepsi y un seven recién sacados del congelador pero que de todos modos llegaron hirviendo, y Lalo, siempre precavido y calculador, dos caballitos de hierro de medio litro que, obviamente, no nos convidó cuando hubimos terminado los nuestros de apenas 300 mililitros.

—Ya casi llegamos— dijo Ramiro. Y Lalo:
—Como seremos güeyes, no trajimos ninguna carnada para los pescados.

La carnada que habíamos usado antes para pescar eran bolitas de pan Bimbo mezcladas con tierra. Pero llevar al menos una rebanada hubiera significado violar la prohibición de alimentos prefabricados. Fue entonces cuando aparecieron los caracoles. Lalo dice que fue idea de Ramiro, ahora no es momento de discutir el crédito del descubrimiento. El hecho es que los escasos matorrales de aquel lugar estaban llenos de caracoles. No se si esto podría sumarse a la lista de sucesos extraordinarios del día, pero entonces así me lo pareció. Juntamos caracoles, únicos seres vivientes comestibles alrededor (sin contarnos nosotros), pensando en utilizarlos de carnada para los peces. Estaban muy babosos pero tenían un “callito” duro de donde se podía sostener al anzuelo.

Con aquella emoción quería imaginarme que era como pescar con lombrices de tierra, que de acuerdo a los cuentos que leía de la “Pequeña Lulú”, era el método más adecuado. Por fin llegamos al lugar. Nos sentimos como judíos llegando a la tierra prometida. El sitio era peculiar: parecía uno de esos canales artificiales del manantial de “La Medialuna” que fallidamente hizo la entonces Secretaría de Recursos Hidráulicos y que luego abandonaron por inútiles y porque cambiaron el plan (y el nombre de la secretaría). El supuesto canal tenía en sus orillas grandes promontorios de tierra (¿la tierra que antes ocupaba el cauce?) de modo que para llegar había primero que subir.

—Es un manantial, pendejos— concluyó Lalo.

De inmediato argumenté‚ que cómo era posible que un ojo de agua nuevo, recién descubierto por nosotros, podía tener pescados. Pero nadie me hizo caso. Nunca me hacían caso. Nos dispusimos a echar los anzuelos. Quien haya practicado la pesca comprenderá la orgiástica sensación que el pez trasmite por el hilo cuando forcejea al quedar atrapado por el anzuelo. Yo ya había pescado con anterioridad diversos tipos de sardinas y mojarras, pero nunca las enormes tilapias que empezaron a morder a los pocos segundos de iniciada nuestra empresa.

—¿No serán pirañas?— fue el único comentario coherente hasta el mediodía. Lo hizo Ramiro.

Al final de la pesca, hicimos el conteo: más de cincuenta pescados entre bagres, mojarras y tilapias. Nos comimos la mitad. Colocábamos los pescados en la parrilla, sin pelar, y una vez que las escamas se chamuscaban, se las quitábamos para dejar la blanca carne al descubierto, a merced de los limones y nuestros dientes.

A las cinco de la tarde, después de fumar en la paz interior más completa que he conocido en mi vida, hipnotizados por el fuego, formulamos el ritual que nos reconocía como los fundadores y propietarios de aquel desértico y paradisíaco lugar. Ramiro enarboló nuevamente su paliacate rojinegro que unido a un pedazo de carrizo se convirtió en bandera. Bautizamos el lugar como “El Brazo”, vayan ustedes a saber por qué. El regreso hizo historia. El olor que despedíamos montados en nuestras anticuadas bicicletas, proveniente de las presas que ya no nos cupieron en el estómago, y que se fueron colgadas de donde encontraron lugar, inundó los anteojitos, la cantera y el ródano (porque decir Rioverde sería exagerado) al punto que los mismos perros rabiosos que antes nos atacaron, huyeron despavoridos ante nuestra presencia. Tal vez el próximo ocaso del Sol hubiera menguado su maligna hidrofobia. Ya en casa, fueron inútiles los procedimientos higiénicos convencionales para controlar la hediondez. Me obligaron a restregarme con ariel y a dejar remojando las manos en pinol. Pero nada. Todavía en Navidad los gatos se acercarían a olerme los pantalones, buscando saciar su antojo de pescado.
Y es que como aquel día, se sucedieron veinte. Sólo nos dimos descanso el domingo, para ir a misa. Recuerdo que en la homilía el padre Juvenal dijo que olía a diablo. Pronto nuestras familias se hartaron de comer pescado. Así que lo fuimos a vender al mercado. Con las ganancias hicimos algunas reparaciones a las bicicletas, compramos una parrilla y anzuelos nuevos, y dimos dinero a nuestras madres para menguar las recriminaciones por el estado de nuestra ropa.

Lalo rompió el encanto con un desastroso viaje con sus padres a Oaxtepec. Desastroso para Ramiro y para mí que no nos atrevimos solos Además ya se nos antojaba comer algún bistecito de res o caldito de pollo. Luego terminé con mi novia y me quedé sin bicicleta (el lechero ya no me quiso prestar la suya). Para cuando pude conseguir otro vehículo, Ramiro se había enfermado del estómago. Cuando sanó, yo aun no me recuperaba de las desveladas y borracheras producto de las serenatas en pos de la reconquista de mi novia y su bicicleta. Por último se llegaron las fechas de inscripciones en la universidad y tuvimos que dejar el regreso a “El Brazo” para la próximas vacaciones. Y vaya que tardaron.

Llegó el mes de julio a Rioverde, y con ello las amenazas de lluvia y la temperatura récord. Nos reunimos en el “bosquecito”, hicimos el inventario de los aparejos de pesca, vehículos pedalomotrices, y ¡a la carga! (Ramiro enarbolando su paliacate, Lalo tocando la marcha heróica de los niños de Chapultepec, y yo leyendo el mapa y elaborando planes fantásticos). Al compás de “Las Valquirias” de Wagner, que entonces ninguno había escuchado, emprendimos rumbo a “El Brazo” y qué perros rabiosos ni qué Sol pudieron hacer mella en aquel trío de adolescentes hambrientos olorosos a jabón Palmolive.

Pasamos Los Anteojitos, pero nunca aparecieron los caracoles. Nunca de los nuncas para siempre jamás. Tampoco hubo ojo de agua simulando ser un canal de la Medialuna. El “Brazo” había desaparecido y con eso los pescados, la pesca, y nuestro alimento de ese y los días venideros. Nos hicimos güeyes. Nadie mencionó el hambre feroz. Nos tomamos los refrescos con galletas saladas con limón. Lalo apedreó una codorniz que nadie quiso comerse. Al siguiente día volvimos y tampoco encontramos “El Brazo”, ni señas de que hubiera estado ahí. A la tercera vez nos convencimos de su inexistencia. Nos dio por creer que había vuelto a pasar por ahí la Secretaría y se había llevado todo.

—Chingue a su madre el tren, que al cabo son puros fierros— dijo Lalo en la frase que pasaría a la posteridad como la definición de nuestras vidas.

Años más tarde, cuando les comentaba sobre “El Brazo”, se hacían los desentendidos. Lalo en ocasiones lo niega, por eso dejo registro de los acontecimientos.

Ramiro Yañez García murió en un accidente estúpido en 1987, sepultado por puros fierros.

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El Gran Robachicos

26 Julio 2011 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Casi lo había olvidado.

Eran los tiempos en que las amenazas estaban al buen resguardo de una que otra leyenda, algún cuento o la película de Viruta y Capulina (“Los Robachicos”). Sin darme cuenta la tarde se empezaba a despedir. Los grillos me lo avisaron pero no les hice caso. Había estado jugando en un terreno baldío, entre la Juárez y la Porfirio, que nos servía indistintamente a los de la cuadra como cancha de béisbol (en la temporada de otoño), o de campo para las chollitas. Mis amigos se fueron a merendar, a la tarea, y a mi se me escapó el tiempo haciendo agujeros en el suelo. Ya no me acuerdo para qué los hacía.

Los grillos insistieron.

Apenas si alcancé a distinguir el último y amable destello del Sol, cuando ya estaba corriendo rumbo a mi casa, que no estaba más lejos de tres o cuatro manzanas rioverdenses, pequeñitas. Pero a los diez años de edad la distancia y el tiempo se miden diferente. Así que cuando llegué sentí que ya era demasiado tarde. Demasiado tarde. No es que tuviera que llegar para algo, bien a menudo se me alargaban de más los instantes y como quiera todo el mundo estaba al tanto del baldío multiusos. Pero en esta precisa ocasión, de la que lejanamente me estoy acordando, sentí que había llegado demasiado tarde y demasiado lejos.

Entré a la casa y de inmediato mis ojos comprobaron a mis oídos: aquello estaba desierto. A la cocina le faltaba mi mamá, a la recámara mis hermanas y a mí me faltaba el miedo a que llegara mi padre. No había nadie. Lo supe cuando mi ser se desvanecía en el terror de la ausencia. Inútilmente mi conciencia quiso encontrar algun sentido con un “tal vez se fueron a…”, pero de pronto lo supe sin lugar a dudas, que estaba tan solo, que incluso mi alma me había abandonado.

Sabedor de ello recorrí las instalaciones de aquel ajeno lugar que era mi casa, sin sentir absolutamente nada, hasta que por fin tuve la visión más reconfortante de aquellos tiempos. Ahí, junto al ropero sin puertas, por arriba de los menjurjes embellecedores de mi madre, asomado por el espejo, estaba Yo.

—Qué susto nos diste, te fuimos a buscar—dijo mi hermana mayor a mis espaldas—pensamos que te había llevado el Robachicos.

Si supieran, pensé, que el Robachicos soy yo.

Pero pasó el tiempo y, anidando en las telarañas, este recuerdo estuvo esperando hasta ahora, en que las amenazas se han vuelto a salir del guacal y acechan al frágil ser que con tanto trabajo he estado construyendo.

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