Rioverde
San Luis Potosí, México

Cuentas por Cobrar

29 Julio 2007 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Al recuerdo le gusta jugar al escondite como los niños.
Günter Grass

Mi padre me entregó una lista de cuentas por cobrar y, con la sobriedad propia de la una de la tarde, me ordenó que a la hora de la comida fuera a visitar, uno por uno, a todos los deudores. La operación en su conjunto era más o menos así: Mi padre era el dueño de las vacas, tal como lo dejó asentado en su testamento, leído cuando las vacas ya no existían. Sus empleados las ordeñaban mañana y tarde, a menos que hubieran comido alfalfa caliente, porque ordeñarlas así podía ser mortal para las vacas. Ramón repartía las entregas de leche a domicilio, dos litros para la señora Mere que vivía sola y seguro uno era para el gato, cinco litros en casa de la familia Dufour, y así hasta el entrego más grande en casa de Don Galdino. Y finalmente el hijo, apodado el doctorcito, se encargaba de los cobros. Nunca supe si era estratégica la intención de mi padre de mandar cobrar al niño, pensando en que tal vez al verlo, se apiadaran y pagaran los adeudos. El caso es que Ramón y yo utilizamos muchas veces la misma bicicleta para desempeñar nuestras tareas, y por eso ese caluroso día de mayo mi padre me ordenó que terminara para antes de las cuatro de la tarde, hora en que Ramón debía empezar con sus repartos.

Naves de los Thunderbirds Pero ese día, amarillo como pocos, no fui a cobrar. Raramente lo desobedecía, pero ese día se conjugaron ciertos elementos de la naturaleza que hicieron indispensable que jugara, por última vez, mi rol de niño pequeño de apenas doce años de edad. Para empezar yo sabía que mi padre no estaría presente en la casa para la comida. Era “uno de esos días” en que le brillaban los ojos por dentro, lo cual significaba que iría derecho a la cantina. En segundo lugar mi madre me había prometido hacer para la comida el lomo en salsa de cocacola que tanto me gustaba y yo la verdad me moría de hambre. Además, mi hermana Luz María, la mayor, me había propuesto que después de la comida jugáramos a los Thunderbirds. Era raro que Lucy quisiera jugar conmigo. Para esos tiempos le gustaba encerrarse en su cuarto con su amiga Yoya, a dónde yo tenía estrictamente prohibido entrar, lo cual no impedía que espiara los tobillos de la Yoya. La ocasión prometía porque Chagua, Julia y Queño, mis otras hermanas, se habían mostrado entusiasmadas con la idea de jugar en uno de los árboles de Hule que había en el jardín. Era la única posibilidad de jugar, dado que se trataba de cinco Thunderbirds disponibles. El último elemento conjugado era que para los meses de mayo, en Rioverde no era raro que se desataran tormentas muy temprano en la tarde, al contrario de las tormentas del verano, esas más comunes antes del anochecer. Yo a las tormentas les tenía pavor y de alguna manera había incluido en mi auto-mitología el hecho de que un niño en bicicleta cargando dinero del padre, era más susceptible de recibir un rayo divino de castigo por sus malos actos.

Ese día, el día en que no hice los mandados de mi padre, fue el día en que, a la manera que describe Günter Grass, dejé de ser un niño. Aunque en realidad no fue por haber desobedecido la orden paterna, sino por otra cosa. Vamos por partes.

La comida estuvo de pelos. Arroz blanco para acompañar el lomo y frijoles de la olla con tostaditas. De mi padre, tal como lo había pronosticado, ni sus luces. Los problemas empezaron cuando mi madre nos informó que de cualquier momento a otro, Ramón, que además de lechero a veces era jardinero, iba a podar el árbol del hule. La poda sería tal que iba a quedar irreconocible, inservible para jugar ahí a los Thunderbirds. Era una orden de mi padre, esa sí bien cumplida por Ramón, que daría principio, eso todavía no lo sabíamos, al acabose de nuestro jardín encantado. La noticia nos cayó peor que cuando nos anunciaron que iban a fumigar la casa. El plan se había venido abajo. Supuse yo que Luz María, la mandamás, optaría por llamar a su amiga Yoya para seguir la rutina vespertina. Pero no, fue ella para mi sorpresa quien propuso la solución: “Juguemos a las escondidas”.

Y sin límites. Lo cual quería decir que se valía esconderse en cualquier lugar, incluidos la azotea, el cuarto de la muchacha y el closet donde mi padre tenía escondidas las pistolas. Empezó Julia y nos encontró a todos: a mí bajo el lavadero, a Lucy atrás del televisor a color, a Queño y Chagua agazapadas bajo uno de los “zacatones” del jardín. Queño tuvo que repetir dos tandas porque al final de la primera, Julia llegó una-dos-tres salvada por todos. Llegó mi turno y, tal como era la costumbre, conté hasta el treinta y nueve, y empecé a buscar. Pero nada. Ni en los lugares prohibidos, que no había para esa ocasión, había rastro de alguna de mis hermanas. Busqué a Lucy adentro del ropero, a donde corría a esconderse de mi padre cuando llegaba enojado, en la cochera, donde habíamos dejado un gusano quemador sepultado en una capa de cemento, en las rosas, que mi madre regaba con sus lágrimas, incluso en el hule que Ramón había dejado a medio podar. Pero nada. A Chagua la busqué adentro de la estufa, del refrigerador, debajo de las alfombras, de las camas. Hubiera jurado que Julia habría corrido a esconderse a los escombros del rincón del pozo, pero estaba equivocado. Cero rastros. Queño no se ocultaba tras las cortinas, su jugada favorita, ni se había tratado de confundir en el montón de ropa sucia del cuarto de servicio.

Ya había pasado una hora y no encontraba señales de mis hermanas. Nadie las había visto. Al cabo de otra hora llegué a la conclusión de que Lucy había aprovechado la ocasión para fugarse con algún novio, que Chagua se había enterrado en algún lugar del jardín, que Julia se había convertido en vapor de agua y que Queño se había vuelto invisible. No había otra explicación. Con la absoluta certeza de haber sido abandonado, me puse a llorar en medio del jardín. Al anochecer se vino encima de Rioverde una tormenta atiborrada de relámpagos y truenos que me llevaron a acurrucarme en mi cama con diez cobijas encima. Al terminar de llover, mi padre arribó a la casa, con los ojos apagados, fríos y su conciencia de quien sabe qué cosas, adormecida. Quien durmió en mi cama esa noche fue un niño que despertó al otro día sin serlo.

Naves de los Thunderbirds Iniciaría entonces la búsqueda más celosa de mi vida, que ha consistido en tratar de sacar a las mujeres de sus escondites secretos, para salvarlas de sus padres. A mis hermanas, tal como lo había sospechado, las encontré, muchos años después, ahí donde dije. A veces he pensado que aquel día invertí el juego, y que yo era el escondido. También he pensado que nunca ocurrió nada de lo que me acuerdo y que obedientemente fui, y sigo yendo, a cobrar las cuentas pendientes de mi padre.

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El día más feliz de mi vida (Carta a Gaby)

29 Julio 2007 - Escrito por Lucy I (Lucinda)

Rioverde, Feb. 27 de 1996

Mi hermosa Gaby:

Te extrañará que te escriba tu abuela, ¿verdad? Pues es que he estado pensando mucho en ti porque el otro día que me hiciste una pregunta, a la que seguramente deseabas una respuesta gozoza, no pude dártela en aquellos momentos, por lo que creo que te la debo más explícita o explicada.

Antes quiero agradecerte que me hayas preguntado cuál ha sido el momento más feliz de mi vida porque en estos días me ha hecho mucho bien recordarlo y para ello fue necesario repasar en la memoria, desde mi infancia hasta hoy, todos los momentos felices, para escoger el más feliz de todos, el que a ti te interesa saber.

El Pilar, Chihuahua No recuerdo haberte platicado que yo nací en una región muy apartada, lejos de la ciudad, esto es, en el campo, más concretamente en la Sierra del Estado de Chihuahua, entre cerros coronados de altos pinos y entre profundas barrancas surcadas de ríos sus respectivos arroyos afluentes. Hasta la edad de ocho años yo no conocí otro lugar más que aquel donde nací, que se llama “El Pilar” y donde había entonces aproximadamente 60 (sesenta) casas diseminadas entre las faldas de los cerros y los arroyos; no había calles. En esas casas vivían más o menos 600 o 700 personas o sea que la población no llegaba ni a mil gentes. Yo no conocía entonces, a los ocho años, a todas esas personas, ni todas las casas, solamente la mía y las que alcanzaba a ver al derredor de ella. Tenía amiguitas pero solamente en la escuela podía jugar porque mi mamá no nos dejaba salir solas, aunque yo me daba mis escapadas sin su permiso y cuando entraba a la casa me estaba esperando con un cinturón en la mano, me castigaban con azotes y me encerraban en la troja, con candado; en la troja se guardaban los granos, maíz y frijol, en cajones grandes, grandes, y yo me metía a jugar, nadando entre los granos. Al rato me sacaban y yo me volvía a salir a buscar a mi amiga Anita, y me volvían a encerrar…

Entonces yo creía que el mundo era nada más lo que yo conocía y que la tierra se acababa en las cumbres de las montañas donde salía y se ponía el sol, es decir, en el horizonte. Un día supe que había otros lugares, otros pueblos y más gente… y soñaba con conocerlos…El primer lugar que conocí diferente al que yo conocía, fue el rancho de mis abuelitos maternos; el viaje se hizo a caballo y mula y llegamos a casa de mis abuelos tres días después de que salimos de El Pilar. Este es mi primer recuerdo feliz pero no es el más.

No te he dicho que allá no había carreteras y por supuesto coches tampoco, ni siquiera carretas; todo el transporte de personas y carga se hacía por caminos reales a pie o a lomo de bestias equinas y pollinos o sea burros.

Después supe que mi papá tenía un rancho lejos, se hacía un día entero a caballo para llegar. Ese rancho se llamaba TACOCHIQUE. Todos los años mi papá se iba a ese lugar en los primeros días del año y regresaba con un gran cargamento de panocha o sea lo que acá le llaman piloncillo, porque hacía molienda de caña de azúcar que sembraba y también traía naranjas y limas, que nada de estas cosas había en El Pilar. Entonces, yo le rogaba a papá que me llevara a la molienda para conocer Tacochique, pero ¿sabes?… ¡Nunca me llevaron!… solamente a mi hermana mayor la llevaban. Yo creo que a mí no me llevaban porque era muy latosa y chilindrina (o sea callejera, vaga). Así es que todavía no conozco Tacochique.

Pero un día…

El Pilar, Chihuahua El día más feliz de mi vida llegó, mis padres me lo regalaron. Mi mamá dio el permiso y mi papá me subió en una mula y me llevó a conocer el Pueblo de MORIS y su gente. Fíjate Gaby que todavía lloro de emoción cuando lo recuerdo…

Los detalles de ese acontecimiento me es muy difícil escribirlos y describirlos, porque no encuentro palabras para expresar mis sentimientos; lo intenté en “Los Días de mi Vida” que escribí hace años (y todavía no los termino) algo así como una Autobiografía que por allí tiene tu mamá. Si te interesa conocer los detalles, léela.

Después de este mi momento más feliz he tenido muchos muchos más, porque aunque no lo creas, se puede ser feliz a pesar del sufrimiento físico o moral. Puedo asegurarte para tranquilidad tuya, porque supongo que estarás preocupada pensando si alguna vez fui feliz, puedo asegurarte niña hermosa que he vivido más días felices que momentos desdichados. Por ejemplo durante catorce años tuve dicha sin interrupción… pariendo, criando y viendo crecer a mis ocho hijos, todo con dolor y grandes privaciones, pero con MUCHO AMOR, que es lo que nos hace asomarnos a eso que llamamos felicidad y que no es tanto lo que muchos creen.

Algún día lo comprenderás.

Con respecto al Piano, efectivamente es la realización de un sueño que parecía imposible, pero el instrumento en sí me va a proporcionar momentos felices en la medida que logre yo aprender a tocarlo, de lo contrario mi sueño estará incompleto, inacabado y el instrumento pasaría a ser solamente un mueble costoso, sin función alguna.

Espero que tu preocupación haya desaparecido, si es que la tenías, o que tu curiosidad haya sido satisfecha.

Te pongo aquí mi bendición de abuela y un beso con mucho, mucho amor.

Lucinda

P.D. Contéstame.

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