Cuentas por Cobrar
Amado Nieto Caraveo
Al recuerdo le gusta jugar al escondite como los niños.
Günter Grass
Mi padre me entregó una lista de cuentas por cobrar y, con la sobriedad propia de la una de la tarde, me ordenó que a la hora de la comida fuera a visitar, uno por uno, a todos los deudores. La operación en su conjunto era más o menos así: Mi padre era el dueño de las vacas, tal como lo dejó asentado en su testamento, leído cuando las vacas ya no existían. Sus empleados las ordeñaban mañana y tarde, a menos que hubieran comido alfalfa caliente, porque ordeñarlas así podía ser mortal para las vacas. Ramón repartía las entregas de leche a domicilio, dos litros para la señora Mere que vivía sola y seguro uno era para el gato, cinco litros en casa de la familia Dufour, y así hasta el entrego más grande en casa de Don Galdino. Y finalmente el hijo, apodado el doctorcito, se encargaba de los cobros. Nunca supe si era estratégica la intención de mi padre de mandar cobrar al niño, pensando en que tal vez al verlo, se apiadaran y pagaran los adeudos. El caso es que Ramón y yo utilizamos muchas veces la misma bicicleta para desempeñar nuestras tareas, y por eso ese caluroso día de mayo mi padre me ordenó que terminara para antes de las cuatro de la tarde, hora en que Ramón debía empezar con sus repartos.
Pero ese día, amarillo como pocos, no fui a cobrar. Raramente lo desobedecía, pero ese día se conjugaron ciertos elementos de la naturaleza que hicieron indispensable que jugara, por última vez, mi rol de niño pequeño de apenas doce años de edad. Para empezar yo sabía que mi padre no estaría presente en la casa para la comida. Era “uno de esos días” en que le brillaban los ojos por dentro, lo cual significaba que iría derecho a la cantina. En segundo lugar mi madre me había prometido hacer para la comida el lomo en salsa de cocacola que tanto me gustaba y yo la verdad me moría de hambre. Además, mi hermana Luz María, la mayor, me había propuesto que después de la comida jugáramos a los Thunderbirds. Era raro que Lucy quisiera jugar conmigo. Para esos tiempos le gustaba encerrarse en su cuarto con su amiga Yoya, a dónde yo tenía estrictamente prohibido entrar, lo cual no impedía que espiara los tobillos de la Yoya. La ocasión prometía porque Chagua, Julia y Queño, mis otras hermanas, se habían mostrado entusiasmadas con la idea de jugar en uno de los árboles de Hule que había en el jardín. Era la única posibilidad de jugar, dado que se trataba de cinco Thunderbirds disponibles. El último elemento conjugado era que para los meses de mayo, en Rioverde no era raro que se desataran tormentas muy temprano en la tarde, al contrario de las tormentas del verano, esas más comunes antes del anochecer. Yo a las tormentas les tenía pavor y de alguna manera había incluido en mi auto-mitología el hecho de que un niño en bicicleta cargando dinero del padre, era más susceptible de recibir un rayo divino de castigo por sus malos actos.
Ese día, el día en que no hice los mandados de mi padre, fue el día en que, a la manera que describe Günter Grass, dejé de ser un niño. Aunque en realidad no fue por haber desobedecido la orden paterna, sino por otra cosa. Vamos por partes.
La comida estuvo de pelos. Arroz blanco para acompañar el lomo y frijoles de la olla con tostaditas. De mi padre, tal como lo había pronosticado, ni sus luces. Los problemas empezaron cuando mi madre nos informó que de cualquier momento a otro, Ramón, que además de lechero a veces era jardinero, iba a podar el árbol del hule. La poda sería tal que iba a quedar irreconocible, inservible para jugar ahí a los Thunderbirds. Era una orden de mi padre, esa sí bien cumplida por Ramón, que daría principio, eso todavía no lo sabíamos, al acabose de nuestro jardín encantado. La noticia nos cayó peor que cuando nos anunciaron que iban a fumigar la casa. El plan se había venido abajo. Supuse yo que Luz María, la mandamás, optaría por llamar a su amiga Yoya para seguir la rutina vespertina. Pero no, fue ella para mi sorpresa quien propuso la solución: “Juguemos a las escondidas”.
Y sin límites. Lo cual quería decir que se valía esconderse en cualquier lugar, incluidos la azotea, el cuarto de la muchacha y el closet donde mi padre tenía escondidas las pistolas. Empezó Julia y nos encontró a todos: a mí bajo el lavadero, a Lucy atrás del televisor a color, a Queño y Chagua agazapadas bajo uno de los “zacatones” del jardín. Queño tuvo que repetir dos tandas porque al final de la primera, Julia llegó una-dos-tres salvada por todos. Llegó mi turno y, tal como era la costumbre, conté hasta el treinta y nueve, y empecé a buscar. Pero nada. Ni en los lugares prohibidos, que no había para esa ocasión, había rastro de alguna de mis hermanas. Busqué a Lucy adentro del ropero, a donde corría a esconderse de mi padre cuando llegaba enojado, en la cochera, donde habíamos dejado un gusano quemador sepultado en una capa de cemento, en las rosas, que mi madre regaba con sus lágrimas, incluso en el hule que Ramón había dejado a medio podar. Pero nada. A Chagua la busqué adentro de la estufa, del refrigerador, debajo de las alfombras, de las camas. Hubiera jurado que Julia habría corrido a esconderse a los escombros del rincón del pozo, pero estaba equivocado. Cero rastros. Queño no se ocultaba tras las cortinas, su jugada favorita, ni se había tratado de confundir en el montón de ropa sucia del cuarto de servicio.
Ya había pasado una hora y no encontraba señales de mis hermanas. Nadie las había visto. Al cabo de otra hora llegué a la conclusión de que Lucy había aprovechado la ocasión para fugarse con algún novio, que Chagua se había enterrado en algún lugar del jardín, que Julia se había convertido en vapor de agua y que Queño se había vuelto invisible. No había otra explicación. Con la absoluta certeza de haber sido abandonado, me puse a llorar en medio del jardín. Al anochecer se vino encima de Rioverde una tormenta atiborrada de relámpagos y truenos que me llevaron a acurrucarme en mi cama con diez cobijas encima. Al terminar de llover, mi padre arribó a la casa, con los ojos apagados, fríos y su conciencia de quien sabe qué cosas, adormecida. Quien durmió en mi cama esa noche fue un niño que despertó al otro día sin serlo.
Iniciaría entonces la búsqueda más celosa de mi vida, que ha consistido en tratar de sacar a las mujeres de sus escondites secretos, para salvarlas de sus padres. A mis hermanas, tal como lo había sospechado, las encontré, muchos años después, ahí donde dije. A veces he pensado que aquel día invertí el juego, y que yo era el escondido. También he pensado que nunca ocurrió nada de lo que me acuerdo y que obedientemente fui, y sigo yendo, a cobrar las cuentas pendientes de mi padre.
Categoría Amado, La Familia | 2 Comentarios »
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