Rioverde
San Luis Potosí, México

Escritos del Más Allá

23 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Una muerta, un yo descalzo,
un acto puro que alcanza el orden de la Gloria.

Elena Garro

Ya muerta, Lucinda sólo usaba un mismo vestido. Y eso porque un día se le apareció en sueños a su hijo el mayor. ¿Por qué estas desnuda mamá?, preguntó asustado. Él no sabía que los muertos son eso: un alma sin ropa. Así que Lucinda decidió vestirse para no andar espantando gente. Todos los días iba a su casa por su vestido, paseaba un rato por el jardín y luego lo dejaba bien guardado en el clóset. Ayudaba que “La Casa de mi Mamá” había sido abandonada temporalmente por los hijos y apenas si iban a darle sus vueltecitas una vez al mes porque “las casas deshabitadas se derrumban”. Los ignorantes no sabían que Lucinda la cuidaba, que el jardín se regaba a diario y los baños seguían sin salitre. Eso sí, jugando al espiritismo decían de broma quien sabe que cosa sobre el fantasma de su madre, como si creyeran en ellos, haciéndose los pendejos. Lucinda era feliz así: viendo a sus hijos jugar con sus muertos, cuidando su casa abandonada por los vivos. Qué mejor situación para un fantasma. Podía hacer cualquier cosa. Podía hacer ruidos y pegar alaridos (que no lo hacía por discreta la mujer.) Incluso hacerse fantasmalmente visible por el rabillo del ojo a los vivos. También le era permitido dejar toda clase de huellas (que por todos lados dejaba y el único que las había detectado era un gato viejo.) Lo único que no le estaba permitido era escribir. Y no era fácil para ella, tal fue su costumbre en los últimos 20 años de su vida que tan pronto le asaltaban algunas ideas tomaba lápiz y papel para escribir. Pero no, no se debía, en papel nada, eso tenía que quedar muy claro.

La noche que el ratero entró a “La Casa de mi Mamá” no sabía bien a bien lo que iba a encontrar ahí. Solo sabía que era una casa donde ya nadie vivía desde hacía un año. El chisme era que allí había vivido una señora que guardaba tesoros fruto de herencias milenarias. Bueno, lo que le dijeron en concreto fue que la vieja guardaba cosas para que sus hijos no las vieran y que había obtenido de unos lejanos parientes del norte. Así que con esa idea en la cabeza (encontrar lingotes de oro del general Villa enterrados en el jardín), el ratero se introdujo en la casa.

Ella estaba con sus violetas. Estaban marchitas porque no las había regado en 3 días. El agua la habían cortado porque a sus hijos se les olvidó pagarla. Claro, ya para qué. Pero Lucinda había tomado cartas en el asunto y se le había aparecido a su hija Mariajulia en el último de sus sueños. Allí Mariajulia encuentra a su mamá en misa de doce. Lucinda sostiene en sus manos un vaso de agua. La hija se acerca para recibir el vaso al mismo tiempo que dice “el Cuerpo de Cristo”. Mariajulia se despertó llorando y al día siguiente (sin saber porqué razón), fue a pagar el agua. Luego que terminó con sus flores decidió irse, así que dejó el vestido en el gancho de costumbre y ya estaba a punto de la desaparición cuando escuchó el ruido de un vidrio que se rompe. Sus hijos no entran así a la casa y menos por la noche.

Las cosas cuando ocurren por la noche no son normales en tiempo y espacio. Menos cuando se trata de contar historias de aparecidos en casas abandonadas. Mucho menos cuando hay un crimen de por medio. En este sentido habrá de comprenderse la narración de cómo Lucinda finalmente decidió abandonar su casa abandonada. Las cosas estuvieron así: el ratero se dio a la tarea de buscar por todos los cajones dejándolos en desorden, se dio gusto dando golpes a las paredes en busca de huecos, y finalmente lleno de frustración empezó a hacer agujeros en el jardín. Eso sí que puso furiosa a Lucinda. Así que decidió hacerse la aparecida. Cual no fue su sorpresa al ver que el ratero había tomado como únicas prendas de su fechoría unos viejos casetes con canciones de Los Temerarios y su vestido de noche. El ratero tendría que verla tal cual, ni modo, él se lo había buscado.

Fue la última aparición de Lucinda a un vivo en estado de conciencia despierta y clara. El ladrón no había bebido ni se sabía que usara drogas enervantes. Tampoco tenía antecedentes de tara mental. Así que puede decirse que realmente la vió y habló con ella. No se sabe bien cómo estuvo el asunto. Ella por supuesto le reclamó la profanación de una propiedad privada y le quiso hacer un espanto para que se largara. En él pudo más la avaricia que el miedo y se atrevió a exigirle la revelación del sitio de los tesoros ocultos, “no te hagas, vieja, los que trajiste del norte”. Entonces ella ya no lo espantó sino que se puso a platicarle quien sabe que cosas sobre su pasado en ese mítico norte, donde todo el mundo es hijo ilegal de Pancho Villa.

—Si eso que dicen fuera cierto—diría la muerta—, yo me andaría apareciendo en la Tarahumara. Pero ahí hace mucho que se acabaron mis pendientes.
—Pues entonces ya me voy, compermisito—o algo así diría el bandido.
—Pero primero me devuelves el vestido. Los casetes te los llevas como regalo de mi hijo Gustavo y no vuelvas jamás.

Dicho y hecho, al día siguiente llegó Daniel a su inspección de los domingos y encontró la casa hecha un batidillo. En una bitácora empezó a registrar todo lo presente y faltante. No faltaba nada, puro desorden. Unos casetes que nadie extrañaría. Y qué raro, un vestido intacto en el clóset que se quedó ahí olvidado. Pobre ratero, pensó Daniel, el chasco que se habrá llevado.
Pero el suceso causó onda preocupación entre Daniel y sus hermanos, por lo que a partir de la semana siguiente se dispuso a ocupar esa “La Casa de mi Mamá” para que no estuviera a merced de los raterillos del pueblo, además las casas donde no vive gente se llenan de fantasmas, ja ja ja, rieron sus hermanos muy contentos.

Una noche antes todos soñaron lo mismo.

Lucinda estaba parada en su jardín, de espaldas a ellos. Movía las manos como si fuera un director de orquesta, y las flores y plantas los músicos. Porque se oía música (por supuesto cada quien oyó una diferente pieza). De pronto bajaba las manos y la música se callaba, se daba la vuelta y decía:

—Que ahora cada quien toque la canción que más le guste y sólo les pido un favor: Fíjense que ya me dieron permiso de escribir esta historia. El único problema es que no lo puedo hacer con mis propias manos.

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El Nicaclán

23 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
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Pertenezco al clan donde las primeras letras
Llegaron con la sopa.
Que hizo del árbol del hule el árbol del Sol,
Y construyó quinientas presas repletas.

Con las fotos hicimos confeti
Con el confeti hicimos puré.
Dimos a conocer el relato milagroso de una especie
Cuyo milagro fue creer.

Somos un clan que brotó deshecho,
Como el botón de una de rosa.
Con el olor de un circo en la playa
Y la conciencia del polvo.

Somos la huella involuntaria de una pena centenaria.

Cambiamos el rumbo de un río
Que inunda de palabras a nuestros hijos.
Inventamos un lenguaje de calcetines,
Otro de goteras de agua,
Y otro más de balas perdidas.

Somos el quien abre las puertas del paraíso.
El quien nada de muertito un mar lleno de tiburones.
No solo actuamos el drama,
También construimos el escenario
Y sobrevivimos al fin del mundo,
Enterrando el cadáver en un jardín
Al cuidado de nuestra madre.

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Las Brujas no Existen

9 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
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Lo primero que hizo la bruja fue agarrarme de la mano. Iba yo caminando alegremente por la calle, pateando piedras, cuando vi ante mis ojos una mujerzota con una falda que me hizo recordar los colores de las canicas. Todos los colores del mundo. Entonces me dijo “súbete a la banqueta niño que te van a atropellar”. Esta frase la olvidaría y la convertiría en “te voy robar y a convertir en caldo”. Como pude me liberé de sus garras y me fui corriendo como loco por toda la calle Madero hasta llegar a mi casa.

—Mira nada más qué mugroso andas—dijo mi madre cuando me vio llegar—te metes a bañar que ya hueles a húngara.

Mientras me bañaba y jugaba con el jabón me acordé además del olor de la mujer. Para cuando ya me había secado y puesto los calzoncillos le pude decir a mi madre, con absoluta convicción de los hechos, que había sido víctima de un atentado de secuestro a manos de las húngaras.

Mi señora madre puso el grito en el cielo y me echó un sermón de aquellos, ignorando que eso yo ya lo sabía y que había huido despavorido con conocimiento de causa.

—No te debes acercar a esas mujeres—reñía mi madre.
—No me le acerqué, yo iba jugando futbol con las piedras—le contestaba.
—Las húngaras son ladronas y robachicos, aléjate de ellas—seguía, sorda a mis palabras.
—Ya lo se mamá, no estoy tonto, si hasta le di una patada—le mentí.
—Cuídate mucho mijito, por favor—decía mientras me apretaba contra su pechuga.

Por la noche soñé que de pronto el cielo de Rioverde se oscurecía. Una enorme falda tapaba el Sol y descendía lentamente sobre mí. La falda mil colores me atrapaba y por dentro todo era oscuridad. Olía a orines. Cuando me despertaba aterrorizado comprobaba que eran los míos.

De ahí en adelante caminaba las calles ya no pateando piedras sino con las piedras en las manos, atento a defenderme de las enemigas. Las húngaras llegaban a Rioverde por temporadas, así como llegaban los juegos mecánicos, aunque claro, con distintos significados para los niños. Mi madre decía que eran gitanas, o sea explicaba, que no se podían quedar establecidas en un lugar fijo. Cuando años más tarde mi padre le dijo a mi hermana que parecía gitana, yo supuse que ello tenía que ver con que no tuviera novio fijo, aunque luego me aclararon que fue por los collares llamativos que le colgaban del cuello. El proceso de brujificación se completó con las agudas observaciones de las monjas del colegio sobre estas excéntricas visitantes. Leen la mano, adivinan el futuro, presagian catástrofes, profieren maldiciones. ¿Todo eso? Y más: fabrican pócimas, amuletos, talismanes.

—Si las llegan a ver, húyanles como al diablo—aconsejó la madre Inés.

Pobres monjitas. Ni pizca de psicología elemental. De Teoría de las Tentaciones Infantiles sabían lo mismo que sobre sus propias nalgas, que según nos dijo una vez la madre Eva, era pecado tratar de ver. Porque llenos de emoción de inmediato nos organizamos para dar una vueltecita por los terrenos donde se asentaban las húngaras: un enorme baldío al sur de la ciudad donde en otra temporada instalaban La Feria. Su sello distintivo eran las carpas y unos camiones de tres toneladas con un altavoz al frente. Llegamos muy valientes pero nadie se atrevió a seguir más adelante. Echamos algunos chiflidos y nos estuvimos haciendo pendejos un rato. De repente que sale una húngara con unas ramas, se nos queda viendo y empieza a hacer ademanes haciendo círculos con las ramas.

—¡Córranle que nos hecha la maldición!

Y le corrimos. Y de todos modos nos calló la maldición. Al menos a mí.

Luego de que aquí se rompió la taza y nos fuimos cada quien para su casa, duré varios días con preguntas que a nadie podía preguntar sin riesgo de ser sometido al rigor de las advertencias consabidas por andar acercándome al territorio de las brujas. ¿Dónde hacen de la caca? ¿Existe, en algún lugar (por ejemplo, Hungría), algo que pueda ser considerado como La Casa de estas personas? ¿Porqué tantos colores? ¿Porqué si son tan poderosas, estas mujeres viven en lugares tan feos? ¿Dónde esconden a los niños que se roban?

El día menos pensado llegaba de la escuela a mi casa. Ahí estaba ella sentada, casi frente a la puerta. Se estaba comiendo una naranja apresuradamente y lloraba sin consuelo. Para no toparme con ella tendría que haber hecho un rodeo que desviara mi camino de manera muy notoria. No quise hacerlo. No sé si solamente seguí el Procedimiento Ordinario para Enfrentar a los Perros Peligrosos, que consiste en fingir que uno no tiene miedo y seguir el paso vigilando de reojo. O si de plano me dio pena que viera que le estaba sacando la vuelta por fea, por mala o por bruja. Además nunca había visto a una bruja llorando. Yo no sé que mecanismo me detuvo exactamente frente a ella, y en un acto que hubiera puesto los pelos de punta a mi madre y a la monja, le ofrecí mi mano abierta con la palma hacia arriba. Se le quedó viendo sin verme a los ojos. Veinte segundos a lo mucho. Luego subió la mirada y se encontró la mía.

Vi el fondo de un río. Verde, denso, desquiciante. Pensé que me volvería de piedra. Como estaba sentada y yo de pié pude observar sus senos a mis anchas. Ella se dio cuenta y no hizo gesto para evitarlo. Al contrario. Ya no lloraba, se había secado las lágrimas con las faldas infinitas.

—No es la mano lo que revela tu destino, niño cristiano, son tus ojos—dice mientras se pone lentamente de pié y comienza a caminar por la calle.

Son las tres de la tarde y hace un calor incomprensible. Se detiene a los pocos pasos y voltea a verme por última vez antes de echarme la maldición.

—¡Dichosas la mujeres que conozcas, y pobres de ellas!

A la hora de comer mi mamá me sirvió sopa de lentejas con plátano, mi sopa favorita. Luego siguió un pastel de carne con piña, mi guiso favorito. El menú remató con una arroz con leche, mi postre favorito. Todo me lo comí pero al final me di cuenta que habían dejado de ser mis manjares preferidos. Antes de levantarme de la mesa aventuré mi propia conjetura.

—Mamá, las brujas no existen.

Pero ni yo mismo me lo creí.

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La Señora Lucy

9 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Ella tejía los lápices.
Encontraba el agua perdida
En el desierto de las palabras.
Amasaba y lloraba
La Vieja Historia de la Serranía.
Ponía a hervir agua por las tardes
Y platicaba con la estufa.
Y con sus manos,
Llenas de todas las caricias,
Intentaba en vano detener el tiempo
En un trapo.

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La Clase de Costura

9 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Que habría que entenderte,
Dijeron los enemigos de Napoleón Bonaparte,
Aunque fuera lo contrario.
Como en una clase de costura
Enredar un hilo a la orden
Y cuando uno menos lo espera el suéter ya está hecho.

Juguemos a las adivinanzas:
Estamos en la 5ta Avenida y quieres cortar una rosa.
Soy el mago que hace aparecer tu miedo.
El señor que se come los hilos y se pone el suéter.
El que teje pensamientos ajenos, menos los tuyos.

Somos los pasajeros de un taxi
Con triple asiento trasero y sin chofer.
Mezclados como en una nueva versión tecno
Que no entiendo pero no puedo dejar de bailar.

Déjame ver si te entiendo.
Ayer me comuniqué con el migo mismo que te habita
Para saber lo que querías de mí.
Y me encontré con una extraña composición
Del Himno de los Enamorados:

“Entre tú y yo no hay un lago a obscuras.
Hay olas”.

Que se repetía varias veces
Varias veces en un vaivén
Para allá y para acá varias veces.

La amas, dijo una voz entre los coros.
“Así que más vale que dejes las cosas así”.

Entre tú y yo no queda más espacio
Sino el suficiente para que hoy tengamos
Una nueva clase de costura.

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Corujas e Pirilampos

7 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
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Dice mi sobrino Omar, en su e-mail del 17 de octubre pasado: “Siempre Krei ke ale y Yo eramos los unikos a los k le ustaba el ROCK”. Traduzco: Omar siempre creyó que él y Alejandra, su prima, eran los únicos de la familia a los que les gustaba el rock. Pues eso depende, queridos sobrinos, de la manera como definamos al “rock”. Y como ello significaría una discusión interminable, mejor les platico a ustedes acerca de la manera como encontré la musicalidad de este mundo. Se van a reír, así que les recomiendo no abandonar esta lectura que, prometo, no trae reflexiones de tío mayor. Tienen que situarse en los inicios de la década de los 70s. Mi mamá, su abuela, apenas me había platicado de cómo el “gobierno había mandado matar estudiantes” refiriéndose a la matanza de Tlateloco. Y aunque en el Rioverde de esos años no se respiraba el aire rebelde de otros lugares, los que nos iniciábamos en la juventud buscábamos alguna manera de inaugurar eso que con insistencia llamaban libertad. A falta de otra cosa, yo buscaba por lo menos librarme de la música de Agustín Lara que mi padre nos imponía a fuerza de whiskies y de la de Julio Iglesias que mi madre nos asignaba a fuerza de lágrimas. Ambos (mis padres y los autores señalados) me resultaban sumamente contradictorios. Lara cantaba “solamente una vez”, una y otra vez sin parar cuando su abuelo (el de ustedes no el de Agustín Lara) se echaba la copa, y su abuela insistía en que Julito cantara “por una mujer que me ha tratado mal”. La verdad que no los entendía aunque en realidad, como todo adolescente, buscaba una manera de entenderme a mí mismo, particularmente a través de la música. Dada mi edad, debería decir que mi iniciación musical se llevó a cabo de la mano de Los Beatles. Les confieso que esa mentira la he dicho varias veces en aras de la correctitud política. Pero la verdad es que a los 13 años descubrí, junto con mi amigo Lalo González y sus hermanos, las maravillas musicales de un grupo brasileño llamado “Secos y Molhados” (Secos y Mojados). Y aunque ahora puedan ser considerados dentro de la categoría “popular”, y que incluso puedan utilizarse para dormir bebés, en aquellos tempranos años me parecían lo más cercano a la extrema estridencia (e irreverencia). Por ser entonces una elección de ruptura con mi mundo hasta entonces conocido, yo lo llamé “Rock”, mi madre “cochinadas” y mi padre “joterías”. Imagínense: tres tipos vestidos con plumas, pintados al estilo “Kiss”, con ademanes evidentemente super-gays (que entonces creo que no existía la palabra gay). De ellos sólo oímos su primer un disco, sin nombre, en cuya portada aparecían en sus estrafalarias poses. Quien sabe de que manera llegaría ese disco a nuestras manos, en tiempos en que era tan difícil conseguirlos. La música “moderna” sólo se podía oír a la través de la FM y la única estación de la capital la teníamos que escuchar en unos altavoces que pusieron en la Plaza Principal. La canción que más nos gustaba del disco era “Vira” (gira, dar vueltas). Y digo “nos” porque otra propiedad del rock es que se oye a través de “los otros”. Nos parecía un festival de lujuria y surrealismo. Un requinto setentero de guitarra inicia el recorrido y lleva de inmediato hacia la primera estrofa:

O gato preto cruzou a estrada
Passou por debaixo da escada.

(Un gato prieto cruzó la calle
y pasó por debajo de las escaleras)

Se oyen, además de las guitarras, el bajo y la batería (propios del género), acordeones y hasta panderetas. El coro dice “vira vira” que se traduciría como “gira gira”, que en portugués es una manera de decir “baila, baila”, aunque también podría traducirse como “cambia, cambia” (y aquí nos aparece otro componente del rock, el de la ruptura, y por eso a la larga toda música deja de ser rock porque se acomoda, normaliza y vuelve costumbre). La parte fundamental viene en la segunda estrofa. La voz de Ney Matogrosso resuena con una dulzura ajena a lo que parece una broma musical, cuando dice:

Bailam corujas e pirilampos
entre os sacis e as fadas.

A nosotros nos daba mucha risa porque “fadas” (hadas) suena en la canción como “patas” y eso daba motivos para hacer composiciones cómicas:

“Ah Mahio le apeistan lais patas”, cantábamos mientras bailábamos como enajenados, cagados de la risa, felices.

Vuélvanlo a leer:

“Bailam corujas e pirilampos”

La frase posee un ritmo seductor incomparable en ningún otro idioma. Significa “Bailan luchuzas y luciérnagas” (“entre los pajarillos y las hadas”, termina la estrofa). La canción hace referencia a criaturas fantásticas del bosque que hacen una fiesta a la luz de la luna azul. Lo más probable es que se refieran a ellos mismos (”jotillos cochinos” dijeron mis padres) y que se divirtieron como enanos haciendo estas canciones, mientras ponían a temblar a las buenas conciencias de los años 70s, adormecidas aún en pueblos como el nuestro.

Tal vez eso sea el rock, aquello que nos despierta, o por lo menos evita eso que los viejos marinos del Mediterráneo llamaron la muerte. Como verán, al final rompí mi promesa y no pude resistir hacer reflexiones de tío mayor.

Para ver a los “Secos y Mojados” cantando “Vira” hacer click aquí:
http://www.youtube.com/watch?v=k_fLVwK1KSs

Advertencia: La canción “Vira Vira” es sumamente pegostiosa, no se la podrán quitar de la cabeza por varios días.

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Los Hijos de la Telenovela

2 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo


¿Será capaz María Claudia de dirigir el Emporio de la Familia Madero, luego de la muerte de Don Julián?
, era exactamente lo que estaba pensando cuando mi secretaria me interrumpió por el interfón.

—Doctor, hay un señor que quiere verlo, pero dice que no es consulta.

—Pues dígale que yo así sólo platico con los abogados que me vienen a cobrar y con los familiares. Que pague consulta y entonces platicamos.

La pregunta que ocupaba mi mente era insensata, y no. En primera instancia tenía que ver con el capítulo de la noche anterior de la telenovela favorita de mi mujer, que ella veía mientras yo leía una novela de horror de Stephen King (en este caso era Un Saco de Huesos). Pero yo sabía que la pregunta iba más allá y que en los escondrijos del inconsciente se escondían significados misteriosos. Escribí la frase en un papel y empecé a estudiarla con detenimiento. El interfón volvió a sonar.

—Doctor, aquí el señor dice que aplica para los criterios que usted pone para hablar con usted sin tener que sacar consulta.

La verdad no tenía nada que hacer en ese momento, que no fuera analizar frases obsesivas que recorrían mi mente luego que haber salido de una historia banal de la televisión. Pero en particular sentía aversión a las personas que con el pretexto de “sólo platicar 5 minutos”, obtenían una consulta médica gratuita de casi una hora. Al parecer se trataba de una especie de deporte favorito de la ciudad de San Luis Potosí, donde alguien en algún momento era premiado con alguna medalla por “haber obtenido la mayor cantidad de tratamientos de gorra, cubriendo al menos 7 especialidades médicas distintas”. Así que con molestia me dispuse a atender a este seguro licenciadillo de Sears o Fábricas de Francia que seguro vendría a proponer algún convenio para que pagara mis mensualidades atrasadas y así evitar un penoso asunto que diera al traste con mi prestigio crediticio.

—¿Dr. Nieto?—preguntó el presunto licenciado

—A sus órdenes—contestó el presunto cliente moroso

La verdad el tipo no parecía abogado. Ni siquiera como aquel abogado ambientalista del Greenpeace que andaba vendiendo enciclopedias Grijalbo para salvar un pez en peligro de extinción en la presa del Peaje. Parecía….fanático religioso al que se le acaba de aparecer la virgen…se parecía a mi.

—Buenas tardes, doctor, mi nombre es Julián. Antes de morir mi madre me dijo que lo buscara. Que buscara al Dr. Nieto, de Rioverde, usted es de Rioverde, ¿no?

Ya que traía la mente telenovelera me imaginé instantáneamente la escena: la señora yacía en su propia cama en su modesta casa, porque había preferido morir ahí y no en el frío Hospital Central. Él sabía que agonizaba y que sólo quedaba esperar el desenlace. Ella le habla y lo toma de las manos. Lo mira con dulzura y le dice:

—Julián, por favor busca al Dr. Nieto, de Rioverde, no lo olvid….

Me sentí avergonzado de mis pensamientos. Era mejor pensar en los destinos de la familia Madero, ahora que había muerto Don Julián… por cierto que Julián había dicho que se llamaba este desconocido de no más de 30 años.

—¿Conocí a tu madre?—pregunté, no sin temor de que se tratara de alguna compañera antigua del colegio.

La idea del abogado de Sears con un folder lleno de documentos y estados de cuenta vencidos desapareció y en su lugar se presentó la de un pobre diablo que apenas pudo estudiar el primer año de contaduría y que luego de trabajar 10 años como dependiente en una farmacia (para poder ayudar a su madre enferma), le sucedieron tres cosas: a) muere su madre y lo deja en la total soledad, sin padre y sin hermanos. b) pierde su trabajo por los muchos días que no pudo asistir por cuidar a su madre en el hospital y c) tiene una idea idealizada de los médicos, especialmente la de un tal Dr. Nieto de Rioverde, que piensa son una especie de salvadores de los desvalidos. Todo porque su madre se quedó con la idea de que yo era muy “buena gente” en la secundaria (seguro le dejé copiar alguna tarea).

—Supongo que sí, se llamaba María Claudia.

Uno piensa que las telenovelas se basan en la realidad, pero al parecer es al revés. María Claudia pasaba de ser la joven presidenta del Consejo de Administración de un emporio industrial, a ser la enferma y moribunda madre (seguramente abandonada por el padre de Julián) que busca asegurar “postmortem” un futuro para su hijo.

—Aunque tal vez usted no hay conocido su nombre—siguió diciendo el presunto desempleado—ni yo el suyo, hasta ahora.

—¿Cuántos años tienes?—le pregunté de un modo que me sorprendió a mi mismo por su carencia de tonalidad.

—Veintiocho, cumplidos.

Aparece en el escenario mental un salón de bailes pueblerino de mediados de los años setentas. El Riverside, de Rioverde, se vestía de gala para celebrar el baile anual de la sociedad de alumnos de la Prepa. Moviéndose de un lado y para otro podía verse al joven acomodador de las mesas, con un plano de papel albanene en sus manos y los bolsillos llenos del dinero que le pagaban todos aquellos que deseaban tener una mesa donde sentarse. Cada mesa costaba 100 pesos, con 4 sillas. Cada silla adicional, 25 pesos. A las 9 y media de la noche el Riverside estaba casi lleno. Quedaban muy pocas mesas y en lugares muy incómodos. Tres señoritas se acercaron al acomodador/vendedor. No tenían donde sentarse porque nadie las había invitado. Venían solas desde Ciudad Fernández y tampoco traían dinero, o muy poco quizás solo para poder comprar un refresco y ponerlo sobre la mesa para que no se viera tan sola. Las tres señoritas se mostraron muy entusiastas, en especial una de ellas. En verdad querían divertirse. Era cuestión de tener una mesa, aunque fuera la del rincón que está pegada a los baños, ya habría manera de agradecer el favor. El acomodador/vendedor pensó que finalmente esa mesa nadie la habría de comprar y que no estaba mal hacerles un favor a las chicas del vecino y amistoso pueblo de Ciudad Fernández, pobres, de seguro no tienen muchas oportunidades de salir a los bailes. Todo esto lo pensaba su telenovelera mente cuando en realidad en los escondrijos de su inconsciente se ocultaba el verdadero significado de la lujuria. Apenas si se estaba iniciando en las artes de la masturbación, así que no podía saber del monstruo que se asomaba. Horas después, la Jazz Capri daría el acorde final a sus canciones, el Ayer, Hoy y Mañana se despedirían hasta la próxima y el salón se despejaría de la multitud dejando un eco de basura y hedor de borracho por todos lados. El Comité Organizador tendría una reunión final para hacer las cuentas del baile. Todo un éxito. Habría fondos suficientes para organizar un buen festejo de graduación y hacer un donativo para reparar la cancha de basquetbol (tenía un tablero roto y ya no se veían las rayas en el piso). Todos habían cumplido su cometido y el acomodador recibió felicitaciones por su ardua labor. En realidad había hecho dos trampas: Se había guardado 50 pesos de una propina que alguien le dio por conseguirle una buena mesa y había regalado una mesa a unas señoritas de atuendo colorido y sexy.

María Claudia lo esperó en la calle, en la calle Madero. El acomodador la vio y sintió que toda la sangre del mundo se le subía a la cabeza. La sangre le bajaría al cabo de los siguientes minutos y horas, donde uno de sus sueños de adolescente se le cumpliría. El otro sueño se le cumpliría años después, cuando se puso a estudiar la carrera de Medicina.

El resto de la historia es bastante obvia de seguir, desde el momento en que María Claudia resultara embarazada de un estudioso muchacho de la prepa de quien ocultaría su identidad hasta poco antes de morir. Para evitar la vergüenza, su padre la mandaría a vivir con una tía a Houston y luego de 10 años regresaría a Rioverde a trabajar. En los siguientes años vería crecer a su hijo, un buen chico aunque con poca imaginación y con muchos temores; se enteraría de los progresos del padre de su hijo sin decir nada a nadie; padecería los desamores de todos y cada uno de los hombres que conoció (excepto el primero, al que nunca conoció); se enteraría que en su seno derecho estaba creciendo un tumor que acabaría por apoderarse de su cuerpo entero; y le confesaría a su hijo la identidad de su padre, a pesar de haberse prometido no hacerlo nunca.

—Se supone que usted es mi padre—dijo el presunto hijo

A la hora de que una persona reclama la paternidad, se te pueden ocurrir un montón de lugares comunes. Que quién te asegura que realmente se trata de un hijo, que un hijo verdadero es el que hace con la crianza, y muchas otras pendejadas que pretenderían evitar enfrentarse con la única verdad posible digna de contarse en un telenovela: Que una mujer mantuvo engañados a dos personas, una de las cuáles es el padre de la otra.

—Hay una cosa que no entiendo, hijo—formulé la pregunta como quien no espera respuesta y luego de un silencio continua hablando—¿Quién fue Don Julián?

—Mi abuelo, el papá de mi mamá. Murió hace algunos años, cuando mi madre y yo regresamos de los Estados Unidos. Por eso regresamos, para hacernos cargo de una tortillería que tenía.

—¿Dónde estaba la tortillería?—pregunté con ánimo ya casi de detective.

—En la calle Madero, se llamaba “El Emporio”.

—María Claudia regresó a dirigir el Emporio de la Madero, luego de la muerte de Don Julián—dije a mi hijo.

—Y fue capaz—respondió a su padre.

Esa noche soñé que dirigía una telenovela que se trasmitía en horario estelar por la noche. Era el último capítulo y había una gran expectativa por el final. En un pueblo llamado Rioverde, donde la vida giraba alrededor de la calle Madero, un médico soñaba todos los días con su padre. A veces se soñaba hijo, a veces se soñaba padre. En el sueño, el pueblo de Rioverde era como un escondrijo de sueños ocultos entre sus diversos callejones. En la calles no pavimentadas de los alrededores se escenificaban las pesadillas. En las plazas los sueños eróticos. En la calle Madero, una mujer tomaba una decisión y un médico dejaba de tomarla, por primera vez en la vida. Eso es la sexualidad, pensó antes de despertar a la realidad: calles mojadas que te llevan lejos, muy lejos. La telenovela termina con el personaje admitiendo que las paternidades son engañosas todas. Que los hijos siempre son desconocidos que se aparecen reclamando (o rechazando) paternidad, el día en que se les muere la maternidad.

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