Rioverde
San Luis Potosí, México

La clave (key) de la estupidez (keyboard)

10 Mayo 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Es muy probable que en más de una ocasión se hayan preguntado quién y bajo qué criterios organizó el orden que tienen las letras en un teclado convencional, ya sea máquina de escribir o computadora. ¿Cuál es la lógica que lo subyace? Pues bien, este día, consagrado a la memoria de Doña Lucinda, será dedicado a la perdedera de tiempo y a la acumulación de conocimientos inútiles. ¿Preparados?

Fue un 9 de junio, por cierto día de Santa Tecla, hace 30 años, durante una tarde lluviosa en que ni mi madre ni yo teníamos nada que hacer.

—Ayúdame a escribirle una carta a mi papá—dijo Doña Lucinda

Mi madre dedicaba el 25% de su tiempo a criar a sus 8 hijos (en porcentajes proporcionales para cada uno); otro 25% a moler la cuajada para los quesos que mi papá vendía sobre pedido; otro 25% era para sus devociones: la guitarra, la iglesia y la comadre Cuca, en ese orden; y el último 25% a escribir a mano cartas a su papá, a su hermana Marianita, y a otras muchas gentes de vivían allende nuestras fronteras municipales. Por eso se me hizo muy raro que me pidiera “ayuda” para escribir una carta.

—Es que la quiero escribir a máquina—aclaró Doña Lucinda

Ajá. Resulta que con motivo de mi ingreso al segundo grado de la secundaria, el Señor Doctor Don Alfonso había autorizado la compra de una máquina de escribir marca Olivetti modelo Lettera Escolar. Ya saben, en esos tiempo ese señor no me negaba nada, pocos como yo hacían lucir en tan grande medida el orgulloso linaje que mi señor padre desplegaba con tanta ostentación.

De los de mi salón, fui el único de los varones que escogió la materia de mecanografía (el resto eligió “radio y electricidad”), cosa que me hizo ganar fama de maricón. La madre superiora, velando por mi prestigio, me sugirió tomar ambas materias. De esta última materia no guardo el más mínimo conocimiento (nos dedicábamos a pelar alambres y a conectarlos entre sí a unos transistores con la ayuda de un “cautín”, con la finalidad de construir un radio). Por el contrario, de la mecanografía, la primera de mis puterías (la segunda fue ponerme a escribir poemas y novelas), conservo la habilidad para escribir con todos los dedos sin ver el teclado, a una velocidad de 60 palabras por minuto. Habilidad que me ha servido para hacer tareas, saber acariciar a las mujeres y escribir e-mails vuelto madres (en ese orden).

Para Doña Lucinda, una máquina de escribir era algo bastante lejano y contra-intuitivo. En realidad lo consideraba poco elegante y de mala educación, claro, ella lo podía decir porque poseía la bella caligrafía que suelen tener las mujeres de las montañas (a la fecha no se ha podido documentar la existencia de una mujer costeña que escriba bonito y sin faltas de ortografía). Pero aquella ocasión Doña Lucinda, quizás por la naturaleza de lo que habría de escribir, eso nunca lo sabré, pretendía hacerlo por primera vez con una máquina de escribir. Ella me veía escribir con vertiginosa rapidez hojas y hojas con ejercicios absurdos (desde el punto de vista literario, esa etapa fue la más productiva y estéril a la vez). Concha cancha chincha sopa lupa mate rima sosa quepa dipa kapa cacha nina vara trata poca. Y luego al revés. Y luego en sentido inverso. Y luego de arriba para abajo. Y luego sin respirar. Y luego tomando un buche de agua. Y luego rezando un Dios te Salve.

—Enséñame cómo usar este chunche—dijo mi madre, tomando en sus manos una “hoja de máquina” en blanco. En aquellos tiempos no les decíamos papel bond, sino hasta después de que vimos en el cine a James Bond, y pensábamos que una cosa tenía que ver con la otra.

Y ahí me tienen dando a mi madre sus primeras clases de mecanografía, que se iniciaron enseñándole como meter la hoja en el rodillo (sí, mamá, como si fuera tu supermoderna lavadora Easy), y luego cómo ajustar los márgenes, que fue la parte de más le gustó de la clase. Bueno, fue la única parte que le gustó.

Los problemas empezaron con el teclado.

—Haber explícame, hijo, ¿cuál es la lógica para que las letras estén tan desacomodadas?—preguntó la señora.

—Eso no importa—contestó el impaciente hijo—lo que importa es que tu….

—No, no, no, así no—me paró en seco mi madre.—A mi no me gusta hacer las cosas a ciegas. Con casarme con tu padre tuve para aprender. A mi primero me aclaras, me explicas, me detallas, me informas, me expones, me enseñas, me orientas y me guías. Yo quiero saber a quien se le ocurrió poner la “Q” encima de la “A”, y la “P” arriba de la “Ñ”, por qué nunca le atino a la “I” y tantas veces pongo “V” en lugar de “B”.

—No tengo la menor idea—tuve que aceptar

—¿Entonces no existe una máquina de escribir que tenga un teclado decente?

—Supongo que no… pero si el teclado está así ten la seguridad de que es porque así debe de estar, mamá, ¡los de Olivetti son expertos!

—Entonces no vuelvo a escribir a máquina. Prefiero mi papel de libreta con renglones y mi pluma Parker que es el único regalo útil que me ha hecho tu padre.

En aquel tiempo me parecieron necedades de ranchera bajada del cerro. Así se ponía de amargues, según mi padre, cuando sus amigos los sacerdotes le salían con alguna jalada. O según Luz María eran los “cólicos”, palabra nueva que recién había aprendido en el colegio.

Treinta años tardaría en comprender que eso era lo que cualquier persona inteligente y práctica debería haber cuestionado, y que lo que guiaba a Doña Lucinda era su lucidez, valga la redundancia con su nombre, para distinguir las cosas que estaban torcidas por la estupidez humana. Eso y su infatigable sed de conocimientos, surgida en la aridez intelectual de una sierra agridulce situada en la punta del demonio, la hacían endilgarles a sus brillantes y sesudos hijos preguntas de profundo significado aunque de mínima utilidad.

Mi madre tenía razón. El teclado QWERTY, así llamado en honor a las primeras letras de la fila superior de izquierda a derecha, fue creado por Christopher Latham Sholes en 1873. En su primera versión las teclas se ordenaban alfabéticamente. Sin embargo las personas escribían tan aprisa que era muy común que las palanquitas de metal que contenían los tipos se entramparan. Entonces Sholes ideó una forma para que la gente ¡escribiera más lento!, colocando las letras más frecuentes en lugares difíciles de alcanzar por los dedos índice y anular (los más rápidos). Gracias a eso, las personas escribían más lento y los tipos no se entrampaban. Con el tiempo la tecnología hizo posible que se pudiera escribir más rápido sin que hubiera riesgo de entrampamiento. En los años 30s, August Dvorak diseñó un teclado que ponía las nueve letras más comunes en el centro y en la fila de en medio. Además estaban alineadas verticalmente (en el teclado QWERTY lo están diagonalmente). Se estima que la eficiencia del teclado DVORAK es 50 veces mayor. Además reduce el trabajo de los dedos a su tercera parte. Uno todavía mejor es el teclado MALT, creado por Lilian Malt, que fue creado específicamente para teclados para computadoras.

¿Porqué entonces seguimos usando el teclado QWERTY? ¿Por qué en un aparato diseñado con lo más avanzado de la tecnología y que tiene el propósito de optimizar nuestros pensamientos, nuestros actos y nuestras acciones, porqué en estos aparatos seguimos usando una tecnología obsoleta, diseñada para ser ineficiente, que tiene 127 años de antigüedad?

Por estúpidos. Por estúpidos los usuarios que no se quieren tomar la molestia de aprender otro método más rápido y eficiente, pero que requiere el esfuerzo de aprender algo nuevo. Por estúpidos los fabricantes que no quieren quedarse atrás en el mercado ofreciendo tecnología avanzada pero que tal vez no tenga un buen recibimiento por el consumidor.

Mi madre tenía razón. ¿Y de qué sirve todo esto? pues de nada. Yo mismo he tecleado esto en un sistema QWERTY, y sólo me sirve para darme cuenta lo tontos que podemos ser las personas que pensamos tan inteligente.

Categoría Uncategorized | 1 Comentarios »

La Comunidad de la Llanta (The Fellowship of the Tire)

10 Mayo 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Mi familia se ha vuelto loca. Y de eso seguramente es culpable el enervante olor del azahar de la atmósfera de Rioverde. De unos días a la fecha se han puesto a construir elaboradas ideas delirantes que ante la aceptación compartida se han vuelto certeza colectiva. La verdad no se que hacer pues las ocasiones en que he intentado hacerles entrar en cordura, provoco violentas reacciones de repudio. ¿Cómo decirlo?, es como si mi familia hubiera estado tejiendo una delicada telaraña de complicidades mutuas. El problema se agrava porque además parecen muy felices de hacerlo. Quizás haya sido una reacción de miedo ante las guerras que se gestan allende nuestras fronteras o que se cocinan dentro de casa. Sea cual fuere el caso, no hay día en que no surja una nueva ocurrencia. Hablan, por ejemplo, de perros guardianes de leyenda legendaria con nombre de superhéroe de radionovelas y comics de los años 60s. Algo así como un animal que vino de la nada y se esfumó en la eternidad, y cuyo comportamiento sería digno de una especie de beatificación canina (San Kalimán de los Verdes Gusanitos). Peor aún, se han inventado mis hermanos un supuesto juego derivado de vicios linguísticos por consonancia, que relaciona el lugar de origen de mi madre con una llanta vieja hecho columpio giratorio. Nada más redundante, repetitivo e irracional. La verdad es ruda. Pero es la verdad: la llanta en cuestión en realidad fue la guarida permanente de las larvas de los mosquitos que con tan acuciosa voluntad trataban de erradicar aquellas camionetas amarillo-nationalgeographic y de cuya labor se me quedó pegada una de las palabras más hermosas del universo: Campamento. La otra verdad es que el único juego que jugamos en la infancia fue el de las escondidas. Siempre tratamos de escondernos. Algunos lo logramos con mucho éxito y durante un buen tiempo nadie fue para llegar a la base una-dos-tres tomada por mí.

Pero el juego de las escondidas hace tiempo se ha terminado y hoy agradezco al Señor que me haya permitido encontrar a mis hermanos, aunque sea para darme cuenta de que están rematadamente orates.

Categoría Uncategorized | 1 Comentarios »

Día de las Madres

10 Mayo 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

a Rebeca

Bien se dice que el amor es un sentimiento discontinuo. O como te dije un día: “entre tú y yo no hay un tranquilo lago a oscuras, hay olas”. Muchas olas. La primera vez te amé como quien anhela un salvavidas luego de haber sufrido un naufragio. Fue la época de las metáforas marítimas. Hasta que llegamos a la playa, un lugar indefinido entre la tierra y el mar, más parecido a una herida (porque se mueve) que a una cicatriz. Yo quería ir para un lado y tú querías ir para otro. Te seguí y entonces como que ya no te quise. La verdad me salió el coraje, el viejo, el que no era original de nuestra parte, pero que nos toca vivir a través de las generaciones. Entonces me tocó vivir la peor época de mi vida. Conocí el bajo mundo de la desesperación y la desconfianza. Creí que no sobreviviría. Entonces te amé por tu solidaridad, tu compasión. Hiciste lo que una mujer debe hacer con su hombre: hacer frente común contra los malos. Sin matices. Sin medias tintas. Volvimos al mar, ahora en el mismo barco. Desde entonces nuestros hijos han crecido. Sus imágenes se han vuelto más nítidas, más precisas sobre la clase de personas que son y no las que antes hubiéramos imaginado aprovechando la mala calidad de las imágenes digitales de antaño. De pronto es aterrador darse cuenta que tu y yo ya no existimos sin el “nosotros”. Y que ellos siempre están ahí para echarnos a perder el rato. Y cuando más asustado estoy, de pronto volteo y te veo ahí, acurrucada con nuestra hija, tratando que se apacigüe. Y el mundo se ilumina y el nosotros empieza a tener vida en cada uno de nuestras personas. Te amo porque eres madre. Por tener entre tus manos el vientre que genera todo los océanos del mundo. Porque haces que este mundo, al que le han quitado su madre, sea habitable para los niños. Te amo porque has hecho de la casa, el lugar primordial para la conservación de la especie. Te amo cuando, en el silencio momentáneo que se hace en el lago de nuestro encuentro, te mueves de mi mente a la de mis hijos y te conviertes mágicamente, en todo aquello que nos une.

Categoría Uncategorized | 2 Comentarios »