Rioverde
San Luis Potosí, México

El Encantador de Zapatos

13 Enero 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

El zapato, un mocasín marca X comprado en la tienda de los Iga, salió directo de mi mano hacia el televisor a color marca Y, de los primeros que se aparecían por Rioverde. Para fortuna del aparato (y mía, porque no me la hubiera acabado si la rompo), la pantalla tenía un vidrio protector enfrente, puesto ahí seguramente pensando en niños energúmenos. La ocasión lo ameritaba, es la verdad. Eladio Vera, un paragüayo piernas largas, acababa de meter el gol con que el Cruz Azul le ganaba al América. Yo, que había planeado cuidadosamente la victoria de mi equipo siguiendo al pie de la letra todos y cada uno de los rituales mágicos habidos y por haber, no podía soportar la realidad que se trasmitía (a colores) a través del televisor. Mi madre llegó a escena y musitó algo así como “este futbol te tiene loco, mijito”. Yo seguía con mi pataleta, invocando dioses traidores, que según yo, me habían prometido otra cosa. “De veras, hijo”, dijo mi madre con auténtica cara de preocupación, “no puede ser que te pongas así, estás igual que tu papá con la política”.

La mañana siguiente a ese domingo perdedor resultó ser determinante en mi vida futura (los lunes leen el futuro, por eso nadie los quiere). Por lo pronto desde que me vestía para ir a la escuela me di cuenta de que mi zapato, el mismo que un día antes había servido como proyectil, estaba perdido. Lo primero que pensé (y a la fecha sigo pensando), fue que mi madre lo había escondido para darme un escarmiento. Su respuesta fue un “yo que sé” y levantar los hombros. “No voy a poder ir a la escuela”, clamé al borde del llanto. “Pues no vayas, nadie se ha muerto por no ir a la escuela”. Me quedé en la casa, solo y mi alma, mascullando mi suerte y buscando inútilmente mi zapato.

A media mañana llegó mi padre. Raro que a esa hora regresara del consultorio. Supongo que se enteró del suceso y decidió venir a enterarse de lo que pasaba. Esperaba lo peor. Mi papá no era un señor que entendiera muchas razones cuando se trataba de no ir a la escuela. Su remedio era una jeringa con vitaminas rojas y verdes. Pero esa vez lo vi diferente. “¿Y tú qué haces aquí?”, me preguntó y yo le conté todo lo que había pasado desde el minuto 35 del segundo tiempo del partido, hora en que Eladio Vera y mi zapato se dieron un abrazo. Por supuesto, no omití la frase materna que comparaba mi afición por el futbol con el vicio por la política (no recuerdo si el vicio era el fut y la afición la política pero el caso es que había algun tipo de equivalencia). “A tu mamá no le gusta la política”, dijo mi señor padre, “y esa, es una forma de hacer política”. No creo haber entendido nada en aquel momento de esa frase, pero siguió: “ya vez, me ha puesto a todos ustedes en mi contra”. Habiendo dicho esto se despidió y me dejó un comic, “toma para que entretengas y pasa al rato al consultorio para que vayas con Pepe Iga por otros zapatos”.

La historieta era un ejemplar de “Cuentos de Walt Disney”, específicamente el correspondiente al número 24, editado en 1951 por la Editorial Novaro. En la portada aparecían sobre una lancha el Pato Donald tocando una flauta junto con sus sobrinos Hugo, Paco y Luis con cara de asustados al darse cuenta que una serpiente gigante los acechaba. En la portada se leía “El Encantador de Serpientes”. La historia es la siguiente:

El Pato Donald se dedicaba alegremente a encantar serpientes. Esta profesión, como muchas de las cosas que hacía el excéntrico y torpe tío, tenía muy inconformes a los insufribles Hugo, Paco y Luis. Convencieron a Donald de ir a visitar a Ciro Peraloca, quien por esos tiempos había inventado un prodigioso aparato que adivinaba la vocación de quien se sometiera a la prueba. El resultado fue sorprendente: la máquina determinó que la vocación del Tío Donald era ser detective, lo cual llenó de regocijo a los sobrinos. Así, durante algun tiempo el Pato Donald fue detective. Sin embargo, nunca atinaba en sus deducciones y pronto se hizo evidente que era un verdadero fracaso. Donald estaba frustrado y deprimido, no obstante “que le echaba muchas ganas”. Un día Ciro Peraloca llegó a la casa de los patos para anunciarles con gran excitación que su máquina había sufrido un desperfecto del cual no se había percatado y que eso había producido resultados equivocados en la pruebas realizadas. Que luego de repararla había podido corregir los reportes y que ahora sí ya había encontrado la verdadera vocación de Donald, que no era ser detective, sino que en realidad estaba predestinado para convertirse en… el mejor encantador de serpientes del mundo.

Que yo sepa, nadie en el mundo ha perdido tantos zapatos como yo.

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