Escritos del Más Allá
Amado Nieto Caraveo
Una muerta, un yo descalzo,
un acto puro que alcanza el orden de la Gloria.
Elena Garro
Ya muerta, Lucinda sólo usaba un mismo vestido. Y eso porque un día se le apareció en sueños a su hijo el mayor. ¿Por qué estas desnuda mamá?, preguntó asustado. Él no sabía que los muertos son eso: un alma sin ropa. Así que Lucinda decidió vestirse para no andar espantando gente. Todos los días iba a su casa por su vestido, paseaba un rato por el jardín y luego lo dejaba bien guardado en el clóset. Ayudaba que “La Casa de mi Mamá” había sido abandonada temporalmente por los hijos y apenas si iban a darle sus vueltecitas una vez al mes porque “las casas deshabitadas se derrumban”. Los ignorantes no sabían que Lucinda la cuidaba, que el jardín se regaba a diario y los baños seguían sin salitre. Eso sí, jugando al espiritismo decían de broma quien sabe que cosa sobre el fantasma de su madre, como si creyeran en ellos, haciéndose los pendejos. Lucinda era feliz así: viendo a sus hijos jugar con sus muertos, cuidando su casa abandonada por los vivos. Qué mejor situación para un fantasma. Podía hacer cualquier cosa. Podía hacer ruidos y pegar alaridos (que no lo hacía por discreta la mujer.) Incluso hacerse fantasmalmente visible por el rabillo del ojo a los vivos. También le era permitido dejar toda clase de huellas (que por todos lados dejaba y el único que las había detectado era un gato viejo.) Lo único que no le estaba permitido era escribir. Y no era fácil para ella, tal fue su costumbre en los últimos 20 años de su vida que tan pronto le asaltaban algunas ideas tomaba lápiz y papel para escribir. Pero no, no se debía, en papel nada, eso tenía que quedar muy claro.
La noche que el ratero entró a “La Casa de mi Mamá” no sabía bien a bien lo que iba a encontrar ahí. Solo sabía que era una casa donde ya nadie vivía desde hacía un año. El chisme era que allí había vivido una señora que guardaba tesoros fruto de herencias milenarias. Bueno, lo que le dijeron en concreto fue que la vieja guardaba cosas para que sus hijos no las vieran y que había obtenido de unos lejanos parientes del norte. Así que con esa idea en la cabeza (encontrar lingotes de oro del general Villa enterrados en el jardín), el ratero se introdujo en la casa.
Ella estaba con sus violetas. Estaban marchitas porque no las había regado en 3 días. El agua la habían cortado porque a sus hijos se les olvidó pagarla. Claro, ya para qué. Pero Lucinda había tomado cartas en el asunto y se le había aparecido a su hija Mariajulia en el último de sus sueños. Allí Mariajulia encuentra a su mamá en misa de doce. Lucinda sostiene en sus manos un vaso de agua. La hija se acerca para recibir el vaso al mismo tiempo que dice “el Cuerpo de Cristo”. Mariajulia se despertó llorando y al día siguiente (sin saber porqué razón), fue a pagar el agua. Luego que terminó con sus flores decidió irse, así que dejó el vestido en el gancho de costumbre y ya estaba a punto de la desaparición cuando escuchó el ruido de un vidrio que se rompe. Sus hijos no entran así a la casa y menos por la noche.
Las cosas cuando ocurren por la noche no son normales en tiempo y espacio. Menos cuando se trata de contar historias de aparecidos en casas abandonadas. Mucho menos cuando hay un crimen de por medio. En este sentido habrá de comprenderse la narración de cómo Lucinda finalmente decidió abandonar su casa abandonada. Las cosas estuvieron así: el ratero se dio a la tarea de buscar por todos los cajones dejándolos en desorden, se dio gusto dando golpes a las paredes en busca de huecos, y finalmente lleno de frustración empezó a hacer agujeros en el jardín. Eso sí que puso furiosa a Lucinda. Así que decidió hacerse la aparecida. Cual no fue su sorpresa al ver que el ratero había tomado como únicas prendas de su fechoría unos viejos casetes con canciones de Los Temerarios y su vestido de noche. El ratero tendría que verla tal cual, ni modo, él se lo había buscado.
Fue la última aparición de Lucinda a un vivo en estado de conciencia despierta y clara. El ladrón no había bebido ni se sabía que usara drogas enervantes. Tampoco tenía antecedentes de tara mental. Así que puede decirse que realmente la vió y habló con ella. No se sabe bien cómo estuvo el asunto. Ella por supuesto le reclamó la profanación de una propiedad privada y le quiso hacer un espanto para que se largara. En él pudo más la avaricia que el miedo y se atrevió a exigirle la revelación del sitio de los tesoros ocultos, “no te hagas, vieja, los que trajiste del norte”. Entonces ella ya no lo espantó sino que se puso a platicarle quien sabe que cosas sobre su pasado en ese mítico norte, donde todo el mundo es hijo ilegal de Pancho Villa.
—Si eso que dicen fuera cierto—diría la muerta—, yo me andaría apareciendo en la Tarahumara. Pero ahí hace mucho que se acabaron mis pendientes.
—Pues entonces ya me voy, compermisito—o algo así diría el bandido.
—Pero primero me devuelves el vestido. Los casetes te los llevas como regalo de mi hijo Gustavo y no vuelvas jamás.
Dicho y hecho, al día siguiente llegó Daniel a su inspección de los domingos y encontró la casa hecha un batidillo. En una bitácora empezó a registrar todo lo presente y faltante. No faltaba nada, puro desorden. Unos casetes que nadie extrañaría. Y qué raro, un vestido intacto en el clóset que se quedó ahí olvidado. Pobre ratero, pensó Daniel, el chasco que se habrá llevado.
Pero el suceso causó onda preocupación entre Daniel y sus hermanos, por lo que a partir de la semana siguiente se dispuso a ocupar esa “La Casa de mi Mamá” para que no estuviera a merced de los raterillos del pueblo, además las casas donde no vive gente se llenan de fantasmas, ja ja ja, rieron sus hermanos muy contentos.
Una noche antes todos soñaron lo mismo.
Lucinda estaba parada en su jardín, de espaldas a ellos. Movía las manos como si fuera un director de orquesta, y las flores y plantas los músicos. Porque se oía música (por supuesto cada quien oyó una diferente pieza). De pronto bajaba las manos y la música se callaba, se daba la vuelta y decía:
—Que ahora cada quien toque la canción que más le guste y sólo les pido un favor: Fíjense que ya me dieron permiso de escribir esta historia. El único problema es que no lo puedo hacer con mis propias manos.
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