Rioverde
San Luis Potosí, México

Una Capa de Flit

3 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Su padre tuvo que cerrar el periódico que leía. Nervioso, se acomodó los lentes. Siempre ocurría el mismo efecto. A la hora de la comida no podía fallar. Su madre se enjuagó como pudo el jabón de los antebrazos y salió corriendo al comedor. Entonces Mayito repitió lo dicho, nomás que ahora más despacio, dejando a medio camino la cuchara entre la sopa aguada de letritas y su boca, maniobra que en la televisión imprimía mayor dramatismo a las palabras.

-Hoy en la escuela aprendimos el significado de la palabra e-c-o-l-o-g-í-a.

No les asustaba que Mayito apenas estuviera en segundo de primaria, entre más temprano aprendieran esas cosas mejor, ni tampoco era extraño que en casa se discutieran temas de adultos. No, eso no era lo que llamaba la atención de sus padres, sino que se trataba de la hora de la comida. Quién sabe ahora que les tendría reservado su hijito.

-¿y?

-¿Sabías tú, mamá, que por andar matando mosquitos con el flit se te va a chamuscar la carne de la piel? -dijo Mayito antes de darle una mordida al pedazo de pan, para continuar con la boca llena de comida y la cuchara señalando al cielo-, e fit…(gulp), el flit, hace algo como volar muy muy alto y mata algo así como los mosquitos que nos protegen del Sol, la “capa de zono”, dijo la maestra, ¿papi, como esta eso de la “capa de zono”?

-”Ozono”, Mayito, pero no son mosquitos, es una especie de aire que detiene los rayos ultravioleta del Sol que le pueden producir daño a la gente.

-¿Es una capa de flit? -preguntó el niño en el intervalo entre la sopa aguada y el arroz con plátanitos.

-¡No hijo… ! -se apresuró a decir su madre, como acusada de un crimen, pero no supo como continuar.

-Entonces no es una capa de flit, está bien. Pero dice la maestra que ya se le hizo un hoyo, aunque no se preocupen que el hoyo está en el polo sur y allá con el frío que hace ni mosquitos han de vivir.

-Anda sigue comiendo, Mayito, te prometo que ya no voy a echar flit-dijo su madre- ¿los raidolitos tambien harán esos hoyos, viejo?

-Así que aprendiste cosas nuevas -dijo su padre ya más aliviado, reabriendo el periódico, acomodándose de nuevo los anteojos y expulsando un violento suspiro. Su madre volvió a los trastes en la cocina.

Mayito empezó a edificar un volcán con el arroz. Le puso un pedazo de plátano en la cúspide a manera de cráter.

-¿Hay catsup, mami?

Se le había ocurrido que el catsup podría ser la lava incandescente, y apenas la había vertido sobre el cráter y ya chorreaba por los lados, cuando volvió a arremeter.

-Ni tan nuevas esas cosas papi, por lo que ví en la tele el otro día. En México, donde vive mi tío padrino, un día se cayó el ozono. La capa de ozono esa. La de mosquitos que han de haber andado por ahí. Deberían de echar flit y así ni ozono ni mosquitos. Papi, ¿el Polo Sur queda más allá de México?

Su padre cerró definitivamente su periódico. Ahora se quitó los lentes, se le quedó viendo al volcánico batidero de arroz, catsup, plátano y pedazos de bolillo (éstos eran los pueblos que a su paso devastaba el catsup ígneo), y se dirigió con seriedad a su querido hijo:

-Oye hijo, en esa clase de e-c-o-l-o-g-í-a que dices que tuviste, ¿qué otras cosas aprendiste aparte de mosquitos, flit y capas de ozono?

-¿Dije algo malo? -preguntó Mayito en el instante en que el volcán se derrumbaba y trataba de salvar con su tenedor los pueblos más en la orilla del plato.

-No es que sea malo. Es que está un poco revuelto.

-¡Ay Mayito, que batidillo haces!- gritó su madre mientras recogía el catsup -y tú, ya no distraigas al niño, que no ves que no entienden estas cosas y así son de ocurrentes, ¡qué me voy a andar
quemando la piel con el flit si soy bien cuidadosa!

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Chagua

4 Abril 2009 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
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Cosas dices que al decirlas son otra cosa. ¿Cómo decirte? Me acuerdo de ti muchas veces. Eres una memoria dulce que huele a huerta llena de niños, que me devuelve el aire que entra por la ventana de un automóvil rumbo Acapulco. ¿Qué onda con las humillaciones? Me preguntarás. Bueno, primero traté de ahogarlas, pero las muy cabronas flotan, siempre están flotando. Luego les impuse la Ley Chimona: Si no las ves, no existen. Nada funcionó. Ahí tienes el día en que nuestro padre se enojó pistola en mano. Tantas veces que te gritó, no te dio dinero para comprar acaso un libro para iluminar. Entonces recurrí a la más antigua de las artes marciales, que consiste en nadar durante el día a favor de la corriente. Sólo durante el día. En la noche, tomas una fotografía vieja, le das vueltas y más vueltas hasta que te parece que se ve mejor. Puedes retocarla con lápices de colores o escribir leyendas de lo que quisieras haber estado pensando o diciendo, que en ese momento no pensaste ni dijiste. Yo le llamo el “archivo expiatorio”, aunque en China le han puesto otro nombre. Como ya te dije, es la más antigua de las artes marciales. Entonces te puedes ver a ti misma no como lo que fuiste sino como lo que en este momento es mejor que hayas sido. Te pongo un ejemplo: Aquí me tienes en esta foto. Adquiere su poder de sus 30 años de antigüedad. Fuera del agua los adultos se divierten e ignoran secretos. En cambio estos niños se adentran en profundidades que jamás volverán a ver. Estoy nadando contra la corriente, lo cual es una burla fotográfica, porque el placer se obtiene cuando cesa tu lucha y te dejas llevar “de muertito”. Hay una pose olímpica, eso es otra burla. Estoy pensando: “a la chingada con las poses y las olimpiadas de mierda”. O bien: “yo lo que quiero es una corriente de agua, para burlarme de los estúpidos salmones”. Ignoro qué sería bueno para ti. Me gustaría que estuvieras pensando en un changüis de jamón endiablado, o que el agua te está diciendo lo bonita que eres, y para que te acaricie, es suficiente quedarse parada. Lo único cierto de esta foto es que nuestro futuro no puede estar más allá del recodo del arroyo. ¿De qué te acuerdas? ¿De que dando la vuelta estaba un corral de puercos? ¿O que te esperaba la vida y no sabías que hacer con ella? Pues ándale que lo primero es lo correcto: Más allá de toda corriente de agua, es cosa que la sigas la suficiente, se encuentran los monstruos, las Cataratas del Niágara, un remolino capaz de sumergir un submarino. Y tú Chagua, eres tan fuerte que mientras todo acecha, te das el lujo de tomarte fotografías, de fingir y volver a engañar al resto del mundo. ¡Mírate nada más! Nadie sabe que estás pisando una moneda de a peso que seguramente cayó ahí arrastrando un deseo, que estás a punto de robar. El deseo es que el mundo entero se perciba tu existencia, y hoy se cumple, gracias a una fotografía rescatada de un charco de lodo. Todos somos Jesucristo, dijo alguien, somos una sola persona capaz de cambiar el curso de la historia con un simple acto de piedad. Yo por mi parte te digo: eres una de mis historias favoritas.

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Las Brujas no Existen

9 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
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Lo primero que hizo la bruja fue agarrarme de la mano. Iba yo caminando alegremente por la calle, pateando piedras, cuando vi ante mis ojos una mujerzota con una falda que me hizo recordar los colores de las canicas. Todos los colores del mundo. Entonces me dijo “súbete a la banqueta niño que te van a atropellar”. Esta frase la olvidaría y la convertiría en “te voy robar y a convertir en caldo”. Como pude me liberé de sus garras y me fui corriendo como loco por toda la calle Madero hasta llegar a mi casa.

—Mira nada más qué mugroso andas—dijo mi madre cuando me vio llegar—te metes a bañar que ya hueles a húngara.

Mientras me bañaba y jugaba con el jabón me acordé además del olor de la mujer. Para cuando ya me había secado y puesto los calzoncillos le pude decir a mi madre, con absoluta convicción de los hechos, que había sido víctima de un atentado de secuestro a manos de las húngaras.

Mi señora madre puso el grito en el cielo y me echó un sermón de aquellos, ignorando que eso yo ya lo sabía y que había huido despavorido con conocimiento de causa.

—No te debes acercar a esas mujeres—reñía mi madre.
—No me le acerqué, yo iba jugando futbol con las piedras—le contestaba.
—Las húngaras son ladronas y robachicos, aléjate de ellas—seguía, sorda a mis palabras.
—Ya lo se mamá, no estoy tonto, si hasta le di una patada—le mentí.
—Cuídate mucho mijito, por favor—decía mientras me apretaba contra su pechuga.

Por la noche soñé que de pronto el cielo de Rioverde se oscurecía. Una enorme falda tapaba el Sol y descendía lentamente sobre mí. La falda mil colores me atrapaba y por dentro todo era oscuridad. Olía a orines. Cuando me despertaba aterrorizado comprobaba que eran los míos.

De ahí en adelante caminaba las calles ya no pateando piedras sino con las piedras en las manos, atento a defenderme de las enemigas. Las húngaras llegaban a Rioverde por temporadas, así como llegaban los juegos mecánicos, aunque claro, con distintos significados para los niños. Mi madre decía que eran gitanas, o sea explicaba, que no se podían quedar establecidas en un lugar fijo. Cuando años más tarde mi padre le dijo a mi hermana que parecía gitana, yo supuse que ello tenía que ver con que no tuviera novio fijo, aunque luego me aclararon que fue por los collares llamativos que le colgaban del cuello. El proceso de brujificación se completó con las agudas observaciones de las monjas del colegio sobre estas excéntricas visitantes. Leen la mano, adivinan el futuro, presagian catástrofes, profieren maldiciones. ¿Todo eso? Y más: fabrican pócimas, amuletos, talismanes.

—Si las llegan a ver, húyanles como al diablo—aconsejó la madre Inés.

Pobres monjitas. Ni pizca de psicología elemental. De Teoría de las Tentaciones Infantiles sabían lo mismo que sobre sus propias nalgas, que según nos dijo una vez la madre Eva, era pecado tratar de ver. Porque llenos de emoción de inmediato nos organizamos para dar una vueltecita por los terrenos donde se asentaban las húngaras: un enorme baldío al sur de la ciudad donde en otra temporada instalaban La Feria. Su sello distintivo eran las carpas y unos camiones de tres toneladas con un altavoz al frente. Llegamos muy valientes pero nadie se atrevió a seguir más adelante. Echamos algunos chiflidos y nos estuvimos haciendo pendejos un rato. De repente que sale una húngara con unas ramas, se nos queda viendo y empieza a hacer ademanes haciendo círculos con las ramas.

—¡Córranle que nos hecha la maldición!

Y le corrimos. Y de todos modos nos calló la maldición. Al menos a mí.

Luego de que aquí se rompió la taza y nos fuimos cada quien para su casa, duré varios días con preguntas que a nadie podía preguntar sin riesgo de ser sometido al rigor de las advertencias consabidas por andar acercándome al territorio de las brujas. ¿Dónde hacen de la caca? ¿Existe, en algún lugar (por ejemplo, Hungría), algo que pueda ser considerado como La Casa de estas personas? ¿Porqué tantos colores? ¿Porqué si son tan poderosas, estas mujeres viven en lugares tan feos? ¿Dónde esconden a los niños que se roban?

El día menos pensado llegaba de la escuela a mi casa. Ahí estaba ella sentada, casi frente a la puerta. Se estaba comiendo una naranja apresuradamente y lloraba sin consuelo. Para no toparme con ella tendría que haber hecho un rodeo que desviara mi camino de manera muy notoria. No quise hacerlo. No sé si solamente seguí el Procedimiento Ordinario para Enfrentar a los Perros Peligrosos, que consiste en fingir que uno no tiene miedo y seguir el paso vigilando de reojo. O si de plano me dio pena que viera que le estaba sacando la vuelta por fea, por mala o por bruja. Además nunca había visto a una bruja llorando. Yo no sé que mecanismo me detuvo exactamente frente a ella, y en un acto que hubiera puesto los pelos de punta a mi madre y a la monja, le ofrecí mi mano abierta con la palma hacia arriba. Se le quedó viendo sin verme a los ojos. Veinte segundos a lo mucho. Luego subió la mirada y se encontró la mía.

Vi el fondo de un río. Verde, denso, desquiciante. Pensé que me volvería de piedra. Como estaba sentada y yo de pié pude observar sus senos a mis anchas. Ella se dio cuenta y no hizo gesto para evitarlo. Al contrario. Ya no lloraba, se había secado las lágrimas con las faldas infinitas.

—No es la mano lo que revela tu destino, niño cristiano, son tus ojos—dice mientras se pone lentamente de pié y comienza a caminar por la calle.

Son las tres de la tarde y hace un calor incomprensible. Se detiene a los pocos pasos y voltea a verme por última vez antes de echarme la maldición.

—¡Dichosas la mujeres que conozcas, y pobres de ellas!

A la hora de comer mi mamá me sirvió sopa de lentejas con plátano, mi sopa favorita. Luego siguió un pastel de carne con piña, mi guiso favorito. El menú remató con una arroz con leche, mi postre favorito. Todo me lo comí pero al final me di cuenta que habían dejado de ser mis manjares preferidos. Antes de levantarme de la mesa aventuré mi propia conjetura.

—Mamá, las brujas no existen.

Pero ni yo mismo me lo creí.

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Corujas e Pirilampos

7 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
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Dice mi sobrino Omar, en su e-mail del 17 de octubre pasado: “Siempre Krei ke ale y Yo eramos los unikos a los k le ustaba el ROCK”. Traduzco: Omar siempre creyó que él y Alejandra, su prima, eran los únicos de la familia a los que les gustaba el rock. Pues eso depende, queridos sobrinos, de la manera como definamos al “rock”. Y como ello significaría una discusión interminable, mejor les platico a ustedes acerca de la manera como encontré la musicalidad de este mundo. Se van a reír, así que les recomiendo no abandonar esta lectura que, prometo, no trae reflexiones de tío mayor. Tienen que situarse en los inicios de la década de los 70s. Mi mamá, su abuela, apenas me había platicado de cómo el “gobierno había mandado matar estudiantes” refiriéndose a la matanza de Tlateloco. Y aunque en el Rioverde de esos años no se respiraba el aire rebelde de otros lugares, los que nos iniciábamos en la juventud buscábamos alguna manera de inaugurar eso que con insistencia llamaban libertad. A falta de otra cosa, yo buscaba por lo menos librarme de la música de Agustín Lara que mi padre nos imponía a fuerza de whiskies y de la de Julio Iglesias que mi madre nos asignaba a fuerza de lágrimas. Ambos (mis padres y los autores señalados) me resultaban sumamente contradictorios. Lara cantaba “solamente una vez”, una y otra vez sin parar cuando su abuelo (el de ustedes no el de Agustín Lara) se echaba la copa, y su abuela insistía en que Julito cantara “por una mujer que me ha tratado mal”. La verdad que no los entendía aunque en realidad, como todo adolescente, buscaba una manera de entenderme a mí mismo, particularmente a través de la música. Dada mi edad, debería decir que mi iniciación musical se llevó a cabo de la mano de Los Beatles. Les confieso que esa mentira la he dicho varias veces en aras de la correctitud política. Pero la verdad es que a los 13 años descubrí, junto con mi amigo Lalo González y sus hermanos, las maravillas musicales de un grupo brasileño llamado “Secos y Molhados” (Secos y Mojados). Y aunque ahora puedan ser considerados dentro de la categoría “popular”, y que incluso puedan utilizarse para dormir bebés, en aquellos tempranos años me parecían lo más cercano a la extrema estridencia (e irreverencia). Por ser entonces una elección de ruptura con mi mundo hasta entonces conocido, yo lo llamé “Rock”, mi madre “cochinadas” y mi padre “joterías”. Imagínense: tres tipos vestidos con plumas, pintados al estilo “Kiss”, con ademanes evidentemente super-gays (que entonces creo que no existía la palabra gay). De ellos sólo oímos su primer un disco, sin nombre, en cuya portada aparecían en sus estrafalarias poses. Quien sabe de que manera llegaría ese disco a nuestras manos, en tiempos en que era tan difícil conseguirlos. La música “moderna” sólo se podía oír a la través de la FM y la única estación de la capital la teníamos que escuchar en unos altavoces que pusieron en la Plaza Principal. La canción que más nos gustaba del disco era “Vira” (gira, dar vueltas). Y digo “nos” porque otra propiedad del rock es que se oye a través de “los otros”. Nos parecía un festival de lujuria y surrealismo. Un requinto setentero de guitarra inicia el recorrido y lleva de inmediato hacia la primera estrofa:

O gato preto cruzou a estrada
Passou por debaixo da escada.

(Un gato prieto cruzó la calle
y pasó por debajo de las escaleras)

Se oyen, además de las guitarras, el bajo y la batería (propios del género), acordeones y hasta panderetas. El coro dice “vira vira” que se traduciría como “gira gira”, que en portugués es una manera de decir “baila, baila”, aunque también podría traducirse como “cambia, cambia” (y aquí nos aparece otro componente del rock, el de la ruptura, y por eso a la larga toda música deja de ser rock porque se acomoda, normaliza y vuelve costumbre). La parte fundamental viene en la segunda estrofa. La voz de Ney Matogrosso resuena con una dulzura ajena a lo que parece una broma musical, cuando dice:

Bailam corujas e pirilampos
entre os sacis e as fadas.

A nosotros nos daba mucha risa porque “fadas” (hadas) suena en la canción como “patas” y eso daba motivos para hacer composiciones cómicas:

“Ah Mahio le apeistan lais patas”, cantábamos mientras bailábamos como enajenados, cagados de la risa, felices.

Vuélvanlo a leer:

“Bailam corujas e pirilampos”

La frase posee un ritmo seductor incomparable en ningún otro idioma. Significa “Bailan luchuzas y luciérnagas” (“entre los pajarillos y las hadas”, termina la estrofa). La canción hace referencia a criaturas fantásticas del bosque que hacen una fiesta a la luz de la luna azul. Lo más probable es que se refieran a ellos mismos (”jotillos cochinos” dijeron mis padres) y que se divirtieron como enanos haciendo estas canciones, mientras ponían a temblar a las buenas conciencias de los años 70s, adormecidas aún en pueblos como el nuestro.

Tal vez eso sea el rock, aquello que nos despierta, o por lo menos evita eso que los viejos marinos del Mediterráneo llamaron la muerte. Como verán, al final rompí mi promesa y no pude resistir hacer reflexiones de tío mayor.

Para ver a los “Secos y Mojados” cantando “Vira” hacer click aquí:
http://www.youtube.com/watch?v=k_fLVwK1KSs

Advertencia: La canción “Vira Vira” es sumamente pegostiosa, no se la podrán quitar de la cabeza por varios días.

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Los Hijos de la Telenovela

2 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo


¿Será capaz María Claudia de dirigir el Emporio de la Familia Madero, luego de la muerte de Don Julián?
, era exactamente lo que estaba pensando cuando mi secretaria me interrumpió por el interfón.

—Doctor, hay un señor que quiere verlo, pero dice que no es consulta.

—Pues dígale que yo así sólo platico con los abogados que me vienen a cobrar y con los familiares. Que pague consulta y entonces platicamos.

La pregunta que ocupaba mi mente era insensata, y no. En primera instancia tenía que ver con el capítulo de la noche anterior de la telenovela favorita de mi mujer, que ella veía mientras yo leía una novela de horror de Stephen King (en este caso era Un Saco de Huesos). Pero yo sabía que la pregunta iba más allá y que en los escondrijos del inconsciente se escondían significados misteriosos. Escribí la frase en un papel y empecé a estudiarla con detenimiento. El interfón volvió a sonar.

—Doctor, aquí el señor dice que aplica para los criterios que usted pone para hablar con usted sin tener que sacar consulta.

La verdad no tenía nada que hacer en ese momento, que no fuera analizar frases obsesivas que recorrían mi mente luego que haber salido de una historia banal de la televisión. Pero en particular sentía aversión a las personas que con el pretexto de “sólo platicar 5 minutos”, obtenían una consulta médica gratuita de casi una hora. Al parecer se trataba de una especie de deporte favorito de la ciudad de San Luis Potosí, donde alguien en algún momento era premiado con alguna medalla por “haber obtenido la mayor cantidad de tratamientos de gorra, cubriendo al menos 7 especialidades médicas distintas”. Así que con molestia me dispuse a atender a este seguro licenciadillo de Sears o Fábricas de Francia que seguro vendría a proponer algún convenio para que pagara mis mensualidades atrasadas y así evitar un penoso asunto que diera al traste con mi prestigio crediticio.

—¿Dr. Nieto?—preguntó el presunto licenciado

—A sus órdenes—contestó el presunto cliente moroso

La verdad el tipo no parecía abogado. Ni siquiera como aquel abogado ambientalista del Greenpeace que andaba vendiendo enciclopedias Grijalbo para salvar un pez en peligro de extinción en la presa del Peaje. Parecía….fanático religioso al que se le acaba de aparecer la virgen…se parecía a mi.

—Buenas tardes, doctor, mi nombre es Julián. Antes de morir mi madre me dijo que lo buscara. Que buscara al Dr. Nieto, de Rioverde, usted es de Rioverde, ¿no?

Ya que traía la mente telenovelera me imaginé instantáneamente la escena: la señora yacía en su propia cama en su modesta casa, porque había preferido morir ahí y no en el frío Hospital Central. Él sabía que agonizaba y que sólo quedaba esperar el desenlace. Ella le habla y lo toma de las manos. Lo mira con dulzura y le dice:

—Julián, por favor busca al Dr. Nieto, de Rioverde, no lo olvid….

Me sentí avergonzado de mis pensamientos. Era mejor pensar en los destinos de la familia Madero, ahora que había muerto Don Julián… por cierto que Julián había dicho que se llamaba este desconocido de no más de 30 años.

—¿Conocí a tu madre?—pregunté, no sin temor de que se tratara de alguna compañera antigua del colegio.

La idea del abogado de Sears con un folder lleno de documentos y estados de cuenta vencidos desapareció y en su lugar se presentó la de un pobre diablo que apenas pudo estudiar el primer año de contaduría y que luego de trabajar 10 años como dependiente en una farmacia (para poder ayudar a su madre enferma), le sucedieron tres cosas: a) muere su madre y lo deja en la total soledad, sin padre y sin hermanos. b) pierde su trabajo por los muchos días que no pudo asistir por cuidar a su madre en el hospital y c) tiene una idea idealizada de los médicos, especialmente la de un tal Dr. Nieto de Rioverde, que piensa son una especie de salvadores de los desvalidos. Todo porque su madre se quedó con la idea de que yo era muy “buena gente” en la secundaria (seguro le dejé copiar alguna tarea).

—Supongo que sí, se llamaba María Claudia.

Uno piensa que las telenovelas se basan en la realidad, pero al parecer es al revés. María Claudia pasaba de ser la joven presidenta del Consejo de Administración de un emporio industrial, a ser la enferma y moribunda madre (seguramente abandonada por el padre de Julián) que busca asegurar “postmortem” un futuro para su hijo.

—Aunque tal vez usted no hay conocido su nombre—siguió diciendo el presunto desempleado—ni yo el suyo, hasta ahora.

—¿Cuántos años tienes?—le pregunté de un modo que me sorprendió a mi mismo por su carencia de tonalidad.

—Veintiocho, cumplidos.

Aparece en el escenario mental un salón de bailes pueblerino de mediados de los años setentas. El Riverside, de Rioverde, se vestía de gala para celebrar el baile anual de la sociedad de alumnos de la Prepa. Moviéndose de un lado y para otro podía verse al joven acomodador de las mesas, con un plano de papel albanene en sus manos y los bolsillos llenos del dinero que le pagaban todos aquellos que deseaban tener una mesa donde sentarse. Cada mesa costaba 100 pesos, con 4 sillas. Cada silla adicional, 25 pesos. A las 9 y media de la noche el Riverside estaba casi lleno. Quedaban muy pocas mesas y en lugares muy incómodos. Tres señoritas se acercaron al acomodador/vendedor. No tenían donde sentarse porque nadie las había invitado. Venían solas desde Ciudad Fernández y tampoco traían dinero, o muy poco quizás solo para poder comprar un refresco y ponerlo sobre la mesa para que no se viera tan sola. Las tres señoritas se mostraron muy entusiastas, en especial una de ellas. En verdad querían divertirse. Era cuestión de tener una mesa, aunque fuera la del rincón que está pegada a los baños, ya habría manera de agradecer el favor. El acomodador/vendedor pensó que finalmente esa mesa nadie la habría de comprar y que no estaba mal hacerles un favor a las chicas del vecino y amistoso pueblo de Ciudad Fernández, pobres, de seguro no tienen muchas oportunidades de salir a los bailes. Todo esto lo pensaba su telenovelera mente cuando en realidad en los escondrijos de su inconsciente se ocultaba el verdadero significado de la lujuria. Apenas si se estaba iniciando en las artes de la masturbación, así que no podía saber del monstruo que se asomaba. Horas después, la Jazz Capri daría el acorde final a sus canciones, el Ayer, Hoy y Mañana se despedirían hasta la próxima y el salón se despejaría de la multitud dejando un eco de basura y hedor de borracho por todos lados. El Comité Organizador tendría una reunión final para hacer las cuentas del baile. Todo un éxito. Habría fondos suficientes para organizar un buen festejo de graduación y hacer un donativo para reparar la cancha de basquetbol (tenía un tablero roto y ya no se veían las rayas en el piso). Todos habían cumplido su cometido y el acomodador recibió felicitaciones por su ardua labor. En realidad había hecho dos trampas: Se había guardado 50 pesos de una propina que alguien le dio por conseguirle una buena mesa y había regalado una mesa a unas señoritas de atuendo colorido y sexy.

María Claudia lo esperó en la calle, en la calle Madero. El acomodador la vio y sintió que toda la sangre del mundo se le subía a la cabeza. La sangre le bajaría al cabo de los siguientes minutos y horas, donde uno de sus sueños de adolescente se le cumpliría. El otro sueño se le cumpliría años después, cuando se puso a estudiar la carrera de Medicina.

El resto de la historia es bastante obvia de seguir, desde el momento en que María Claudia resultara embarazada de un estudioso muchacho de la prepa de quien ocultaría su identidad hasta poco antes de morir. Para evitar la vergüenza, su padre la mandaría a vivir con una tía a Houston y luego de 10 años regresaría a Rioverde a trabajar. En los siguientes años vería crecer a su hijo, un buen chico aunque con poca imaginación y con muchos temores; se enteraría de los progresos del padre de su hijo sin decir nada a nadie; padecería los desamores de todos y cada uno de los hombres que conoció (excepto el primero, al que nunca conoció); se enteraría que en su seno derecho estaba creciendo un tumor que acabaría por apoderarse de su cuerpo entero; y le confesaría a su hijo la identidad de su padre, a pesar de haberse prometido no hacerlo nunca.

—Se supone que usted es mi padre—dijo el presunto hijo

A la hora de que una persona reclama la paternidad, se te pueden ocurrir un montón de lugares comunes. Que quién te asegura que realmente se trata de un hijo, que un hijo verdadero es el que hace con la crianza, y muchas otras pendejadas que pretenderían evitar enfrentarse con la única verdad posible digna de contarse en un telenovela: Que una mujer mantuvo engañados a dos personas, una de las cuáles es el padre de la otra.

—Hay una cosa que no entiendo, hijo—formulé la pregunta como quien no espera respuesta y luego de un silencio continua hablando—¿Quién fue Don Julián?

—Mi abuelo, el papá de mi mamá. Murió hace algunos años, cuando mi madre y yo regresamos de los Estados Unidos. Por eso regresamos, para hacernos cargo de una tortillería que tenía.

—¿Dónde estaba la tortillería?—pregunté con ánimo ya casi de detective.

—En la calle Madero, se llamaba “El Emporio”.

—María Claudia regresó a dirigir el Emporio de la Madero, luego de la muerte de Don Julián—dije a mi hijo.

—Y fue capaz—respondió a su padre.

Esa noche soñé que dirigía una telenovela que se trasmitía en horario estelar por la noche. Era el último capítulo y había una gran expectativa por el final. En un pueblo llamado Rioverde, donde la vida giraba alrededor de la calle Madero, un médico soñaba todos los días con su padre. A veces se soñaba hijo, a veces se soñaba padre. En el sueño, el pueblo de Rioverde era como un escondrijo de sueños ocultos entre sus diversos callejones. En la calles no pavimentadas de los alrededores se escenificaban las pesadillas. En las plazas los sueños eróticos. En la calle Madero, una mujer tomaba una decisión y un médico dejaba de tomarla, por primera vez en la vida. Eso es la sexualidad, pensó antes de despertar a la realidad: calles mojadas que te llevan lejos, muy lejos. La telenovela termina con el personaje admitiendo que las paternidades son engañosas todas. Que los hijos siempre son desconocidos que se aparecen reclamando (o rechazando) paternidad, el día en que se les muere la maternidad.

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Hechizo de Río

1 Octubre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
(a partir de una idea de Daniel)

Uno cree conocer todo sobre la tierra que lo vio nacer. La señora Patrocinio Lom se encargó de recordarme lo contrario. La viejecita atiende, tengo entendido que desde hace varias décadas, un puesto de especias y semillas en el mercado Cristóbal Colón de la ciudad Rioverde de Santa Catarina de Alejandría, Virgen y Mártir. Hasta el domingo anterior nunca había reparado en su existencia, cuando me acerqué a comprar un puñado de azafrán por encargo de mi esposa. Doña Patrocinio estaba envolviendo el producto en un pedazo de periódico cuando sin voltear a verme escupió:

—Usted que dizque tanto escribe de este pueblo, ¿se sabe la leyenda de las enchiladas rioverdenses?

Como no dije nada y me quedé viéndola, la anciana me hizo pasar al interior del local de medias paredes y me sentó en un cesto volteado al revés, de modo que la pudiera escuchar mientras despachaba los clientes. La pobre se movía dando pasos laterales pues según dijo, el reumatismo la tenía entumida. Allí, atrapado entre aromas de canela, laurel y pimienta, interrumpido por un episódico tufo a pescado del puesto vecino, en medio de sombreros, huaraches y un techo de piñatas con jarro, escuché el siguiente relato, verídico a todas luces del mercado Cristóbal Colón:

Cuenta la leyenda, personificada en Doña Patrocinio Lom, que hubo un tiempo en que los niños de Rioverde fueron felices. Muy felices. Esto ocurrió en una época en que las acequias llevaban por buen camino el agua y el drenaje, florecía la Hacienda de San Diego del Sr. Verástegui y el país disfrutaba de una precaria paz porfiriana, hace cien años, a finales del siglo diecinueve. De procedencia incierta y nombre nunca revelado, apareció por el pueblo una misteriosa mujer que nunca salía de su casa ni mantenía contactos sociales, a excepción de algunos niños que empezaron a visitarla por las tardes atraídos por ciertos bocadillos suculentos que ella misma preparaba.

Pronto se hizo costumbre entre los infantes rioverdenses acudir al domicilio ubicado en la calle Real (hoy avenida del Centenario), donde aquella solterona alimentaba a los pequeñines con un platillo fuera de lo común, que tenía el poder de restaurar el ánimo y la alegría que tan a menudo abandonan a los menores del fin de cada siglo. Por aquel entonces la región era asolada por renovados mitos apocalípticos. La gente se debatía entre nuevas y estrafalarias creencias, todas infectadas por premoniciones de hecatombes y cataclismos. El fin del mundo se acercaba con el fin del siglo. Por eso extrañó a todo el mundo la actitud de los niños: rebozaban felicidad mientras caminaban por las lodosas y hediondas avenidas, jugaban en la Plaza de las Chimoleras (hoy extinta) ignorando la vidriosa mirada de los adultos, en la Iglesia se picaban la cola y el ombligo, y por las noches despertaban a carcajadas interrumpiendo “vaya usted a saber qué clase de sueños”.

La casa de la incógnita dama se llenaba desde temprana hora. Todos los niños del pueblo acudían con hambre de aquello mágico que les daba tantas fuerzas, al punto que dejaron de comer en sus casas. Y cuando por alguna razón se les prohibía salir, pronto palidecían, se hacían ovillo y vociferaban:

—!Quiero enchiladas!

La pena de las madres por el pronto infortunio del universo dio paso a la preocupación por la conducta de sus hijos. De allí pasaron a la curiosidad y a formar un comité de espionaje que investigaría la naturaleza de lo que allí comían los niños. Pronto se reveló el origen de tan oscuro y extraño fenómeno. Entonces apareció la indignación y la rabia. Quién sabe que diantres fabricaba aquella mujer, pero sin lugar a dudas estaba hechizando a los niños. Quizás no era otra cosa que un nuevo augurio de la pronta venida del anticristo. Era evidente que la bruja los estaba envenenando con un alimento maligno. Bastaba con ver aquellos saltimbanquis, para darse cuenta que estaban poseídos por el mismísimo satán. El piadoso pueblo rioverdense de aquellos días no podía permitir semejante atropello.

El día menos pensado se organizaron para darle pronta solución al conflicto. Llegada la noche dejaron encerrados a sus hijos en las casas y tomaron la calle Real con antorchas y toda la cosa para quemar a la bruja. Desde el interior de su casa, la Maga de las Enchiladas permanecía inmóvil escuchando las consignas en su contra. Momentos antes de que la puerta se derrumbara a pedradas y puntapiés, pronunció el Gran Conjuro que acompañaría a sus enchiladas por toda la eternidad. Cuando la gente pudo entrar al lugar, encontraron aquellos guisos que durante los últimos meses habían trastornado tanto a sus hijitos. Y la verdad, ellas mismas concluyeron, que no parecía nada extraordinario.

Las mujeres de Rioverde se dieron cuenta de inmediato lo sencillo que sería reproducir esa comida hasta el momento maldita. Y es que estaban temerosas de no poder contener a sus hijos luego de deshacerse de la bruja, quien por cierto, en medio de la confusión del momento pudo escapar sin que nadie supiera su nombre ni paradero. Las enchiladas se empezaron a cocinar en las casas para beneficio espiritual de los niños de Rioverde, año tras año, hasta convertirse en un platillo regional típico.

—El que hoy en día las enchiladas tienen un hechizo no se puede dudar, acabó diciendo Doña Patrocinio Lom del mercado Cristóbal Colón de Rioverde— si no, ¿cómo se explica que la gente les gusten tanto, si no tienen nada?

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Cambio de Tono

15 Septiembre 2008 - Escrito por Mayo

Cambio de Tono

Amado Nieto Caraveo

Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan.
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Jorge Luis Borges

Desperté hoy, como todas las mañanas, sin deseos de salir de la cama. Pero tenía que bañarme, “hacer la maleta” y salir al aeropuerto para tomar uno de los vuelos que me llevaría a Tijuana. La mañana se me amargó luego que hice una llamada al servicio de viajeros frecuentes de la aerolínea para pedir por anticipado un ascenso de clase, privilegio que sólo tenemos los que hemos adquirido el nivel platino. Una voz no tan dulce me hizo saber que había perdido dicho privilegio por no tener suficiente número de kilómetros acumulados durante los últimos 12 meses. Horas más tarde, en el aeropuerto de la ciudad de México, tuve que comportarme como un simple mortal, hacer colas donde la gente hacía colas y resignarme a los bocadillos que sirvieron en la clase económica del avión. Nada de lounge VIP ni más desplantes ante la perrada. Como si hubiera nacido entre ese tipo de lujos, me sentí despojado. Como hacendado en tiempos de la Revolución, rumiaba silenciosas mentadas de madre contra mis expropiadores, la aerolínea y sus excluyentes clubs.

Desde niño quise ser otra persona que no era. Para darle la vuelta a la envidia, pronto adiviné que mentir era un recurso muy útil a la hora de pretender. Así que me hice de complicados rituales encaminados a maquillar la realidad. La primera mentira que recuerdo la dije a los 4 años, cuando negué que había tirado al pozo a Lalo, mi vecino (las mentiras previas no las recuerdo, que seguro las hubo). Mi salvación vino de la mano de mi madre, a través de la novela de Los Pardaillán, de Miguel Zévaco, que me hizo leer para que estuviera quieto. Cuando le pregunté si las aventuras que ahí se relataban eran ciertas me dijo “algunas cosas son ciertas y otras no, como todo”. ¿Todo? Pues había muchas intrigas palaciegas que resultaban ciertas, como la existencia de Catalina de Medicis o Enrique IV, aunque definitivamente el personaje central, Juan de Pardaillán, era inventado. ¿Se puede al revés?, le pregunté a mi madre, ¿que un personaje real viva una vida inventada? Pero ya no me contestó. Como quiera se dio el descubrimiento: que la clave de una mentira apropiada era que a) sea verosímil, b) que contenga algunos elementos de verdad y c) que esté bien contada. A esa edad yo no sabía que, dentro de la literatura, a eso se le llamaba ficción narrativa, pero desde entonces empecé a narrar mi vida, en lugar de vivirla. Debo confesar que la mitad, si no es que más, de las aventuras (de todo tipo) que viví en mi juventud fueron ficticias. Con el tiempo es difícil ahora recordar cuáles si sucedieron y cuáles no, lo cuál por cierto carece de importancia. Lo que si importa es decir que casi todas ellas la he escrito a propósito a manera de ficciones, pero quienes las leen sospechan que fueron verdaderas. Siempre contesto como mi madre: “algunas cosas son ciertas y otras no, como todo”. Dicen los expertos que este truco es la base de la narrativa, al crear en el sujeto una suspensión temporal de la credibilidad que hace posible la experiencia literaria. Pero hay además el recurso “meta-literario” de convocar al lector, explícitamente, a dudar de la veracidad o ficción del relato. Por ejemplo, cuando uno empieza un cuento diciendo: “La historia que voy a contar les parecerá increíble, pero…”, uno provoca en el lector una poco probable pero al fin incertidumbre. Mi siguiente revelación ocurrió a los 25 años, cuando cayó en mis manos una novela escrita por un tal Vicente Leñero llamada El Garabato. Se trata de un relato escrito en una perfecta espiral (se dice que a Leñero le da por escribir geométricamente), donde un escritor (católico, como Leñero) escribe una novela donde el personaje lee una novela. Esas lecturas me llevaron a Borges quien me proporcionó lo que se convertiría en mi filosofía personal: “Para que escribir una gran obra; basta imaginar que alguien ya lo hizo y escribir sobre ello” (a propósito de la enciclopedia Orbis Tertius).

Lo sucedido hoy no merecería ser recordado después (frente a un jurado de expertos), si no fuera por lo ocurrido en el aeropuerto de la ciudad de México, mientras deambulaba como cualquier (frustrado) mortal, oyendo por enésima vez la canción Extrange Overtones, una de las piezas del nuevo CD Everything That Happens Will Happen Today, escrito en colaboración por dos viejos zorros, David Byrne y Brian Eno. La canción me capturó por su meta-musicalidad. Trata de un compositor moderno que se distrae en su departamento por la música de su vecino, quien toca una canción pasada de moda con extraños sobretonos. Cualquier sistema de vibración capaz de emitir frecuencias (por ejemplo una cuerda de guitarra) emite sobretonos (frecuencias por arriba de su tono fundamental o más bajo) algunas de los cuáles son armónicos y otros disarmónicos. Como podrá imaginarse, la canción está llena de extraños sobretonos y de repente el ritmo parece pasado de moda. Un bajo que sigue juguetonamente la canción y los teclados muy al estilo de Brian Eno, representa la parte que dice “la verdad”. Según Eno, compuso la canción en forma geométrica y con ayuda de las matemáticas. Luego le pidió a Byrne que le pusiera la letra.

Strange overtones
Though they’re slightly out of fashion
I’ll harmonize
I see the music in your face
That your words cannot explain.

La vida, siempre pasada de moda, parece darse en un tono fundamental de vez en cuando sacudida por extraños sobretonos. Esta frase, demasiado obvia tal vez, fue pensada por un (deprimido y patético) personaje de una historia ficticia que se empezaba a gestar en mi mente mientras me acercaba a la librería “Hojas al Viento”, que el día de hoy abrió sus puertas al público en la flamante terminal 2 del aeropuerto de la ciudad de México. Mi sorpresa fue que hoy, en la librería “Hojas al Viento, sucursal Terminal 2” se daba la presentación de un libro de relatos, Gente Así, escrita por el mismísimo Vicente Leñero. El bajo perfil de uno de los más grandes escritores vivos mexicanos le permite a Leñero andar por todos lados sin causar muchos aspavientos. Ahí estaba Vicente, tan tranquilo, autografiando el libro a los que se acercaban a comprarlo. Transcribo aquí algunas frases escritas en la contraportada del libro, para que el lector tenga una idea del shock (sorry por la palabra), que me ha causado: “¿Importaría saber qué es cierto y qué no lo es en estas 17 historias?”, “Como sabemos, quien dice la verdad casi no dice nada”.

Me hice del libro a cambio de 240 pesos. Me acerqué al autor con humildad, con el libro abrazado a mi pecho (por favor lector, imagina a una monja abrazando La Biblia, que es la imagen que la frase quiere evocar).

— ¿Maestro Leñero? —le dije mientras abría el libro para estampar su firma—, debo decirle que este es el tipo de libro que me hubiera gustado escribir.

Leñero siguió escribiendo sin prestar atención a lo que le dije y entonces comprendí que esas son el tipo de cosas que seguido ha de escuchar de escritores frustrados o novatos. De la clase de personas que cuando leen una gran obra siempre suponen que hubiera podido ser escrita por ellos mismos. Así que de inmediato corregí:

— Aunque, claro, como diría Borges, qué güeva escribir una gran obra, mejor imaginar que alguien ya la escribió y escribir sobre ello— le dije y luego agregué: bueno, lo de la güeva es de mi cosecha.

Leñero soltó una carcajada. Cerró el libro y me brindó un fuerte apretón de manos.

— La verdad—dijo el maestro—, es que hay demasiadas buenas historias en la realidad pero no nos fijamos en ella. Hay demasiada ficción en nuestra literatura. ¿Quiere un consejo? Mire a su alrededor y tenga cuidado con lo que inventa.

Leí el libro en el vuelo de 3 horas a Tijuana. Diez y siete “historias” contadas a manera de relatos, crónicas, cápsulas autobiográficas, cuentos recursivos y reportajes periodísticos. Los personajes son “reales” y pertenecen la mayoría al mundillo de intelectuales y escritores mexicanos contemporáneos. Los hace decir cosas que uno no sabe si son chisme, revelación o qué. La mayor parte de tiempo provoca risa, pero, A la Manera de O’Henry, es brutalmente crudo y despiadado con el lector y con los pretendidos escritores de historias ficticias. Un albañil, alcoholizado, madrea a su vieja (antes mujer de su compadre) y al final ella lo mata con una varilla, mientras duerme la peda.

Llegar a Tijuana en medio de tal revuelo cerebral no es sano. De por si que uno llega con tan cantidad de prejuicios acerca de esa ciudad que resulta imposible acercarse. “Preferible no salir del hotel”, decía en la invitación a participar en el Congreso “La Psiquiatría en las Fronteras y en Las Fronteras de la Psiquiatría”. Si se fija uno en la geografía, el lugar sería uno de los más inhóspitos para ser habitado. Se trata de una cañada que culebrea entre toda clase de barrancas y cerros. Muy lejos del ordenamiento urbano que conocemos pareciera que la ciudad fue diseñada para albergar la intensidad que hoy la caracteriza. Y aunque no siempre ha sido así, eso pareciera. Si me piden una palabra diría: Matadero. Cuando se baja del aeropuerto se siente como si entraras a uno de los canales del rastro donde las reses se dirigen inevitablemente a la muerte. Tijuana sería un sitio ideal para poner en práctica los consejos que Vicente Leñero me dio en el aeropuerto. Aquí la humanidad se expresa en todo su esplendor: en su violencia, en su lujuria, en su tolerancia, en su vergüenza. Tanto que de alguna manera es bella.

—¿Usted a qué se dedica? — me preguntó Arturo, el chofer del taxi que me llevaría del aeropuerto al hotel Marriott.
—Soy escritor—mentí una vez más — me dijeron que aquí hay buenas historias para contar.
— Yo le puedo contar muchas, señor, ¿y qué cosas escribe usted?
— Cuentos, novelas, en general cosas ficticias
— Me atrevo a decir que Tijuana no es un lugar muy propicio para la imaginación, con todo respeto Señor Nieto— terminó diciendo el taxista.

¿Cómo narrar lo terrible? Según Fabricio Mejía, Leñero demostró que lo único que pueden hacer los escritores es narrarlo de una forma que lo haga manejable. Dimos vuelta por el Boulevard Agua Caliente. Pude ver entonces asomarse el edificio del hotel Marriott, que ocupa el increíble número 11,553. A la altura del once mil quinientos, media cuadra antes, una patrulla bloqueaba el paso.

— ¿Qué pasa? — pregunté como si el chofer lo pudiera saber todo

Arturo, el taxista, obedeció el alto que hizo el oficial, bajó la ventana y recibió una rápida explicación luego de avisar que nos dirigíamos al Hotel Marriot:

—No hay paso. Su pasajero tendrá que ir caminando.

Arturo puso cara de ni modo, procedió a desviarse, estacionar el auto en el lugar más próximo y se ofreció amablemente a ayudarme con el equipaje hasta el hotel. Hacía calor y en contra de mis suposiciones la ciudad no se veía en color sepia. A las afueras del hotel encontramos la razón del tropiezo: apenas unos minutos antes 8 individuos armados con rifles automáticos y machetes (esto lo leería más tarde) acribillaron primero y decapitaron después a una persona de aproximadamente 50 años, cuya identidad al momento de escribir esto no ha sido aclarada por las autoridades correspondientes. Arturo se movía rápido arrastrando mi maleta marca Jaguar y yo lo seguía por entre personas y cintas amarillas que empezaban a colocar alrededor de la escena. Ahí estaba el tipo de aproximadamente 50 años, tirado en la banqueta afuera del hotel Marriott de Tijuana, con la cabeza colgando hacia la calle sin acabar de desprenderse del todo. El tajo se le dieron desde el lado derecho arrancando en el tirón la oreja que ya no existía en la cabeza del cadáver. El charco de sangre se extendía por todos lados y ya empezaba a agarrar rumbo río abajo, al poniente, hacia el mar donde lleva este cañón endemoniado. No apenas habíamos cruzado las puertas el hotel, los amables bellsbois se hicieron del equipaje y me dirigieron al mostrador de registro. Arturo se despidió y coquetamente me entregó una tarjeta con su teléfono por si acaso quería ir por la noche en busca de historias que contar. Lo dijo en serio: noche, historias, contar. El tipo de la recepción no dejó de sonreír mientras me preguntaba, Señor Nieto, de dónde nos visita, cuál va a ser su medio de pago, y me deseaba una feliz y placentera estancia.

Hace apenas un rato me instalé en mi cuarto. Al desempacar, me di cuenta que una de las rueditas de la maleta estaba manchada de sangre. Podría decir que fui a vomitar al baño para darle dramatismo a este relato, pero no, la verdad, no sentí nada. No siento nada. Tengo ganas de volver y ver si ya han levantado al muerto. Pienso en la oreja ausente. Puede ser una especie de trofeo que se llevaron los asesinos. Eso podría dar lugar a una buena historia, que trataría sobre los rituales que practican los sicarios para lavar sus pecados, para olvidar lo que son e imaginar, aunque sea por un rato, que los monstruos son otros.

Finalmente, Tijuana sí deja espacio para la imaginación.

Tijuana, BC.
El 14 de septiembre de 2008

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De Maravillas y Encantos

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

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Amado Nieto Caraveo

Siendo que vivimos una época donde las palabras se han agotado en significados efímeros cuanto más engañosos, se hace necesario descifrarlas, como en el pasado hacían los monjes, como ahora hacen los niños pequeños. Las palabras se han vuelto abundantes, en el sentido original de algo que “inunda” los sentidos. Por eso escribir bien pertenece al dominio de los Cuidados Ambientales. Es una especie de rescate ecológico del lenguaje, empezando por las palabras mismas que se refieren al medio ambiente. Así, se habla mucho de los desastres y mucho también de las maravillas. La palabra desastre es un desastre desde el momento en que todo desastre es, por “naturaleza”, algo que se desconectó de los Astros (y que antes estuvo conectado, pues). El sistema de riego y drenaje de la ciudad de Rioverde es un desastre, porque hubo un tiempo en que las cosas funcionaban de acuerdo a cierto orden natural. En cambio la pavimentación de sus calles no puede decirse que sea desastrosa, simplemente es “pavimentación”, de la cual nunca podrá esperarse mayor cosa. De las maravillas puede decirse siempre una cantidad ilimitada de adjetivos maravillosos, pero tal vez inexactos debido a la cualidad esencial de las maravillas: que son reconocidas por la mirada, son “vistas” con asombro, o sea “admiradas”. Las maravillas “saltan a la vista” y son milagrosas en dos sentidos: en el primero porque son divinas (en el principio fue la luz) y en el segundo porque, en tanto palabra hermana, lo milagroso lo es también a la mirada. Habrá que recordar que los milagros cristianos fueron “visuales” e incluso requirieron para algunos una comprobación “observacional” (ver para creer, dijo el apóstol). Con el tiempo el milagro perdió esta cualidad verificable y se volvió hermético e invisible, y por tanto, objeto de poder y de lucro. Ya no hay milagros, cierto, pero nos quedan, para verlas y admirarlas, las maravillas de nuestro entorno. Pero aguas. Una computadora o un televisor, son asombrosos (y funcionales en grado mayor), pero no necesariamente son maravillosos porque habitualmente no podemos ver lo que hacen. Para la mayoría, son herméticas e invisibles, como los milagros de los santitos de la Edad Media. Habrá quien pueda “verlas” y con ello hacerles preguntas que las conviertan en maravillas. Me gusta que en inglés “wonder” se aplique a “maravilla”, pero también a “preguntar”, a mostrarse curioso ante algo. A propósito del idioma inglés vale la pena referirse a otra palabra sobre-explotada y al borde de la extinción: el “Encanto”. No es raro leer que la gente encuentra lugares “llenos de encanto” y que hay personas que son “encantadoras”. Ya veremos. Tal como la palabra parece indicar, es a través del canto (una especie de himno), que los encantos surgen efecto. Son por lo tanto, elementos verbales, o más bien, vocales. El encanto, lo mismo que el hechizo, se pronuncia, se proclama. Es propio de humanos, hasta donde se sabe únicos dueños de cuerdas vocales, proferir encantos. No existen pues los lugares “encantadores” y en todo caso tal vez se refiera a su cualidad maravillosa. El problema con las personas “encantadoras”, que en principio es posible, es que la mayoría de las veces hace referencia a una cualidad más bien cercana a lo que en inglés se traduce como “charming”, y que es una especie de glamour que desprende una persona que seduce. Nada que ver con que formule “encantos” (incantations) o hechizos, que al contrario de la seducción, son reales. El hechizo es algo “hecho”, algo que produce un cambio perdurable. Las personas “encantadoras” (equivalentes a la visualidad maravillosa de los lugares y las cosas) son aquellas que son capaces de hacer cambiar a otras, a través de las palabras. Son los poetas. Las maravillas (visuales) y los encantos (verbales) florecen en medio del desastre y la anomia. Por eso algunos de los lugares de Rioverde son tan maravillosos y algunos de sus personajes, tan encantadores.

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Philosophy for the Moment

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

Philosophy for the Moment

Amado Nieto Caraveo

Acabo de leer una novela donde un tipo se enamora de una teibolera. Parece historia común y proclive al cliché, pero al contrario, el asunto se lee bastante interesante. El chavo, para empezar, no está tan chavo y tiene antecedentes de haber sido exitoso con las mujeres. La vida de Mattheus da un giro radical un día de cuaresma, cuando saliendo de misa su amigo Saldívar le hace una extraña invitación para ir al teibol.

—¿Qué te pasa, guey?—reclama airado Mattheus—, si hasta acabamos de comulgar.
—Por eso…—responde Saldívar.

Meses más tarde, Mattheus preguntará cómo luego de un diálogo tan pobre en argumentos, simplemente se dejó convencer y se fue con su amigote Saldívar, de quien tantas cosas gachas había dicho tiempo antes como que “es el tipo de gentes que jamás haría compadre”.

—Órale— dijeron, haciendo cuentas mentales de cuánta lana traían en la cartera.

Bueno, pues ahí tienen a Mattheus y Saldívar rumbo al famoso “Baby Angel” (nombre que será de fundamental importancia en el desarrollo de la novela), en la concurrida avenida de Lexington Park, centro neurálgico de los suburbios de la Charité, en San Juan. Ya encarrerados, Saldívar se pone cachondo y propone a Mattheus llevarse a unas artistas a otro lugar más íntimo. Piden dos para llevar, disfrutan el sexo y alcohol por cuatro horas, y a la mañana siguiente lo único que les duele son los 300 dólares en que les salió su chistecito. Para Mattheus lo único extraordinario de la noche fue haber urdido el plan en el mismísimo atrio de la iglesia de San Jacques, patrono de los farmacéuticos. Mattheus tenía un par de farmacias que incluían tienda departamental que le hacían posible vivir con cierta holgura, sobretodo porque disfrutaba su soltería y ausencia de compromisos económicos. Contra lo que pudiera pensarse a simple vista, Matt (como le decían de cariño sus conocidos) no era una persona frívola y hedonista. Al contrario, trataba de apreciar todas las experiencias de su vida con igual interés. Para él, valía lo mismo, y mucho, contemplar la Piedad de Miguel Angel (que nunca lo había hecho, sino que se pone de ejemplo) que el vigésimo jonrón de la temporada de Virgilio Sanmiguel, su ídolo de ídolos. Aquella noche de viernes cuaresmeño no había resultado una experiencia extraordinaria, porque para Matttheus casi no había experiencias extraordinarias, pero por la misma razón de su ordinariedad Mattheus anduvo pensando la semana siguiente en Chou (se pronuncia igual que show), nombre artístico de su compañera de juerga.

Fue Mattheus quien ahora sugirió a Saldívar volver al Baby Angel.

—Aguas, guey, que eso hace adicción—le dijo Saldívar, aunque de buen agrado aceptó la invitación.

A partir de entonces las visitas se hicieron continuas y no había semana en que faltaran los ahora inseparables compañeros, por supuesto ya hechos compadres aunque ninguno tuviera hijos. Desde la primera vez Mattheus invitaba a su mesa a Chou, aunque nunca más hubo de invitarla a tener sexo con él. Saldívar le hizo una temprana e inútil advertencia:

—No te vayas a enamorar de esa vieja.

Dicho y hecho. Chou era una mujer de 33 años, apenas mayor que Mattheus. Era muy simpática y apreciada en un medio donde trabajaba desde los 15 años. Tenía una hija de 7 años, producto de la primera y única ocasión en que le creyó a un hombre y pretendió cambiar su forma de vida. Mattheus le entregó su amor de un forma por demás particular, lo que constituye la esencia de la novela: la trataba como una mujer “normal”, le tenía atenciones, le ofrecía de vez en cuanto algún regalito, las más de la veces una flor. Jamás decía obscenidades en su presencia y nunca le cuestionaba sobre lo que hacía con su vida, aunque era obvio. El show de Chou era de los más aplaudidos, y Mattheus siempre le hacía observaciones al respecto, dándole incluso algunos consejos para incrementar la cachondez de los bailes.

Un buen día Saldívar le cuestionó seriamente su pretendido idilio.

—A ver compadre, ya estuvo bueno de pendejadas, ¿a que le tiras con la chinita?

—Mira Saldívar, yo tengo los pies bien puestos sobre la tierra— contestó Mattheus.— Pero lo que te puedo decir es que ella es la única mujer con la que me siento a gusto.

—¿Y no te molesta que se encuere frente a medio mundo…

—Es su chamba

—…o que se acueste con otros?

Mattheus se quedó viendo a Saldívar de una manera que en el libro describen como “si de hurtarle los sesos se tratara”. Y luego le recetó su Teoría Personal de las Mujeres que en forma breve describía sus relaciones con las mujeres. Según Mattheus, con todas las mujeres que él había conocido “algo le faltaba”. Tenía una permanente sensación de incompletitud que habitualmente las personas toleran basados en el rollo ese de que “así el el amor”: incompleto. Cuando conoció a Chou, el sintió inmediatamente que ella “completaba” cualquier cosa que se llamara una relación amorosa. Nada le faltaba, nada le sobraba.

—¿Seguro que nada le sobra?—preguntó Saldívar, con un gesto piadoso hacia su seguro mentalmente inepto compadre.

—Ok, Saldívar, claro que me gustaría que se dedicara a otro trabajo con menos prejuicio social. Pero ni modo, es su chamba.

Según este peculiar personaje, ninguna mujer como Chou, le garantiza que el sexo lo hace por amor, cuando a) ya alguna vez lo hizo por dinero y no hubo problemas, y b) eso lo hace con otros hombres. A lo largo de la novela, seguimos a Mattheus en un razonamiento (racionalización diría Saldívar) que de algún modo penetra en los escondrijos de la naturaleza de las relaciones amorosas, necesariamente sexuales, entre los seres humanos.

Una noche, luego de muchas discusiones, Mattheus logra conmover a Saldívar, quien tiene que aceptar que los conceptos de su amigo son irrefutables. Algo muy parecido a la línea argumentativa del filme “Pasión de Amor” (Etore Scola, Italia, 1986), donde un apuesto capitán acaba por enamorarse (y batirse a duelo por ello) de una esperpéntica y desagradable mujer. ¿Cuál es el sentido de amar a una bella mujer? ¿Cómo sabe uno que eso es amor verdadero

Mattheus es el primer hombre que está absolutamente seguro de su amor por Chou (bueno, además del capitán italiano). No tiene una pizca de duda. Mattheus y Saldívar se despiden aquella noche en las puertas del Baby Angel y se retira a su casa donde llora toda la noche al darse cuenta de la propia vacuidad de sus amores. Al día siguiente, a las 2 de la tarde, toca la puerta de la casa de su compadre. Nadie abre. Por la noche visita Lexington Park y habla con Chou, quien afligida le informa que la noche previa rechazó una propuesta de Mattheus para vivir juntos.

—Ya no creo que el amor de los hombres, Saldívar. —le dijo lacónicamente.

Saldívar tiró la puerta de un solo golpe y encontró al pobre Matt colgado de un soga atada a una argolla del techo de la cocina.

Perdón por haberles contado el final. Así son las novelas, se terminan como los amores. Lo dejan a uno colgado.

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La Conservación de la Especie

7 Agosto 2008 - Escrito por Mayo

La Conservación de la Especie

Amado Nieto Caraveo

Por fin llego a casa y respiro
El familiar aroma del maíz.
Las cosas en su sitio
Me saludan como las primeras palabras
De un poema.
Las paredes al verme se han puesto a jugar
La geometría inexacta.
Dichosas ellas.
La dulce escalera atiende mi fatiga
Y las ventanas reinventan
El viejo panorama.
Recojo la paciencia que toda la mañana
Han acumulado los muebles.
Finalmente acude el silencio,
Con la rapidez y certeza de los hijos,
Consciente que no durará mucho
Antes de encontrarme con la muerte.

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