Amado Nieto Caraveo
Mi espectro como bestia salvaje
vigila mi camino de día y de noche
Mi emanación, muy profundamente
llora sin pausa por mi pecado.
William Blake
A mi madre nunca le gustaron los perros. Arruinaban sus malvas, sus rosales, dejaban el jardín lleno de porquería y no servían para nada. No importaba que fueran animales muy finos, al final mi padre los tenía que regalar o abandonar en el llano. Aunque al poco tiempo llegaba de nuevo el señor con un noble pastor alemán. Pero nada de eso servía con mi madre. Por eso aquella vez fue una sorpresa, cuando apareció por la puerta trasera de la cocina un perro flaco y amarillo, de ojos tristes e inocentes, y con la lengua de fuera moviéndose al ritmo de su respiración.
—¿Tienes hambre perrito?— dijo mi madre mientras le arrimaba un plato con la sopa de letritas y el arroz que no nos quisimos comer sus hijos.
Sabía a lo que se atenía con esa acción caritativa. El animal volvió los siguientes catorce días sin falta, y luego ya no se fue. El mayor de mis hermanos se encargó de llevar a vacunar al perro contra el moquillo. Ese mismo día tuvo que bautizarlo improvisadamente cuando el médico le preguntó por su nombre.
—Kalimán, se llama Kalimán, y ha de tener como 5 años— fue lo primero que se le ocurrió.
Todos estuvimos de acuerdo en el nombre, salvo una de mis hermanas que le quería poner Tomás, en despecho de su novio. El Kalimán engordó rápidamente, y con ese pretexto se nos quitó la culpa que mi padre acostumbraba inculcarnos por el desperdicio de alimentos. No por ello dejó de ser amarillo, aunque ahora de un tono más oscuro. Tampoco su mirada se iluminó. Quien sabe que habría sufrido ese perro en su pasada vida, porque nunca supimos de dónde vino, que seguro de Rioverde no era.
El aprecio de mi madre hizo milagros con la educación del Kalimán. No fue el caso con sus hijos. Nunca nos enteramos que mordisquera una flor, una yerbabuena, o que tumbara las bugambilias, ni se andaba por la casa con lodo en las patas. Llegada su hora, el Kalimán rascaba la puerta y se salía a regar sus mierditas por la calle, que entonces no estaba pavimentada y servía para esos propósitos. Se movía con sigilo, parecía que no existía pero ahí estaba. Poco salía de la casa, como si tuviera miedo de que ya no lo dejáramos entrar después. Sólo lo escuchamos ladrar en dos ocasiones: enojado, el día en que se quiso meter un ratero a la casa, y contento, la vez que mi papá por fin le dio el visto bueno y le dio una vuelta en la camioneta. Nadie le tenía miedo, y no por eso dejaba de ser buen vigilante, más bien inspiraba confianza. Era en todos sentidos el perro ideal, salvo por un detalle que durante mucho tiempo a nadie le importó: era un perro callejero.
Y si no fuera porque nunca falta en la vida la hora de volverse vil y despreciable, nada de esto hubiera ocurrido y ahora podría vivir en paz. Sería la sabiduría de el Kalimán, no lo sé, por algo mi hermano intuitivamente así le quiso llamar, pero aun no me explico su conducta la tarde de mi quinceavo cumpleaños. Para el mediodía mi mamá hizo un pastel de natas que nos comimos de inmediato sin dejar desperdicio. Si el Kalimán quería probarlo seguirá en el misterio, porque tuvo que conformarse con las coliflores y el hígado encebollado. Quién quita y ahí estuvo el problema, porque cuando salí de la casa rumbo a la prepa, contra toda su costumbre, el Kalimán se fue tras de mí. Al principio no le dí mucha importancia. Tal vez quería aprovechar que abría la puerta para salir y hacer sus necesidades. Pero no, al Kalimán no parecía gustarle ningún poste y no se le veía con esas intenciones. Después de una cuadra me di la vuelta y le indiqué con el dedo la dirección opuesta.
—¡Regresa Kalimán!
Pero el animal se quedó viéndome, con sus ojos sumidos, como diciéndome: “anda, sigue caminando, no te hagas pendejo que no me voy a regresar”. Luego me inquietó que se fuera a perder, como nunca salía de la casa lo más seguro era que no supiera orientarse. A mitad del camino, de improvisto, me asaltaron la vergüenza y el ridículo. El Kalimán seguía a mis espaldas, 5 o 6 metros atrás, podía oír el tenue pero regular golpeteo de sus pezuñas contra la banqueta de la calle Madero y desde entonces ya no tuve valor para volver a mirarlo. En cualquier momento encontraría algún compañero y yo con aquel perro tan feo, tan vulgar, sin orejas puntiagudas, con la cola entre las patas y ese amarillo pastoso tan, como decirlo, tan sórdido. Al dar la vuelta por la calle Ponce aproveché la primera oportunidad: corrí, me metí por un callejón, de ahí a la puerta trasera de un restaurante que se conectaba por un pasillo a un hotel para luego salir a otra calle, la Moctezuma. Lo hice sin fijarme, como que no quiera la cosa, y sin detenerme a averiguar el rumbo del Kalimán. Retomé el paso por la calle Escandón sin atreverme a voltear.
No fue necesario. Pude escuchar de nuevo la prudente y cadenciosa persecución. Y ya no podía girar la cabeza. Me metí a “La Corona”, con la esperanza de que al seguirme, las viejitas encargadas de la tienda lo agarraran a palos y yo pudiera escapar, pero de seguro el perro me esperó afuera porque nadie dijo nada. Sin más remedio llegué a la Prepa. ¿Y si ya no me seguía? ¿Y si todo era producto de mis nervios? No podía comprobarlo, con sólo pensar en encontrar su impávida mirada, ni madres, y tomé paso veloz, me metí al salón de clases sin saludar a nadie, me senté en mi pupitre a esperar que por la puerta apareciera el perro y la maestra gritara saquen a ese mugriento y pulgoso animal. Nada de eso ocurrió. Lo imaginé echado afuera del salón, sin querer molestar, simplemente a la espera de que saliera su amo. Si mis amigos lo supieran, qué horror.
Al salir de la clase me arremoliné con mis compañeros, a ver si en la bola me perdía, fui a la cafetería, jugué al básquetbol, entraba y salía de clases y siempre lo mismo: la certeza absoluta del Kalimán siguiendo mi huella, mi incapacidad para mirarlo, y la indiferencia de todos ante el hecho. Para la hora de la salida urdí un plan de escape. Ahora entiendo que era ridículo porque se trataba de regresar a mi casa, pero la soberbia me había vuelto loco. Le pedí prestada la bicicleta a Serafín, inventé que tenía urgencia de ir a mi casa porque estaba enfermo del estómago.
—Hazme un favor, Serafín, desamarra la bici y ponla en la calle, que voy a salir corriendo y no me hagas más preguntas.
Y me lancé. La experiencia decía que los perros eran más veloces que las bicicletas, pero por la fuerza que imprimí a los pedales tuve la esperanza de dejarlo atrás. Los débiles pasos se convirtieron en zancadas, era el Kalimán que no estaba dispuesto a dejarme ir. Crucé como bólido la esquina con Reyes sin fijarme si tenía el paso. Por un pelito y un Rambler verde me atropella porque ninguno frenó hasta que ya cuando había pasado escuché un rechinido de llantas. El Rambler siempre sí había atropellado algo que no era yo. Y como no escuché ningún ladrido, jodido Kalimán tenías que morirte en silencio, ahora sí no tuve más remedio que darme la vuelta y acercarme a verlo ahí, destripado contra el pavimento del pueblo.
—Lo siento mucho, ¿es tu perro?—me preguntó el chofer del Rambler verde y entonces me di cuenta que estaba llorando y ya para que negarlo y dije que sí, que ese era mi perro.
Se supone que en mi casa nos seguimos preguntando qué hacía el Kalimán en ese lugar, si era la hora en que se ponía a regar el jardín con mi mamá. Por la manera como mis hermanos le lloraron el día de su entierro, nunca tuve el valor para confesar la verdad. Desde entonces, andado por la vida, nunca me ha abandonado la misma sensación: apenas agarro camino ahí están los pasos del Kalimán, persiguiendo mi destino, como una sombra pegada a su cuerpo, aunque la sombra he sido yo, siempre de espaldas al Sol.