Amado Nieto Caraveo
(A propósito de un libro que escribió Koki González)
Algunos lugares tienen la capacidad de provocar en sus habitantes un particular apego, entre cuyas manifestaciones se encuentra el vivir con la nostalgia incrustada en los huesos. Dicen amigos mío, muy duchos en el tema, que eso tiene que ver con la añoranza del paraíso perdido. Otro caso más del Eterno Retorno. ¿Es acaso Rioverde, como dice una de mis hermanas, el único y verdadero Paraíso Terrenal? Yo francamente lo dudo. La gente de Rioverde nunca tiene dinero. Uno se la pasa viendo a los ricos volviéndose pobres, y los pocos pobres que se vuelven ricos se largan a la primera del pueblo. Los que hemos vivido en Rioverde nos la pasamos contabilizando las heladas memorables, las inundaciones aciagas, y las tragedias, las benditas tragedias. Apenas se pasa la semana santa y empieza un pinche calor de aquellos. Pero ¿qué creen? En lugar de quejarnos, el calor hace que todos los días nos pongamos atentos al noticiero de López Dóriga, para ver si alcanzamos ese día el récord de temperatura en el país. Por si alguno de ustedes no lo sabe, lo hemos logrado 18 ocasiones en lo que va del siglo. Los rioverdenses convertimos las tragedias en epopeyas y las vergüenzas en proezas (como cuando nos sacamos el primer lugar en consumo per capita de cerveza). Lo más seguro, dice otro, es que somos una generación desesperada tratando de rescatar nuestras juventudes arraigadas en un pueblo que, simplemente, nos dejó ser algún día, quienes ahora somos.
A las ciudades y pueblos les da por convertirse en personajes narrativos. Son protagónicos. Eso ocurre porque a los humanos nos da por fusionar nuestras experiencias con los espacios físicos y temporales donde ocurren. Pensamos que nuestra infancia ocurrió porque éramos niños, pero no, nuestra infancia ocurrió durante un tiempo y en un lugar donde nos dejaron ser niños. Así pues, el lugar que a mi me permitió ser niño era un pueblo apacible y modorro de la zona media del estado, cuyos grandes orgullos eran las naranjas, la fluorita y la Media Luna (de los cuáles ya nada más nos quedan dos). Por las tardes olía a queso y a elotes tiernos. Otro olor común era el de la tierra mojada de las calles, que los vecinos regaban para aplacar el polvo aunque también por piedad a la pobre calle luego de soportar el sol y las excreciones de los remilgosos caballos que jalaban los famosos Solkis. El pueblo era a veces tan silencioso que se podía escuchar a kilómetros de distancia el ruido que hacían las puertas del mercado al cerrar, al mismo tiempo que las campanas daban la última llamada para la misa de las seis. El paisaje no es bucólico. En la llamada esquina de las siete culturas (donde a Koki se le perdió su más preciado gato) había siete cantinas donde no había semana en que no hubiera un acuchillado. Por doquier había enconos, herencias malditas y la miseria, no podía faltar, y sin embargo pudimos crecer, al menos los de aquellas generaciones, con el sentimiento de estar pisando un lugar sagrado. Así pues, eso que llamo mi yo mismo, fue construido en el Rioverde de las décadas comprendidas entre los años 60s y 80s.
Uno de los lugares claves en este proceso se ubicaba en el número 2 de la calle Escandón, frente a la memorable marisquería de Perico, y a unos pasos del antiguo cine Hidalgo, más famoso por los tacos dorados que vendían enfrente que por la calidad de sus películas. En ese lugar estaba la casa de la familia González Ortíz, con sus 5 integrantes varones, la Sra. Petrita y Don Arnoldo. Se trataba de una casa abierta a la felicidad, al juego, a la música, al conocimiento, a la vida. ¿Que había ahí que atraía como moscas a toda clase de personas como yo? Quien sabe. No era propiamente una lujosa residencia y supongo que con tantos niños pululando era difícil mantenerla brillando de limpia. Si acaso recuerdo haber tenido problemas con mis padres, fue por su continuo reclamo de que pasaba más tiempo en la casa de los González que en mi propia casa. Mis días aburridos eran aquellos en que a Don Arnoldo se le ocurría llevarse a su familia de vacaciones, que a Oaxtepec, que a Tampico. Así que supongo que la respuesta es sencilla: me sentía solo. Con la soledad de cualquier niño que solo se le quita cuanto encuentra a otros niños que quieren jugar a lo mismo. Como siempre he dicho, en esa casa aprendí amar a las matemáticas, a la música y a los misterios de la naturaleza. Y yo era el chivo de la cristalería. Por poco ahogo a Lalo cuando lo tiré por accidente al pozo (durante un intercambio de raras corcholatas); descalabré a Nono cuando erré el golpe a la piñata; perdí el balón más preciado de la familia en el drenaje de la ciudad; pero sobre todo, hacía pasar a Doña Jero, la gerente del hogar, toda clase de corajes que le provocaron una úlcera. En lo único que no tuve que ver, y testigos hay de eso, fue en la pérdida del gato Sansón, quien huyó despavorido por culpa de Gerardo Rodríguez y sus histéricas hermanas. Pero ahí estaba, día y noche y días festivos. Los días festivos eran cuando llegaba Don Arnoldo, quien me veía como habitante ordinario de la comunidad y no dudaba en mandarme a comprar unos cigarros Raleigh. Tengo en la médula uno de los peores recuerdos de mi vida: estaba con él, con Don Arnoldo, el día en que el Cruz Azul y sus Fernandos Bustos y Octavios Muciños, le metieron 4 goles al América, en la final de la liga en 1972.
El lugar no estaba exento de dolor. Y mucho. A la mejor ese era el encanto del lugar. Te decía que había que disfrutar la vida a pesar de todo y que en lugar de ocultar las miserias, había que neutralizarlas con las únicas herramientas de realmente puedes disponer, aquellas que te da la autonomía, la identidad. Haberme permitido atestiguar sus penas más amargas, ha sido uno de los grandes honores que aun conservo. La Casa González era pues una especie de gran espejo, donde con toda libertad podías ver reflejada una parte de tí, y donde podías jugar con desparpajo, sin vergüenza, contigo mismo. Cuando pienso en Rioverde pienso en esa casa, donde compusimos nuestra primera banda musical “El Frijol Bayo”, con su única y exitosa canción “Perdidos en la Selva”. Hoy, esa canción se encuentra perdida en la selva, pero la recuerdo perfectamente. Cada quien en su instrumento musical, empezamos a jugar con las percusiones, al azar, espontáneamente, hasta alcanzar un grado de armonía y ritmo que parecíamos de verdad. Eso es, en esa casa siempre uno parecía de verdad. No había espacio para la cursilería, la frivolidad, ni la chabacanería. En cada juego de futbol, futvoli, futbasquet, volibasquet, te tenías de jugar el pellejo (literalmente, porque estábamos en un patio de cemento). Concluyo que se trataba de una especie de hogar-puente, situado entre el individuo y la sociedad, haciendo su papel de convertirnos en seres sociales.
Donald Winnicott decía que el sentido de lo moral se desarrollaba en el ser humano de manera espontánea, siempre y cuando nada se lo estorbara y el niño creciera en un espacio virtual de protección y al mismo tiempo de libertad. Llamó a ese espacio, “el espacio transicional”, el lugar donde se construye la identidad del uno mismo y la imagen de una realidad posible para vivir. Vivir en esa casa de la calle Escandón del Rioverde de ese tiempo, fue vivir en un espacio transicional donde libres de la sobreprotección de nuestros padres, descubrimos a distinguir por si mismos lo bueno de lo malo. A las monjas del colegio les doy poco crédito al respecto. Cada uno de nosotros hemos tenido un espacio transicional, más grande o pequeño, de acuerdo a lo que nos permitieron nuestros padres. Sin querer lo reinstalamos a cada rato: cuando vamos al cine a ver una película, cuando miramos a los ojos a uno de nuestros hijos, cuando leemos un poema, cuando mete gol el América o cuando tratas de entender por qué una mujer ya no te quiere. Se le llama también “suspensión de la realidad”, el acto mediante el cual le hace uno un paréntesis a la realidad, para construir otra más chingona, donde uno puede pegar saltos descomunales para clavar la pelota en una canasta inverosímil.
¿Por qué escribimos tanto sobre nuestro pueblo? No me acuerdo que fuéramos lectores contumaces de literatura, porque a nuestros padres no les daba precisamente por tener bibliotecas literarias y la biblioteca pública a lo más que llegaba era a tener la colección completa de Salvador Díaz-Mirón. Empezamos a leer más tarde. Creo incluso que, contra la costumbre, nos dio primero por escribir que por leer. Yo creo que eso ocurrió porque vivíamos la vida en rompecabezas, en pedacitos esparcidos que luego teníamos que juntar para darle un sentido. O sea, muy temprano aprendimos a “contar” nuestra vida y ese fue el medio para irla edificando. Por eso no dudo en decir que nuestra vida es un montaje. He contado tantas veces la vez que eché a Lalo González al pozo, que ya no estoy seguro si en verdad ocurrió, o es el modo que tengo para explicar porqué quiero tanto a una persona como Lalo, y a quien acaso veo un par de veces al año.
Dice Stephen King que se debe de escribir para contar algo y que al hacerlo hay que ser más fieles a las palabras que a la realidad. De esa manera, tendremos algo fácil de leer, con el que podremos vivir una experiencia estética digna. Finalmente, a todos los que no conozcan Rioverde les hago la misma advertencia que hace José Noyola en el prólogo a uno de mis libros sobre Rioverde: “Cuando el lector vaya a Rioverde y ahí encuentre señoras en camisón en la Medialuna chapoteando entre el fango, o pase por la calle principal llena de baches, o se pierda por la circulación arbitraria del pueblo que algun ciego diseñó, mientras suda por todos los poros bajo el candente Sol del mediodía, se preguntará ¿donde están los encantos que en estas lecturas se vislumbran?”
Son encantos narrativos, hechos a base de recuerdos y de palabras.