Días Epidémicos
Amado Nieto Caraveo
“Que no vayan a clase los niños”, dijo mi padre, en aquellos días en que los padres podían tomar estas determinaciones por su cuenta. Rara vez dejábamos de acudir a la escuela. Durante el tiempo de lluvias acaso porque la calle Madero se había inundado por desbordamiento de la acequia de la calle Bravo. Porque a veces ni las anginas podían evitar las clases. “¿Estás enfermito?” decía mi padre mientras preparaba tamaña jeringota de vidrio de las antiguas, para ponernos una inyección. Nos curábamos de inmediato. Pero aquel día del mes de mayo de 1971 no habían empezado las lluvias y no sabíamos a qué se debía el anuncio formal hecho durante el desayuno. Vi la cara de mi madre asustada. Era difícil evaluar la dimensión del momento porque mi mamita se asustaba de todo. Seria, muy seria, respaldó la decisión parterna con un “pero tienen que ponerse a hacer su tarea”. Mi hermana mayor, más perspicaz y enterada que uno, al poco rato me confió la verdad: “no habrá clases toda la semana porque se te puede enfermar el cerebro”. La relación entre estudio y tara mental ya la conocía por la mencionada leyenda de Pancho Loco, de quien se decía había enfermado a causa de tanto estudio. Esa mañana la pasaría confinado en mi cuarto, practicando quebrados, memorizando la capital de Indonesia, recitando poemas de López Velarde, a ratos viendo Supercan en la tele. ¿Qué podía hacer un niño de 10 años en un lunes de inicios de la década de los setentas, en Rioverde, la capital mundial de la naranja y el calor? No teníamos permiso ni de salir al jardín, mucho menos a la calle a jugar con los vecinos, también atrapados en sus casas. Mis 4 hermanas la pasaban mejor, jugando la matatena. Debo decir que para el jueves, harto de mínimos comunes múltiples y máximos comunes multiplicadores, yo ya era experto con las matatenas, simples y compuestos.
Ese día lunes 17 de mayo, después de la hora de la comida, surgió una discusión en el cuarto de mis padres. Los niños no alcanzábamos a entender lo que ahí adentro se decía. Las discusiones eran comunes, particularmente después de comer cuando mi señor padre ya se había echado la copita. A esa hora preferíamos encerrarnos y esperar a que el señor se echara una siestecita y despertara fresco y de buen humor. Porque ya las tardes eran maravillosas. Cada tercer día acompañaba a mi papá a la huerta, a ver cómo iba el regadío de los naranjos, el corte de alfalfa y la ordeña de la vacas. A veces me dejaban manejar la camioneta y los peones me trataban con mucha deferencia como “el doctorcito”. Si el Paraíso tuvo alguna vez correlatos terrenales, esa era la “Huerta de los Patoles”, también conocida por lo rumbos del Refugio, como “El Cuarto Blanco”.
La discusión de mis padres terminó cuando la puerta se abrió y por ella apareció un furioso Don Alfonso, que me agarró de la mano y me subió a la camioneta Chevrolet verde alfalfa. Esa tarde no hubo siestecita y antes de ir a la huerta fuimos a otro lado.
Nos dirigimos a la entonces Gasolinera Noyola, donde una multitud se había aglutinado en una especie de mitin. Mi papá era entonces el líder local de la CNOP del PRI. No era la primera vez que me llevaba a un mitin. Solía acompañarlo al Zapote o al Jabalí, donde daba encendidos discursos sobre problemas que yo no entendía. Aun así me gustaba mucho oírlo hablar al público. Un día, al pie la Presa de San Diego, la gente lo aplaudió de pie por varios minutos. El mitin de la Gasolinera Noyola era diferente, no había templete ni sillas y más bien se percibía cierto desorden. De pronto apareció un camión de la línea “Tres Estrellas de Oro”, el cual fue de inmediato sitiado por la multitud. Mi padre, sin soltarme de la mano, hacía esfuerzos por acercarse lo más posible a la puerta del autobús, de dónde bajó un señor alto, calvo y con grandes anteojos. El tipo se me hizo conocido y mi padre lo confirmó, “es el Presidente, hijo”, me dijo emocionado. Pronto dieron oportunidad a mi padre de acercarse al círculo de personas que rodearon a Luis Echeverría Alvarez, donde pude oir diferentes cosas. “Los animales se están muriendo”, “ya hay personas contagiadas”, “no tenemos medicamentos”, “hasta cuando vamos a seguir sacrificando caballos”, “queremos apoyo del gobierno”. No duraría más de media hora cuando el Presidente se volvió a trepar al camión y por una ventanilla se despedía de la multitud ahí reunida.
Camino a la huerta mi padre me habló del asunto de la Encefalitis Equina Venezolana, me explicó lo que era un virus y cómo se trasmitía a través del mosquito, del caballo al humano. Por eso no había clases, porque la gente estaba asustada por la aparición de los primeros casos de encefalitis, que era una especie de enfermedad donde la gente se quedaba dormida hasta morir. Por la noche relaté a mi madre todo lo que me había pasado. Supe entonces que el motivo de la discusión había sido yo y la renuencia de mi madre a que acompañara a mi padre. “No por la encefalitis, mijito, porque yo se que eres fuerte”. ¿Entonces?
“Porque no quería que vieras a Echeverría, el asesino que mandó matar a estudiantes”, me dijo casi en secreto.
Esa noche no pude dormir. Me despertaban pesadillas donde caballos enloquecidos pisoteaban los cadáveres esparcidos de los estudiantes. Tenía miedo quedarme dormido y no despertar jamás. Eran días epidémicos, de esos que se repiten de vez en cuando.
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