Rioverde
San Luis Potosí, México

El Fútbol nos une: Mundial 2002

6 Junio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

El cilantro de la sierra tiene sus diferencias con el cilantro que sale en las macetitas del patio. El primero se pone a secar y se espolvorea sobre unos frijoles negros que por arte de magia se convierten en mi desayuno matlapeño, acompañados sí, de chicharrones, de enchiladas de tortillas hechas al instante, cecina, barbacoa, queso y huevos con chorizo. Lo sorprendente no es saber cómo cupieron en mi estómago, sino cómo es que a las 2 de la tarde ya tenía hambre de nuevo. Ha de ser el ambiente de la huasteca. Así como en la playa la cheve no se te sube, en la selva la manteca se convierte mentalmente en cereal dietético. En la comunidad de Ocosucu (en lengua tének se pronuncia “okosuku”), me vino una ocusucurrencia. Se me ocusucurrió el primer verso de un poema de amor: “mi corazón no es un carro blindado a prueba de balas”. Si se fijan bien, sobre este verso no se puede caminar, sólo se puede saltar a brinquitos, como quien anda por un camino recién llovido. Además tiene el ritmo de una locomotora de esas que tardan en arrancar pero luego no hay quien las pare. Las noches en la huasteca potosina son femeninas. Prometen toda clase de sueños, y sí, pero no te salvas de los zancudos (espero que eso hayan sido las cosas que caminaban por mi piel) cuyo alimento favorito es el sudor revuelto con la mugre. Pero a los habitantes de Matlapa no pareció importarles esa calamidad y fueron con Beto Acosta, el de la tienda de materiales para construcción, y le pidieron una lona gigante, la más grande, para instalar en la plaza principal una megapantalla, donde podría ser proyectado el ya “clásico de la medianoche” de la Concacaf. Beto les dijo que antes de la última vez que la lavaron, la lona era blanca y ahí tienes a medio pueblo convertido en una megatintorería, afanados en inventar el blanco “cuauhtémoc”. Pero no contábamos con la astucia de los McBride y los Donovan, gringos hijos de la chingada. Amaneció y mi mente había quedado como la lona sometida a los feroces lavados del pueblo. Buscando una explicación encontré la más razonable y que ofrezco a toda la nación ofendida. Al pendejo de Javier Aguirre se le olvidó lo más importante para este partido: jugar con uniforme guinda. México nunca había ganado 3 partidos en un mundial jugando con la camiseta verde. Acá los huastecos tienen otra explicación para estos fenómenos naturales, cosas del pensamiento primitivo. Para las 10 de la mañana las organizaciones del PRD ya estaban preparando una marcha hacia la ciudad de México, acusando al presidente Fox de haber entregado el partido a los gringos. Yo no creo que los gringos sean tan güeyes, así que prefiero la explicación del uniforme (un mamilas de la comitiva me salió con que México perdió porque había jugado mal, háganme ustedes el favor con esta lógica priísta). Uno quisiera terminar los alegatos desde la selva al estilo Carlos Pellicer, que adivinaba luceros en el cielo de Tabasco y competía al tú por tú con colosales árboles. Yo la verdad lo que hice fue apagar el aire acondicionado porque el ruido no me dejaba dormir.

Que la final del Mundial los agarre a todos confesados y que la Nestlé saque las manos de la Concacaf.

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El Niño y el Mayor

6 Junio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Llegué a mi casa y estaba sola. Era una tarde de agosto y no hacía una pizca de aire. Imposible a esa hora oler los aromas del pueblo. No entendía qué podría estar pasando con los demás, así que salí a la calle a buscar las pruebas de mi existencia: El repartidor de Pan Bimbo, el perro con una pata enlodada, otro niño como yo al que no le gusta que me le quede mirando (piensa que lo odio o que lo desprecio) y un viejo sentado en una mecedora a las afueras de su casa.
¿Quién no querría ser este viejo, plácidamente observando a un pueblo como Rioverde pasar frente a su cálida tarde?

El viejo era mi tío Jesús, un mayor retirado del Ejército. Era militar y parecía militar. Feo como un demonio con una verruga enorme en la mejilla, tenía un vozarrón de aquellos y vocación de orador. Le encantaba contar historias de la Segunda Guerra quien sabe dónde conocidas porque casi siempre contradecía las versiones oficiales. Su punto de vista era el de quien diseñaba la estrategia tras el relato, los Verdaderos Motivos ocultos en las cifras, el pie de foto de la foto que nunca tomaron. La gente lo escuchaba con respeto en atención a su rango y edad. El viejo repartía su tiempo entre el cuidado de la hija de su soledad, un establo de vacas lecheras y sentarse en la banqueta esperando a algún sobrino asustado para contarle una de sus historias bélicas.

—Tráete una silla—ordenó el mayor y yo que siempre he sido bueno para obedecer me apresuré a juntar una silla de bejuco con tamaño agujerote en el centro, dispuesto a escuchar la verdadera historia de la Batalla del Alemein, si con ello se me tapaba el otro agujerote que esa tarde rioverdense me estaba haciendo en el alma.

Pero no hubo tal historia. Me quedé con las ganas de saber las mañas del Mariscal Montgomery. Ahí estaba yo sentado bien agarrado de los brazos de la silla (de otra manera me sumiría en ella) y mi tío Jesús ni pío. Silencio absoluto. En Rioverde la tarde termina de improvisto y de manera súbita. Ahorita es la tarde y al siguiente instante es de noche y todo se llena de murmullos. La hora del pan y la leche. La hora en que los rateros se despiertan. Hora de meter a la casa la silla mecedora de los viejos. Me vino la certeza de mi madre llegando a la casa y preparando la cena, mis hermanos viendo la tele y mi padre cerrando su consultorio. Parecía volverme la vida. Pero mi tío seguía ahí sin moverse y sin hablar.

—Ya me voy tío—le dije. Tomé la silla por la cabecera y la arrastré hacia dentro de su casa.

El también hizo lo mismo y cuando ya estuvo dentro me tomó por el hombro.

—Espérate tantito, no tarda Chayo.

Pero si tardó.

Me ofreció una concha de pan y un vaso de leche recién hervida lleno de natas. Insólito. Luego me enseño sus reliquias. Un radio de onda corta donde ha estado informándose de lo que acontece en el mundo porque aquí la gente no sabe lo que sucede más allá de sus narices. Un retrato de Juárez el Benemérito en algo que entonces me pareció una especie de altar. Sus insignias. Armas desarmadas en proceso de limpieza. Unos listones que le reconocían sepa qué méritos. Unas joyas que guardaba para cuando Chayo creciera. Y un secreto.

—Sabrás tú que yo no creo en Dios—comenzó el mayor.

Y sí, algo había escuchado decir a mi madre, cosas que yo no entendía bien, que mi tío era masón porque todos los del gobierno eran masones y que cuando estuviera con mi tío no le hablara de sacerdotes porque eso le podría molestar. Y no lo queríamos molestar, al pobre no le había ido tan bien y ya vez, tenía que hacerse cargo de una hija sin madre. La mía, como siempre, incluyendo en su compasión a los descreídos para quienes me decía, también hay una salvación.

Todo sucedió en la ciudad de México. Gobernaba el señor Ruiz Cortines con buenos modales pero con el ejército dispuesto a resolverle cualquier enredo. El Mayor Jesús Nieto Fierro había sido comisionado en una unidad de inteligencia militar a cargo de infiltrar y tronar a unos sindicalistas revoltosos cuya finalidad era causar inestabilidad en el país. Gente que nomás leía lo que le convenía, dijo mi tío, comunistas pues. Habían recibido una información confiable por parte de un soplón, sobre una reunión de los dirigentes agitadores en una jacalón ubicado al oriente de la ciudad. Era una colonia sin luz ni pavimento, llena de lodo porque eran tiempos de aguas y sin ninguna clase de vigilancia. Una ciudad perdida. El operativo tenía que llevarse a cabo con rapidez: llegar al lugar, echar bala, dispersar a la gente y salir huyendo sin dar oportunidad a que organizaran la defensa o los colonos acudieran en su auxilio. El comando estaba integrado por 5 elementos, bajo las órdenes de mi tío. Se acercaron sigilosos en un viejo Ford 47. Sobre un croquis, el mayor instruyó a todos para entrar por dos puertas a la vez, de manera que no quedaran frente a frente expuestos a fuego cruzado. Todos listos, adelante.

El relato me lo había imaginado, por supuesto, en blanco y negro. Mi referencia inmediata eran los programas de Los Intocables, así que no tuve problema para visualizar la carcachita convertible que llega con los faros apagados (unos fanales enormes como lunas llenas) y a 5 tipos armados bajando cubiertos por gabardinas grises y unos sombreritos aterciopelados. En estos momentos mi simpatía estaba con los militares y ya les anticipaba una gran victoria en dicha suerte. Entonces vi la cara de mi tío. Acostumbrado como estaba a verlo con un mismo gesto arrogante y marcial, me asombró mucho su expresión que le hacía aparecer como si estuviera a punto de hacer pucheros. El relato siguió en voz baja y con larguísimas pausas donde se amplificaba el sonido de los grillos del jardín.

Los militares entraron disparando sus armas. Siguiendo el plan, dispararon primero a las lámparas para que en la oscuridad se creara un ambiente de terror. Y terror hubo. Durante 60 segundos no hubo otra cosa que balas y gritos.

—¡Vámonos!—ordenó el mayor Nieto

Para la huida sólo se reportaron 4 elementos. Había empezado a llover muy fuerte. Mi tío tomó una decisión.

—Ustedes se van en el carro, yo me regreso a buscar a Carmona, espérenos en la entrada del circuito.

Y se regresó. Pero nada del compañero. Lo buscó a tientas, quizás herido tirado en el suelo, aguzó el oído en busca de un gemido. Nada. Hasta que se tropezó con su cadáver. Tenía un agujero calibre 38 en la cara. Chingao. Esperaba saldo a favor y no encontró cadáver alguno de los enemigos. Bueno, se trataba de asustar y desbaratar la reunión. Pero no esperaba esto, una baja. Chingao. Se enfadaría el general. No podía dejar el cuerpo ahí como prueba de la incursión y de la derrota y los compañeros ya se habían ido. Tendría que cargar el bulto hasta la entrada del circuito. Chingada madre. Entonces escuchó un ruido a sus espaldas y lo siguiente ocurrió en forma automática: dio la vuelta, sacó la pistola y se tronó a la sombra que lo seguiría el resto de su vida. Lentamente dio los pasos necesarios para estar junto al otro muertito. Lo alumbraba una luz quien sabe de donde porque la noche era negra y no había alumbrado en la calle. Pero él jura todavía que lo vio iluminado: había matado a un niño.

—Ha de haber tenido tu edad—me dijo mi tío y se me quedó mirando.

Entonces él y yo lo advertimos. En un instante todo fue bastante claro. Yo era el niño muerto de la ciudad perdida. Él, mi sanguinario asesino que se había ocultado tras su silla mecedora durante tanto tiempo. Por eso las tardes del pueblo guardaban silencio, porque hay crímenes que horrorizan demasiado. A tantos años de distancia es difícil recordar con fidelidad cada palabra.

—Perdóname, hijo—dijo el Mayor
—Gracias—dijo el niño.

Llegó Chayo y se quedó congelada viendo a su padre llorando. No lo volvería a ver así, ni yo tampoco. El pobre de mi tío Jesús vivía esperando el castigo de quien no creía. Así que esperó encontrar a un niño muerto como yo, para pedirle perdón y de pasada volverlo a la vida. Así es la cosa, un solo acto de ternura lo salvó para toda la eternidad. Mi madre tenía razón.

Regresé a casa y luego de explicar mi notoria tardanza me fui a dormir. Me dieron las buenas noches como siempre. Al día siguiente ya nada sería igual.

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El Kalimán

6 Junio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Mi espectro como bestia salvaje
vigila mi camino de día y de noche
Mi emanación, muy profundamente
llora sin pausa por mi pecado.

William Blake

A mi madre nunca le gustaron los perros. Arruinaban sus malvas, sus rosales, dejaban el jardín lleno de porquería y no servían para nada. No importaba que fueran animales muy finos, al final mi padre los tenía que regalar o abandonar en el llano. Aunque al poco tiempo llegaba de nuevo el señor con un noble pastor alemán. Pero nada de eso servía con mi madre. Por eso aquella vez fue una sorpresa, cuando apareció por la puerta trasera de la cocina un perro flaco y amarillo, de ojos tristes e inocentes, y con la lengua de fuera moviéndose al ritmo de su respiración.

—¿Tienes hambre perrito?— dijo mi madre mientras le arrimaba un plato con la sopa de letritas y el arroz que no nos quisimos comer sus hijos.

Sabía a lo que se atenía con esa acción caritativa. El animal volvió los siguientes catorce días sin falta, y luego ya no se fue. El mayor de mis hermanos se encargó de llevar a vacunar al perro contra el moquillo. Ese mismo día tuvo que bautizarlo improvisadamente cuando el médico le preguntó por su nombre.

—Kalimán, se llama Kalimán, y ha de tener como 5 años— fue lo primero que se le ocurrió.

Todos estuvimos de acuerdo en el nombre, salvo una de mis hermanas que le quería poner Tomás, en despecho de su novio. El Kalimán engordó rápidamente, y con ese pretexto se nos quitó la culpa que mi padre acostumbraba inculcarnos por el desperdicio de alimentos. No por ello dejó de ser amarillo, aunque ahora de un tono más oscuro. Tampoco su mirada se iluminó. Quien sabe que habría sufrido ese perro en su pasada vida, porque nunca supimos de dónde vino, que seguro de Rioverde no era.

El aprecio de mi madre hizo milagros con la educación del Kalimán. No fue el caso con sus hijos. Nunca nos enteramos que mordisquera una flor, una yerbabuena, o que tumbara las bugambilias, ni se andaba por la casa con lodo en las patas. Llegada su hora, el Kalimán rascaba la puerta y se salía a regar sus mierditas por la calle, que entonces no estaba pavimentada y servía para esos propósitos. Se movía con sigilo, parecía que no existía pero ahí estaba. Poco salía de la casa, como si tuviera miedo de que ya no lo dejáramos entrar después. Sólo lo escuchamos ladrar en dos ocasiones: enojado, el día en que se quiso meter un ratero a la casa, y contento, la vez que mi papá por fin le dio el visto bueno y le dio una vuelta en la camioneta. Nadie le tenía miedo, y no por eso dejaba de ser buen vigilante, más bien inspiraba confianza. Era en todos sentidos el perro ideal, salvo por un detalle que durante mucho tiempo a nadie le importó: era un perro callejero.

Y si no fuera porque nunca falta en la vida la hora de volverse vil y despreciable, nada de esto hubiera ocurrido y ahora podría vivir en paz. Sería la sabiduría de el Kalimán, no lo sé, por algo mi hermano intuitivamente así le quiso llamar, pero aun no me explico su conducta la tarde de mi quinceavo cumpleaños. Para el mediodía mi mamá hizo un pastel de natas que nos comimos de inmediato sin dejar desperdicio. Si el Kalimán quería probarlo seguirá en el misterio, porque tuvo que conformarse con las coliflores y el hígado encebollado. Quién quita y ahí estuvo el problema, porque cuando salí de la casa rumbo a la prepa, contra toda su costumbre, el Kalimán se fue tras de mí. Al principio no le dí mucha importancia. Tal vez quería aprovechar que abría la puerta para salir y hacer sus necesidades. Pero no, al Kalimán no parecía gustarle ningún poste y no se le veía con esas intenciones. Después de una cuadra me di la vuelta y le indiqué con el dedo la dirección opuesta.

—¡Regresa Kalimán!

Pero el animal se quedó viéndome, con sus ojos sumidos, como diciéndome: “anda, sigue caminando, no te hagas pendejo que no me voy a regresar”. Luego me inquietó que se fuera a perder, como nunca salía de la casa lo más seguro era que no supiera orientarse. A mitad del camino, de improvisto, me asaltaron la vergüenza y el ridículo. El Kalimán seguía a mis espaldas, 5 o 6 metros atrás, podía oír el tenue pero regular golpeteo de sus pezuñas contra la banqueta de la calle Madero y desde entonces ya no tuve valor para volver a mirarlo. En cualquier momento encontraría algún compañero y yo con aquel perro tan feo, tan vulgar, sin orejas puntiagudas, con la cola entre las patas y ese amarillo pastoso tan, como decirlo, tan sórdido. Al dar la vuelta por la calle Ponce aproveché la primera oportunidad: corrí, me metí por un callejón, de ahí a la puerta trasera de un restaurante que se conectaba por un pasillo a un hotel para luego salir a otra calle, la Moctezuma. Lo hice sin fijarme, como que no quiera la cosa, y sin detenerme a averiguar el rumbo del Kalimán. Retomé el paso por la calle Escandón sin atreverme a voltear.

No fue necesario. Pude escuchar de nuevo la prudente y cadenciosa persecución. Y ya no podía girar la cabeza. Me metí a “La Corona”, con la esperanza de que al seguirme, las viejitas encargadas de la tienda lo agarraran a palos y yo pudiera escapar, pero de seguro el perro me esperó afuera porque nadie dijo nada. Sin más remedio llegué a la Prepa. ¿Y si ya no me seguía? ¿Y si todo era producto de mis nervios? No podía comprobarlo, con sólo pensar en encontrar su impávida mirada, ni madres, y tomé paso veloz, me metí al salón de clases sin saludar a nadie, me senté en mi pupitre a esperar que por la puerta apareciera el perro y la maestra gritara saquen a ese mugriento y pulgoso animal. Nada de eso ocurrió. Lo imaginé echado afuera del salón, sin querer molestar, simplemente a la espera de que saliera su amo. Si mis amigos lo supieran, qué horror.

Al salir de la clase me arremoliné con mis compañeros, a ver si en la bola me perdía, fui a la cafetería, jugué al básquetbol, entraba y salía de clases y siempre lo mismo: la certeza absoluta del Kalimán siguiendo mi huella, mi incapacidad para mirarlo, y la indiferencia de todos ante el hecho. Para la hora de la salida urdí un plan de escape. Ahora entiendo que era ridículo porque se trataba de regresar a mi casa, pero la soberbia me había vuelto loco. Le pedí prestada la bicicleta a Serafín, inventé que tenía urgencia de ir a mi casa porque estaba enfermo del estómago.

—Hazme un favor, Serafín, desamarra la bici y ponla en la calle, que voy a salir corriendo y no me hagas más preguntas.

Y me lancé. La experiencia decía que los perros eran más veloces que las bicicletas, pero por la fuerza que imprimí a los pedales tuve la esperanza de dejarlo atrás. Los débiles pasos se convirtieron en zancadas, era el Kalimán que no estaba dispuesto a dejarme ir. Crucé como bólido la esquina con Reyes sin fijarme si tenía el paso. Por un pelito y un Rambler verde me atropella porque ninguno frenó hasta que ya cuando había pasado escuché un rechinido de llantas. El Rambler siempre sí había atropellado algo que no era yo. Y como no escuché ningún ladrido, jodido Kalimán tenías que morirte en silencio, ahora sí no tuve más remedio que darme la vuelta y acercarme a verlo ahí, destripado contra el pavimento del pueblo.

—Lo siento mucho, ¿es tu perro?—me preguntó el chofer del Rambler verde y entonces me di cuenta que estaba llorando y ya para que negarlo y dije que sí, que ese era mi perro.

Se supone que en mi casa nos seguimos preguntando qué hacía el Kalimán en ese lugar, si era la hora en que se ponía a regar el jardín con mi mamá. Por la manera como mis hermanos le lloraron el día de su entierro, nunca tuve el valor para confesar la verdad. Desde entonces, andado por la vida, nunca me ha abandonado la misma sensación: apenas agarro camino ahí están los pasos del Kalimán, persiguiendo mi destino, como una sombra pegada a su cuerpo, aunque la sombra he sido yo, siempre de espaldas al Sol.

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