Rioverde
San Luis Potosí, México

La Casa González

9 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

(A propósito de un libro que escribió Koki González)

Algunos lugares tienen la capacidad de provocar en sus habitantes un particular apego, entre cuyas manifestaciones se encuentra el vivir con la nostalgia incrustada en los huesos. Dicen amigos mío, muy duchos en el tema, que eso tiene que ver con la añoranza del paraíso perdido. Otro caso más del Eterno Retorno. ¿Es acaso Rioverde, como dice una de mis hermanas, el único y verdadero Paraíso Terrenal? Yo francamente lo dudo. La gente de Rioverde nunca tiene dinero. Uno se la pasa viendo a los ricos volviéndose pobres, y los pocos pobres que se vuelven ricos se largan a la primera del pueblo. Los que hemos vivido en Rioverde nos la pasamos contabilizando las heladas memorables, las inundaciones aciagas, y las tragedias, las benditas tragedias. Apenas se pasa la semana santa y empieza un pinche calor de aquellos. Pero ¿qué creen? En lugar de quejarnos, el calor hace que todos los días nos pongamos atentos al noticiero de López Dóriga, para ver si alcanzamos ese día el récord de temperatura en el país. Por si alguno de ustedes no lo sabe, lo hemos logrado 18 ocasiones en lo que va del siglo. Los rioverdenses convertimos las tragedias en epopeyas y las vergüenzas en proezas (como cuando nos sacamos el primer lugar en consumo per capita de cerveza). Lo más seguro, dice otro, es que somos una generación desesperada tratando de rescatar nuestras juventudes arraigadas en un pueblo que, simplemente, nos dejó ser algún día, quienes ahora somos.

A las ciudades y pueblos les da por convertirse en personajes narrativos. Son protagónicos. Eso ocurre porque a los humanos nos da por fusionar nuestras experiencias con los espacios físicos y temporales donde ocurren. Pensamos que nuestra infancia ocurrió porque éramos niños, pero no, nuestra infancia ocurrió durante un tiempo y en un lugar donde nos dejaron ser niños. Así pues, el lugar que a mi me permitió ser niño era un pueblo apacible y modorro de la zona media del estado, cuyos grandes orgullos eran las naranjas, la fluorita y la Media Luna (de los cuáles ya nada más nos quedan dos). Por las tardes olía a queso y a elotes tiernos. Otro olor común era el de la tierra mojada de las calles, que los vecinos regaban para aplacar el polvo aunque también por piedad a la pobre calle luego de soportar el sol y las excreciones de los remilgosos caballos que jalaban los famosos Solkis. El pueblo era a veces tan silencioso que se podía escuchar a kilómetros de distancia el ruido que hacían las puertas del mercado al cerrar, al mismo tiempo que las campanas daban la última llamada para la misa de las seis. El paisaje no es bucólico. En la llamada esquina de las siete culturas (donde a Koki se le perdió su más preciado gato) había siete cantinas donde no había semana en que no hubiera un acuchillado. Por doquier había enconos, herencias malditas y la miseria, no podía faltar, y sin embargo pudimos crecer, al menos los de aquellas generaciones, con el sentimiento de estar pisando un lugar sagrado. Así pues, eso que llamo mi yo mismo, fue construido en el Rioverde de las décadas comprendidas entre los años 60s y 80s.

Uno de los lugares claves en este proceso se ubicaba en el número 2 de la calle Escandón, frente a la memorable marisquería de Perico, y a unos pasos del antiguo cine Hidalgo, más famoso por los tacos dorados que vendían enfrente que por la calidad de sus películas. En ese lugar estaba la casa de la familia González Ortíz, con sus 5 integrantes varones, la Sra. Petrita y Don Arnoldo. Se trataba de una casa abierta a la felicidad, al juego, a la música, al conocimiento, a la vida. ¿Que había ahí que atraía como moscas a toda clase de personas como yo? Quien sabe. No era propiamente una lujosa residencia y supongo que con tantos niños pululando era difícil mantenerla brillando de limpia. Si acaso recuerdo haber tenido problemas con mis padres, fue por su continuo reclamo de que pasaba más tiempo en la casa de los González que en mi propia casa. Mis días aburridos eran aquellos en que a Don Arnoldo se le ocurría llevarse a su familia de vacaciones, que a Oaxtepec, que a Tampico. Así que supongo que la respuesta es sencilla: me sentía solo. Con la soledad de cualquier niño que solo se le quita cuanto encuentra a otros niños que quieren jugar a lo mismo. Como siempre he dicho, en esa casa aprendí amar a las matemáticas, a la música y a los misterios de la naturaleza. Y yo era el chivo de la cristalería. Por poco ahogo a Lalo cuando lo tiré por accidente al pozo (durante un intercambio de raras corcholatas); descalabré a Nono cuando erré el golpe a la piñata; perdí el balón más preciado de la familia en el drenaje de la ciudad; pero sobre todo, hacía pasar a Doña Jero, la gerente del hogar, toda clase de corajes que le provocaron una úlcera. En lo único que no tuve que ver, y testigos hay de eso, fue en la pérdida del gato Sansón, quien huyó despavorido por culpa de Gerardo Rodríguez y sus histéricas hermanas. Pero ahí estaba, día y noche y días festivos. Los días festivos eran cuando llegaba Don Arnoldo, quien me veía como habitante ordinario de la comunidad y no dudaba en mandarme a comprar unos cigarros Raleigh. Tengo en la médula uno de los peores recuerdos de mi vida: estaba con él, con Don Arnoldo, el día en que el Cruz Azul y sus Fernandos Bustos y Octavios Muciños, le metieron 4 goles al América, en la final de la liga en 1972.

El lugar no estaba exento de dolor. Y mucho. A la mejor ese era el encanto del lugar. Te decía que había que disfrutar la vida a pesar de todo y que en lugar de ocultar las miserias, había que neutralizarlas con las únicas herramientas de realmente puedes disponer, aquellas que te da la autonomía, la identidad. Haberme permitido atestiguar sus penas más amargas, ha sido uno de los grandes honores que aun conservo. La Casa González era pues una especie de gran espejo, donde con toda libertad podías ver reflejada una parte de tí, y donde podías jugar con desparpajo, sin vergüenza, contigo mismo. Cuando pienso en Rioverde pienso en esa casa, donde compusimos nuestra primera banda musical “El Frijol Bayo”, con su única y exitosa canción “Perdidos en la Selva”. Hoy, esa canción se encuentra perdida en la selva, pero la recuerdo perfectamente. Cada quien en su instrumento musical, empezamos a jugar con las percusiones, al azar, espontáneamente, hasta alcanzar un grado de armonía y ritmo que parecíamos de verdad. Eso es, en esa casa siempre uno parecía de verdad. No había espacio para la cursilería, la frivolidad, ni la chabacanería. En cada juego de futbol, futvoli, futbasquet, volibasquet, te tenías de jugar el pellejo (literalmente, porque estábamos en un patio de cemento). Concluyo que se trataba de una especie de hogar-puente, situado entre el individuo y la sociedad, haciendo su papel de convertirnos en seres sociales.

Donald Winnicott decía que el sentido de lo moral se desarrollaba en el ser humano de manera espontánea, siempre y cuando nada se lo estorbara y el niño creciera en un espacio virtual de protección y al mismo tiempo de libertad. Llamó a ese espacio, “el espacio transicional”, el lugar donde se construye la identidad del uno mismo y la imagen de una realidad posible para vivir. Vivir en esa casa de la calle Escandón del Rioverde de ese tiempo, fue vivir en un espacio transicional donde libres de la sobreprotección de nuestros padres, descubrimos a distinguir por si mismos lo bueno de lo malo. A las monjas del colegio les doy poco crédito al respecto. Cada uno de nosotros hemos tenido un espacio transicional, más grande o pequeño, de acuerdo a lo que nos permitieron nuestros padres. Sin querer lo reinstalamos a cada rato: cuando vamos al cine a ver una película, cuando miramos a los ojos a uno de nuestros hijos, cuando leemos un poema, cuando mete gol el América o cuando tratas de entender por qué una mujer ya no te quiere. Se le llama también “suspensión de la realidad”, el acto mediante el cual le hace uno un paréntesis a la realidad, para construir otra más chingona, donde uno puede pegar saltos descomunales para clavar la pelota en una canasta inverosímil.

¿Por qué escribimos tanto sobre nuestro pueblo? No me acuerdo que fuéramos lectores contumaces de literatura, porque a nuestros padres no les daba precisamente por tener bibliotecas literarias y la biblioteca pública a lo más que llegaba era a tener la colección completa de Salvador Díaz-Mirón. Empezamos a leer más tarde. Creo incluso que, contra la costumbre, nos dio primero por escribir que por leer. Yo creo que eso ocurrió porque vivíamos la vida en rompecabezas, en pedacitos esparcidos que luego teníamos que juntar para darle un sentido. O sea, muy temprano aprendimos a “contar” nuestra vida y ese fue el medio para irla edificando. Por eso no dudo en decir que nuestra vida es un montaje. He contado tantas veces la vez que eché a Lalo González al pozo, que ya no estoy seguro si en verdad ocurrió, o es el modo que tengo para explicar porqué quiero tanto a una persona como Lalo, y a quien acaso veo un par de veces al año.

Dice Stephen King que se debe de escribir para contar algo y que al hacerlo hay que ser más fieles a las palabras que a la realidad. De esa manera, tendremos algo fácil de leer, con el que podremos vivir una experiencia estética digna. Finalmente, a todos los que no conozcan Rioverde les hago la misma advertencia que hace José Noyola en el prólogo a uno de mis libros sobre Rioverde: “Cuando el lector vaya a Rioverde y ahí encuentre señoras en camisón en la Medialuna chapoteando entre el fango, o pase por la calle principal llena de baches, o se pierda por la circulación arbitraria del pueblo que algun ciego diseñó, mientras suda por todos los poros bajo el candente Sol del mediodía, se preguntará ¿donde están los encantos que en estas lecturas se vislumbran?”

Son encantos narrativos, hechos a base de recuerdos y de palabras.

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Las Brujas no Existen

9 Noviembre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
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Lo primero que hizo la bruja fue agarrarme de la mano. Iba yo caminando alegremente por la calle, pateando piedras, cuando vi ante mis ojos una mujerzota con una falda que me hizo recordar los colores de las canicas. Todos los colores del mundo. Entonces me dijo “súbete a la banqueta niño que te van a atropellar”. Esta frase la olvidaría y la convertiría en “te voy robar y a convertir en caldo”. Como pude me liberé de sus garras y me fui corriendo como loco por toda la calle Madero hasta llegar a mi casa.

—Mira nada más qué mugroso andas—dijo mi madre cuando me vio llegar—te metes a bañar que ya hueles a húngara.

Mientras me bañaba y jugaba con el jabón me acordé además del olor de la mujer. Para cuando ya me había secado y puesto los calzoncillos le pude decir a mi madre, con absoluta convicción de los hechos, que había sido víctima de un atentado de secuestro a manos de las húngaras.

Mi señora madre puso el grito en el cielo y me echó un sermón de aquellos, ignorando que eso yo ya lo sabía y que había huido despavorido con conocimiento de causa.

—No te debes acercar a esas mujeres—reñía mi madre.
—No me le acerqué, yo iba jugando futbol con las piedras—le contestaba.
—Las húngaras son ladronas y robachicos, aléjate de ellas—seguía, sorda a mis palabras.
—Ya lo se mamá, no estoy tonto, si hasta le di una patada—le mentí.
—Cuídate mucho mijito, por favor—decía mientras me apretaba contra su pechuga.

Por la noche soñé que de pronto el cielo de Rioverde se oscurecía. Una enorme falda tapaba el Sol y descendía lentamente sobre mí. La falda mil colores me atrapaba y por dentro todo era oscuridad. Olía a orines. Cuando me despertaba aterrorizado comprobaba que eran los míos.

De ahí en adelante caminaba las calles ya no pateando piedras sino con las piedras en las manos, atento a defenderme de las enemigas. Las húngaras llegaban a Rioverde por temporadas, así como llegaban los juegos mecánicos, aunque claro, con distintos significados para los niños. Mi madre decía que eran gitanas, o sea explicaba, que no se podían quedar establecidas en un lugar fijo. Cuando años más tarde mi padre le dijo a mi hermana que parecía gitana, yo supuse que ello tenía que ver con que no tuviera novio fijo, aunque luego me aclararon que fue por los collares llamativos que le colgaban del cuello. El proceso de brujificación se completó con las agudas observaciones de las monjas del colegio sobre estas excéntricas visitantes. Leen la mano, adivinan el futuro, presagian catástrofes, profieren maldiciones. ¿Todo eso? Y más: fabrican pócimas, amuletos, talismanes.

—Si las llegan a ver, húyanles como al diablo—aconsejó la madre Inés.

Pobres monjitas. Ni pizca de psicología elemental. De Teoría de las Tentaciones Infantiles sabían lo mismo que sobre sus propias nalgas, que según nos dijo una vez la madre Eva, era pecado tratar de ver. Porque llenos de emoción de inmediato nos organizamos para dar una vueltecita por los terrenos donde se asentaban las húngaras: un enorme baldío al sur de la ciudad donde en otra temporada instalaban La Feria. Su sello distintivo eran las carpas y unos camiones de tres toneladas con un altavoz al frente. Llegamos muy valientes pero nadie se atrevió a seguir más adelante. Echamos algunos chiflidos y nos estuvimos haciendo pendejos un rato. De repente que sale una húngara con unas ramas, se nos queda viendo y empieza a hacer ademanes haciendo círculos con las ramas.

—¡Córranle que nos hecha la maldición!

Y le corrimos. Y de todos modos nos calló la maldición. Al menos a mí.

Luego de que aquí se rompió la taza y nos fuimos cada quien para su casa, duré varios días con preguntas que a nadie podía preguntar sin riesgo de ser sometido al rigor de las advertencias consabidas por andar acercándome al territorio de las brujas. ¿Dónde hacen de la caca? ¿Existe, en algún lugar (por ejemplo, Hungría), algo que pueda ser considerado como La Casa de estas personas? ¿Porqué tantos colores? ¿Porqué si son tan poderosas, estas mujeres viven en lugares tan feos? ¿Dónde esconden a los niños que se roban?

El día menos pensado llegaba de la escuela a mi casa. Ahí estaba ella sentada, casi frente a la puerta. Se estaba comiendo una naranja apresuradamente y lloraba sin consuelo. Para no toparme con ella tendría que haber hecho un rodeo que desviara mi camino de manera muy notoria. No quise hacerlo. No sé si solamente seguí el Procedimiento Ordinario para Enfrentar a los Perros Peligrosos, que consiste en fingir que uno no tiene miedo y seguir el paso vigilando de reojo. O si de plano me dio pena que viera que le estaba sacando la vuelta por fea, por mala o por bruja. Además nunca había visto a una bruja llorando. Yo no sé que mecanismo me detuvo exactamente frente a ella, y en un acto que hubiera puesto los pelos de punta a mi madre y a la monja, le ofrecí mi mano abierta con la palma hacia arriba. Se le quedó viendo sin verme a los ojos. Veinte segundos a lo mucho. Luego subió la mirada y se encontró la mía.

Vi el fondo de un río. Verde, denso, desquiciante. Pensé que me volvería de piedra. Como estaba sentada y yo de pié pude observar sus senos a mis anchas. Ella se dio cuenta y no hizo gesto para evitarlo. Al contrario. Ya no lloraba, se había secado las lágrimas con las faldas infinitas.

—No es la mano lo que revela tu destino, niño cristiano, son tus ojos—dice mientras se pone lentamente de pié y comienza a caminar por la calle.

Son las tres de la tarde y hace un calor incomprensible. Se detiene a los pocos pasos y voltea a verme por última vez antes de echarme la maldición.

—¡Dichosas la mujeres que conozcas, y pobres de ellas!

A la hora de comer mi mamá me sirvió sopa de lentejas con plátano, mi sopa favorita. Luego siguió un pastel de carne con piña, mi guiso favorito. El menú remató con una arroz con leche, mi postre favorito. Todo me lo comí pero al final me di cuenta que habían dejado de ser mis manjares preferidos. Antes de levantarme de la mesa aventuré mi propia conjetura.

—Mamá, las brujas no existen.

Pero ni yo mismo me lo creí.

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Hechizo de Río

1 Octubre 2008 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo
(a partir de una idea de Daniel)

Uno cree conocer todo sobre la tierra que lo vio nacer. La señora Patrocinio Lom se encargó de recordarme lo contrario. La viejecita atiende, tengo entendido que desde hace varias décadas, un puesto de especias y semillas en el mercado Cristóbal Colón de la ciudad Rioverde de Santa Catarina de Alejandría, Virgen y Mártir. Hasta el domingo anterior nunca había reparado en su existencia, cuando me acerqué a comprar un puñado de azafrán por encargo de mi esposa. Doña Patrocinio estaba envolviendo el producto en un pedazo de periódico cuando sin voltear a verme escupió:

—Usted que dizque tanto escribe de este pueblo, ¿se sabe la leyenda de las enchiladas rioverdenses?

Como no dije nada y me quedé viéndola, la anciana me hizo pasar al interior del local de medias paredes y me sentó en un cesto volteado al revés, de modo que la pudiera escuchar mientras despachaba los clientes. La pobre se movía dando pasos laterales pues según dijo, el reumatismo la tenía entumida. Allí, atrapado entre aromas de canela, laurel y pimienta, interrumpido por un episódico tufo a pescado del puesto vecino, en medio de sombreros, huaraches y un techo de piñatas con jarro, escuché el siguiente relato, verídico a todas luces del mercado Cristóbal Colón:

Cuenta la leyenda, personificada en Doña Patrocinio Lom, que hubo un tiempo en que los niños de Rioverde fueron felices. Muy felices. Esto ocurrió en una época en que las acequias llevaban por buen camino el agua y el drenaje, florecía la Hacienda de San Diego del Sr. Verástegui y el país disfrutaba de una precaria paz porfiriana, hace cien años, a finales del siglo diecinueve. De procedencia incierta y nombre nunca revelado, apareció por el pueblo una misteriosa mujer que nunca salía de su casa ni mantenía contactos sociales, a excepción de algunos niños que empezaron a visitarla por las tardes atraídos por ciertos bocadillos suculentos que ella misma preparaba.

Pronto se hizo costumbre entre los infantes rioverdenses acudir al domicilio ubicado en la calle Real (hoy avenida del Centenario), donde aquella solterona alimentaba a los pequeñines con un platillo fuera de lo común, que tenía el poder de restaurar el ánimo y la alegría que tan a menudo abandonan a los menores del fin de cada siglo. Por aquel entonces la región era asolada por renovados mitos apocalípticos. La gente se debatía entre nuevas y estrafalarias creencias, todas infectadas por premoniciones de hecatombes y cataclismos. El fin del mundo se acercaba con el fin del siglo. Por eso extrañó a todo el mundo la actitud de los niños: rebozaban felicidad mientras caminaban por las lodosas y hediondas avenidas, jugaban en la Plaza de las Chimoleras (hoy extinta) ignorando la vidriosa mirada de los adultos, en la Iglesia se picaban la cola y el ombligo, y por las noches despertaban a carcajadas interrumpiendo “vaya usted a saber qué clase de sueños”.

La casa de la incógnita dama se llenaba desde temprana hora. Todos los niños del pueblo acudían con hambre de aquello mágico que les daba tantas fuerzas, al punto que dejaron de comer en sus casas. Y cuando por alguna razón se les prohibía salir, pronto palidecían, se hacían ovillo y vociferaban:

—!Quiero enchiladas!

La pena de las madres por el pronto infortunio del universo dio paso a la preocupación por la conducta de sus hijos. De allí pasaron a la curiosidad y a formar un comité de espionaje que investigaría la naturaleza de lo que allí comían los niños. Pronto se reveló el origen de tan oscuro y extraño fenómeno. Entonces apareció la indignación y la rabia. Quién sabe que diantres fabricaba aquella mujer, pero sin lugar a dudas estaba hechizando a los niños. Quizás no era otra cosa que un nuevo augurio de la pronta venida del anticristo. Era evidente que la bruja los estaba envenenando con un alimento maligno. Bastaba con ver aquellos saltimbanquis, para darse cuenta que estaban poseídos por el mismísimo satán. El piadoso pueblo rioverdense de aquellos días no podía permitir semejante atropello.

El día menos pensado se organizaron para darle pronta solución al conflicto. Llegada la noche dejaron encerrados a sus hijos en las casas y tomaron la calle Real con antorchas y toda la cosa para quemar a la bruja. Desde el interior de su casa, la Maga de las Enchiladas permanecía inmóvil escuchando las consignas en su contra. Momentos antes de que la puerta se derrumbara a pedradas y puntapiés, pronunció el Gran Conjuro que acompañaría a sus enchiladas por toda la eternidad. Cuando la gente pudo entrar al lugar, encontraron aquellos guisos que durante los últimos meses habían trastornado tanto a sus hijitos. Y la verdad, ellas mismas concluyeron, que no parecía nada extraordinario.

Las mujeres de Rioverde se dieron cuenta de inmediato lo sencillo que sería reproducir esa comida hasta el momento maldita. Y es que estaban temerosas de no poder contener a sus hijos luego de deshacerse de la bruja, quien por cierto, en medio de la confusión del momento pudo escapar sin que nadie supiera su nombre ni paradero. Las enchiladas se empezaron a cocinar en las casas para beneficio espiritual de los niños de Rioverde, año tras año, hasta convertirse en un platillo regional típico.

—El que hoy en día las enchiladas tienen un hechizo no se puede dudar, acabó diciendo Doña Patrocinio Lom del mercado Cristóbal Colón de Rioverde— si no, ¿cómo se explica que la gente les gusten tanto, si no tienen nada?

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Pancho

7 Mayo 2005 - Escrito por Mayo

Pancho Loco así quedó, dijeron las comadres, a causa de tanto estudio. Así que no estudies tanto, me dijo el padrino, porque te vas a volver loco. Y Pancho era la prueba. De esa manera quedó resuelta mi vida. Ahora les cuento cómo fue la historia. Primero viene el título: le puse “Pancho” a secas por dos motivos. El primero porque no es correcto el uso peyorativo de la palabra loco. La palabra solo se autoriza para título de comiquísimos programas de televisión. En segundo porque así el lector se plantea un interrogante. ¿De qué se trata esto? ¿De Pancho Villa o de Pancho Pantera? La historia comienza frente al Cine Hidalgo de la ciudad de Rioverde, un lugar comiquísimo para los foráneos, pero enloquecedor para los locales. Esto debido, bien se sabe, a los efectos enervantes de la flor de azahar, y no a que haya mucho estudio, como dijeran las comadres. Ese día frente al Cine Hidalgo Pancho Mugriento se acercó, aunque bien podría haber sido al revés: que frente al Cine Mugriento Pancho Hidalgo se acercara. En cualquiera de las opciones me espantó. No todos los días una persona que ha estudiado tanto para nada, se acerca a un niño de diez años que apenas se sabe las tablas. Me quedo paralizado y sin poder correr. Read the rest of this entry »

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Apócrifa pero breve Historia del Pueblo de Rioverde de Santa Catarina de Alejandría

31 Marzo 2005 - Escrito por Mayo

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Amado Nieto Caraveo

Cuentan que la Santa Catarina era la hija de un rey egipcio muy malo, que así nomás la mató porque le rezaba a un Dios sin nombre. Pero si esto poco tiene que ver con la verdadera historia de la ciudad de Rioverde, mucho menos importa para la falsa. Diversos historiadores se disputan el derecho de afirmar quién es el auténtico fundador de esta ciudad, como si ellos hubieran sido los protagonistas de la historia. Nunca le atinan. Por aquellas fechas, en el siglo dieciséis, la región que hoy ocupa Rioverde estaba poblado por tribus otomíes. Luego de su colonización ha sido habitada por fantasmas. La gente que ha vivido en la región: españoles, mestizos y criollos (a mediados del siglo XX se agregan más españoles), al poco tiempo de llegar se desprenden de sus equipos corporales y se convierten en espíritus que, de acuerdo al caso, van a pulular a la plaza de San Antonio, al panteón municipal, las vías del ferrocarril, o la casa de la familia si andan en busca de ayuda para salir del purgatorio.
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Yo Sansón

29 Marzo 2005 - Escrito por Lucy II

Uno no sabe cuándo los errores cometidos en la vida ya no tienen remedio. Y menos cuando la única manera de remediarlos ha sido escribirlos. Cierto día escribí la historia de un gato cobarde propiedad de un amigo, que huyendo de un ratón inofensivo trepó a un árbol milenario, en la placita de los Solkis de Rioverde. Nunca bajó del árbol. La historia finaliza diciendo que aún hoy en día, treinta años después, se puede mirar su figura allá arriba. La historia es falsa. El gato sí existió, se llamaba Sansón, y era propiedad de mi amigo Eduardo. El ratón también existió y estaba invadiendo la casa de Gerardo, quien años más tarde moriría de tos. El árbol ahí está, es una ceiba que tiene cientos de años. La verdad de este asunto es que el cobarde soy yo, no el gato, que nada pendejo se bajó del árbol cuando no vio moros en la costa y regresó a la casa de su dueño a comer sopa de fideos con frijoles. La dinámica del relato se gesta en la envidia. No todo el mundo tiene una ceiba milenaria donde treparse cuando te das cuenta que en la vida has cometido errores que ya no será, nunca, posible corregir.

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