Rioverde
San Luis Potosí, México

De Maravillas y Encantos

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

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Amado Nieto Caraveo

Siendo que vivimos una época donde las palabras se han agotado en significados efímeros cuanto más engañosos, se hace necesario descifrarlas, como en el pasado hacían los monjes, como ahora hacen los niños pequeños. Las palabras se han vuelto abundantes, en el sentido original de algo que “inunda” los sentidos. Por eso escribir bien pertenece al dominio de los Cuidados Ambientales. Es una especie de rescate ecológico del lenguaje, empezando por las palabras mismas que se refieren al medio ambiente. Así, se habla mucho de los desastres y mucho también de las maravillas. La palabra desastre es un desastre desde el momento en que todo desastre es, por “naturaleza”, algo que se desconectó de los Astros (y que antes estuvo conectado, pues). El sistema de riego y drenaje de la ciudad de Rioverde es un desastre, porque hubo un tiempo en que las cosas funcionaban de acuerdo a cierto orden natural. En cambio la pavimentación de sus calles no puede decirse que sea desastrosa, simplemente es “pavimentación”, de la cual nunca podrá esperarse mayor cosa. De las maravillas puede decirse siempre una cantidad ilimitada de adjetivos maravillosos, pero tal vez inexactos debido a la cualidad esencial de las maravillas: que son reconocidas por la mirada, son “vistas” con asombro, o sea “admiradas”. Las maravillas “saltan a la vista” y son milagrosas en dos sentidos: en el primero porque son divinas (en el principio fue la luz) y en el segundo porque, en tanto palabra hermana, lo milagroso lo es también a la mirada. Habrá que recordar que los milagros cristianos fueron “visuales” e incluso requirieron para algunos una comprobación “observacional” (ver para creer, dijo el apóstol). Con el tiempo el milagro perdió esta cualidad verificable y se volvió hermético e invisible, y por tanto, objeto de poder y de lucro. Ya no hay milagros, cierto, pero nos quedan, para verlas y admirarlas, las maravillas de nuestro entorno. Pero aguas. Una computadora o un televisor, son asombrosos (y funcionales en grado mayor), pero no necesariamente son maravillosos porque habitualmente no podemos ver lo que hacen. Para la mayoría, son herméticas e invisibles, como los milagros de los santitos de la Edad Media. Habrá quien pueda “verlas” y con ello hacerles preguntas que las conviertan en maravillas. Me gusta que en inglés “wonder” se aplique a “maravilla”, pero también a “preguntar”, a mostrarse curioso ante algo. A propósito del idioma inglés vale la pena referirse a otra palabra sobre-explotada y al borde de la extinción: el “Encanto”. No es raro leer que la gente encuentra lugares “llenos de encanto” y que hay personas que son “encantadoras”. Ya veremos. Tal como la palabra parece indicar, es a través del canto (una especie de himno), que los encantos surgen efecto. Son por lo tanto, elementos verbales, o más bien, vocales. El encanto, lo mismo que el hechizo, se pronuncia, se proclama. Es propio de humanos, hasta donde se sabe únicos dueños de cuerdas vocales, proferir encantos. No existen pues los lugares “encantadores” y en todo caso tal vez se refiera a su cualidad maravillosa. El problema con las personas “encantadoras”, que en principio es posible, es que la mayoría de las veces hace referencia a una cualidad más bien cercana a lo que en inglés se traduce como “charming”, y que es una especie de glamour que desprende una persona que seduce. Nada que ver con que formule “encantos” (incantations) o hechizos, que al contrario de la seducción, son reales. El hechizo es algo “hecho”, algo que produce un cambio perdurable. Las personas “encantadoras” (equivalentes a la visualidad maravillosa de los lugares y las cosas) son aquellas que son capaces de hacer cambiar a otras, a través de las palabras. Son los poetas. Las maravillas (visuales) y los encantos (verbales) florecen en medio del desastre y la anomia. Por eso algunos de los lugares de Rioverde son tan maravillosos y algunos de sus personajes, tan encantadores.

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Philosophy for the Moment

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

Philosophy for the Moment

Amado Nieto Caraveo

Acabo de leer una novela donde un tipo se enamora de una teibolera. Parece historia común y proclive al cliché, pero al contrario, el asunto se lee bastante interesante. El chavo, para empezar, no está tan chavo y tiene antecedentes de haber sido exitoso con las mujeres. La vida de Mattheus da un giro radical un día de cuaresma, cuando saliendo de misa su amigo Saldívar le hace una extraña invitación para ir al teibol.

—¿Qué te pasa, guey?—reclama airado Mattheus—, si hasta acabamos de comulgar.
—Por eso…—responde Saldívar.

Meses más tarde, Mattheus preguntará cómo luego de un diálogo tan pobre en argumentos, simplemente se dejó convencer y se fue con su amigote Saldívar, de quien tantas cosas gachas había dicho tiempo antes como que “es el tipo de gentes que jamás haría compadre”.

—Órale— dijeron, haciendo cuentas mentales de cuánta lana traían en la cartera.

Bueno, pues ahí tienen a Mattheus y Saldívar rumbo al famoso “Baby Angel” (nombre que será de fundamental importancia en el desarrollo de la novela), en la concurrida avenida de Lexington Park, centro neurálgico de los suburbios de la Charité, en San Juan. Ya encarrerados, Saldívar se pone cachondo y propone a Mattheus llevarse a unas artistas a otro lugar más íntimo. Piden dos para llevar, disfrutan el sexo y alcohol por cuatro horas, y a la mañana siguiente lo único que les duele son los 300 dólares en que les salió su chistecito. Para Mattheus lo único extraordinario de la noche fue haber urdido el plan en el mismísimo atrio de la iglesia de San Jacques, patrono de los farmacéuticos. Mattheus tenía un par de farmacias que incluían tienda departamental que le hacían posible vivir con cierta holgura, sobretodo porque disfrutaba su soltería y ausencia de compromisos económicos. Contra lo que pudiera pensarse a simple vista, Matt (como le decían de cariño sus conocidos) no era una persona frívola y hedonista. Al contrario, trataba de apreciar todas las experiencias de su vida con igual interés. Para él, valía lo mismo, y mucho, contemplar la Piedad de Miguel Angel (que nunca lo había hecho, sino que se pone de ejemplo) que el vigésimo jonrón de la temporada de Virgilio Sanmiguel, su ídolo de ídolos. Aquella noche de viernes cuaresmeño no había resultado una experiencia extraordinaria, porque para Matttheus casi no había experiencias extraordinarias, pero por la misma razón de su ordinariedad Mattheus anduvo pensando la semana siguiente en Chou (se pronuncia igual que show), nombre artístico de su compañera de juerga.

Fue Mattheus quien ahora sugirió a Saldívar volver al Baby Angel.

—Aguas, guey, que eso hace adicción—le dijo Saldívar, aunque de buen agrado aceptó la invitación.

A partir de entonces las visitas se hicieron continuas y no había semana en que faltaran los ahora inseparables compañeros, por supuesto ya hechos compadres aunque ninguno tuviera hijos. Desde la primera vez Mattheus invitaba a su mesa a Chou, aunque nunca más hubo de invitarla a tener sexo con él. Saldívar le hizo una temprana e inútil advertencia:

—No te vayas a enamorar de esa vieja.

Dicho y hecho. Chou era una mujer de 33 años, apenas mayor que Mattheus. Era muy simpática y apreciada en un medio donde trabajaba desde los 15 años. Tenía una hija de 7 años, producto de la primera y única ocasión en que le creyó a un hombre y pretendió cambiar su forma de vida. Mattheus le entregó su amor de un forma por demás particular, lo que constituye la esencia de la novela: la trataba como una mujer “normal”, le tenía atenciones, le ofrecía de vez en cuanto algún regalito, las más de la veces una flor. Jamás decía obscenidades en su presencia y nunca le cuestionaba sobre lo que hacía con su vida, aunque era obvio. El show de Chou era de los más aplaudidos, y Mattheus siempre le hacía observaciones al respecto, dándole incluso algunos consejos para incrementar la cachondez de los bailes.

Un buen día Saldívar le cuestionó seriamente su pretendido idilio.

—A ver compadre, ya estuvo bueno de pendejadas, ¿a que le tiras con la chinita?

—Mira Saldívar, yo tengo los pies bien puestos sobre la tierra— contestó Mattheus.— Pero lo que te puedo decir es que ella es la única mujer con la que me siento a gusto.

—¿Y no te molesta que se encuere frente a medio mundo…

—Es su chamba

—…o que se acueste con otros?

Mattheus se quedó viendo a Saldívar de una manera que en el libro describen como “si de hurtarle los sesos se tratara”. Y luego le recetó su Teoría Personal de las Mujeres que en forma breve describía sus relaciones con las mujeres. Según Mattheus, con todas las mujeres que él había conocido “algo le faltaba”. Tenía una permanente sensación de incompletitud que habitualmente las personas toleran basados en el rollo ese de que “así el el amor”: incompleto. Cuando conoció a Chou, el sintió inmediatamente que ella “completaba” cualquier cosa que se llamara una relación amorosa. Nada le faltaba, nada le sobraba.

—¿Seguro que nada le sobra?—preguntó Saldívar, con un gesto piadoso hacia su seguro mentalmente inepto compadre.

—Ok, Saldívar, claro que me gustaría que se dedicara a otro trabajo con menos prejuicio social. Pero ni modo, es su chamba.

Según este peculiar personaje, ninguna mujer como Chou, le garantiza que el sexo lo hace por amor, cuando a) ya alguna vez lo hizo por dinero y no hubo problemas, y b) eso lo hace con otros hombres. A lo largo de la novela, seguimos a Mattheus en un razonamiento (racionalización diría Saldívar) que de algún modo penetra en los escondrijos de la naturaleza de las relaciones amorosas, necesariamente sexuales, entre los seres humanos.

Una noche, luego de muchas discusiones, Mattheus logra conmover a Saldívar, quien tiene que aceptar que los conceptos de su amigo son irrefutables. Algo muy parecido a la línea argumentativa del filme “Pasión de Amor” (Etore Scola, Italia, 1986), donde un apuesto capitán acaba por enamorarse (y batirse a duelo por ello) de una esperpéntica y desagradable mujer. ¿Cuál es el sentido de amar a una bella mujer? ¿Cómo sabe uno que eso es amor verdadero

Mattheus es el primer hombre que está absolutamente seguro de su amor por Chou (bueno, además del capitán italiano). No tiene una pizca de duda. Mattheus y Saldívar se despiden aquella noche en las puertas del Baby Angel y se retira a su casa donde llora toda la noche al darse cuenta de la propia vacuidad de sus amores. Al día siguiente, a las 2 de la tarde, toca la puerta de la casa de su compadre. Nadie abre. Por la noche visita Lexington Park y habla con Chou, quien afligida le informa que la noche previa rechazó una propuesta de Mattheus para vivir juntos.

—Ya no creo que el amor de los hombres, Saldívar. —le dijo lacónicamente.

Saldívar tiró la puerta de un solo golpe y encontró al pobre Matt colgado de un soga atada a una argolla del techo de la cocina.

Perdón por haberles contado el final. Así son las novelas, se terminan como los amores. Lo dejan a uno colgado.

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La Conservación de la Especie

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

La Conservación de la Especie

Amado Nieto Caraveo

Por fin llego a casa y respiro
El familiar aroma del maíz.
Las cosas en su sitio
Me saludan como las primeras palabras
De un poema.
Las paredes al verme se han puesto a jugar
La geometría inexacta.
Dichosas ellas.
La dulce escalera atiende mi fatiga
Y las ventanas reinventan
El viejo panorama.
Recojo la paciencia que toda la mañana
Han acumulado los muebles.
Finalmente acude el silencio,
Con la rapidez y certeza de los hijos,
Consciente que no durará mucho
Antes de encontrarme con la muerte.

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El Regalo de los Reyes

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

El Regalo de los Reyes

Amado Nieto Caraveo

Estos últimos días dejaron tras de sí un enorme vacío.
Y entonces el espacio vino a mí en forma de un huerto de naranjas celoso y anegado.
Y entre yerbas y ríos de juguete apareció el niño de las noches sin fin.
Le ha crecido un nido entre los huesos del que se alimentan las lámparas.
Debieron haberle quitado el espacio en la cuna o debió haberlo dejado
En cada una de las oraciones que rezó consecutivamente en vano por su padre,
El Señor de los Huertos, de los Espacios y del Riego.
Y entre los recovecos que dejan hojas y frutas
Aparecen en la tierra las lágrimas con que esta historia ha sido inundada.
Una música se desgaja y a un par de semillas le brotan las alas para volar
Minutos antes que el niño descubra que ese sueño ha sido el único regalo
Que le ha dejado la realidad

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La Tarde Eterna

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

La Tarde Eterna

Amado Nieto Caraveo

Hace tres horas cayó un aguacero celestial, con harto granizo y electricidad de por medio. Por todos lados el agua se metió a mi casa, de tal modo que si hubiera sido barco, seguro hubiera zozobrado. Ahora brilla el Sol y todo tiende a secarse, como los recuerdos. Lo anterior tiene una explicación: es verano, vivimos en un país tropical y mi casa es una casa vieja, una verdadera coladera. Pero es por demás. Ahí me tienen haciendo metáforas de la memoria (los recuerdos mojados secándose al sol) y mencionando la palabra “zozobra” en lugar de “naufragio”. Alguna otra razón tiene que haber, según entiendo, desde el momento en que hacemos de la tarde el sustantivo de esta historia.

Y la historia comienza en 1972, cuando a la edad de 12 años vivía profundamente enamorado de Fabiola, una compañera de la escuela secundaria. Cuando digo “vivía enamorado” me refiero a que llevaba una semana en que había brotado en mi ser, de manera explosiva pero perfectamente delimitada, esa extraña sensación de requerimiento urgente y necesario por otro ser humano. Una noche fui a misa de ocho en compañía de mi hermana mayor, Lucy. Ahí nos encontramos a Fabiola y a su hermana Macarena, a su vez compañera de mi hermana. Yo hubiera sido incapaz de abordarla. El amor que sentía era abrasador e inhibía cualquier posible acercamiento que no fuera el propio en un salón de clases. Pero algún pendiente tenía Lucy con Macarena que hizo necesario ir a su casa al salir de misa. Ellas vivían a 3 cuadras de la Iglesia, en la esquina que hacían la calle Escandón y Gama. Durante el trayecto Fabiola y yo caminamos juntos, diez pasos atrás de nuestras hermanas. Cuando pasábamos frente al número 12 de la calle Iturbide, lo recuerdo perfectamente, empezó a llover. Al principio era una ligera llovizna que poco a poco fue arreciando, por lo que tuvimos que correr las dos cuadras que nos faltaban para llegar a la casa. Mientras corríamos, ella me tomó de la mano (yo nunca lo hubiera hecho). Es difícil que yo pueda pensar un momento más romántico para mi vida: salir de misa con la chica a la que amaba, correr de la mano por las calles olorosas de Rioverde mientras llueve en una noche de verano. Fue tan sublime que tal vez haya sido demasiado porque apenas días después dejé de amarla. Pocos meses después, cuando ya mi corazón latía con normalidad, fui a ver “Melody”. La historia de dos adolescentes enamorados que deciden casarse en contra de la opinión de sus padres (y de cualquiera que tuviera la más elemental sensatez). Recuerdo una escena en el cementerio, cuando Melody (Tracy Hide), le pregunta a Daniel (Mark Lester) si acaso llegaría a amarla por tanto tiempo (la pregunta surge luego de ver en una lápida una leyenda sobre los 50 años de felicidad de una pareja enterrada). Como ella duda, Daniel le contesta que el cree que sí, que de hecho ya ha podido amarla por una semana completa. En la escena del cementerio está lloviendo. La escena hizo trizas la delicada membrana con que buscaba proteger mi fragilidad. Supe en ese momento que tendría una marca permanente en mi alma. Y es que cuando caminaba con Fabiola, segundos antes de que comenzara la lluvia, tuve dos certezas inmediatas: la primera, que amaría toda mi vida con toda mi alma a Fabiola; y la segunda, que no imaginaba que yo pudiera casarme con otra mujer que no fuera con ella. Estaba demasiado seguro de ello. Ahora sé que ese tipo de convicciones son propias del estado cuasi-delirante del enamoramiento. Pero también me he enterado que el cerebro no distingue entre fantasías y realidades, entre sueños y despertares, entre pasado y presente. Cada que llueve, o más bien cada que huelo la lluvia, mi cerebro cambia de modalidad. Estaría equivocado si digo que “me acuerdo”, y más bien diría que “revivo” a las campanas dando la media para las nueve, ese olor de tierra mezclada con el del queso y el azahar, las dos hermanas adelantando el paso para dejarnos solos, la lluvia, por Dios, la lluvia fresca del verano, su mano tibia marcando el paso y mi corazón febril, marchito de nacimiento, fabricando eternidades. Mi vida es eso, un rosario de eternidades efímeras, fuegos fatuos, recuerdos puestos a secar al Sol.

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Aniversario de Bodas

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

Aniversario de Bodas

Amado Nieto Caraveo

Anoche se eclipsó la luna y hoy, una de las fechas más importantes de mi vida, lo primero que leí al despertar fue que los de mi familia teníamos todos un lado oscuro, que a diferencia del de la luna, tarde o temprano se revela. Se atribuye a Woody Allen la frase que sentencia que hay dos clases de matrimonios, aquellos que duran toda la vida y aquellos que tienen éxito. ¿Cuál es la clave del éxito matrimonial? Según David Buss, el amigo texano, son varias claves: los hijos, el dinero y el sexo, en este orden. Las fuerzas que mantienen unida a una pareja pertenecen al orden oscuro, esto es, quedan descartadas la ley de atracción de masas y la de gravedad. Por el contrario, entre las fuerzas de la separan sólo operan leyes luminosas, las termodinámicas. Todo lo anterior viene a colación por ser el día en que cumplimos Rebeca y yo, al mismo tiempo, diez años de habernos casado ante un juez mamón. Entonces trataré de explicar los misteriosos mecanismos que nos mantienen viviendo bajo el mismo techo y, más importante aún, sobre la misma cama. Cuando digo la “misma cama” me refiero al hecho de que es la que compartimos al mismo tiempo, no necesariamente que haya sido la misma siempre. Aunque para nuestro caso resulta que sí es la “misma”, lo cual ha sido uno de nuestros principales problemas de casados: que no hayamos podido comprar una cama más grande. Rebeca supone que tener más metros cuadrados de lecho nupcial le daría la oportunidad de alejarse de mis (supuestos) ronquidos. A mi me daría la oportunidad de que ella se aleje de la tele y no me obligue a apagarla antes de que termine la parte deportiva del noticiero. A ambos nos beneficiaría tener más espacio para ser invadidos por nuestros hijos. Muy a pesar de todas estas ventajas seguimos sobre el colchón “matrimonial”, no King no Queen, only you and me. Sigo despertándola con mis ronquidos, sigo apagando la tele antes de ver el reportaje con viejas en tanga y los hijos se nos amontonan en las madrugadas, acomodados en formas inauditas. He descubierto que es precisamente mi lado oscuro el que me mantiene unido a Rebeca, aquel que describe el amigo texano en forma tan maravillosa en sus estudios psico-evolutivos. No soy más ni menos buen espécimen humano de los que me han antecedido durante los últimos 40 mil años, aunque si mucho mejor de los de 100 mil años. Y es que ¡soy el resultado de ellos!, o sea, el resultado-final-de-una-cadena-de-seres-reproductivamente-exitosos. Eso explica lo bueno que salí para tener hijos. Nunca he visto hijos más hermosos que los míos. Esta frase es absolutamente verdadera dado que no puedo ver hijos que, obvio, no sean mis hijos y por tanto no cabrían en la frase. Todo parece indicar que mi mujer fue también el resultado milenario de mujeres exitosas, dada su capacidad para procrear hijos en paquetes de tres en tres. Así que la cosa funciona así: la unión M&R es una extraordinaria maquinaria para producir hijos maravillosos; es además, un buen negocio, rentable como los buenos negocios, a largo plazo; el otro asunto que menciona Buss lo dejaré sin mencionar, en honor al pudor y a la decencia, aunque puede vislumbrarse en algunas poesías que con ese propósito escondido, he escrito. Esas son la razones de cumplir 10 años y son oscuras, esto es, primarias, antiguas, poderosas.
Lo demás es gratis: podría hablar de nuestros miedos, nuestros rencores, nuestros chistes, o nuestras ternuras. De los descuidos o de los premios. De la fatiga o de los amaneceres. De la comida, los paseos, las palabras y los relojes. Podría hablar de la manera como me toca el pelo. De la intensidad con la que me extraña cuando no estoy con ella. Podría hablar de diez mil cosas, mil por cada año. Y hasta del amor.

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Color Your World

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

You dont have to be afraid
Theres nothing here to hate
Ah, princess you might like it
If you lower your defence
Kiss that frog, and you will
Get your prince

Peter Gabriel, Kiss that Frog

De pasada por la ciudad de Washington me fui a dar una vuelta por el cuartel general de National Geographic, donde habitualmente ponen exposiciones interesantes. Esta vez había una especie de muestra mundial de ranas, renacuajos y similares. No sabía por qué eran tan especiales estos animales, pero ahora lo sé: en principio por discretos. Cuando hacen ruido lo hacen en la noche y en las lejanías de los humedales. ¿Salían ranas o sapos en nuestro jardín? Es algo que no me puedo acordar, pero si me acuerdo que un día, en una sola noche, con un rifle 22, exterminé a mansalva a decenas de sapos que ingenuamente posaban en el río Verde. Sin duda ha sido el acto más cobarde de mi vida, aunque también, para que negarlo, uno de los más sofisticados (heme ahí, a las 12 de la noche, en las vegas que el río Verde hace a la altura de los Llanitos, frustrado por no haber podido cazar por lo menos un conejo, armado y con municiones de a montón provistas por un amigo de mi padre). Las mayoría de las ranas que vi en Washington (en la expo-rana obvio, porque no traía balas para ir a matar ranas al rio Potomac) eran expertas en el arte el camuflaje, al grado que era para mi difícil encontrarlas entre las piedras y ramas que les servían de hábitat provisional. Siempre tenían que decirme en dónde estaban las malditas ranas. Supongo que tengo una especie de rana-daltonismo, quizás castigo divino o trauma culpígeno derivado de la Matanza del Río Verde. Por eso me dio tanto gusto encontrarme con un escenario donde se encontraban ranas, ciertamente diminutas, pero exuberantemente coloridas. Colores que jamás había visto en mi vida y que serían la delicia de mi hermana Lucy y sus caleidoscópicas visiones del mundo que vivimos. Malo que no se valiera tomarles fotos porque al parecer las ranas, como todos los seres vivos incluyendo a los seres humanos, se ponen inquietos con el flash de las cámaras fotográficas. Al mismo tiempo que mi cerebro se deleitaba con los alucinantes matices del batrácico mundo animal, otra parte de mi cerebro se enteraba que estaba en presencia de los animales más venenosos del mundo, y que una de las ranitas, con nombre de teibolera arrebatada, la “Golden Poison”, contiene en su piel suficiente veneno para matar a 10 personas, con sólo tocarla. El chiste aquí, amigos, es qué color y veneno se encuentran asociados. Que, al contrario de las indefensas y descoloridas ranas camaleón, las reinitas doradas envían a través del color un mensaje a sus potenciales depredadores: “si me comes, te chingas”. ¿Algún aprendizaje podemos obtener de esta lección de la naturaleza evolutiva de las especies? Las flores desarrollaron el color como una forma de atraer a los insectos y de esta manera obtener una manera de esparcir sus genes a través de la polinización. ¿Y que me dicen de los vestidos floreados? ¿y de los labios color rubí? ¿y las esmeraldas que hay escondidas en los ojos de ciertas mujeres? ¿que venenos contienen y a cuántos hombres podrán matar, con una sola mirada? Las otras ranas se parecen más a los hombres: escondidos y confundidos entre la maleza, esperando que alguien se acerque y les ofrezca un beso, esperando encontrar a un príncipe encantado. Pero nunca lo somos.
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El Día “D”

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

El Día “D”

Amado Nieto Caraveo

La primera vez que oí la palabra “suplicio” fue el diez de mayo de 1966. Mi madre terminaba de arreglarme la manga de mi traje de duende, con el que horas más tarde aparecería como personaje en “El Cascanueces”. Mientras sujetaba uno de los cascabeles, mi madre empezó a llorar. ¿Por qué lloras mamá?, le pregunté, ¿y qué es un suplicio? Pero mi madre me cambió la conversación. ¿Sabes algo?, dijo, El Cascanueces fue compuesto por un músico ruso inspirado en un cuento alemán, escrito por alguien que se llamaba igual que tú: Amado. Ernest Theodor Amadeus Hoffmann, el mismo de la ópera “Los Cuentos de Hoffmann”, la de Offenbach. Esta historia me emocionaba porque el mismo autor era personaje (un joven poeta) del cuento. Pero eso yo lo sabría hasta años después de aquella mañana de El Cascanueces. Mi papel en la obra era sencillo. Me tocaba aparecer en la Danza China, junto con mi hermana Lucy. Cuando las chinitas bailaban moviendo coquetamente sus abanicos, dos duendecillos cruzábamos un par de veces, en lo que era una improvisación, porque en el libreto original no aparecen duendes en esa escena. Esa es una característica de El Cascanueces, dijo durante los ensayos el Sr. Roblesmeyer, maestro del colegio que nos ponía los bailables y las obritas de teatro infantil, que en cada ocasión que se representa, se baila y toca de manera diferente. Lo cual por cierto era una mentira con la que engañaba frecuentemente a las monjitas del colegio. Fue aquella vez cuando conocí los camerinos del monumental Cinema-Teatro Río, cuya principal actividad consistía en dar funciones triples. El programa típico iniciaba a las 4 de la tarde con una comedia de Cantinflas o de Viruta y Capulina. La segunda, a las 6 de la tarde, una película de los hermanos Almada y finalmente, a las 8, una película en blanco y negro de la segunda guerra mundial, a las cuales, como yo lo fui más tarde, era aficionado mi padre. La obra se desarrolló de acuerdo a lo planeado: Lucy y dos amiguitas más bailaron frente a Clara, la niña del cuento, y los improvisados duendes pasaron y luego volvieron a pasar, todo en el lapso de apenas 60 segundos. Tan tan y aplausos de la madres ahí presentes en su homenaje. Me quedé un momento en el vestidor muy mal iluminado, tratando de adivinar la naturaleza extraña del olor que percibía. Yo no sabía pero era la nafatalina que le ponían para evitar la presencia de piojos y pulgas. Entonces de repente entró el Sr. Roblesmeyer, de la mano del otro niño-duende. El niño, cuyo nombre nunca he podido recordar, tenía la misma cara que había visto en la mañana en mi madre, pero sin lágrimas. Era un cara de suplicio. El Sr. Roblesmeyer se me quedó viendo como paralizado, momento que aprovechó el niño para safarse de la mano y huir corriendo. No le digas a nadie, me dijo el Sr. Roblesmeyer, y salió cerrando la puerta tras de sí. Me quedé encerrado ahí, en la semi-oscuridad de un camerino pulgoso, quizás 10 a 15 minutos, es difícil calcularlo a tantos años de distancia. Pensaba en que era aquello que tendría que mantener en secreto y por qué. Fue la primera vez que a mi alrededor, vi luciérnagas gigantes, hadas miniaturas y otros pequeños engendros típicos de los cuentos y las películas fantásticas. Dichos seres rondaron silenciosamente mi infancia. Fue uno de los muchos secretos que tuve que guardar alejados de la memoria. Como el día en que aprendí el significado de la palabra suplicio.

Por la noche, mi madre retiraba los cascabeles del trajecito de su pequeño hijo. Lo recordaba bailando por la mañana la hermosa música de Tchaikovsky. No dejaba de llenarlo de besos. Lo amaba tanto. No se imaginaba lo que sería su vida sin sus hijos. Terminó secándose las lágrimas con la tela del traje y antes de dormir empezó a soñar con los personajes fantásticos de su vida. Hay personas que imaginan cosas para huir de la realidad, se dijo, hay otras que lo hacen para entrar en ella.

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