La Memoria del Pueblo
Amado Nieto Caraveo
Ahora que estoy perdiendo la memoria escribo esto cuanto antes mejor. El día de hoy por la mañana un incendio destruyó el Archivo Histórico del Ayuntamiento de la ciudad de Rioverde, San Luis Potosí. Hasta el momento, como suelen decir los reportes oficiales “se desconocen las causas del siniestro” y como es habitual “se investiga para dar con el(los) responsables”, ya sea por descuido, en el caso de un accidente, o por infamia, en caso de que hubiera sido provocado. A más de uno se le ha de haber ocurrido que “las tres carpetas que se quemaron” (dijo hoy alguien en tono de burla) hayan bastado para dejar al pueblo sin su memoria, por lo menos la memoria escrita y la que llaman “gráfica”, refiriéndose a viejas fotografías. Sospeché entonces estar parado en un lugar común. Y en estos lugares no habita la verdad. Lo primero que hice, antes de proceder a escribir acerca del caso, fue indagar en internet sobre la frecuencia con que la frase “pueblo sin memoria” aparece en uno de los motores de búsqueda más potentes y populares.
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En la mayoría de las entradas, el concepto de memoria está unido al de la historia. Esto es, se tiene memoria en tanto se recuerda una historia que es un pasado. Si no hay memoria se pierde la historia y con ello un montón de cosas que cada quien utiliza de acuerdo a su ideología e intereses. Ello deriva irremediablemente en otro lugar común: “que quien no tiene memoria está condenado a repetir su pasado”. Pero, ¿cómo se puede repetir un pasado que ya no existe al momento de perder la memoria? O bien ¿acaso no hemos hecho mucho mejor algunas cosas en el pasado que bien podríamos repetir?
Ah no, el romanticismo literiario suele ser refractario a razonamientos más propios de un neurocirujano y toma de pretexto incendios incidentales de viejos papeles para hablar de las obsesiones de cualquier viejo: memoria, historia y pasado. Porque el asunto es tan serio que ya desde el siglo pasado el sociólogo Maurice Halbwachs había acuñado el término “memoria colectiva” para referirse al conjunto de recuerdos que atesora un grupo social determinado. El primer requisito de este tipo de memoria es que su construcción sea colectiva. O sea, no cabe que un recuerdo de mi memoria personal se vuelva colectivo (y menos cuando empiezan a despintarse), por más relevante que sea para la comunidad. El segundo criterio es que sea compartido, o sea, que la mayoría estén de acuerdo en el recuerdo. Y finalmente, que haya una forma de ser trasmitido a las generaciones siguientes.
Aquí aparece otro término, el de la “memoria cultural”, propuesto inicialmente por un arquólogo llamado Jan Assman. A diferencia de la memoria colectiva, que es subjetiva y de cierta manera intangible en tanto reside en algun lugar del llamado “inconciente colectivo”, la memoria cultural es “objetivable”, o sea, se constituye de objetos (pergaminos, momumentos, lugares) que remiten a un significado relevante. Así pues, podemos decir que el Archivo Histórico del Ayuntamiento era, a lo mucho, una porción de la memoria cultural objetivable. Si me dejan exagerar, podría decir que en el antiguo parque de “La Planta” o en el actual de la Medialuna hay contenidos más recuerdos monumentales que en el archivo consumido por el fuego.
No lo se. Pienso en el Incendio de “la Fama”, ocurrido a una edad en que todavía yo no tenía memoria. Y sin embargo el evento me fue trasmitido a través de la memoria colectiva como símbolo y metáfora de la naturaleza tragediosa y al mismo tiempo heróica de los habitantes del pueblo. El Incendio de la Fama le pertenece más al inconciente del pueblo, su memoria colectiva, y menos a su memoria cultural. Ahí está el lugar donde antes estaba La Fama que se quemó (esquina de Moctezuma y Plaza Principal), pero el lugar ya no significa nada. No dudo que haya muchas fotografías (ojalá no hayan estado en el archivo histórico) e incluso testigos vivientes de lo que esa noche aciaga pasó. Pero el Incendio de la Fama, por la construcción colectiva de leyendas y mitos a su alrededor y por su capacidad de trasmitirse a las generaciones, constituye un buen ejemplo de cómo la memoria del pueblo (y todo lo que ello implique de acuerdo a las ideologías e intereses diversos) , permanece intacta no obstante el percance ocurrido el día de hoy. Y por lo tanto no estamos condenados a repetir ningún pasado, aunque bueno fuera que pudiéramos reconstruir La Planta, el Presidio y los Salitrillos, que el tren llegara pitando de nuevo y que uno pudiera embriagarse de estrellas en las noches sin miedo. Yo no se los demás, pero tal vez con eso recupere mi memoria.
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