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	<title>Rioverde</title>
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	<description>San Luis Potosí, México</description>
	<pubDate>Tue, 15 May 2012 02:03:14 +0000</pubDate>
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		<title>La Memoria del Pueblo</title>
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		<pubDate>Tue, 15 May 2012 02:03:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo

Ahora que estoy perdiendo la memoria escribo esto cuanto antes mejor. El día de hoy por la mañana un incendio destruyó el Archivo Histórico del Ayuntamiento de la ciudad de Rioverde, San Luis Potosí. Hasta el momento, como suelen decir los reportes oficiales “se desconocen las causas del siniestro” y como es habitual [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo<br />
</strong><br />
Ahora que estoy perdiendo la memoria escribo esto cuanto antes mejor. El día de hoy por la mañana un incendio destruyó el Archivo Histórico del Ayuntamiento de la ciudad de Rioverde, San Luis Potosí. Hasta el momento, como suelen decir los reportes oficiales “se desconocen las causas del siniestro” y como es habitual &#8220;se investiga para dar con el(los) responsables&#8221;, ya sea por descuido, en el caso de un accidente, o por infamia, en caso de que hubiera sido provocado. A más de uno se le ha de haber ocurrido que “las tres carpetas que se quemaron”  (dijo hoy alguien en tono de burla) hayan bastado para dejar al pueblo sin su memoria, por lo menos la memoria escrita y la que llaman “gráfica”, refiriéndose a viejas fotografías. Sospeché entonces estar parado en un lugar común. Y en estos lugares no habita la verdad. Lo primero que hice, antes de proceder a escribir acerca del caso, fue indagar en internet sobre la frecuencia con que la frase “pueblo sin memoria” aparece en uno de los motores de búsqueda más potentes y populares. </p>
<p>109,000</p>
<p>En la mayoría de las entradas, el concepto de memoria está unido al de la historia. Esto es, se tiene memoria en tanto se recuerda una historia que es un pasado. Si no hay memoria se pierde la historia y con ello un montón de cosas que cada quien utiliza de acuerdo a su ideología e intereses. Ello deriva irremediablemente en otro lugar común: &#8220;que quien no tiene memoria está condenado a repetir su pasado”. Pero, ¿cómo se puede repetir un pasado que ya no existe al momento de perder la memoria? O bien ¿acaso no hemos hecho mucho mejor algunas cosas en el pasado que bien podríamos repetir? </p>
<p>Ah no, el romanticismo literiario suele ser refractario a razonamientos más propios de un neurocirujano y toma de pretexto incendios incidentales de viejos papeles para hablar de las obsesiones de cualquier viejo: memoria, historia y pasado. Porque el asunto es tan serio que ya desde el siglo pasado el sociólogo Maurice Halbwachs había acuñado el término “memoria colectiva” para referirse al conjunto de recuerdos que atesora un grupo social determinado. El primer requisito de este tipo de memoria es que su construcción sea colectiva. O sea, no cabe que un recuerdo de mi memoria personal se vuelva colectivo (y menos cuando empiezan a despintarse), por más relevante que sea para la comunidad. El segundo criterio es que sea compartido, o sea, que la mayoría estén de acuerdo en el recuerdo. Y finalmente, que haya una forma de ser trasmitido a las generaciones siguientes. </p>
<p>Aquí aparece otro término, el de la “memoria cultural”, propuesto inicialmente por un arquólogo llamado Jan Assman. A diferencia de la memoria colectiva, que es subjetiva y de cierta manera intangible en tanto reside en algun lugar del llamado “inconciente colectivo”,  la memoria cultural es “objetivable”, o sea, se constituye de objetos (pergaminos, momumentos, lugares) que remiten a un significado relevante. Así pues, podemos decir que el Archivo Histórico del Ayuntamiento era, a lo mucho, una porción de la memoria cultural objetivable. Si me dejan exagerar, podría decir que en el antiguo parque de “La Planta” o en el actual de la Medialuna hay contenidos más recuerdos monumentales que en el archivo consumido por el fuego. </p>
<p>No lo se. Pienso en el Incendio de “la Fama”, ocurrido a una edad en que todavía yo no tenía memoria. Y sin embargo el evento me fue trasmitido a través de la memoria colectiva como símbolo y metáfora de la naturaleza tragediosa y al mismo tiempo heróica de los habitantes del pueblo. El Incendio de la Fama le pertenece más al inconciente del pueblo, su memoria colectiva, y menos a su memoria cultural. Ahí está el lugar donde antes estaba La Fama  que se quemó (esquina de Moctezuma y Plaza Principal), pero el lugar ya no significa nada. No dudo que haya muchas fotografías (ojalá no hayan estado en el archivo histórico) e incluso testigos vivientes de lo que esa noche aciaga pasó. Pero el Incendio de la Fama, por la construcción colectiva de leyendas y mitos a su alrededor y por su capacidad de trasmitirse a las generaciones, constituye un buen ejemplo de cómo la memoria del pueblo (y todo lo que ello implique de acuerdo a las ideologías e intereses diversos) , permanece intacta no obstante el percance ocurrido el día de hoy. Y por lo tanto no estamos condenados a repetir ningún pasado, aunque bueno fuera que pudiéramos reconstruir La Planta, el Presidio y los Salitrillos, que el tren llegara pitando de nuevo y que uno pudiera embriagarse de estrellas en las noches sin miedo. Yo no se los demás, pero tal vez con eso recupere mi memoria.</p>
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		<title>Mi Vida sin iPhone</title>
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		<pubDate>Sat, 12 May 2012 18:32:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo

Un cielo lento y cabizbajo recogía, como todas las tardes, el abandono de mi mirada. Vaya pueblo de villanos, pensaba, como todos los pueblos cuyo aire tiene el descaro de largarse a pasear de vez en cuando, dejando a su pobladores muriendo de calor. La noche anterior, un ladrón se había metido a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo<br />
</strong><br />
Un cielo lento y cabizbajo recogía, como todas las tardes, el abandono de mi mirada. Vaya pueblo de villanos, pensaba, como todos los pueblos cuyo aire tiene el descaro de largarse a pasear de vez en cuando, dejando a su pobladores muriendo de calor. La noche anterior, un ladrón se había metido a mi casa y se había llevado, en su huída, lo único valioso que encontró a su paso: la guitarra con que mi madre entonaba “Las Ciudades”:</p>
<p><em>Te vi llegar<br />
Y sentí la presencia de un ser desconocido;<br />
Te vi llegar<br />
Y sentí lo que nunca jamás había sentido.</em></p>
<p>Pero al ladrón, nada lento ni cabizbajo, no lo vio llegar, como nunca mi madre vio llegar a todos los que le robaron algo de su vida. Y se quedó sin su guitarra, lo cual la hizo sufrir porque eso significaba enmudecer. Pero no solo a ella, sino a todos sus hijos que encontramos en el canto una manera secreta de comunicarnos digna de los códigos entre espías de la Segunda Guerra Mundial. Y es que como dice la canción: <em>las ciudades destruyen las costumbres</em>, le recordé a mis hermanos poco antes de tomar un camión “Vencedor” huyendo rumbo a la capital, como queriendo recordarles que no volvería a cantar una estrofa, a lo cual ellos reviraron en mi sostenido: <em>y las distancias apartan las ciudades.</em></p>
<p>Que hubiera un ladrón en el pueblo era una gran novedad y bien se decía, quizás equivocadamente, que tendría que ser de fuera para no saber lo grave que era dejarnos incomunicados. ¿Y ahora cómo le voy a hacer? Pregunté a la quietud atmosférica, que en aquel momento era lo más cercano a la nada, para cantar la serenata que había comprometido aquella misma noche. Porque al contrario de la tarde, en la noches el aire del pueblo regresaba y se encargaba de llevar los acordes directamente al oído de la princesa en turno, encerradas en aquellos castillos de El Refugio, a prueba, supuestamente, de ladrones. </p>
<p>En algun lugar del mundo alguien habría de volver a tocar aquella guitarra. Quiero pensar, como si esto fuera un cuento, que al tocar sus cuerdas sintió pasar por sus dedos una corriente de electricidad que, en lugar de matarlo al instante, lo dejó sumergido en la profunda tristeza de haber querido apropiarse de un objeto que no era objeto, sino sujeto de la pasión ajena.</p>
<p><em>Y mi alma completa se me cubrió de hielo<br />
Y mi cuerpo entero se llenó de frío<br />
Y estuve a punto, de cambiar tu mundo,<br />
De cambiar tu mundo por el mundo mío.</em></p>
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		<title>Pueblo Recordado</title>
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		<pubDate>Mon, 07 May 2012 23:06:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo

Recuerdo un puente que cruzaba de orilla a orilla
Un río tumultuoso pero pobre y sin pacto con el mar
Donde conocí la calma el único día en que ese río
Fue mi cama aunque al rato sus animales me callaran
Y me hicieran recordar que no estaría ahí más.
Recuerdo una cerca de piedras protegiendo
Ardillas de las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo<br />
</strong><br />
Recuerdo un puente que cruzaba de orilla a orilla<br />
Un río tumultuoso pero pobre y sin pacto con el mar<br />
Donde conocí la calma el único día en que ese río<br />
Fue mi cama aunque al rato sus animales me callaran<br />
Y me hicieran recordar que no estaría ahí más.</p>
<p>Recuerdo una cerca de piedras protegiendo<br />
Ardillas de las piedras asesinas que lanzaban<br />
Los niños y que al mismo tiempo protegía naranjas<br />
Más de las ansias que de la sed de los mismos niños<br />
Por salir pronto de ahí brincando cuanta cerca los obstruyera.</p>
<p>Recuerdo la azotea de un cine podrido donde el Santo<br />
Nunca se rendía como se rendían todos los demás tanto<br />
Que cuando sufrí mi primera caída de la escalera<br />
Pensé que sería la última vez que subiría a una azotea<br />
Sin el permiso de mis padres pero no fue cierto.</p>
<p>Recuerdo las calles de un pueblo como las frases<br />
Sin puntos y ni comas de los merolicos del mercado<br />
Que recitan sus pócimas y sus embrujos para remediar<br />
El tartamudeo que hace que la memoria ande<br />
A salto de mata intrigando contra el sosiego y el sueño.</p>
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		<title>La Media Luna</title>
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		<pubDate>Tue, 01 May 2012 05:54:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo

1. Augusto Renoir, el famoso pintor francés, resucitó el Sábado Santo y se fue al manantial de  La Medialuna a pintar una nueva versión de “los bañistas”. Pero no pudo. A menos que cambiara su estilo y eso, en un resucitado, es imposible. Quedó horrorizado ante la escena: ahí no había colores [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo<br />
</strong><br />
1. Augusto Renoir, el famoso pintor francés, resucitó el Sábado Santo y se fue al manantial de  La Medialuna a pintar una nueva versión de “los bañistas”. Pero no pudo. A menos que cambiara su estilo y eso, en un resucitado, es imposible. Quedó horrorizado ante la escena: ahí no había colores que dejaran impresión alguna en sus sentidos, ni detalle del cual quedara prendida la hermosa realidad. Él no lo sabía, pero la escena semejaba pertenecer a la película “El Gabinete del Doctor Caligari”, filme de los años veinte que vino a inaugurar la llamada corriente del neo-expresionismo alemán. Asustado por su incapacidad, pensó en morirse y buscar algún otro país donde pudiera resucitar (como si uno pudiera resucitar donde quisiera) y encontrar un lugar dónde el agua siguiera siendo agua, y los árboles pudieran pintarse como árboles y la gente pareciera estar compuesta de personas y no ese monstruo que, sin previo aviso, acabó por devorar a Renoir, el famoso pintor francés.</p>
<p>2. Luis Echeverría, el Presidente de la República, escuchaba atentamente el discurso del doctor Alfonso Nieto, líder de la CNOP del PRI en Rioverde. El doctor decía lo de costumbre, que reconocía las virtudes del mandatario y estadista. En el fondo le preocupaba un rumor: que el gobierno federal intervendría en Medialuna, para convertirla en el más moderno distrito de riego del país. El doctor tenía una huerta de naranjos en “El Refugio” y apenas una semana antes su peón regador había sido asesinado, en circunstancias misteriosas. Al lado del Presidente estaba sentado el Secretario de los Recursos Hidráulicos, Leandro Rovirosa quien hacía sus cuentas. Calculaba los beneficios.</p>
<p>3. La noticia se escuchó primero en el Restaurante “Rivera”: estaban llegando a la Medialuna un montón de camiones con maquinaria pesada. Al poco rato tenían instalado un campamento y la zona estaba acordonada. La versión oficial hablaba de instalar una plataforma en el centro del manantial y extraer el agua hasta que el nivel del bajara un metro. Luego así podían calcular el flujo de agua por minuto. Por supuesto que eso a nadie le gustó y no faltó  quienes pronosticaron una tragedia. En realidad se quedaron cortos en el pesimismo. Hubo que habituarse por meses a sentir las breves y continuas vibraciones que producía la dinamita que se usaba para fabricar los nuevos canales de riego. Finalmente supieron cuanta agua salía de La Medialuna a cada rato: un chingo. Aunque eso ya lo sabía el mismo Don Cruz, el nuevo regador que utilizó mi padre, luego que le mataron el que tenía. La maquinaria la dejaron ahí, la plataforma parece que se hundió y otras cosas fueron asimiladas a la “infra-estructura” turística (algunos fierros se convirtieron en puentes). Como testigos de aquella herida quedaron kilómetros de canales de cemento inservibles que como cica-trices cruzan el territorio de la zona media del estado.</p>
<p>4. Fray Juan Bautista de Mollinedo ha de haber fundado Rioverde a principios del siglo diecisiete. Durante estos ya casi cuatrocientos años la ciudad tuvo un sistema hidráulico y pluvial de lo más sofisticado. Partían de la Medialuna un sinfín de ramales que antes de llegar a la ciudad cumplían varios fines: regaban las fértiles tierras naranjeras, movían los molinos de caña de azúcar, y al mismo tiempo eran sitios de recreo. Quién no se acuerda de los Salitrillos, del Presidio, los Alonsos, el Ródano, la Planta, el Ingenio. Luego, al llegar a Rioverde, se hicieron unas  “Acequias” transversales que cumplían funciones de drenaje pasando por debajo de las casas hasta su desembocadura en el río Verde. El día de hoy en el río Verde la gente ya casi no se puede bañar, ni siquiera hay patos o peces; las acequias se secaron y ahora el drenaje está entubado; los lugares de recreo ya no existen, los secó la SARH, y los molinos desaparecieron al dejar de sembrarse la caña de azúcar por decreto presidencial (eso será otra historia). También así se llamó, Juan Bautista, uno de los primeros alcaldes no priistas de Cd. Fernández, cabecera a la que pertenece “El Refugio”. ¿Sabrán los presidentes de los partidos que aquí a nadie le importan sus brillantes ideas y que todo se reduce a una lucha por un poder concreto, como podría ser el control de las aguas de riego de La Medialuna ?</p>
<p>5. José López Portillo también le echó mano a la Medialuna. Tenía que reparar el desastre que había dejado el echeverriato. Le cambió el nombre a la Secretaría y construyó El Gran Canal, un ambicioso proyecto que pretendía llevar las aguas de La Medialuna, por abajo del río Verde, hasta las áridas tierras norteñas del municipio de Rioverde. El agua de La Medialuna llegaría así a la Cofradía, a los Llanitos, a Pastora, a Villa Juárez, ¡a Cerritos! ¡A Monterrey! ¡a todo el mundo! Tal era el espíritu expansivo, grandilocuente y estrambótico del boom petrolero. Por supuesto que la magna obra sólo logró que el sistema de riego quedara más o menos como antes, y así las tierras de temporal siguen siendo el sustento de la economía de Rioverde. El chauvinismo rioverdense nos hace enorgullecernos a güevo con todo. Así, decimos que el canal de La Medialuna es la alberca más grande del mundo. En realidad es la vergüenza más grande del mundo, si tomamos en cuenta que las obras hidráulicas en la zona en los últimos 20 años le dieron en la madre a todo el entorno natural, y sigue privilegiando a unas pocas familias.</p>
<p>6. La Medialuna es un lugar sagrado. No lo digo porque haya sido un cenote prehispánico dónde se lanzaran ofrendas a los dioses náhuatl. Eso se le llevaron a otro lado, a museos del extranjero o a colecciones privadas de empresarios de Cd. Valles. No, no me refiero a eso. Es un lugar sagrado porque merece el respeto de los que saben apreciar su belleza, esto es, de los buzos. Nadie más puede decir que conoce La Medialuna sino los buzos. Fuera de ello el lugar, aunque bello, no tiene mayor atractivo turístico, el camino es terregoso, los árboles puros mezquites. Por eso es sagrado, porque esconde sus misterios. Se reserva para aquellos que puedan descubrirla: los temerarios, los aventureros, los buzos. Todos los que vayan ahí y no buceen están profanando el lugar, es como ir a misa y no rezar, como ir a un partido de fut y no echar porras, ir a una fiesta y no bailar. Además La Medialuna es un lugar sagrado porque ahí, cuando yo era un niño pequeño, mi padre, el doctor Nieto, me enseño a nadar.</p>
<p>7. ¿Habrá algún lugar en este país donde no haya quedado la huella depredadora del PRI? Preguntó mi amigo Felipe Campos cuando lo llevé a conocer La Medialuna el Sábado Santo. ¿Habrá algún lugar en nosotros mismos donde quedemos a salvo de la historia que nos ha tocado vivir?, le contesté, visiblemente apenado por el espectáculo que ofrecían aquellas hordas trashumantes que finalmente constituyen parte de eso que han venido en llamar la Sociedad Civil. ¿Hasta dónde estamos todos infectados por el mismo virus, la misma enfermedad, de la cual el PRI es tan sólo un síntoma, el PRD el remedio fallido, y el PAN la fase terminal? ¿Habrá alguien que alguna vez escriba la historia de este desastre natural y moral llamado La Medialuna?, ¿habrá alguien que escriba la historia desastrosa de mi padre? ¿Dónde están los cronistas de este lugar de tragedias? Superado ya el sueño bucólico de nuestros antepasados, ¿a dónde iremos a enterrar este pueblo ahogado en sus propias esperanzas que se llama Rioverde?</p>
<p>8. Después de cantar hasta el 45 elefante que se columpiaba sobre la tela deunaraña, los chiquillos hicieron una pausa para quitarse algo del polvo de la cara. Iban  trepados en la caja de la Dodge 68 verde con el doctor Nieto al volante, ya con varias copas encima. El pelo se les había endurecido como alambre después de haber estado mojado todo el día. Parecían milanesas empanizadas. Habían ido de paseo a La Medialuna. Siguieron cantando:</p>
<p><em>Dónde vas Alfonso Doce, dónde vas lejos de aquí,<br />
“voy en busca de Mercedes que ayer tarde la perdí”.<br />
Pues Mercedes ya está muerta, ayer tarde yo la vi,<br />
la llevaban cuatro duques por las calles de Madrid.</em></p>
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		<title>El Niño y el Mayor</title>
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		<pubDate>Tue, 01 May 2012 05:34:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo

Llegué a mi casa y estaba sola. Era una tarde de agosto y no hacía una pizca de aire. Imposible a esa hora oler los aromas del pueblo. No entendía qué podría estar pasando con los demás, así que salí a la calle a buscar las pruebas de mi existencia: El repartidor de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo<br />
</strong><br />
Llegué a mi casa y estaba sola. Era una tarde de agosto y no hacía una pizca de aire. Imposible a esa hora oler los aromas del pueblo. No entendía qué podría estar pasando con los demás, así que salí a la calle a buscar las pruebas de mi existencia: El repartidor de Pan Bimbo, el perro con una pata enlodada, otro niño como yo al que no le gusta que me le quede mirando (piensa que lo odio o que lo desprecio) y un viejo sentado en una mecedora a las afueras de su casa. </p>
<p>¿Quién no querría ser este viejo, plácidamente observando a un pueblo como Rioverde pasar frente a su cálida tarde?</p>
<p>El viejo era mi tío Jesús, un mayor retirado del Ejército. Era militar. Feo como un demonio con una verruga enorme en la mejilla, tenía un vozarrón de aquellos y vocación de orador. Le encantaba contar historias de la Segunda Guerra quien sabe dónde conocidas porque casi siempre contradecía las versiones oficiales. Su punto de vista era el de quien diseñaba la estrategia tras el relato, los Verdaderos Motivos ocultos en las cifras, el pie de foto de la foto que nunca tomaron. La gente lo escuchaba con respeto en atención a su rango y edad. El viejo repartía su tiempo entre el cuidado de la hija de su soledad, un establo de vacas lecheras y sentarse en la banqueta esperando a algún sobrino asustado para contarle una de sus historias bélicas.</p>
<p>—Tráete una silla—ordenó el mayor y yo que siempre he sido bueno para obedecer me apresuré a juntar una silla de bejuco con tamaño agujerote en el centro, dispuesto a escuchar la verdadera historia de la Batalla del Alemein, si con ello se me tapaba el otro agujerote que esa tarde rioverdense me estaba haciendo en el alma.</p>
<p>Pero no hubo tal historia. Me quedé con las ganas de saber las mañas del General Patton. Ahí estaba yo sentado bien agarrado de los brazos de la silla (de otra manera me sumiría en ella) y mi tío Jesús ni pío. Silencio absoluto. En Rioverde la tarde termina de improvisto y de manera súbita. Ahorita es la tarde y al siguiente instante es de noche y todo se llena de murmullos. La hora del pan y la leche. La hora en que los rateros se despiertan. Hora de meter a la casa la silla mecedora de los viejos. Me vino la certeza de mi madre llegando a la casa y preparando la cena, mis hermanos viendo la tele y mi padre cerrando su consultorio. Parecía volverme la vida. Pero mi tío seguía ahí sin moverse y sin hablar.</p>
<p>—Ya me voy tío—le dije. Tomé la silla por la cabecera y la arrastré hacia dentro de su casa. </p>
<p>El también hizo lo mismo y cuando ya estuvo dentro me tomó por el hombro.</p>
<p>—Espérate tantito, no tarda Chayo.</p>
<p>Pero si tardó. </p>
<p>Me ofreció una concha de pan y un vaso de leche recién hervida lleno de natas. Insólito. Luego me enseño sus reliquias. Un radio de onda corta donde ha estado informándose de lo que acontece en el mundo porque aquí la gente no sabe lo que sucede más allá de sus narices. Un retrato de Juárez el Benemérito en algo que entonces me pareció una especie de altar. Sus insignias. Armas desarmadas en proceso de limpieza. Unos listones que le reconocían sepa qué méritos. Unas joyas que guardaba para cuando Chayo creciera. Y un secreto.</p>
<p>—Sabrás tú que yo no creo en Dios—comenzó el mayor.</p>
<p>Y sí, algo había escuchado decir a mi madre, cosas que yo no entendía bien, que mi tío era masón porque todos los del gobierno eran masones y que cuando estuviera con mi tío no le hablara de sacerdotes porque eso le podría molestar. Y no lo queríamos molestar, al pobre no le había ido tan bien y ya vez, tenía que hacerse cargo de una hija sin madre. La mía, como siempre, incluyendo en su compasión a los descreídos para quienes me decía, también hay una salvación.</p>
<p>Todo sucedió en la ciudad de México. Gobernaba el señor Ruiz Cortines con buenos modales pero con el ejército dispuesto a resolverle cualquier enredo. El Mayor Jesús Nieto Fierro había sido comisionado en una unidad de inteligencia militar a cargo de infiltrar y tronar a unos sindicalistas revoltosos cuya finalidad era causar inestabilidad en el país. Gente que nomás leía lo que le convenía, dijo mi tío, comunistas pues. Habían recibido una información confiable por parte de un soplón, sobre una reunión de los dirigentes agitadores en una jacalón ubicado al oriente de la ciudad. Era una colonia sin luz ni pavimento, llena de lodo porque eran tiempos de aguas y sin ninguna clase de vigilancia. Una ciudad perdida. El operativo tenía que llevarse a cabo con rapidez: llegar al lugar, echar bala, dispersar a la gente y salir huyendo sin dar oportunidad a que organizaran la defensa o los colonos acudieran en su auxilio. El comando estaba integrado por 5 elementos, bajo las órdenes de mi tío. Se acercaron sigilosos en un viejo Ford 47. Sobre un croquis, el mayor instruyó a todos para entrar por dos puertas a la vez, de manera que no quedaran frente a frente expuestos a fuego cruzado. Todos listos, adelante.</p>
<p>El relato me lo había imaginado, por supuesto, en blanco y negro. Mi referencia inmediata eran los programas de Los Intocables, así que no tuve problema para visualizar la carcachita convertible que llega con los faros apagados (unos fanales enormes como lunas llenas) y a 5 tipos armados bajando cubiertos por gabardinas grises y unos sombreritos aterciopelados. En estos momentos mi simpatía estaba con los militares y ya les anticipaba una gran victoria en dicha suerte. Entonces vi la cara de mi tío. Acostumbrado como estaba a verlo con un mismo gesto arrogante y marcial, me asombró mucho su expresión que le hacía aparecer como si estuviera a punto de hacer pucheros. El relato siguió en voz baja y con larguísimas pausas donde se amplificaba el sonido de los grillos del jardín.</p>
<p>Los militares entraron disparando sus armas. Siguiendo el plan, dispararon primero a las lámparas para que en la oscuridad se creara un ambiente de terror. Y terror hubo. Durante 60 segundos no hubo otra cosa que balas y gritos.</p>
<p>—¡Vámonos!—ordenó el mayor Nieto</p>
<p>Para la huida sólo se reportaron 4 elementos. Había empezado a llover muy fuerte. Mi tío tomó una decisión.</p>
<p>—Ustedes se van en el carro, yo me regreso a buscar a Carmona, espérenos en la entrada del circuito.</p>
<p>Y se regresó. Pero nada del compañero. Lo buscó a tientas, quizás herido tirado en el suelo, aguzó el oído en busca de un gemido. Nada. Hasta que se tropezó con su cadáver. Tenía un agujero calibre 38 en la cara. Chingao. Esperaba saldo a favor y no encontró cadáver alguno de los enemigos. Bueno, se trataba de asustar y desbaratar la reunión. Pero no esperaba esto, una baja. Chingao. Se enfadaría el general. No podía dejar el cuerpo ahí como prueba de la incursión y de la derrota y los compañeros ya se habían ido. Tendría que cargar el bulto hasta la entrada del circuito. Chingada madre. Entonces escuchó un ruido a sus espaldas y lo siguiente ocurrió en forma automática: dio la vuelta, sacó la pistola y se tronó a la sombra que lo seguiría el resto de su vida. Lentamente dio los pasos necesarios para estar junto al otro muertito. Lo alumbraba una luz quien sabe de donde porque la noche era negra y no había alumbrado en la calle. Pero él jura todavía que lo vio iluminado: había matado a un niño.</p>
<p>—Ha de haber tenido tu edad—me dijo mi tío y se me quedó mirando.</p>
<p>Entonces él y yo lo advertimos. En un instante todo fue bastante claro. Yo era el niño muerto de la ciudad perdida. Él, mi sanguinario asesino que se había ocultado tras su silla mecedora durante tanto tiempo. Por eso las tardes del pueblo guardaban silencio, porque hay crímenes que horrorizan demasiado. </p>
<p>Llegó Chayo y se quedó congelada viendo a su padre llorando. No lo volvería a ver así, ni yo tampoco. El pobre de mi tío Jesús vivía esperando el castigo de quien no creía. Así que esperó encontrar a un niño muerto como yo, para pedirle perdón y de pasada volverlo a la vida. Así es la cosa, un solo acto de ternura lo salvó para toda la eternidad. Mi madre tenía razón.</p>
<p>Regresé a casa y luego de explicar mi notoria tardanza me fui a dormir. Me dieron las buenas noches como siempre. Al día siguiente ya nada sería igual.</p>
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		<title>El Ciego del Violín Amarillo</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Apr 2012 00:45:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo

La campana de la iglesia llama a misa. Son las cinco. Para ese momento, como es costumbre en el verano, el aire de Rioverde se detiene como estatua. Las palabras que se dicen dan de vueltas frente a uno, no saben a donde ir ni saben de dónde son. Don Meli, el ciego [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo<br />
</strong><br />
La campana de la iglesia llama a misa. Son las cinco. Para ese momento, como es costumbre en el verano, el aire de Rioverde se detiene como estatua. Las palabras que se dicen dan de vueltas frente a uno, no saben a donde ir ni saben de dónde son. Don Meli, el ciego del violín amarillo, dando gracias se levanta de su lugar en Verástegui, La Calle del Comercio. Todo el día se la pasa dando gracias sin sentido. Ya casi no habla. Antes, al pasar frente a él, los niños jugábamos a encontrarle su blancuzco ojo y luego correr despavoridos como si nos hubiera espantado. Nunca nos animamos a tomar las limosnas de su sombrero. Cuarenta años después, ya no tiene nada en ninguna de las cuencas. Aunque eso a los niños de hoy ya no los asusta. </p>
<p>Se supone que Don Meli se dirige hacia su casa, o como se le llame al lugar donde duerme. Toma la calle Moctezuma y la cruza exactamente frente a la oficina de telégrafos, donde tropieza con una bicicleta mal estacionada. Ya para esas horas los yukis se acabaron, no se digan las jícamas. Sólo quedan chancaquillas de pepitas y algunos dulces de biznaga. En el cielo se amontonan nubes sin ofensa, cargadas de esperanza y repartiendo muchos truenos. Así son las nubes de Rioverde. El ciego violinista camina ahora sobre Escandón. Sus banquetas con el riego van perdiendo la modorra del calor, despidiendo en sus vapores los orines de los perros callejeros que acechan frente al Cine Hidalgo. En la sierra se chamuscan los mezquites desecados, adornando con su sangre la mirada hacia occidente. En la esquina con Mollinedo, Don Meli se detiene un minuto; no es que no pueda pasar, lo ha hecho miles de veces. Sucede que durante varias décadas, a esa hora y en ese lugar, le regalaban unos birotes. Pero ahora la panadería de La Concordia ya no existe. Fue derrumbada y ahora ahí se encuentran unas oficinas. Pero Don Meli, quién sabe si no se ha dado cuenta o no le habrán dicho todavía, se queda un ratito esperando.</p>
<p>El sudor del mediodía cicatriza, pegajoso. Los zancudos se lo arrebatan, ávidos comensales. Don Meli recibe algunos saludos y por un momento voltea la cabeza hacia la plaza principal. Ahí, los sombreros se aposentan, permitiendo que los moscos hagan sus típicas carreras. Da luego vuelta hacia al norte, por Reyes, hasta llegar a la placita de San Antonio. Entre todos aquellos dulces olores predomina el del queso. También huele a estiércol de solki anticuado. Lleve sus elotes tiernitos, grita alguien. Al polvo lo remojan con agua de manguera.</p>
<p>Don Meli se halla de repente de nuevo en la calle Escandón. Ha hecho un extraño rodeo de una cuadra dándole vuelta a la prepa, como si les tuviera miedo a los muchachos. Pero en 25 años que tiene esa escuela nunca le han hecho nada. Siempre lo han respetado y hasta lo saludan “!ése mi Meli, échese la que se fue!” Preocupa que todo el mundo ha visto que el viejo siempre llega hasta la Guerrero y ahora, por el rumbo que está tomando, se dirige a la Cruz Verde. Anochece. La gente en las esquinas se ve con parsimonia, haciéndola de pleito si al tiempo hay que matar. Sorprende la velocidad en los pasos de Don Meli, como si tuviera prisa. Tal vez se haya percatado que por primera vez en tanto tiempo su esquema táctil y auditivo de las calles de Rioverde se ha alterado. Curioso, porque en estos rumbos pasan siglos antes de que las cosas cambien. Bueno, ya casi es el siglo el que Don Meli está por cumplir. Los grillos y mosquitos gobiernan la orquesta del camino que ha seguido el del violín amarillo, hacia las afueras de la ciudad, derecho al río. Las casas empiezan a desaparecer.</p>
<p>El ciego tal vez no se ha dado cuenta. El aire ya se está moviendo y por fin lleva y trae los ruidos del pueblo. El silbato del afilador. Todo parece indicar que Don Meli sabe dónde anda. En el verano de 1910, jugando en el río con sus amigos, un carrizo le atravezó el ojo izquierdo. Un año después, el otro se le nubló para siempre. El río, quizás piensa Don Meli, no puede cambiar tan pronto de sitio. Lo que no sabe es que en ese lugar construyeron el puente Verástegui. El mismo nombre de la calle que le ha dado cobijo sus últimos cincuenta años. Pero eso es lo de menos. Ahí, bajo el puente (no sabe que está bajo el puente), con coros de sapos y luciérnagas invisibles, el violín ejecuta “la que se fue”‚ y Don Meli da gracias sin sentido.</p>
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		<title>La Llave Maestra</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Apr 2012 16:00:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo

Mi madre siempre procuró molestar lo menos a sus hijos ya mayores, a quienes suponía haciendo sus vidas propias. Desde que enviudó, le gustaba que nosotros le habláramos por teléfono para preguntarle cómo le estaba yendo, a sabiendas de que se quejaría amargamente de su soledad. Porque cuando Doña Lucinda era la que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo<br />
</strong><br />
Mi madre siempre procuró molestar lo menos a sus hijos ya mayores, a quienes suponía haciendo sus vidas propias. Desde que enviudó, le gustaba que nosotros le habláramos por teléfono para preguntarle cómo le estaba yendo, a sabiendas de que se quejaría amargamente de su soledad. Porque cuando Doña Lucinda era la que hablaba lo hacía solo para hacer preguntas aparentemente sin importancia. Aparentemente.</p>
<p>¿Qué si yo sabía dónde estaba la llave maestra? ¿qué es una llave maestra? Madre mía, ¿qué no te acuerdas que este tu hijo primogénito se hizo intelectual precisamente por su consabida ignorancia de las cosas prácticas de la vida? Pero mi madre seguía pensando que sus hijos éramos capaces de todo. Mira hijito, me dice, vino un señor plomero, que desde cuándo lo estoy esperando para que me arregle un desperfecto en el desagüe del fregadero de los trastes. Pero resulta que el tal plomero desde que llegó empezó a pedir cosas como si fuera cantante famoso en un concierto. Tráigame una cinta canela, tráigame silicón del tres, tráigame una llave maestra. A chingao, le digo a Lucinda, ¿qué no se supone que esos maistros traen esa herramienta ya lista para su trabajo? Pero ella qué iba a saber, si era una viuda tonta y sola allá en Rioverde (sigo repitiendo sus palabras) y sus hijos ya grandes muy ocupados con sus exitosas vidas profesionales en la capital del estado (y en mi caso de la república). Y es que resulta que el plomero, ahora ya con el nombre de Renato, en realidad era un abogado que no obstante haber estudiado al lado de los más insignes sabios del derecho potosino, la suerte lo había llevado a dedicarse a oficios tal vez menos prestigiosos pero igualmente dignos, aunque siempre iniciar un negocio sin el equipo necesario hacía las cosas más complicadas. Se lo había recomendado la comadre Cuca, lo cual para ella era como si el mismísimo señor Cura le hubiera dejado la contratación como penitencia de algún pecado cometido. Tiempo más tarde, cuando le reclamé a la comadre, ella lo negó rotundamente: ¿Cómo crees si tiene buena fama de ladrón?  </p>
<p>El tal licenciado-plomero Renato Pacheco volvería entonces otro día, cuando la señora juntara los implementos necesarios para la reparación incluyendo la llave maestra, ¡habrase visto!, madre ¿cómo crees? Pero ella reviraba con un argumento implacable: ajá, entonces tu vendrás desde la ciudad de México a ayudarme con esta porquería de caño que ni siquiera me deja lavar mis trastos en paz. Y entonces llegaban la lágrimas, la nostalgia por la vida que teníamos todos juntos y sus mejores deseos para que yo cumpliera los sueños de mi vida. Además Renato (ya se refería a él con cierta familiaridad), se veía una persona decente, incluso se quedó un buen rato admirando el gobelino de la Última Cena que hay en el comedor, ese donde ya nadie se sienta, que tú bien sabes es una obra de arte. Ay mamá, de seguro hasta los saleros te chulea con tal de sacarte dinero, porque bien le advertí (demasiado tarde), que no le fuera a dar adelantos de un trabajo que aun ni siquiera empezaba. </p>
<p>Preocupado por el devenir del asunto empecé a llamarle todos los días, solo para comprobar lo que más temía, que el tipo ese se estaba aprovechando de una viuda sola en una casona que olía a antiguas riquezas. Como la tal llave maestra nunca apareció, el mequetrefe se fue paso a paso desarmando la tubería. Ya lo imaginaba yo dejando un desastre en la cocina que mi madre justificaba como una “reingeniería” del drenaje profundo del hogar. Al grado que uno de esos días llevó a un amigo que se dijo arquitecto, si, arquitecto, ¿cómo crees mamá que un arquitecto va a ser ayudante de un plomero? Pero claro, como yo me creía el muy muy de la crema y nata de la intelectualidad me costaba trabajo entender los niveles de colaboración laboral que existía entre los profesionales de Rioverde. Cuando hay que perseguir el pan, hijito, nada importa si es un trabajo decente. El tal arquitecto, que ni el nombre quise preguntarle, lo había llevado para abrir el piso, donde en verdad estaba el daño, no sabes, mijito, el estado de desastre en que tu padre dejó esta casa, que aunque parezca mansión, se está cayendo a pedazos. Y que ni me fuera a enojar, me advirtió, por haberle dado dinero al tal arquitecto (que prometió regresar al otro día con un “proyecto”), porque la verdad les había dado 5 mil pesos cuando se enteró que ambos, el abogado-plomero y el arquitecto-ayudante de plomería, ¡eran profesionales de la lucha libre! Y que esa misma noche estarían mano a mano enfrentándose, en el Deportivo Rioverde, a unos peludos que venían de Tampico (los rudos, por supuesto), y que les había dado el dinero para que se compraran un traje decente. Cómo iba a ser que dejara que unos tales por cuales del puerto ganaran en pleno territorio rioverdense.</p>
<p>Nunca los volvió a ver. Como era previsible, Doña Lucinda pasó lo siguientes días lamentando su pendejez, que ella asociaba a la vejez, pero particulamente a la ausencia de los inteligentísimos hijos que había procreado. Si mis hijos estuvieran aquí esto no pasaría. Más que la cocina en ruinas, a mi madre le podía ni siquiera saber el resultado de la lucha. Ay madre, ¡si todo fue una mentira vil! Ese mismo día contacté por teléfono un servicio especializado que bajo mis órdenes acudió a la casa de mi madre y arregló el desperfecto en unas cuantas horas. Yo creo que bastaba un bote de Drano, pero yo que voy a saber, tan lejos e ignorante de las necesidades de una madre de ocho hijos lejanos.</p>
<p>Hace trece años que dejaron de haber llamadas por teléfono. La casa en ruinas fue reconstruida por uno de sus hijos. Supongo que ya no se tapa el desagüe. Todo esto lo recordé porque acabo de ver en la calle el anuncio de la pelea por el campeonato estatal de Lucha Libre: los que se dicen llamarse “Los Profesionales” (dizque un abogado y un arquitecto ahora enmascarados) intentarán arrebatar el título de peso welter a una pareja de rudos de gran melena. </p>
<p>Yo sigo buscando la llave maestra que me devuelva a mi madre y su soledad.</p>
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		<title>Agua de Plazuela</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Apr 2012 15:49:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo
La historia que voy a contarles sucedió poco antes de que terminara el siglo XX cuando muchas cosas raras sucedían en el mundo. A la gente de Rioverde ya se le estaba haciendo tarde para que ocurriera un milagrito. Así sucedió,  para no quedarse atrás de otras comunidades menos famosas, que en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Amado Nieto Caraveo</p>
<p>La historia que voy a contarles sucedió poco antes de que terminara el siglo XX cuando muchas cosas raras sucedían en el mundo. A la gente de Rioverde ya se le estaba haciendo tarde para que ocurriera un milagrito. Así sucedió,  para no quedarse atrás de otras comunidades menos famosas, que en un alejado paraje llamado Plazuela, rumbo a San Ciro de Acosta, en la parcela de alguien llamado Plácido Matamoros, surgió del subterráneo un ojo de agua que más tarde hubo de comprobarse científicamente tenía propiedades sobrenaturales. Allá hube de hacer la diligencia para enterarme de lo acontecido en boca propia de los protagonistas, de manera que el lector no se deje llevar por falsos rumores. </p>
<p>Don Plácido no se explicaba la inundación del frijol, si ya iba para rato que no llovía y toda aquella era tierra de temporal. Luego mandó a su sobrino Chinto Santana, un muchachito con fama de lombriciento y pinto de la cara, a que averiguara el origen de tanta agua. Dónde no va siendo que el Chinto le dice que cuál charco ni nada por el estilo, que eso parecía una noria tan llena que de plano se desbordó. Y estaba Chinto Santana tan feliz pensando que ya salía de pobre, que se zambulló encuerado en la lagunita en ciernes. Chinto vivía del otro lado del río y a la mejor si no ha sido por él, esta historia no se cuenta. </p>
<p>En un santiamén, así dijo su madre Doña Lucha Matamoros, se le desaparecieron los jiotes de la piel y nunca más volvió a conocerse de gusano alguno que expulsaran sus intestinos. O se quedaron ahí a vivir para siempre en paz o murieron bajo los efectos (de qué otra cosa) sino de aquellas aguas del pozo manantial de Don Plácido. Y la tal Lucha que no canta tan mal las rancheras en cuestión de rumores fue hasta Arroyo Seco a esparcir la noticia de que su hermano tenía el don de curar enfermedades incurables, siendo que sólo contaba con el caso de Chinto Santana, cuyos males consideraba la señora Lucha de los más nefastos que pudieran existir. </p>
<p>Así suelen hacerse los chismes. Todavía no regresaba Doña Lucha Matamoros de Arroyo Seco y ya todos los niños de Plazuela, San José del Tapanco, el Bordo Blanco, y poblados circunvecinos, con y sin el permiso de Don Plácido, se habían ido a jugar a los &#8220;ahogados&#8221; al ojo de agua, sin desgracias que lamentar, y por el contrario con un saldo a favor de un buen número de niños desparasitados al instante, no dejando secuela mental alguna como es habitual con los menjurges que para tales fines se cocen en Rioverde. </p>
<p>Pero ya ven cómo es la gente, y más cuando está desesperada, que a pesar de que Don Plácido anunció prudentemente que sus aguas sólo eran efectivas en la eliminación de lombrices indeseables, principalmente los oxiuros que tan mal hacen ver a los niños rascándose la cola, de nada sirvió y a su casa se formaron filas y filas con enfermos diversos: asma, moquera crónica, inquietud nerviosa y debilidad cerebral, eran los males más socorridos. Las plazuleños aunque no estaban preparados, no eran tontos. Rápido recibieron la visita de algunos industriales de la ciudad de Valles, así se hicieron llamar, y que iban con fines de asesoría y preservación del patrimonio territorial de Plazuela y que lo único que perseguían era comprar el sitio para poner un balneario. El comisariado ejidal, su querido compadre Poncho, informó a Don Plácido de la inquina, ya que a su buen parecer eso sólo era conducente cuando las aguas eran minerales o estaban calientitas, y ahí ni lo uno ni lo otro, simple agüita medicinal. El padre Melitón, de Rioverde, en funciones pastorales por la región, dejó bien claro la imposibilidad de que se tratara de algo milagroso al no contarse con claros casos incurables, como el Sida, y entonces no había manera de comprobar la naturaleza misteriosa del fenómeno. Sin embargo, alguien de Ciudad Fernández se curó del mal del parkinson y vaya que era caso perdido que hasta le habían puesto un injerto de puerco en algún lugar de su humanidad y estaba cada vez peor, hasta que le dieron Agua de Plazuela en una botellita de cocachica y una etiqueta con cinta adhesiva que así decía. </p>
<p>La cosa se puso color de hormiga para el Padre Melitón, que de hocicón anduvo diciendo quien sabe qué cosas de ignorancia y fanatismo, cuando va llegando un Señor Obispo de Chiapas aquejado de una dolencia renal de muchos años de inútil tratamiento. A las tres horas de tomada su dosis, que la hija de Don Plácido había determinado con su mano santa como la contenida en una botella de cocachica, ya estaba su señoría orinando como angelito, liberándose de los dolores que atenazaban su dorso. Se llevó una reja completa de pociones diciendo que le valía si era o no era mágica, que él se la iba a tomar de todos modos.</p>
<p>Los habitantes de Plazuela hicieron todo lo posible para salvaguardar su tesoro y mantenerlo dentro de los estrictos límites de lo espiritual. Nunca se vendió un frasco y todo lo que procuraba Don Plácido era que se formaran en orden para que no le pisaran las malvas que con tanto esmero había plantado Mariateresa, su esposa en paz descanse. Cuánto hubiera deseado Plácido que se hubiera esperado dos años en morirse, o que el manantial hubiera brotado desde endenantes, aunque viéndolo del modo de Doña Lucha, aquello bien podía ser un regalo que su cuñada les mandaba del cielo. </p>
<p>Hasta que llegaron los dizque artistas. Por su culpa todo valió madre. Como el efecto curativo, ya para entonces en los linderos de la milagrosidad, no respetaba creencia ni procedencia, bastaron dos o tres luminarias del firmamento televisivo para que se regara como pólvora el asunto y hordas de famosos se dejaran venir. Con ellos vinieron reporteros y corresponsales de periódicos, revistas y de la misma televisión. Alguien hizo un documental de esos de cosas increíbles y hasta se corrió el rumor de gringos que andaban haciendo exploraciones para la ONU, lo cual hay que decirlo, eran soberanas habladurías, porque no se sabe que los gringos hagan esa clase de cosas. Don Plácido resistió como pudo las ofertas y se negó a dar entrevistas y a que lo filmaran, pues insistía en que eso restaría los poderes curativos del preciado líquido, como posteriormente ocurrió de verdad. Las caravanas se instalaban en el cauce seco del río o en sus márgenes, en la plaza principal, o alquilaban alguna casita. No faltaron los aguzados que quisieron hacerle al coyote o incluso vender algunas botellitas, pera ya se sabe que en estos menesteres las transas no prosperan pues la gente no confía en la genuinidad del producto si no está presente al momento que la sacan del pozo. Como quiera los Matamoros empezaron a observar con tristeza el degenere de las costumbres locales, la alharaca periodística de su manantial, la falta de respeto hacia un fenómeno desconocido y sorprendente que más que asombro engrendaba un desagradable morbo antropológico por los antes desmadrosos pero comunes pobladores del ejido de Plazuela, del municipio de Rioverde. </p>
<p>Don Plácido decidió tomar un consejo y de esta manera me vi involucrado. Resulta que Don Plácido tiene un sobrino en San Luis Potosí al que le platicó su problema, siendo la sugerencia que solicitara el auxilio técnico de la Universidad para el estudio completo de su manantial. Para ello se trasladaron a Plazuela los conocidos doctores Fernando Díaz Barriga y Pedro Medellín, que según se anunció y así me consta, eran y siguen siendo unos destacados científicos que tomarían muestras de Agua de Plazuela y la enviarían a Canadá, donde se supone son muy buenos para estos asuntos. </p>
<p>Vaya usted a saber si esto es cierto, pero lo que voy a contar me fue comunicado directamente por lo mencionados doctores. Ahora que ha dejado de brotar agua del manantial de Plazuela, saco a relucir el tema para salvar la dignidad que como rioverdense me obliga a defender a los honorables habitantes de Plazuela. Los más minuciosos análisis que un país del primer mundo pudo realizar a esta agua mexicana, para asombro de los investigadores canadientes que luego dijeron nunca haber visto algo parecido, revelaron que el Agua de Plazuela &#8220;no contenía contaminante alguno conocido&#8221;. Que las mil ochocientas pruebas para sustancias que frecuente o infrecuentemente pululan en el agua potable, fueron negativas. En otras palabras, no se encontró ningún germen contenido en el agua, y es más, no fue posible la procreación de bacterias, hongos y otros bichos en esa agua, lo cual dijeron los canadienses, era harto difícil toda vez que no contenía sustancias químicas antibióticas. Era pues agua limpia. </p>
<p>El doctor Díaz Barriga y el doctor Medellín se vieron entre sí con los ojos cuadrados. Qué hacer con la responsabilidad era la preocupación de Barriga. Significaba dar al traste con la creencia de miles de rioverdenses y él siempre ha sido muy respetuoso del folklor. Pedro sugirió esperar a que las cosas siguieran su cause natural. Luego me confesó que a él no le quedaban dudas: encontrar agua limpia en el mundo era un milagro más allá de los límites de la comprensión del ser humano. </p>
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		<title>Jesús y el Chicle</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Apr 2012 19:20:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo
Con cariño para Tere Ruiz Castillo
Que si sabía algo acerca del chicle, me dijo en tono acusador la Madre Esther, directora de la escuela secundaria. No estaba acostumbrado a ser acusado de ningún crimen. Lo que no quiere decir que no hubiera cometido alguno. La madre me clavó su severa mirada, siempre ajena [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo</strong></p>
<p><em>Con cariño para Tere Ruiz Castillo</em></p>
<p>Que si sabía algo acerca del chicle, me dijo en tono acusador la Madre Esther, directora de la escuela secundaria. No estaba acostumbrado a ser acusado de ningún crimen. Lo que no quiere decir que no hubiera cometido alguno. La madre me clavó su severa mirada, siempre ajena al sentido del humor que traspirábamos el grupo de tercer año de la secundaria “Guadalupe Victoria”, en Rioverde. La escuela aun no estaba terminada. Sus paredes desnudas echas con “blocs” de cemento aun no tenían revestimiento ni pintura. Por eso resaltaba el póster de Jesucristo que estaba pegado en la pared de la escalera, puesto ahí como recordatorio de nuestras obligadas devociones.</p>
<p>Pero no me estaba acusando, ¿cómo podría ser posible? Ella sabía que yo no era el culpable de la fechoría y más bien quería saber si yo sabía quién de mis compañeros había sido. O sea, que lo delatara. Yo era el mejor estudiante, repetía la Madre Esther, de muy buena familia, subrayaba, seguramente yo le diría a ella quién era el responsable de haber pegado un chicle en la lengua de Nuestro Señor Jesucristo. Porque para ella no había diferencia que hubiera sido pegado en un póster que en el mismísimo Cristo Diosyhombreverdadero, por lo cual el delito calificaba no solo como sacrilegio, sino como apostasía y profanación.  Pero no obstante lo aterrado que estaba, no le dije nada. </p>
<p>Antes que a mi habían interrogado a otros de mis compañeros, empezando por los más sospechosos, empezando por Javier &#8220;La Bota&#8221; Ríos, frecuente instigador de conductas irreverentes y destrampes. Fue en su casa, en la calle de Escandón, donde me emborraché por primera vez en mi vida al calor de tres cervezas carta blanca. Además de ser el más grande del grupo, La Bota era bravucón y peleonero, lo cual era muy bueno a la hora de defendernos de las posibles agresiones de niños de otras escuelas. Siempre te podías sentir seguro a la lado de La Bota, sobre todo cuando uno se siente tan cobarde a la hora de agarrarte a madrazos con un contrario. Como pocos llegué a admirar a La Bota. Estaba también el Tori Urbiola, afamado por mujeriego y crack de futbol. Una fichita que el colegio había importado de la secundaria federal, lo cual hizo que mejorara notablemente su competitividad deportiva. El Tori nos instruyó además en albures y chistes obscenos avanzados. A otros los interrogaron por ser ser simplemente mayores, aunque fueran un pan de Dios, como era el caso de Rogelio Facundo o de Tomás Elías, dueño de un talento como pocos para tocar la guitarra y enamorar mujeres. El día en que lo escuché tocar “Samba pa ti” de Carlos Santana, supe que había dones que envidiaría por siempre, por más que me esforzara en mis acordes y requintos. En el grupo de los chicos también había algunos de dudosa reputación, principalmente porque no eran vistos con frecuencia en la iglesia. Así que pronto pasaron por el interrogatorio policiaco de Doña Esther.  El grupo de mis amigos fue de los últimos, cuyo perfil incluía el de la presunción de inocencia en actos aberrantes. Era inconcebible imaginar a Lalo González a Chavo Izar a Joselito o a Pepe López, pegando un chicle en la lengua del salvador y mesías único. Todos los hombres fuimos interrogados. En grupo y de manera individual. Igual fueron notificados nuestros padres de que se había abierto una investigación cuyo resultado arrojaría la expulsión definitiva del culpable, a menos de que confesara por sí mismo, con lo cual la pena podría reducirse a la suspensión por una semana. </p>
<p>A las mujeres no las interrogaron a todas. Por alguna razón las monjas consideraron de entrada que algunas de ellas ni siquiera podían ser molestadas con la sospecha, y menos si con ello podía molestar a sus padres. Pero con otras la Madre Esther fue al extremo. Vi salir a Tere Ruiz de la dirección con lágrimas en los ojos. La última vez que había visto llorar a Tere había sido por mi culpa, cuando le soplé un borrador lleno de gis hacia su cara. Era una broma y así lo tomó ella. Pero no pudo evitar llorar por el gis en los ojos y cuando fue a lavarse la cara la Madre Esther le sacó la sopa por más que ella me quiso proteger. Eran las 12:30 del día y como “castigo ejemplar” me corrieron del colegio el resto del día, que terminaba a las 2 de la tarde. Esa fue la peor falta por la cual fui castigado. Alguna vez  algún profesor me señaló por dejarme copiar en los exámenes o bien me descubrieron haciendo la tarea de otro compañero. Pero nada del otro mundo. Ya luego Tere me diría que la madre la acusaba de ser la líder de un movimiento de “sedición” del grupo, considerado por las monjas como un grupo en decadencia moral por su costumbre de escaparse al río o al cementerio cuando los maestros faltaban. También se nos criticaba que hiciéramos fiestas donde se tocaba música “incitante”. El único pecado de Tere era haber reprobado cuarto de primaria y eso parecía imperdonable para algunos maestros (pocos saben que lo hizo adrede para evitar encontrarse con una monja temible). En realidad era la más divertida de todas mis compañeras, la que más carcajadas compartía por minuto. Nada que ver con la seriedad de algunas y la altanería de otras.</p>
<p>El procedimiento terminó sin que se hubiera declarado un culpable. La madre Esther se había enfocado al grupo subversivo de tercero de secundaria y ya no le dio la gana continuar con los de segundo ni primero. Ella estaba segura que alguien de nuestro grupo era el responsable. La mujer tenía una filosa intuición desarrollada a lo largo de una vida dedicada a la educación. Y tenía razón.</p>
<p>No se por qué lo hice. Me había tocado hacer el aseo del salón y me quedé más tarde de lo acostumbrado acomodando unos mapas que había en uno de los estantes. Ya no había nadie en la escuela. Bajé la escalera y vi el poster que me devolvía la mirada tierna y compasiva de Jesús. De un golpe me saqué el chicle de la boca y lo dejé pegado en el cartel. Pensé que tal vez se caería solito, pero a la mañana siguiente el asunto ya era todo un escándalo. </p>
<p>No se si quiso ser una broma o si de verdad trataba de hacerme el malo. Si se trataba de hacerme el chistoso hubiera funcionado muy bien porque era el tipo de cosas que me hubiera gustado que mis compañeros se sintieran orgullosos de mi. Pero dejé que todos pensaran que había sido La Bota. Nunca le dije a nadie, por cobarde. Como castigo, mis crímenes me acompaña como un espectro en donde no se distinguen los pecados reales de los imaginarios, y por lo tanto, es hora de no haber recibido el castigo debido ni menos haber encontrado la redención. </p>
<p><em>Nota: Cualquier parecido con la realidad es culpa de mis culpas.</em></p>
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		<title>La Resurrección del Tiempo</title>
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		<pubDate>Wed, 04 Apr 2012 01:14:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayo</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>

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		<description><![CDATA[Amado Nieto Caraveo

Un ejemplo de oxímoron es decir &#8220;la resurrección del tiempo&#8221;,
ya que el tiempo nunca pudo haber estado muerto.
Ignacio M. &#8220;Clases de Español para Preparatoria&#8221;
El tiempo es una ilusión que se mantiene mediante el artificio de los accidentes gramaticales: pasado, presente y futuro lo son, porque así queremos que sea cuando lo enunciamos, lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Amado Nieto Caraveo<br />
</strong></p>
<p><em>Un ejemplo de oxímoron es decir &#8220;la resurrección del tiempo&#8221;,<br />
ya que el tiempo nunca pudo haber estado muerto.</em><br />
Ignacio M. &#8220;Clases de Español para Preparatoria&#8221;</p>
<p>El tiempo es una ilusión que se mantiene mediante el artificio de los accidentes gramaticales: pasado, presente y futuro lo son, porque así queremos que sea cuando lo enunciamos, lo dijo ayer el profesor Ignacio M., de la Preparatoria Rioverde, en la clase de Español. Mi madre se asustó un poco con mi comentario, luego ella no sabe a dónde me puedan llevar algunos senderos intelectuales que suelo transitar sin licencia y por ello es proclive a la geografía, que le parece más inocente. Tiempo después despidieron de la prepa al maestro Ignacio M., por sus ideas anarquistas, o al menos eso fue lo que se negaron a decir pero que todos murmuraban. A mi me parecía más bien un bohemio. De pronto le pedimos, ¡Nacho, canta una canción! y que toma la guitarra y empieza a recitar poemas musicalizados de Manuel Acuña.</p>
<p><em>¡adiós por la última vez,<br />
amor de mis amores;<br />
la luz de mis tinieblas,<br />
la esencia de mis flores,<br />
mi mira de poeta,<br />
mi juventud, adiós!</em></p>
<p>Después de que lo echaron muchos imaginamos que seguiría el destino de Manuel Acuña, a sabiendas que había una mujer, vecina del rumbo de El Refugio, que no le hacía caso. Pero no fue así, aunque se largó del pueblo. Como tardaron en reponernos al profesor (no abundan los buenos profesores de español en Rioverde), tuvimos que continuar por nosotros mismos el programa, por órdenes del director, quien nos acusaba de haber provocado el derrumbe del maestro por azuzarlo a cantar chambonadas en lugar en enseñarnos El Cantar del Mío Cid. </p>
<p>Ayer me enteré por el periódico que aquel Ignacio M., es ahora candidato a un cargo público de elección y que en su slogan de campaña usa la frase: “Cambiar la historia del país”, le digo a mi esposa Engracia, ¿te acuerdas del maestro de Español de la prepa? Y cómo no se iba a acordar si lo habían corrido por majadero, pero a pesar de ello la convencí para ponernos en contacto para saludarlo y decirle lo mucho que lo habíamos extrañado sus alumnos después de su partida de la prepa. Pero, le pregunto al candidato, ¿Es posible cambiar la historia? ¿qué no debería mejor tratar de cambiar el futuro?</p>
<p>En realidad Adolfo era el alumno que más lo había extrañado. Se le dificultaba mucho el español y apenas si con el maestro Ignacio le había empezado a tomar el gusto por el idioma. Cuando se acercó a mi se quejó de no entender esas figuras retóricas del lenguaje con nombre de faraones y superhéroes. Adolfo era una buena persona cuya gordura e ingenuidad le impedían acercarse con confianza a las mujeres. Ignacio M. le había estado enseñando algunos poemas de amor para facilitar el asunto, aunque al parecer no le daban buenos resultados.</p>
<p>Un viernes antes de la semana santa organizamos una fiesta en las instalaciones del kínder de las Ruiz, que de día cumplía sus funciones docentes y de noche prestaba su espacio a las ansias extra-curriculares de nuestro salón de clases. Yo apenas si me había fijado en la salvaje y arrogante Engracia, cuya belleza pude apreciar cuando se acercó a mi para pedirme un gran favor: que bailara toda la noche con ella, para evitar así el asedio de Adolfo, quien la tenía fastidiada con sus cursilerías. Con gusto lo hice y al final, para completar el favor, le acompañé caminando a su casa a través de las oscuras y húmedas calles de  Rioverde. Cuando llegamos a su casa yo ya me había enamorado y la besé. Me regresé a la fiesta a presumir con mis amigos la hazaña, aunque sabía que en la puerta del kínder me estaría esperando Adolfo para hacerme toda clase de reclamos, como los que hacen los futbolistas cuando discuten una injusta decisión arbitral, reclamos que se resumían en haberle echado a perder un plan delicadamente forjado en sus sueños, para conquistar el amor de Engracia esa misma noche. Le dije que a veces amar era una especie de hipérbaton (que en la mañana habría tratado de explicarle), porque trastocaba el sentido ordinario de las cosas, paradójicamente, para que tuvieran un nuevo sentido. Me mentó la madre, casi me golpea y luego, primero señalándome con el dedo y luego tocando una y otra vez la sólida pared en donde había hecho descansar su voluminoso cuerpo, me recitó lo que yo pensaba era un verso de López Velarde cuando en realidad era un conjuro maligno:</p>
<p><em>Tu querer es como el toro<br />
que donde lo llaman va;<br />
el mío es como la piedra,<br />
donde lo ponen se está.</em></p>
<p>Ayer me divorcié de Engracia, le dije a Adolfo en un mensaje de correo, no se para qué, tenía años sin que nuestras vidas se cruzaran. Supongo que fue una manera de decirle que tenía razón en sus metáforas o tal vez quería saber si todavía estaba puesta la piedra en el mismo lugar. Mi vida se había llenado de accidentes y quería saber si acaso él se había salvado. No me contestó. </p>
<p>¿Es posible cambiar la historia, maestro Ignacio? Pues no, me dijo el candidato, si entiendes por historia lo que ocurrió en el pasado. En eso la segunda Ley de la Termodinámica es implacable. El político trata de cambiar el futuro, que no es otra cosa que una visión determinada de lo que, aparentemente, entonces habrá quedado en el pasado. Cuando decimos que las cosas pasan, no es porque hayan quedado atrás, sino simplemente que las tuvimos a la vista y ante ellas hicimos algo o no hicimos nada. </p>
<p>Ayer me enteré que Adolfo había muerto.</p>
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