Rioverde
San Luis Potosí, México

Adviento

17 Diciembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Adviento. La palabra viene de advenimiento, lo que viene. Y lo que viene es La Palabra. De niño pensaba otra cosa. Lo asociaba, por la natural tendencia infantil a ver en las cosas sólo lo que parecen, con el viento. Con el viento frío que obligaba a cerrar las ventanas del hogar y quedar atrapado en aquel calor generado por la cercanía de los cuerpos. Sobre todo el de mi madre. Cuando pienso en mi madre pienso en la estufa. Tortillas de harina, buñuelos y queso. Pienso en sus manos que se confunden con el comal. Mi frente poseída por la fiebre fue uno de sus comales. En las calles no había mucha diferencia. Las ventanas de Rioverde también de cerraban a esperar lo que viene y te encontrabas en la banqueta con una cantidad inusual de ojos, que por primera vez en el año te dirigían la mirada. Mirada expectante, claro, de quien espera algo, por lo menos que lo veas, por lo menos que le dirijas el silencio, La Palabra, porque en la época las palabras son las mismas. Así recuerdo a mi padre: evitándome su palabra y con la mirada expectante dirigida a mi frente, apenas la mano materna la descuidaba para poder atender la estufa. Es el mes del todo-viene, porque ya no hay otro mes a donde irse. La luz solar, el calor y los perros callejeros. Todo se concentra, como una especie de aeropuerto del tiempo, todo mundo esperando que llegue su turno porque nunca más habrá de repetirse. Eso viene en el adviento, la certeza aérea de que nada habrá de ser igual y lo nuevo será mejor, cuando es exactamente al revés, porque doce meses más tarde habrá de ser lo mismo, como el corazón que late, los callos de los pies, y las hierbas arrumbadas en el jardín. Y los vientos del norte. Y un vuelo de ida y vuelta. Y la flor de azahar. El adviento es aquello que por ser idéntico es diferente. No la identidad poniente, sino la del Sol que nace, que viene, al otro extremo. Eso es la estrella de Belén, la identidad del no-mismo, del otro lejano que nos mira con su palabra. La nueva y desconocida palabra con la que se construyen las fronteras, el amor desmedido a la tierra que lo vio nacer, la mano de una madre y el miedo. Eso es el adviento, la esperanza de un mapa donde podamos desubicarnos milagrosamente. La ilusión de las partes que se funden para renovarse a sabiendas de que no será así, como en el orgasmo. Es la imposición del círculo a la línea mortal. La vida. El último escalón de la escalera que viene a ser lo primero.

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