Remedio contra los Piojos
Amado Nieto Caraveo
Para mi madre, los piojos en nuestra cabeza delataban las malas compañías. Con ello se refería genéricamente a un conjunto de vecinos indeseables, mismos que nunca supo si en realidad existían o nosotros procurábamos. En aquellos tiempos y en aquellos Rioverdes no alcanzábamos a distinguir las clases sociales en la calle, donde era poco probable que agarráramos a los piojos. Lo que todas las mamás callaban era la certeza de que dichos bichos eran adquiridos en el colegio de las monjas, si no era que las mismísimas monjitas estuvieran empiojadas. No obstante, los piojos traían como consecuencia inmediata la restricción para salir de la casa a jugar en la calle y la ejecución de una serie de remedios infalibles para liquidar a esos temibles insectos.
Recordar la etapa de “mi vida con los piojos” viene a colación por haberme encontrado con la novedad de que mis tres hijos pequeños están infestados de piojos en la cabeza. Como los tiempos han cambiado ahora podemos decir a nuestras anchas que se contagiaron en la escuela, y que su costosa colegiatura no protegía contra este tipo de calamidades. Al parecer tener piojos en el siglo XXI es más “cool” que en el pasado y la llamada “edad de la transparencia” ya llegó a la infestación con piojos.
Pero lo que no parecen haber cambiado son los remedios, o más bien, la falta de remedios, o más bien, la falta de remedios efectivos, o más bien, la falta de remedios efectivos que medio mundo afirma son ultraefectivos. Por supuesto empezamos con la prescripción del pediatra, una loción que olía a rayos (de aquí en adelante me ahorraré la descripción del olor, tomando en cuenta que, salvo la infusión de Eucalipto, todos los remedios aquí enumerados apestan a madres). La loción prescrita por el afamado pediatra Kiko pronto cayó en desprestigio. Apenas mi mujer había aplicado la primera dosis, ya otras tres mamás le habían hablado para decirle que la loción (y de paso el pediatra), no servían para nada. De siempre sospeché que quizá ya no les puso la loción con la misma confianza de que si le hubieran dicho que “era infalible”. En las mismas tres llamadas las susodichas e inquinosas mamás de otros niños empiojados, hicieron llegar sus, esas sí infalibles, sugerencias: a) untar brillantina “Rayo” y dejarla 3 días sin remover, b) untar mayonesa Kraft light, c) lavar con una infusión de ruda. Obviamente, como en todo problema casero, no podía faltar la opinión de mis suegros, consistente en aplicar una fumigación inmediata en la ropa, muebles y habitantes del hogar (y mi suegra añadió cambiarlos al colegio del Sagrado Corazón, donde Mater mantiene una vigilancia permanente contra las plagas). La tal brillantina “Rayo” nos dijeron en el mercado República que había dejado de venderse hace 30 años, pero que al parecer se podía conseguir por correo en El Salvador. La mayonesa decidimos mejor untarla en unos sanguichitos y la opción de la ruda de plano se nos hizo muy primitiva. Afortunadamente, cuando estábamos a punto de considerar el “remedio suegros”, que seguramente hubiera terminado con la plaga pero también con la familia, apareció la opinión de Belem, nuestra ayudante doméstica, quien con toda autoridad primero meneó la cabeza para luego determinar que “el problema no son los piojos sino matar a las liendres”. Mi esposa y yo albergamos grandes esperanzas al oir estas palabras, llenas no solo de sabiduría sino de ciencia. Pero pronto el gozo se vino al pozo cuando supimos que para exterminar liendres se requiere de dos elementos ausentes en este hogar dulce hogar: a) una vista microscópica y b) la paciencia del santo Job. O sea, hay que tomar un peinecillo (liendrera se llama en estos menesteres) y te vas casi cabello por cabello detectando los mórbidos micropersonajes y cuando los tienes a tiro te los chingas con un jeringazo de vinagre de manzana, segun esto un veneno mortal para las liendres porque “se les mete en los pulmones y no los deja respirar”. Y yo dije ah chingá desde cuando los huevecillos de los insectos tienen pulmones, pero en esos momentos yo mismo quise creer en todo eso dada la deseperación en que nos encontrábamos. Pero el método resultó un martirio peor que los mismos piojos. Había que hacer que el niño y las niñas estuvieran quietos durante dos horas continuas, cuando su récord de quietud en estado de vigilia no pasa de los diez minutos. Peor que eso, el récord de quietud de mi esposa no llega a los cinco minutos. Así que entre miopía y tuopía, aquello se volvió una utopía porque eso sí, la Belem buena para dar consejos pero fue la primera que dijo “safo”.
Mientras tanto mis hijos se la pasaban en el berrido. Un tanto por la comezón, que la psicóloga dijo que era más “psicológica” que piojosa y por tanto añadió a la lista de remedios contra los piojos la respectiva “terapia”, y otro tanto por la mezcla nauseabunda de olores a coco, mayonesa, lavanda y geranio con que se llenó la casa. Incluso el perro empezó a dormir en el jardín.
He de informar, no faltaba más, de aquellos remedios que obtuvimos navegando por la internet. Y hay que decir que fueron los peores. El primer desastre ocurrió con una cosa llamada “Standard XXI” (con ese pinche nombre no se como no lo descarté de inmediato). Quizás sucumbimos a eso de “XXI”, porque sonaba muy posmoderno. Hicimos la compra online y al final deducimos que lo que habíamos comprado no distaba mucho de una especie de mayonesa casera hecha con huevo y vinagre. Cosa que por supuesto ya habíamos intentado. Respecto al “Pix”, otro veneno adquirido online, pues por lo menos olía a limón. Seguramente era limón, cuya mezcla con ajo fue aplicada el mismo día en que México jugaba con Argentina, con idénticos resultados desfavorables. Y finalmente respecto al “Nopucid” y al “Quitoso”, al parecer solo hicieron encabronar a los piojos, porque desde ese día agarraron vuelo con la producción de nuevas y abundantes liendres.
Siempre que estoy en estas situaciones extremas de la vida me acuerdo de mi infancia en Rioverde y de los modos tan aparentemente fáciles en que los niños veíamos que se resolvían los problemas. Hoy parece que la más simple de las broncas se convierte en un “problema mediático” de grandes y absurdas dimensiones. Tal vez por eso en lugar de escribir sobre los “grandes problemas de nuestros tiempos”, me limito a rezar porque los piojos abandonen la pequeña humanidad de mis hijos y se busquen otros modos de chingar gente.
Luego de ver a mi madre pelear a muerte con los piojos en sus hijos, y de ver a sus hijos desesperados por tanto encierro, mi padre anunciaba lo que sabíamos era inaplazable: la llegada del maistro Garambullo a la casa, con una máquina de rasurar en la mano, una botella de jabón y otra de alcohol. Nuestros aullidos se llegaron a oir hasta el Puente Verástegui ante la inminente pérdida del cabello y la vergonzosa exposición de nuestra calva. Por más que implorábamos por “otra oportunidad”, nada, la cosa estaba decidida y se ejecutaba con un ritual purificador y exorcista. No solo eliminaban a los piojos sino que nos extirpaban en el mismo acto nuestros impurezas morales, más cuando al final se prendía fuego al pelambre aquel.
Cuando pienso en el remedio “Garambullo” se me enchina la piel. Jamás sería capaz de hacer eso con mis hijos. Seguramente seguiremos intentando más lociones, ungüentos, champús, infusiones y demás mengambreas, incluso le volveremos a hablar al pediatra Kiko si es necesario, pero tarde que temprano se aparecerá el fantasma de las soluciones radicales, duras pero necesarias, que pone a los padres y a los ciudadanos de este incierto inicio del siglo XXI, en continuo predicamento.
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