Rioverde
San Luis Potosí, México

Never Come Back Again

21 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Cuando niños, el fin del año escolar era lo más parecido al fin del año del calendario. Aunque no había Navidad, las vacaciones se aparecían como el regalo más preciado. La mentirota más grande del último mes de clases es decir que el tiempo no vuelve. Claro que lo hace y la mayor parte de las veces en buen plan. Hoy me acordé cuando fingimos ser traficantes de arte en el museo Rafael Coronel y donde además nos andábamos metiendo a una boda sin invitación. Ayer tuve presente el temblor de una mano en la oscuridad. Que el tiempo venga y me recupere esta bien. Yo soy el que no quiero regresarme a ciertos tiempos donde he caído, aunque a veces sí, sólo para decirle al que se deje que me vea de nuevo, que me vea escribiendo los minutos que faltan para el amanecer (y preguntarle ¿por qué no me dejaste atrapado en tus brazos?). El tiempo del calendario es el más famoso aunque el menos conocido. Es como un lienzo blanco de papel pero con forma de pantalla LCD de computadora. Contiene esas cosas llamadas fechas que no son otra cosa que las marcas que deja el tiempo en nuestro cuerpo. Una fecha es una cita (date) con la imaginación, aunque también una invitación perdida a la boda de unos desconocidos. A este año escolar ya se lo cargó la chingada y en el recuento de los daños habrá que anotar unos oídos en vías de extinción y unos hijos que traigo perdidos. ¿Del América qué puedo decir?, que me echaron a perder mis fines de semana. Por lo menos de la Selección no esperaba tanto. Hubo quienes llegaron y los que se fueron. A todos ellos les pienso cantar la misma canción: “Chingue su madre, yo ya no me regreso otra vez”, escrita por el inolvidable Lindsay Buckingham hace muchos años (por supuesto que la traducción es literal).

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Last Seconds

21 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

“¿Algo que finalmente tengas que decir?”, dijo mi madre antes de que yo tomara el camión Vencedor que me llevaría de Rioverde a San Luis Potosí a estudiar Medicina. Lo dijo como Yahvé dirigiéndose a Noé, segundos antes de cerrar las puertas del Arca. Desde entonces siempre pienso si tengo algo que decir en los últimos segundos previos a iniciar un viaje. Por ejemplo, tengo algo que decir segundos antes de que cierren las puertas de este Boing 767 y la azafata me indique con una rápida pero efectiva mirada que es hora de apagar “todos los dispositivos electrónicos, celulares, computadoras, reproductores personales de audio y de video, porque pueden interferir con los dispositivos de comunicación de la aeronave”. Me gusta más la palabra “abordar” que “embarcar”, aunque sea más apropiada esta última. Siendo los barcos las naves más antiguas para viajar, es natural que la mayoría de las palabras relacionadas con los viajes tengan que ver con los barcos. Qué romántico hubiera sido ese viaje a San Luis Potosí rumbo a mis estudios profesionales, haberlo hecho en barco. Pero no, como ya dije fue en camión Vencedor. Como es fácil imaginar, “abordar” viene de la época clásica de los piratas (cuando digo clásica me refiero a los piratas tuertos y barbudos con un perico en el hombro). Decía pues que en aquellos tiempos, para poder apoderarse de un barco ajeno, los piratas ponían “borda con borda” los barcos. De esa manera la palabra “abordar”, además de su significado de subirse a una nave grande, también se utiliza para “acercarse” a una persona o incluso para “iniciar la conversación” sobre un tópico en particular. Ya me imagino a un audaz Francis Drake abordando un galeón español, “abordando” a su capitán “Do you like to discuss the mode I am going to kill you?”. En inglés “board” es un trampolín, seguramente porque sobre la borda ponían una tabla para lanzar al mar a los prisioneros y evitar el mal gusto de un cadáver pudriéndose “aboard”. Su uso se ha extendido para referirse a ya casi cualquier tabla sobre la cual se hagan cosas, desde un deslizador hasta un pizarrón para clases. “Board” viene del inglés antiguo “bord” y ésta a su vez del germánico “bort”, que hacía referencia a las orillas de los barcos. Obviamente que de ahí mismo salió “border”, hoy utilizada más ampliamente para cualquier límite o frontera. La palabra “boat”, bote, también se origina del mismo lugar. Por eso prefiero “abordar” y no “embarcar”. Embarcar suena a que has sido abandonado al destino del barco. Es pasivo. Por ejemplo, cuando uno seduce a una mujer se dice que “la abordaste” (le acercaste el bordo). En cambio cuando eres seducido, habitualmente “te embarcan”. Peor aun, embarcar es pariente de “abarcar”, una palabra que surge en los tiempos expansionistas antiguos (y vuelvo a decir aquí que con ello no quiero decir que los tiempos expansionistas se hayan terminado, sino que simplemente ya no son antiguos), cuando el mundo tenía que ser conquistado por medio de los barcos. Hubo un tiempo en que españoles, portugueses y piratas ingleses abarcaban todo. Curiosamente, no parece haber una palabra específica en inglés para “abarcar”. Se puede traducir como “embrace” (abrazar) o como “monopolize”. Lo curioso es que estas dos últimas palabras tienen sentidos exactamente opuestos y quizás por ello se acercan. Algunas personas, al abrazar (amar) demasiado a una persona, la acaparan, la monopolizan. Abordar una nave, sea un barco que cruzará un océano, sea un avión que recorrerá todo un continente, será siempre acercarse a un límite entre uno mismo y el otro. Algo dejas siempre al momento de la partida. Por algo se dice así, “departure”, porque hay algo que se parte, algo que se muere, a menos que te acerques al borde y te subas al otro barco. Todos somos piratas. Todo depende del lado del borde en que te encuentres.

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El Piso del Cielo

20 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Solía discutir con mi madre acerca de la verdadera naturaleza del Piso del Cielo. Ella decía, claro, fiel a sus principios, que eran las nubes. Por mi parte le alegaba sus cualidades tan volátiles (de las nubes) e incluso amenazantes. Yo decía, y sigo diciendo, que el Piso del Cielo era la azotea a la que me envió a vivir una buena parte de mi infancia. Vamos definiendo las cosas. ¿Que es una azotea? Son las arenas movedizas del pasado. ¿Que es la infancia? Es el tiempo que pasamos bajo “la mirada inmóvil de las bestias”. Y ya que estamos usando las palabras de Antonio Gamoneda, hay un poema que me recuerda las temibles noches donde los rayos no se apiadaban de mi madre; ella se ha de haber sentido así:

Sobre mi carne pasa, grave de amor, la misma lengua que silba en mi vejez y me despierto
Envuelto en coágulos de sombra
Y se desprende de la noche
Una flor negra y húmeda de llanto.

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Aniversario de Bodas

20 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Anoche se eclipsó la luna y hoy, una de las fechas más importantes de mi vida, lo primero que leí al despertar fue que los de mi familia teníamos todos un lado oscuro, que a diferencia del de la luna, tarde o temprano se revela. Se atribuye a Woody Allen la frase que sentencia que hay dos clases de matrimonios, aquellos que duran toda la vida y aquellos que tienen éxito. ¿Cuál es la clave del éxito matrimonial? Según David Buss, el amigo texano, son varias claves: los hijos, el dinero y el sexo, en este orden. Las fuerzas que mantienen unida a una pareja pertenecen al orden oscuro, esto es, quedan descartadas la ley de atracción de masas y la de gravedad. Por el contrario, entre las fuerzas de la separan sólo operan leyes luminosas, las termodinámicas. Todo lo anterior viene a colación por ser el día en que cumplimos Rebeca y yo, al mismo tiempo, diez años de habernos casado ante un juez mamón. Entonces trataré de explicar los misteriosos mecanismos que nos mantienen viviendo bajo el mismo techo y, más importante aún, sobre la misma cama. Cuando digo la “misma cama” me refiero al hecho de que es la que compartimos al mismo tiempo, no necesariamente que haya sido la misma siempre. Aunque para nuestro caso resulta que sí es la “misma”, lo cual ha sido uno de nuestros principales problemas de casados: que no hayamos podido comprar una cama más grande. Rebeca supone que tener más metros cuadrados de lecho nupcial le daría la oportunidad de alejarse de mis (supuestos) ronquidos. A mi me daría la oportunidad de que ella se aleje de la tele y no me obligue a apagarla antes de que termine la parte deportiva del noticiero. A ambos nos beneficiaría tener más espacio para ser invadidos por nuestros hijos. Muy a pesar de todas estas ventajas seguimos sobre el colchón “matrimonial”, no King no Queen, only you and me. Sigo despertándola con mis ronquidos, sigo apagando la tele antes de ver el reportaje con viejas en tanga y los hijos se nos amontonan en las madrugadas, acomodados en formas inauditas. He descubierto que es precisamente mi lado oscuro el que me mantiene unido a Rebeca, aquel que describe el amigo texano en forma tan maravillosa en sus estudios psico-evolutivos. No soy más ni menos buen espécimen humano de los que me han antecedido durante los últimos 40 mil años, aunque si mucho mejor de los de 100 mil años. Y es que ¡soy el resultado de ellos!, o sea, el resultado-final-de-una-cadena-de-seres-reproductivamente-exitosos. Eso explica lo bueno que salí para tener hijos. Nunca he visto hijos más hermosos que los míos. Esta frase es absolutamente verdadera dado que no puedo ver hijos que, obvio, no sean mis hijos y por tanto no cabrían en la frase. Todo parece indicar que mi mujer fue también el resultado milenario de mujeres exitosas, dada su capacidad para procrear hijos en paquetes de tres en tres. Así que la cosa funciona así: la unión M&R es una extraordinaria maquinaria para producir hijos maravillosos; es además, un buen negocio, rentable como los buenos negocios, a largo plazo; el otro asunto que menciona Buss lo dejaré sin mencionar, en honor al pudor y a la decencia, aunque puede vislumbrarse en algunas poesías que con ese propósito escondido, he escrito. Esas son la razones de cumplir 10 años y son oscuras, esto es, primarias, antiguas, poderosas.
Lo demás es gratis: podría hablar de nuestros miedos, nuestros rencores, nuestros chistes, o nuestras ternuras. De los descuidos o de los premios. De la fatiga o de los amaneceres. De la comida, los paseos, las palabras y los relojes. Podría hablar de la manera como me toca el pelo. De la intensidad con la que me extraña cuando no estoy con ella. Podría hablar de diez mil cosas, mil por cada año. Y hasta del amor.

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Remedio contra los Piojos

19 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Para mi madre, los piojos en nuestra cabeza delataban las malas compañías. Con ello se refería genéricamente a un conjunto de vecinos indeseables, mismos que nunca supo si en realidad existían o nosotros procurábamos. En aquellos tiempos y en aquellos Rioverdes no alcanzábamos a distinguir las clases sociales en la calle, donde era poco probable que agarráramos a los piojos. Lo que todas las mamás callaban era la certeza de que dichos bichos eran adquiridos en el colegio de las monjas, si no era que las mismísimas monjitas estuvieran empiojadas. No obstante, los piojos traían como consecuencia inmediata la restricción para salir de la casa a jugar en la calle y la ejecución de una serie de remedios infalibles para liquidar a esos temibles insectos.

Recordar la etapa de “mi vida con los piojos” viene a colación por haberme encontrado con la novedad de que mis tres hijos pequeños están infestados de piojos en la cabeza. Como los tiempos han cambiado ahora podemos decir a nuestras anchas que se contagiaron en la escuela, y que su costosa colegiatura no protegía contra este tipo de calamidades. Al parecer tener piojos en el siglo XXI es más “cool” que en el pasado y la llamada “edad de la transparencia” ya llegó a la infestación con piojos.

Pero lo que no parecen haber cambiado son los remedios, o más bien, la falta de remedios, o más bien, la falta de remedios efectivos, o más bien, la falta de remedios efectivos que medio mundo afirma son ultraefectivos. Por supuesto empezamos con la prescripción del pediatra, una loción que olía a rayos (de aquí en adelante me ahorraré la descripción del olor, tomando en cuenta que, salvo la infusión de Eucalipto, todos los remedios aquí enumerados apestan a madres). La loción prescrita por el afamado pediatra Kiko pronto cayó en desprestigio. Apenas mi mujer había aplicado la primera dosis, ya otras tres mamás le habían hablado para decirle que la loción (y de paso el pediatra), no servían para nada. De siempre sospeché que quizá ya no les puso la loción con la misma confianza de que si le hubieran dicho que “era infalible”. En las mismas tres llamadas las susodichas e inquinosas mamás de otros niños empiojados, hicieron llegar sus, esas sí infalibles, sugerencias: a) untar brillantina “Rayo” y dejarla 3 días sin remover, b) untar mayonesa Kraft light, c) lavar con una infusión de ruda. Obviamente, como en todo problema casero, no podía faltar la opinión de mis suegros, consistente en aplicar una fumigación inmediata en la ropa, muebles y habitantes del hogar (y mi suegra añadió cambiarlos al colegio del Sagrado Corazón, donde Mater mantiene una vigilancia permanente contra las plagas). La tal brillantina “Rayo” nos dijeron en el mercado República que había dejado de venderse hace 30 años, pero que al parecer se podía conseguir por correo en El Salvador. La mayonesa decidimos mejor untarla en unos sanguichitos y la opción de la ruda de plano se nos hizo muy primitiva. Afortunadamente, cuando estábamos a punto de considerar el “remedio suegros”, que seguramente hubiera terminado con la plaga pero también con la familia, apareció la opinión de Belem, nuestra ayudante doméstica, quien con toda autoridad primero meneó la cabeza para luego determinar que “el problema no son los piojos sino matar a las liendres”. Mi esposa y yo albergamos grandes esperanzas al oir estas palabras, llenas no solo de sabiduría sino de ciencia. Pero pronto el gozo se vino al pozo cuando supimos que para exterminar liendres se requiere de dos elementos ausentes en este hogar dulce hogar: a) una vista microscópica y b) la paciencia del santo Job. O sea, hay que tomar un peinecillo (liendrera se llama en estos menesteres) y te vas casi cabello por cabello detectando los mórbidos micropersonajes y cuando los tienes a tiro te los chingas con un jeringazo de vinagre de manzana, segun esto un veneno mortal para las liendres porque “se les mete en los pulmones y no los deja respirar”. Y yo dije ah chingá desde cuando los huevecillos de los insectos tienen pulmones, pero en esos momentos yo mismo quise creer en todo eso dada la deseperación en que nos encontrábamos. Pero el método resultó un martirio peor que los mismos piojos. Había que hacer que el niño y las niñas estuvieran quietos durante dos horas continuas, cuando su récord de quietud en estado de vigilia no pasa de los diez minutos. Peor que eso, el récord de quietud de mi esposa no llega a los cinco minutos. Así que entre miopía y tuopía, aquello se volvió una utopía porque eso sí, la Belem buena para dar consejos pero fue la primera que dijo “safo”.

Mientras tanto mis hijos se la pasaban en el berrido. Un tanto por la comezón, que la psicóloga dijo que era más “psicológica” que piojosa y por tanto añadió a la lista de remedios contra los piojos la respectiva “terapia”, y otro tanto por la mezcla nauseabunda de olores a coco, mayonesa, lavanda y geranio con que se llenó la casa. Incluso el perro empezó a dormir en el jardín.

He de informar, no faltaba más, de aquellos remedios que obtuvimos navegando por la internet. Y hay que decir que fueron los peores. El primer desastre ocurrió con una cosa llamada “Standard XXI” (con ese pinche nombre no se como no lo descarté de inmediato). Quizás sucumbimos a eso de “XXI”, porque sonaba muy posmoderno. Hicimos la compra online y al final deducimos que lo que habíamos comprado no distaba mucho de una especie de mayonesa casera hecha con huevo y vinagre. Cosa que por supuesto ya habíamos intentado. Respecto al “Pix”, otro veneno adquirido online, pues por lo menos olía a limón. Seguramente era limón, cuya mezcla con ajo fue aplicada el mismo día en que México jugaba con Argentina, con idénticos resultados desfavorables. Y finalmente respecto al “Nopucid” y al “Quitoso”, al parecer solo hicieron encabronar a los piojos, porque desde ese día agarraron vuelo con la producción de nuevas y abundantes liendres.

Siempre que estoy en estas situaciones extremas de la vida me acuerdo de mi infancia en Rioverde y de los modos tan aparentemente fáciles en que los niños veíamos que se resolvían los problemas. Hoy parece que la más simple de las broncas se convierte en un “problema mediático” de grandes y absurdas dimensiones. Tal vez por eso en lugar de escribir sobre los “grandes problemas de nuestros tiempos”, me limito a rezar porque los piojos abandonen la pequeña humanidad de mis hijos y se busquen otros modos de chingar gente.

Luego de ver a mi madre pelear a muerte con los piojos en sus hijos, y de ver a sus hijos desesperados por tanto encierro, mi padre anunciaba lo que sabíamos era inaplazable: la llegada del maistro Garambullo a la casa, con una máquina de rasurar en la mano, una botella de jabón y otra de alcohol. Nuestros aullidos se llegaron a oir hasta el Puente Verástegui ante la inminente pérdida del cabello y la vergonzosa exposición de nuestra calva. Por más que implorábamos por “otra oportunidad”, nada, la cosa estaba decidida y se ejecutaba con un ritual purificador y exorcista. No solo eliminaban a los piojos sino que nos extirpaban en el mismo acto nuestros impurezas morales, más cuando al final se prendía fuego al pelambre aquel.

Cuando pienso en el remedio “Garambullo” se me enchina la piel. Jamás sería capaz de hacer eso con mis hijos. Seguramente seguiremos intentando más lociones, ungüentos, champús, infusiones y demás mengambreas, incluso le volveremos a hablar al pediatra Kiko si es necesario, pero tarde que temprano se aparecerá el fantasma de las soluciones radicales, duras pero necesarias, que pone a los padres y a los ciudadanos de este incierto inicio del siglo XXI, en continuo predicamento.

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La Conservación de la Especie

12 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Llego a casa y respiro
El familiar aroma del maiz.
Las cosas en su sitio
Me saludan como las primeras palabras
De un poema.
Las paredes al verme se han puesto a jugar
La geometría inexacta.
Dichosas ellas.
La dulce escalera atiende mi fatiga
Y las ventanas reinventan
El viejo panorama.
Recojo la paciencia que toda la mañana
Han acumulado los muebles.
Y finalmente acude el silencio,
Con la rapidez y certeza de los hijos,
Consciente que no durará mucho
Antes de encontrarte:
Hola,
Y me regales un beso.

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Dos Poemas en la Piel

11 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Tengo un problema con la piel: escribo demasiado sobre ella. Esto es verdad en los dos sentidos, tanto como tema recurrente de mis delirios, como que me autoinscribo frases según yo definitivas. Como aquella que leí en una barda de Rioverde y luego puse en mi brazo derecho (siendo diestro): “mientras la noche exista los vaguitos vivirán”. Supongo que esta piel algún día se convertirá en pergamino arrugado y la dejaré por ahí tirada a ver si alguien la lee.

Mientras tanto me sirve como límite de lo que soy. Hacia dentro define lo que alguna vez he pensado acerca de mí. Hacia afuera define lo que siempre he querido ser. De los dos modos es frontera ineludible y fuente de la terrible angustia que causa la separación del ser amado.

Como canta Patxi Andion: “Entre tu piel… pierdo mi fé de macho, pierdo pasado y sino, pierdo mi pie derecho, pierdo mi mundo entero, pierdo la voz y el sueño, pierdo polar y norte… entre tu piel”.

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Amigos

10 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Hemos luchado contra distintos monstruos que no hemos terminado de vencer, salvo aquel que nos hubiera impedido fabricar entre nosotros figuras geométricas tan maravillosas. Círculos, triángulos y cuadrados brotan como fuegos artificiales, con la naturalidad de un manantial volcánico que no se termina por agotar. Aunque agotado está. Amigos en las montañas, amigos en la luz, ¿Qué les puedo decir? Que hay un tiempo entre nosotros: Acurrucado, agazapado y misterioso que acabará por destruirlo todo. Mientras tanto qué encantadores los momentos en que nos podemos platicar la vida.

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La Casa González

9 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

(A propósito de un libro que escribió Koki González)

Algunos lugares tienen la capacidad de provocar en sus habitantes un particular apego, entre cuyas manifestaciones se encuentra el vivir con la nostalgia incrustada en los huesos. Dicen amigos mío, muy duchos en el tema, que eso tiene que ver con la añoranza del paraíso perdido. Otro caso más del Eterno Retorno. ¿Es acaso Rioverde, como dice una de mis hermanas, el único y verdadero Paraíso Terrenal? Yo francamente lo dudo. La gente de Rioverde nunca tiene dinero. Uno se la pasa viendo a los ricos volviéndose pobres, y los pocos pobres que se vuelven ricos se largan a la primera del pueblo. Los que hemos vivido en Rioverde nos la pasamos contabilizando las heladas memorables, las inundaciones aciagas, y las tragedias, las benditas tragedias. Apenas se pasa la semana santa y empieza un pinche calor de aquellos. Pero ¿qué creen? En lugar de quejarnos, el calor hace que todos los días nos pongamos atentos al noticiero de López Dóriga, para ver si alcanzamos ese día el récord de temperatura en el país. Por si alguno de ustedes no lo sabe, lo hemos logrado 18 ocasiones en lo que va del siglo. Los rioverdenses convertimos las tragedias en epopeyas y las vergüenzas en proezas (como cuando nos sacamos el primer lugar en consumo per capita de cerveza). Lo más seguro, dice otro, es que somos una generación desesperada tratando de rescatar nuestras juventudes arraigadas en un pueblo que, simplemente, nos dejó ser algún día, quienes ahora somos.

A las ciudades y pueblos les da por convertirse en personajes narrativos. Son protagónicos. Eso ocurre porque a los humanos nos da por fusionar nuestras experiencias con los espacios físicos y temporales donde ocurren. Pensamos que nuestra infancia ocurrió porque éramos niños, pero no, nuestra infancia ocurrió durante un tiempo y en un lugar donde nos dejaron ser niños. Así pues, el lugar que a mi me permitió ser niño era un pueblo apacible y modorro de la zona media del estado, cuyos grandes orgullos eran las naranjas, la fluorita y la Media Luna (de los cuáles ya nada más nos quedan dos). Por las tardes olía a queso y a elotes tiernos. Otro olor común era el de la tierra mojada de las calles, que los vecinos regaban para aplacar el polvo aunque también por piedad a la pobre calle luego de soportar el sol y las excreciones de los remilgosos caballos que jalaban los famosos Solkis. El pueblo era a veces tan silencioso que se podía escuchar a kilómetros de distancia el ruido que hacían las puertas del mercado al cerrar, al mismo tiempo que las campanas daban la última llamada para la misa de las seis. El paisaje no es bucólico. En la llamada esquina de las siete culturas (donde a Koki se le perdió su más preciado gato) había siete cantinas donde no había semana en que no hubiera un acuchillado. Por doquier había enconos, herencias malditas y la miseria, no podía faltar, y sin embargo pudimos crecer, al menos los de aquellas generaciones, con el sentimiento de estar pisando un lugar sagrado. Así pues, eso que llamo mi yo mismo, fue construido en el Rioverde de las décadas comprendidas entre los años 60s y 80s.

Uno de los lugares claves en este proceso se ubicaba en el número 2 de la calle Escandón, frente a la memorable marisquería de Perico, y a unos pasos del antiguo cine Hidalgo, más famoso por los tacos dorados que vendían enfrente que por la calidad de sus películas. En ese lugar estaba la casa de la familia González Ortíz, con sus 5 integrantes varones, la Sra. Petrita y Don Arnoldo. Se trataba de una casa abierta a la felicidad, al juego, a la música, al conocimiento, a la vida. ¿Que había ahí que atraía como moscas a toda clase de personas como yo? Quien sabe. No era propiamente una lujosa residencia y supongo que con tantos niños pululando era difícil mantenerla brillando de limpia. Si acaso recuerdo haber tenido problemas con mis padres, fue por su continuo reclamo de que pasaba más tiempo en la casa de los González que en mi propia casa. Mis días aburridos eran aquellos en que a Don Arnoldo se le ocurría llevarse a su familia de vacaciones, que a Oaxtepec, que a Tampico. Así que supongo que la respuesta es sencilla: me sentía solo. Con la soledad de cualquier niño que solo se le quita cuanto encuentra a otros niños que quieren jugar a lo mismo. Como siempre he dicho, en esa casa aprendí amar a las matemáticas, a la música y a los misterios de la naturaleza. Y yo era el chivo de la cristalería. Por poco ahogo a Lalo cuando lo tiré por accidente al pozo (durante un intercambio de raras corcholatas); descalabré a Nono cuando erré el golpe a la piñata; perdí el balón más preciado de la familia en el drenaje de la ciudad; pero sobre todo, hacía pasar a Doña Jero, la gerente del hogar, toda clase de corajes que le provocaron una úlcera. En lo único que no tuve que ver, y testigos hay de eso, fue en la pérdida del gato Sansón, quien huyó despavorido por culpa de Gerardo Rodríguez y sus histéricas hermanas. Pero ahí estaba, día y noche y días festivos. Los días festivos eran cuando llegaba Don Arnoldo, quien me veía como habitante ordinario de la comunidad y no dudaba en mandarme a comprar unos cigarros Raleigh. Tengo en la médula uno de los peores recuerdos de mi vida: estaba con él, con Don Arnoldo, el día en que el Cruz Azul y sus Fernandos Bustos y Octavios Muciños, le metieron 4 goles al América, en la final de la liga en 1972.

El lugar no estaba exento de dolor. Y mucho. A la mejor ese era el encanto del lugar. Te decía que había que disfrutar la vida a pesar de todo y que en lugar de ocultar las miserias, había que neutralizarlas con las únicas herramientas de realmente puedes disponer, aquellas que te da la autonomía, la identidad. Haberme permitido atestiguar sus penas más amargas, ha sido uno de los grandes honores que aun conservo. La Casa González era pues una especie de gran espejo, donde con toda libertad podías ver reflejada una parte de tí, y donde podías jugar con desparpajo, sin vergüenza, contigo mismo. Cuando pienso en Rioverde pienso en esa casa, donde compusimos nuestra primera banda musical “El Frijol Bayo”, con su única y exitosa canción “Perdidos en la Selva”. Hoy, esa canción se encuentra perdida en la selva, pero la recuerdo perfectamente. Cada quien en su instrumento musical, empezamos a jugar con las percusiones, al azar, espontáneamente, hasta alcanzar un grado de armonía y ritmo que parecíamos de verdad. Eso es, en esa casa siempre uno parecía de verdad. No había espacio para la cursilería, la frivolidad, ni la chabacanería. En cada juego de futbol, futvoli, futbasquet, volibasquet, te tenías de jugar el pellejo (literalmente, porque estábamos en un patio de cemento). Concluyo que se trataba de una especie de hogar-puente, situado entre el individuo y la sociedad, haciendo su papel de convertirnos en seres sociales.

Donald Winnicott decía que el sentido de lo moral se desarrollaba en el ser humano de manera espontánea, siempre y cuando nada se lo estorbara y el niño creciera en un espacio virtual de protección y al mismo tiempo de libertad. Llamó a ese espacio, “el espacio transicional”, el lugar donde se construye la identidad del uno mismo y la imagen de una realidad posible para vivir. Vivir en esa casa de la calle Escandón del Rioverde de ese tiempo, fue vivir en un espacio transicional donde libres de la sobreprotección de nuestros padres, descubrimos a distinguir por si mismos lo bueno de lo malo. A las monjas del colegio les doy poco crédito al respecto. Cada uno de nosotros hemos tenido un espacio transicional, más grande o pequeño, de acuerdo a lo que nos permitieron nuestros padres. Sin querer lo reinstalamos a cada rato: cuando vamos al cine a ver una película, cuando miramos a los ojos a uno de nuestros hijos, cuando leemos un poema, cuando mete gol el América o cuando tratas de entender por qué una mujer ya no te quiere. Se le llama también “suspensión de la realidad”, el acto mediante el cual le hace uno un paréntesis a la realidad, para construir otra más chingona, donde uno puede pegar saltos descomunales para clavar la pelota en una canasta inverosímil.

¿Por qué escribimos tanto sobre nuestro pueblo? No me acuerdo que fuéramos lectores contumaces de literatura, porque a nuestros padres no les daba precisamente por tener bibliotecas literarias y la biblioteca pública a lo más que llegaba era a tener la colección completa de Salvador Díaz-Mirón. Empezamos a leer más tarde. Creo incluso que, contra la costumbre, nos dio primero por escribir que por leer. Yo creo que eso ocurrió porque vivíamos la vida en rompecabezas, en pedacitos esparcidos que luego teníamos que juntar para darle un sentido. O sea, muy temprano aprendimos a “contar” nuestra vida y ese fue el medio para irla edificando. Por eso no dudo en decir que nuestra vida es un montaje. He contado tantas veces la vez que eché a Lalo González al pozo, que ya no estoy seguro si en verdad ocurrió, o es el modo que tengo para explicar porqué quiero tanto a una persona como Lalo, y a quien acaso veo un par de veces al año.

Dice Stephen King que se debe de escribir para contar algo y que al hacerlo hay que ser más fieles a las palabras que a la realidad. De esa manera, tendremos algo fácil de leer, con el que podremos vivir una experiencia estética digna. Finalmente, a todos los que no conozcan Rioverde les hago la misma advertencia que hace José Noyola en el prólogo a uno de mis libros sobre Rioverde: “Cuando el lector vaya a Rioverde y ahí encuentre señoras en camisón en la Medialuna chapoteando entre el fango, o pase por la calle principal llena de baches, o se pierda por la circulación arbitraria del pueblo que algun ciego diseñó, mientras suda por todos los poros bajo el candente Sol del mediodía, se preguntará ¿donde están los encantos que en estas lecturas se vislumbran?”

Son encantos narrativos, hechos a base de recuerdos y de palabras.

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¿Rioverde está en la Huasteca?

3 Julio 2010 - Escrito por Mayo

Amado Nieto Caraveo

Por enésima vez en la vida alguien me preguntó que “si soy de Rioverde”, a sabiendas de que sí lo soy. Y por enésima le agregaron el estribillo “o sea de la huasteca”. ¡Chingao!, siempre pienso, ¿acaso nunca han visto un mapa del estado? ¿o por lo menos han viajado para allá observando los alrededores? Pero lo peor es que cuando aclaras que NO, Rioverde NO está en la huasteca, se te quedan viendo con extrañeza y al final dicen una sandez aún mayor: “bueno, es la puerta de la huasteca”. Como seguro esto les pueda estar pasando a algunos jóvenes, les hago llegar un resumen de las razones por las cuales sólo un desorientado (si es que es potosino) o un ignorante (si es de Manchuria), pueden confundir la zona media con la zona huasteca del estado de San Luis Potosí.

Por su lado oriental, el estado de SLP está atravezado verticalmente (de norte a sur) por la Sierra Madre Oriental. Este hecho orográfico es el más importante en la definición geográfica, climática y cultural de nuestro estado. Esta cadena montañosa se constituye en una barrera contra los vientos húmedos del golfo, haciendo que el estado quede conformado de hecho por dos partes: hacia el oriente la zona baja y húmeda (recuerden que cuando un viento húmedo choca con una barrera “suelta” la humedad en forma de lluvia), y hacia el occidente una parte alta y seca (recordar que cualquier cosa que quede sotavento de una cadena montañosa va a ser seca). Así que no importa que en Rioverde existan manantiales y huertas de naranjos. Su clima es seco y ello determina su gran cantidad de llanuras secas y polvorientas. Aun así una gran cantidad de capitalinos asocian Rioverde con agua y vegetación abundante. Es una percepción equivocada. Rioverde está más ligado con el semidesierto del altiplano y solo se distingue por los derivados serranos de la Sierra Gorda que producen un desnivel de mil metros entre las dos zonas. Cuando viajábamos a Rioverde por la carretera vieja, se creaba la falsa impresión de entrar en una zona húmeda debido a que se ingresaba a los bosques de la Sierra de Alvarez. La verdad es que ya para Guaxcamá nos encontrábamos ya de nuevo en algo parecido al Xoconostle. Con la carretera nueva esa impresión desaparece ya que durante la mayor parte del trayecto la geografía es muy similar. Piensen ahora en la manera como se desarrollaron poblacionalmente. En Rioverde había pames y otomíes, que llegaban desde Querétaro. Eran pueblos mansos, dados a las artesanías, al buen comer, que fácilmente se aculturizaron y mezclaron con los españoles de la región. Rioverde es una zona mestiza donde no se distinguen étnicamente sus diferentes habitantes ora sean de Cieneguillas, de la Colonia San Rafael o de la calle Galeana. En la huasteca habitaban tribus náhuatl, que venían del Valle del Mezquital, guerreros y torpes. En esta zona la mezcla étnica ha sido lenta, probablemente determinada por una migración europea más resistente al mestizaje. Por ello en la huasteca hay “comunidades indígenas” por todos lados, mientras que en Rioverde no existen. Esto obviamente está relacionado con otro fenómeno: el racismo. En Rioverde la gente es más tolerante e integradora. En la huasteca hay más discriminación y subsiste en cierto inconciente colectivo el pensamiento segregador, al grado de pensarse a sí mismos “como otro estado”. Hay muchísimas maneras de diferenciar una zona de la otra. De hecho lo difícil es pensar qué cosa pueda hacer pensar a la gente que son lo mismo. Por ejemplo, hacer una supercarretera de la capital a Rioverde fue pan comido. Hacer una de Rioverde a Valles va a costar un güevo. En Rioverde la mayoría de las fiestas son religiosas. En la huasteca son fiestas paganas. El sueño de Rioverde es parecerse a la capital y sus habitantes aspiramos a sentirnos como potosinos (por eso nos acomodamos tan fácilmente al altiplano). Los de la huasteca al revés. Estoy de acuerdo en que Rioverde no es la gran cosa, y que más bien es un lugar fantástico. Será lo que sea. Pero NO es ni la puerta, ni la ventana, ni el patio, ni nada que ver con eso que llaman la huasteca. Que no se les olvide.

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