De Maravillas y Encantos
Siendo que vivimos una época donde las palabras se han agotado en significados efímeros cuanto más engañosos, se hace necesario descifrarlas, como en el pasado hacían los monjes, como ahora hacen los niños pequeños. Las palabras se han vuelto abundantes, en el sentido original de algo que “inunda” los sentidos. Por eso escribir bien pertenece al dominio de los Cuidados Ambientales. Es una especie de rescate ecológico del lenguaje, empezando por las palabras mismas que se refieren al medio ambiente. Así, se habla mucho de los desastres y mucho también de las maravillas. La palabra desastre es un desastre desde el momento en que todo desastre es, por “naturaleza”, algo que se desconectó de los Astros (y que antes estuvo conectado, pues). El sistema de riego y drenaje de la ciudad de Rioverde es un desastre, porque hubo un tiempo en que las cosas funcionaban de acuerdo a cierto orden natural. En cambio la pavimentación de sus calles no puede decirse que sea desastrosa, simplemente es “pavimentación”, de la cual nunca podrá esperarse mayor cosa. De las maravillas puede decirse siempre una cantidad ilimitada de adjetivos maravillosos, pero tal vez inexactos debido a la cualidad esencial de las maravillas: que son reconocidas por la mirada, son “vistas” con asombro, o sea “admiradas”. Las maravillas “saltan a la vista” y son milagrosas en dos sentidos: en el primero porque son divinas (en el principio fue la luz) y en el segundo porque, en tanto palabra hermana, lo milagroso lo es también a la mirada. Habrá que recordar que los milagros cristianos fueron “visuales” e incluso requirieron para algunos una comprobación “observacional” (ver para creer, dijo el apóstol). Con el tiempo el milagro perdió esta cualidad verificable y se volvió hermético e invisible, y por tanto, objeto de poder y de lucro. Ya no hay milagros, cierto, pero nos quedan, para verlas y admirarlas, las maravillas de nuestro entorno. Pero aguas. Una computadora o un televisor, son asombrosos (y funcionales en grado mayor), pero no necesariamente son maravillosos porque habitualmente no podemos ver lo que hacen. Para la mayoría, son herméticas e invisibles, como los milagros de los santitos de la Edad Media. Habrá quien pueda “verlas” y con ello hacerles preguntas que las conviertan en maravillas. Me gusta que en inglés “wonder” se aplique a “maravilla”, pero también a “preguntar”, a mostrarse curioso ante algo. A propósito del idioma inglés vale la pena referirse a otra palabra sobre-explotada y al borde de la extinción: el “Encanto”. No es raro leer que la gente encuentra lugares “llenos de encanto” y que hay personas que son “encantadoras”. Ya veremos. Tal como la palabra parece indicar, es a través del canto (una especie de himno), que los encantos surgen efecto. Son por lo tanto, elementos verbales, o más bien, vocales. El encanto, lo mismo que el hechizo, se pronuncia, se proclama. Es propio de humanos, hasta donde se sabe únicos dueños de cuerdas vocales, proferir encantos. No existen pues los lugares “encantadores” y en todo caso tal vez se refiera a su cualidad maravillosa. El problema con las personas “encantadoras”, que en principio es posible, es que la mayoría de las veces hace referencia a una cualidad más bien cercana a lo que en inglés se traduce como “charming”, y que es una especie de glamour que desprende una persona que seduce. Nada que ver con que formule “encantos” (incantations) o hechizos, que al contrario de la seducción, son reales. El hechizo es algo “hecho”, algo que produce un cambio perdurable. Las personas “encantadoras” (equivalentes a la visualidad maravillosa de los lugares y las cosas) son aquellas que son capaces de hacer cambiar a otras, a través de las palabras. Son los poetas. Las maravillas (visuales) y los encantos (verbales) florecen en medio del desastre y la anomia. Por eso algunos de los lugares de Rioverde son tan maravillosos y algunos de sus personajes, tan encantadores.
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