Rioverde
San Luis Potosí, México

Cambio de Tono

15 Septiembre 2008 - Escrito por Mayo

Cambio de Tono

Amado Nieto Caraveo

Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan.
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Jorge Luis Borges

Desperté hoy, como todas las mañanas, sin deseos de salir de la cama. Pero tenía que bañarme, “hacer la maleta” y salir al aeropuerto para tomar uno de los vuelos que me llevaría a Tijuana. La mañana se me amargó luego que hice una llamada al servicio de viajeros frecuentes de la aerolínea para pedir por anticipado un ascenso de clase, privilegio que sólo tenemos los que hemos adquirido el nivel platino. Una voz no tan dulce me hizo saber que había perdido dicho privilegio por no tener suficiente número de kilómetros acumulados durante los últimos 12 meses. Horas más tarde, en el aeropuerto de la ciudad de México, tuve que comportarme como un simple mortal, hacer colas donde la gente hacía colas y resignarme a los bocadillos que sirvieron en la clase económica del avión. Nada de lounge VIP ni más desplantes ante la perrada. Como si hubiera nacido entre ese tipo de lujos, me sentí despojado. Como hacendado en tiempos de la Revolución, rumiaba silenciosas mentadas de madre contra mis expropiadores, la aerolínea y sus excluyentes clubs.

Desde niño quise ser otra persona que no era. Para darle la vuelta a la envidia, pronto adiviné que mentir era un recurso muy útil a la hora de pretender. Así que me hice de complicados rituales encaminados a maquillar la realidad. La primera mentira que recuerdo la dije a los 4 años, cuando negué que había tirado al pozo a Lalo, mi vecino (las mentiras previas no las recuerdo, que seguro las hubo). Mi salvación vino de la mano de mi madre, a través de la novela de Los Pardaillán, de Miguel Zévaco, que me hizo leer para que estuviera quieto. Cuando le pregunté si las aventuras que ahí se relataban eran ciertas me dijo “algunas cosas son ciertas y otras no, como todo”. ¿Todo? Pues había muchas intrigas palaciegas que resultaban ciertas, como la existencia de Catalina de Medicis o Enrique IV, aunque definitivamente el personaje central, Juan de Pardaillán, era inventado. ¿Se puede al revés?, le pregunté a mi madre, ¿que un personaje real viva una vida inventada? Pero ya no me contestó. Como quiera se dio el descubrimiento: que la clave de una mentira apropiada era que a) sea verosímil, b) que contenga algunos elementos de verdad y c) que esté bien contada. A esa edad yo no sabía que, dentro de la literatura, a eso se le llamaba ficción narrativa, pero desde entonces empecé a narrar mi vida, en lugar de vivirla. Debo confesar que la mitad, si no es que más, de las aventuras (de todo tipo) que viví en mi juventud fueron ficticias. Con el tiempo es difícil ahora recordar cuáles si sucedieron y cuáles no, lo cuál por cierto carece de importancia. Lo que si importa es decir que casi todas ellas la he escrito a propósito a manera de ficciones, pero quienes las leen sospechan que fueron verdaderas. Siempre contesto como mi madre: “algunas cosas son ciertas y otras no, como todo”. Dicen los expertos que este truco es la base de la narrativa, al crear en el sujeto una suspensión temporal de la credibilidad que hace posible la experiencia literaria. Pero hay además el recurso “meta-literario” de convocar al lector, explícitamente, a dudar de la veracidad o ficción del relato. Por ejemplo, cuando uno empieza un cuento diciendo: “La historia que voy a contar les parecerá increíble, pero…”, uno provoca en el lector una poco probable pero al fin incertidumbre. Mi siguiente revelación ocurrió a los 25 años, cuando cayó en mis manos una novela escrita por un tal Vicente Leñero llamada El Garabato. Se trata de un relato escrito en una perfecta espiral (se dice que a Leñero le da por escribir geométricamente), donde un escritor (católico, como Leñero) escribe una novela donde el personaje lee una novela. Esas lecturas me llevaron a Borges quien me proporcionó lo que se convertiría en mi filosofía personal: “Para que escribir una gran obra; basta imaginar que alguien ya lo hizo y escribir sobre ello” (a propósito de la enciclopedia Orbis Tertius).

Lo sucedido hoy no merecería ser recordado después (frente a un jurado de expertos), si no fuera por lo ocurrido en el aeropuerto de la ciudad de México, mientras deambulaba como cualquier (frustrado) mortal, oyendo por enésima vez la canción Extrange Overtones, una de las piezas del nuevo CD Everything That Happens Will Happen Today, escrito en colaboración por dos viejos zorros, David Byrne y Brian Eno. La canción me capturó por su meta-musicalidad. Trata de un compositor moderno que se distrae en su departamento por la música de su vecino, quien toca una canción pasada de moda con extraños sobretonos. Cualquier sistema de vibración capaz de emitir frecuencias (por ejemplo una cuerda de guitarra) emite sobretonos (frecuencias por arriba de su tono fundamental o más bajo) algunas de los cuáles son armónicos y otros disarmónicos. Como podrá imaginarse, la canción está llena de extraños sobretonos y de repente el ritmo parece pasado de moda. Un bajo que sigue juguetonamente la canción y los teclados muy al estilo de Brian Eno, representa la parte que dice “la verdad”. Según Eno, compuso la canción en forma geométrica y con ayuda de las matemáticas. Luego le pidió a Byrne que le pusiera la letra.

Strange overtones
Though they’re slightly out of fashion
I’ll harmonize
I see the music in your face
That your words cannot explain.

La vida, siempre pasada de moda, parece darse en un tono fundamental de vez en cuando sacudida por extraños sobretonos. Esta frase, demasiado obvia tal vez, fue pensada por un (deprimido y patético) personaje de una historia ficticia que se empezaba a gestar en mi mente mientras me acercaba a la librería “Hojas al Viento”, que el día de hoy abrió sus puertas al público en la flamante terminal 2 del aeropuerto de la ciudad de México. Mi sorpresa fue que hoy, en la librería “Hojas al Viento, sucursal Terminal 2” se daba la presentación de un libro de relatos, Gente Así, escrita por el mismísimo Vicente Leñero. El bajo perfil de uno de los más grandes escritores vivos mexicanos le permite a Leñero andar por todos lados sin causar muchos aspavientos. Ahí estaba Vicente, tan tranquilo, autografiando el libro a los que se acercaban a comprarlo. Transcribo aquí algunas frases escritas en la contraportada del libro, para que el lector tenga una idea del shock (sorry por la palabra), que me ha causado: “¿Importaría saber qué es cierto y qué no lo es en estas 17 historias?”, “Como sabemos, quien dice la verdad casi no dice nada”.

Me hice del libro a cambio de 240 pesos. Me acerqué al autor con humildad, con el libro abrazado a mi pecho (por favor lector, imagina a una monja abrazando La Biblia, que es la imagen que la frase quiere evocar).

— ¿Maestro Leñero? —le dije mientras abría el libro para estampar su firma—, debo decirle que este es el tipo de libro que me hubiera gustado escribir.

Leñero siguió escribiendo sin prestar atención a lo que le dije y entonces comprendí que esas son el tipo de cosas que seguido ha de escuchar de escritores frustrados o novatos. De la clase de personas que cuando leen una gran obra siempre suponen que hubiera podido ser escrita por ellos mismos. Así que de inmediato corregí:

— Aunque, claro, como diría Borges, qué güeva escribir una gran obra, mejor imaginar que alguien ya la escribió y escribir sobre ello— le dije y luego agregué: bueno, lo de la güeva es de mi cosecha.

Leñero soltó una carcajada. Cerró el libro y me brindó un fuerte apretón de manos.

— La verdad—dijo el maestro—, es que hay demasiadas buenas historias en la realidad pero no nos fijamos en ella. Hay demasiada ficción en nuestra literatura. ¿Quiere un consejo? Mire a su alrededor y tenga cuidado con lo que inventa.

Leí el libro en el vuelo de 3 horas a Tijuana. Diez y siete “historias” contadas a manera de relatos, crónicas, cápsulas autobiográficas, cuentos recursivos y reportajes periodísticos. Los personajes son “reales” y pertenecen la mayoría al mundillo de intelectuales y escritores mexicanos contemporáneos. Los hace decir cosas que uno no sabe si son chisme, revelación o qué. La mayor parte de tiempo provoca risa, pero, A la Manera de O’Henry, es brutalmente crudo y despiadado con el lector y con los pretendidos escritores de historias ficticias. Un albañil, alcoholizado, madrea a su vieja (antes mujer de su compadre) y al final ella lo mata con una varilla, mientras duerme la peda.

Llegar a Tijuana en medio de tal revuelo cerebral no es sano. De por si que uno llega con tan cantidad de prejuicios acerca de esa ciudad que resulta imposible acercarse. “Preferible no salir del hotel”, decía en la invitación a participar en el Congreso “La Psiquiatría en las Fronteras y en Las Fronteras de la Psiquiatría”. Si se fija uno en la geografía, el lugar sería uno de los más inhóspitos para ser habitado. Se trata de una cañada que culebrea entre toda clase de barrancas y cerros. Muy lejos del ordenamiento urbano que conocemos pareciera que la ciudad fue diseñada para albergar la intensidad que hoy la caracteriza. Y aunque no siempre ha sido así, eso pareciera. Si me piden una palabra diría: Matadero. Cuando se baja del aeropuerto se siente como si entraras a uno de los canales del rastro donde las reses se dirigen inevitablemente a la muerte. Tijuana sería un sitio ideal para poner en práctica los consejos que Vicente Leñero me dio en el aeropuerto. Aquí la humanidad se expresa en todo su esplendor: en su violencia, en su lujuria, en su tolerancia, en su vergüenza. Tanto que de alguna manera es bella.

—¿Usted a qué se dedica? — me preguntó Arturo, el chofer del taxi que me llevaría del aeropuerto al hotel Marriott.
—Soy escritor—mentí una vez más — me dijeron que aquí hay buenas historias para contar.
— Yo le puedo contar muchas, señor, ¿y qué cosas escribe usted?
— Cuentos, novelas, en general cosas ficticias
— Me atrevo a decir que Tijuana no es un lugar muy propicio para la imaginación, con todo respeto Señor Nieto— terminó diciendo el taxista.

¿Cómo narrar lo terrible? Según Fabricio Mejía, Leñero demostró que lo único que pueden hacer los escritores es narrarlo de una forma que lo haga manejable. Dimos vuelta por el Boulevard Agua Caliente. Pude ver entonces asomarse el edificio del hotel Marriott, que ocupa el increíble número 11,553. A la altura del once mil quinientos, media cuadra antes, una patrulla bloqueaba el paso.

— ¿Qué pasa? — pregunté como si el chofer lo pudiera saber todo

Arturo, el taxista, obedeció el alto que hizo el oficial, bajó la ventana y recibió una rápida explicación luego de avisar que nos dirigíamos al Hotel Marriot:

—No hay paso. Su pasajero tendrá que ir caminando.

Arturo puso cara de ni modo, procedió a desviarse, estacionar el auto en el lugar más próximo y se ofreció amablemente a ayudarme con el equipaje hasta el hotel. Hacía calor y en contra de mis suposiciones la ciudad no se veía en color sepia. A las afueras del hotel encontramos la razón del tropiezo: apenas unos minutos antes 8 individuos armados con rifles automáticos y machetes (esto lo leería más tarde) acribillaron primero y decapitaron después a una persona de aproximadamente 50 años, cuya identidad al momento de escribir esto no ha sido aclarada por las autoridades correspondientes. Arturo se movía rápido arrastrando mi maleta marca Jaguar y yo lo seguía por entre personas y cintas amarillas que empezaban a colocar alrededor de la escena. Ahí estaba el tipo de aproximadamente 50 años, tirado en la banqueta afuera del hotel Marriott de Tijuana, con la cabeza colgando hacia la calle sin acabar de desprenderse del todo. El tajo se le dieron desde el lado derecho arrancando en el tirón la oreja que ya no existía en la cabeza del cadáver. El charco de sangre se extendía por todos lados y ya empezaba a agarrar rumbo río abajo, al poniente, hacia el mar donde lleva este cañón endemoniado. No apenas habíamos cruzado las puertas el hotel, los amables bellsbois se hicieron del equipaje y me dirigieron al mostrador de registro. Arturo se despidió y coquetamente me entregó una tarjeta con su teléfono por si acaso quería ir por la noche en busca de historias que contar. Lo dijo en serio: noche, historias, contar. El tipo de la recepción no dejó de sonreír mientras me preguntaba, Señor Nieto, de dónde nos visita, cuál va a ser su medio de pago, y me deseaba una feliz y placentera estancia.

Hace apenas un rato me instalé en mi cuarto. Al desempacar, me di cuenta que una de las rueditas de la maleta estaba manchada de sangre. Podría decir que fui a vomitar al baño para darle dramatismo a este relato, pero no, la verdad, no sentí nada. No siento nada. Tengo ganas de volver y ver si ya han levantado al muerto. Pienso en la oreja ausente. Puede ser una especie de trofeo que se llevaron los asesinos. Eso podría dar lugar a una buena historia, que trataría sobre los rituales que practican los sicarios para lavar sus pecados, para olvidar lo que son e imaginar, aunque sea por un rato, que los monstruos son otros.

Finalmente, Tijuana sí deja espacio para la imaginación.

Tijuana, BC.
El 14 de septiembre de 2008

Categoría Amado | 1 Comentarios »