Rioverde
San Luis Potosí, México

El Día M de Muertos

2 Noviembre 2009 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Y si en el polvo de Rioverde creciste,
en el polvo de Rioverde, te has de convertir.

Ver mi nombre inscrito en una lápida en el panteón no dejaba de provocarme una extraña fascinación. ¿Extraña por qué?, diría mi padre, si eso que está ahí abajo es carne de tu carne y huesos de tus huesos. Mi papá era proclive a cierta escatología mortuoria, al contrario de mi mamá, favorable del destino penoso de las almas. El primero me llevó a desenterrar el cadáver de mi abuelo, en ocasión de cambiarlo de tumba y grabar la lápida que llevaba mi mismo nombre. La segunda me llevaba a misa y por ello otra lápida invisible quedó inscrita en mi memoria que dice: “jamás regreses”. Al muerto enterrado en aquella tumba jamás lo conocí, pero era el padre de mi padre, un señor del que nadie me ha podido dar una descripción ni siquiera remotamente cercana a la verdadera historia de mi nombre. Quiere decir que tal vez no era muy notorio ni muy notable. Una pintura en la casa de mis padres lo retrata como alguien muy severo, pero una carta escrita de su puño y letra lo delata como sumiso y servil. A veces la austeridad se disfraza con la disciplina, esa pauta de la conducta que mis padres reasignaron a las monjas de El Colegio de la Paz. El Panteón estaba a tres cuadras del colegio, construido sobre una ladera en la margen derecha del Río Verde. Durante la secundaria, el peor pecado que podíamos cometer era ir rumbo al camposanto y bajar al río. Ahí, junto a los muertos, hacíamos de la vida algo pecaminosamente aceptable, para vivir en un pueblo como Rioverde, dormido en sus mediodías amarillos y sus tardes inmóviles, repletas de elotes, yukis y cagadas de solki. Los muertos nos hacían vivir y no había mayor muestra de hombría que por la noche meterse al cementerio y aguantar los espantos de aquellos muertos egregios del pueblo, de los cuales mi abuelo no era uno de ellos. Pero sí aquellos que habían sido asesinados o muertos inmerecidamente cuando niños eran, porque generales de la revolución no había en aquella necrópolis, mucho menos artistas ni mártires. Eso sí, chingos de anónimos abuelos, personajes del mercado y de la vecindadad. Muchos que murieron locos, intestados o en la ruina. Ni más ni menos, diría mi padre, eso es la carne de tu carne y los huesos de tus huesos, sin saber que allí mismo bajo esa tierra terminaría dejando de existir. Morir en el Pueblo podrá ser el título de la saga de muchos atorados en la época del Eterno Arraigo, que arranca a partir de la construcción del segundo Imperio Alemán, aquel que nos cuenta de largas historias de sinfónica narrativa. Epopeyas como esas no existen más en este pueblo cuyas ruinas han sido reconstruidas para crear las nuevas ruínas del más allá. Las que contarán quienes osen poner sus pisadas encima de nuestros huesos, lo cual no será empresa tan osada como las nuestras. Lo que se sabe ahora es que las ruinas en lugar de morir siguen contando cosas, como la ruinas de El Colegio de la Paz que cuentan aún peleas memorables (La Bota vs el que se pusiera enfrente), amores imposibles (el mío vs aquellas que no voltearon a mirarme) y desgracias que despiertan extrañas fascinaciones. ¿Extrañas por qué? Diría mi madre, si vivimos en este pueblo desgraciado que me que ha querido quitar mis recuerdos serranos. Porque la Historia de la Humanidad a eso se reduce, sinfónicamente hablando, a la guerra entre la gente de las montañas vs la gente de las planicies (victoriosas estas y enterradas aquellas). Por eso mi alma pertenece al altiplano y el mar me produce ajenidad. Que me entierren con ramas de huizache o que hagan de mi una hoguera con troncos del mezquite. Todo mundo quiere morir, dijo mi padre aquella vez que fuimos a exhumar lo que quedaba de mi abuelo, pero el miedo a querer lo que más quieres es demasiado atroz. Por supuesto que no entendí nada de lo que dijo, pero viendo el saco de huesos en que se había convertido aquel señor de homónimo parecer, supe que algún día yo sería algo de eso y que muerto seré un recuerdo inscrito en alguna lápida y escrito en alguna memoria.

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